Capítulo 22
Capítulo Veintidós
M att no sabía si había cometido un error o tomado la mejor decisión de su vida.
Pero cuando Maddie se apretó contra él, nada le importó. No sabía que unos simples besos pudieran ser tan malditamente buenos, que un par de labios presionados contra los suyos bastaran para poner su mundo del revés.
Probablemente porque eran esos labios.
Su beso era ávido y un poco rudo, como si llevara horas pensando en besarlo y estuviera cegada por el deseo.
Y, joder, a él le gustaba la idea, mientras todo a su alrededor se volvía borroso.
El resto del mundo se volvió silencioso y carente de importancia.
Solo existía el zumbido en sus oídos, el aroma a limón, y Maddie, la sensación de sus dedos recorriendo impacientes bajo su camisa en busca de piel desnuda.
Ella exploró su espalda y luego bajó por su pecho hasta su estómago.
¡Era como si le hubieran dado un mapa de su cuerpo con una útil etiqueta que decía: ¡todo lo que tengo que tocar para volver loco a Matt!
Para ser justos, ¡cualquier parte de su cuerpo servía!
Él gimió, la agarró del pelo, la puso de puntillas y pasó la lengua sobre la de ella tomándose su tiempo, haciéndola temblar en sus brazos mientras ella continuaba su exploración. Entonces Maddie encontró su cinturón, lo desabrochó y metió la mano en sus pantalones.
Matt soltó una bocanada de aire cuando la chica le rodeó el miembro con la mano.
Lo acarició de arriba abajo con la presión justa.
Ella también empujó su lengua contra la suya y, al mismo tiempo, rodeó la cabeza de su pene con el pulgar, de modo que él empezó a latir de forma incontrolable bajo su agarre.
De igual manera, Maddie presionó sus caderas contra las de él, duplicando la fricción…
―Maddie ―jadeó él―. Vas demasiado rápido.
―Solo tenemos el ahora, Matt ―susurró contra sus labios, con la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas―. Estamos en el pasillo de tus padres y la cama está demasiado lejos…
―¡La cama está justo detrás de esta puerta!
―Exacto, demasiado lejos. Te quiero ahora , así que…
No pudo evitar reír porque sentía la desesperación de sus palabras vibrando por sus venas. Estaba tan duro que le dolía. Ella lo deseaba y, al parecer, todo lo que él había necesitado para ser feliz durante la última semana era que Maddie lo deseara, así que…
―Bueno, entonces ―murmuró, bajando de nuevo su boca hacia la de ella y empujándola contra la pared. Recorrió su cuello con los labios y saboreó su piel mientras apretaba con rudeza un pecho con una mano, frotando el pezón a través de la tela, y deslizaba la otra bajo la falda de su vestido.
Cuando tocó el borde de sus bragas, Maddie contuvo el aliento y clavó los dedos en su espalda desnuda.
Él hizo una pausa y sonrió de par en par.
―¿Qué dijiste antes? ―susurró contra su oído antes de cubrir su mandíbula de besos y seguir frotando su pezón erecto con caricias pausadas―.
¿Que no tenemos tiempo? ―pasó dos dedos sobre la tela de su ropa interior, demorándose en cada uno de sus movimientos, pero sin deslizarlos debajo―.
Entonces probablemente debería saltarme esto.
―Matt ―jadeó ella, empujando la pelvis hacia su caricia.
―¿Hm? ―Él la frotó con más fuerza a través de las bragas.
―Matt, por favor …
―Bueno, ya que pides por favor ―susurró, apartando su ropa interior y penetrándola con dos dedos mientras, al mismo tiempo, frotaba el pulgar justo sobre su centro.
Maddie gimoteó y, Dios, a él le encantaban los sonidos que hacía mientras le daba placer.
Le encantaba cómo se estremecía bajo su tacto y jadeaba su nombre como si fuera algo sagrado.
Le encantaba cómo se convulsionaba cuando él añadía un tercer dedo.
La forma en que se aferraba a sus hombros y lo besaba como una mujer que se ahoga, mientras él hacía círculos cada vez más rápidos con el pulgar.
Ella se lo entregaba todo. Podría haberse corrido solo con sus intensas reacciones.
Sin embargo, quería más. Así que retiró la mano y levantó su falda para… Oh, no.
―Joder, ¡no tengo condón! Yo…
―Tomo la píldora, además, tú siempre usas condón ―susurró Maddie, besándolo mientras se apretaba contra él y sus uñas se enterraban en su nuca―. Confío en ti, Matt.
Esas solas palabras hicieron que se pusiera insoportablemente duro. Y, de repente, ya no pudo esperar más. No quería esperar más.
Maddie, como bien sabía, sentía lo mismo. Le bajó los bóxers con impaciencia antes de deshacerse de su propia ropa interior y atraerlo más hacia ella.
―Levántame ―susurró, y él obedeció.
Matt le rodeó la cintura con un brazo mientras ella lo abrazó con las piernas. La presionó contra la pared, se alineó y dejó que se deslizara sobre él con ese movimiento tan lento y pausado.
La forma en que ella se hundió en él fue tan agónica.
Y aquello fue su muerte.
Su dulce muerte, la cual deseaba que durara para siempre.
