Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¡Oh, venga, monta un numerito! —respondió su hermana con esperanza—. Me parece que no hay suficientes peleas en nuestras reuniones familiares. Todos nos queremos demasiado. Es espantoso.

Puso los ojos en blanco.

—No voy a montar ningún numerito. —A menos que aquel hombre volviera a tocarle la cara a Maddie, porque eso era un gesto íntimo y tenía que guardarse sus sucios dedos para sí mismo, ¡por el amor de Dios!

¿Por qué Maddie no le apartaba la mano? En lugar de eso, sonreía y cerraba los ojos, y luego…

¿le estaba soplando los dedos a ese sujeto?

La mandíbula le crujió y aceleró el paso. La forma en que ella fruncía los labios, y ese imbécil…

Antes de ser consciente de lo que hacía, la agarró del brazo y tiró de ella unos pasos hacia atrás.

—Muy bien —gruñó—, ya estoy listo para discutir.

—¿Qué? —Levantó la vista sorprendida—. Estoy hablando, Matt. Yo…

—No me importa. Quiero discutir ahora. Me prometiste que discutirías conmigo.

Maddie abrió los ojos como platos y a él le pareció ver un ligero destello de pánico en su mirada. Bien. Eso era mejor que la expresión ridículamente dulce que le acababa de dedicar al sujeto del vino.

—Pero… dijiste que luego —le recordó.

—Ahora es luego. Bastante más tarde.

—Eh…

—Perdona, ¿puedo ayudar en algo? —preguntó Barry, confundido.

—No —respondió Matt con brusquedad—. La señorita tiene una promesa que cumplir.

Maddie suspiró profundamente y puso los ojos en blanco antes de dedicarle una sonrisa de ánimo a su amigo.

—Lo siento, Barry. Vuelvo enseguida.

—Yo no apostaría por ello —reviró Matt con tono sombrío.

—¿Qué? —Maddie lo miró con escepticismo.

—Nada. Entremos.

Y como no quería que ella cambiara de opinión, mantuvo su mano bien agarrada a su codo.

Ella lo miró soltando un bufido.

—Matt, ¿puedes, por favor, no sujetarme como si fuera tu palo favorito? —preguntó con ironía mientras cruzaban el patio hacia el salón—. ¡No voy a salir corriendo! Dije que podíamos volver a hablar de ello y cumplo mis promesas.

Él la soltó.

—Bien. Eso está bien —dijo, pensando que tal vez no debería decir nada más sobre promesas—. ¿Por qué exactamente ese idiota estuvo tocándote la cara con las manos en todo momento?

Con los ojos como platos, ella se volvió hacia él, atónita.

Ahora estaba de espaldas a la barandilla, la misma que había sido reparada varias veces después de que él y sus hermanas bajaran las escaleras en un colchón siendo adolescentes y chocaran contra ella.

Se habían mudado mucho, pero este era su hogar.

Resultaba que Maddie encajaba demasiado bien aquí.

No se había fijado en ello hasta ahora, porque había estado demasiado irritado por su silencio ante su madre.

—¿Matt? ¿Qué idiota me ha hecho qué en la cara?

Oh, Dios, se estaba distrayendo.

— Barry —se recompuso—. Tenía las manos encima de ti constantemente.

Ella le lanzó una mirada irónica.

—¿Constantemente? Dos veces. Fueron dos veces. Además, me quitó una pestaña de la mejilla, eso es todo.

Oh, por favor, eso nunca era todo para un tipo cuando tiene delante a una mujer como Maddie. ¡Él lo sabía mejor que nadie!

—¡Sé que Nell te emparejó con él, Maddie!

Ella arqueó una ceja.

—¿Y?

Abrió la boca para decir: «¡Y eso no está bien!».

Pero le obligaría a dar explicaciones, y no sabía si sería capaz de darlas.

Maddie suspiró mientras él continuaba mirándola en silencio.

—Matt, ¿hice algo malo? —preguntó con aire incierto, jugueteando con la uña del pulgar—. Durante las últimas horas me ha parecido de verdad que… no estabas enfadado conmigo. Pero ahora me miras como si acabara de decir que León Álvarez es mejor persona que tú.

Él bufó.

—Ya le gustaría a León. Quería hablar.

—Lo sé —asintió ella con paciencia—. Pues habla. No me voy a escapar. De verdad.

—Bien —asintió, respiró profundo y abrió la boca… pero ya no sabía de qué era de lo que quería hablar. Ni por qué discutían. Ni cuál era exactamente su plan.