Estar dentro de ella sin condón… sentir su estrecha, cálida y húmeda cavidad rodeándolo, le costó todo su autocontrol hasta el punto de no correrse de inmediato.
El sudor le asomó a la frente mientras ella tomaba hasta el último centímetro de su miembro y hacía una pausa, sin aliento.
Matt la miró fijamente, hundiéndose más profundo en su interior mientras las sensaciones agitaban cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Maddie era perfecta. Sobre él, contra él, alrededor de él.
Entonces ella comenzó a rotar la pelvis, con las manos entrelazadas tras su nuca. Frotó su dura longitud y un deseo ardiente lo atravesó. Esa mujer le nublaba la mente hasta que sus músculos empezaron a trabajar por voluntad propia.
Siguió mirándola a los ojos sin dejar de moverse dentro de ella.
No podía apartar la vista de su rostro. No quería perderse ni una sola reacción: sus labios ligeramente abiertos y temblorosos, el puro deseo reflejado en sus pupilas mientras echaba la cabeza hacia atrás contra la pared; o el pulso latiendo en su cuello con salvajismo; sus mejillas se encendían cada vez más, con cada una de las embestidas que le propinaba, hasta que, obviamente, no pudo aguantar más y el movimiento de sus caderas se volvió frenético.
Cada vez más rápido. Ella se frotaba contra su miembro mientras él entraba y salía de ella.
Tampoco podía esperar más. Hundió la cara en el hueco de su cuello, besando cada punto que tocaba, y arremetió con más fuerza en su interior.
Siguió su ritmo, metió la mano entre sus cuerpos y presionó el pulgar contra su centro palpitante, entrando y saliendo de ella una y otra vez de forma incontrolable.
Maddie gimió con voz ronca en su oído y se contrajo con una fuerza infinita a su alrededor. Empezó a tener espasmos… y lo arrastró con ella. Fue demasiado.
Él se corrió con un jadeo oscuro y se derramó en su interior.
Oleadas de éxtasis recorrieron su cuerpo, pero no dejó de frotar su pulgar sobre su punto más sensible, prolongando su orgasmo.
Se retiró una vez más y volvió a enterrarse en aquel dulce lugar, con los muslos de Maddie temblando por el esfuerzo.
Era demasiado bueno. Demasiado excitante.
Maddie se aferró a su espalda, mordiéndole el hombro antes de quedarse finalmente lacia entre sus brazos.
Jadeando, levantó la cabeza y la besó. Deslizó el pulgar por sus mejillas encendidas y presionó sus labios contra los de ella una vez más. Tenía razón: no había tenido suficiente. Aún enterrado en su interior, ya la echaba de menos.
Mierda, estaba por completo a su merced.
Un sentimiento trémulo de pánico se extendió por su pecho y envió inquietud a sus venas. ¿Y si no funcionaba o ella cambiaba de opinión?
Pero cuando Maddie pasó sus labios por su mandíbula, ligeros como una pluma, y lo atrajo aún más con sus brazos… no le importó. No le importó nada. Simplemente…
―¡Matt, han pasado mucho más de treinta minutos! ¿Dónde estás? ―exclamó una voz femenina agitada: su madre.
Se sobresaltaron, mirándose el uno al otro con la boca abierta. Luego empezaron a reírse en silencio. Maddie le puso una mano sobre la boca porque los sonidos contenidos se le escapaban, pero ella también sonreía de oreja a oreja.
―¡Sssh! ¡Nos va a oír! ―siseó antes de retirar los dedos de su cara.
―Pensaba que tenías tantas ganas de contarle a todo el mundo que lo estábamos haciendo ―respondió, divertido.
Sus mejillas se pusieron de un rojo intenso.
―¡A tu madre no!
―Ah, o sea que ese es tu límite.
―¿Matty, estás arriba? ―llamó su madre mientras la madera crujía.
―Oh, mierda ―siseó Maddie y empujó contra sus hombros, probablemente para que la bajara. Sin embargo, no estaba dispuesto a soltarla todavía.
―¡Sí, ya bajo, mamá! ―respondió con calma por encima del hombro, incluso cuando sentía que volvía a ponerse duro dentro de ella. Maddie se retorcía en sus brazos, riendo por lo bajo en su oído y frotándose contra él; aquella mujer lo estaba volviendo loco.
―¡Bien, pero date prisa! ―ordenó su madre, y luego volvió el silencio.
Su mirada regresó a Maddie, que se había quedado quieta, mirándolo con los ojos muy abiertos.
―Estás…
―Lo sé.
Ella tragó saliva y se lamió los labios.
―Pero no podemos volver a hacerlo…
Él levantó una comisura de su boca, la besó con firmeza y luego susurró:
―También lo sé. Pero cuando lleguemos a casa, repetiremos esto ―besó su cuello y su sien, y le dio un tironcito en el lóbulo de la oreja con los dientes―.
En mi sofá. En tu cama. En la ducha. En la maldita isla de la cocina.
Y quiero que también me esposes. Parece justo estar completamente a tu merced de una vez por todas.
Notó cómo se le ponía la piel de gallina en los brazos mientras ella se mordía el labio y recorría su rostro con las yemas de los dedos.
―Bueno. Pero te advierto que puede que no sea tan amable como lo fuiste tú aquella vez.
Él soltó una risita.
―Cuento con ello.