En cambio, se quedó allí plantado mirándola, atrapando su mirada expectante. Sin saber si quería terminar algo o empezar de nuevo, si las palabras podrían siquiera hacer justicia a cómo se sentía.

¿Era consciente de lo increíblemente hermosa que era?

La cuestión era que la necesitaba en su vida como necesitaba el hockey. Fuera como fuera. Se conformaría con lo que ella le diera. Y sí, debería tener miedo, pero en lugar de eso, de repente se sintió aliviado: por fin sabía lo que quería. Algo y todo.

En ese preciso instante olvidó por qué estaba enfadado con ella. Sus manos cobraron vida propia. Una mano se deslizó hacia su cuello, la otra hacia su cintura, y luego se inclinó y la besó. Con un beso largo, suave y profundo.

Su piel estaba suave bajo su tacto, igual que sus labios bajo los de él. Sabía a vino tinto y a Maddie. Y le dolió el corazón porque ella le devolvió el beso. Le dolió el corazón porque no era suficiente. Le dolió porque era demasiado. Más de lo que estaba dispuesto a dar, a arriesgar.

¿Era posible anhelar algo incluso mientras lo estabas haciendo? ¿Posible echar de menos su tacto y sus besos, a pesar de que sus manos seguían en su estómago y sus labios se abrían bajo los suyos?

Tenía el pecho oprimido y pesado, lleno de deseo y arrepentimiento al mismo tiempo, de alegría y miedo.

Tenía calor y frío. Quería más, pero tenía miedo de no recibir nada .

Maddie hundió los dedos en su camisa mientras él le pasaba los suyos por el cabello, haciendo que se pusiera de puntillas y apretándola contra su cuerpo...

¿Era un principio o un final?

Siempre le resultaba difícil distinguir los dos. Eran tan similares, tan dulces y amargos al mismo tiempo.

Quizá no debería dejar nunca de besarla, prolongar este momento hasta la eternidad hasta que fuera fino y quebradizo, hasta que finalmente pudiera ver a través de él… no, por fin ver con claridad…

—Matty, ¿dónde estás?

Él se sobresaltó y soltó a Maddie con un movimiento brusco. Ella recuperó el equilibrio y dio un paso atrás. Su respiración era agitada y abrió mucho los ojos mientras se llevaba los dedos a los labios. Él vio latir su pulso en su cuello. Ella tragó saliva varias veces.

—¿Matty? —la voz de Sandra Payne resonó de nuevo por la casa—. ¡Queremos bailar, sal!

Matt inhaló profundo y cerró los ojos. No podía pensar con claridad. Lo último que necesitaba ahora era a su entrometida madre. Esto era importante . Más importante que cualquier otra cosa.

—Dame media hora, mamá —gritó él y luego añadió con un gemido—: Tengo que ir al baño.

—¡Está bien, ya sé que las tripas no esperan! —respondió contenta—. Pero date prisa y no olvides dejar todo limpio.

Él entrecerró los ojos. Vaya. Qué sexy era estar en casa.

—Subamos —masculló con un suspiro, buscando la mano de Maddie para tirar de ella hacia las escaleras—. Yo… no puedo discutir así.

—Tú… ¿Eso es discutir para ti? —preguntó perpleja, pero entrelazó sus dedos con los de él—. Porque, vaya, si sí lo es, resulta que siempre he entendido mal el concepto de discutir.

Las comisuras de su boca se elevaron.

—¿Ves? No es tan malo, ¿verdad?

Ella bufó y soltó una risita suave, pero parecía confundida. Incierta. Y él odiaba ser el motivo.

—Matt, no lo entiendo bien.

—Arriba. Espera un momento —respondió en voz baja al oír a alguien trasteando en la cocina.

No quería que lo interrumpieran. La llevó escaleras arriba, respirando hondo, con el corazón golpeándole el pecho.

Sabía que debían hablar primero. Pero no había terminado de besarla.

De tocarla. Y mucho menos de saborearla y de sentirla. Quería más.

—Matt —susurró Maddie, apartando su mano de la de él cuando llegaron al descansillo frente a la puerta de su dormitorio—. A partir de ahora, no puedes besarme cada vez que tengas celos de un hombre que me quita pestañas de las mejillas. Solo porque tengas corazón de neandertal, eso no está bien.

Mierda. Se frotó los ojos con el pulgar y el dedo medio. Así que, primero tendrían que hablar.