Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—No, es broma. —El señor Payne se aclaró la garganta—.

No podría estar más orgulloso de mi hijo ni de mis hijas.

Se hace raro que tus hijos crezcan, que dejen de necesitar ayuda y que, de repente, te ofrezcan la suya todo el tiempo…

y al principio tienes que fingir y decir que no porque no la necesitas, pero al final acabas agradecido por todo y dices que sí y amén.

Maddie tragó saliva y se masajeó los dedos en el regazo.

—Vaya, Jeff, ambos sabemos que cada mañana tu espalda suena como un muro de piedra desmoronándose. Deja que nuestros jóvenes vástagos se rompan las suyas —añadió Sandra.

Todos rieron de nuevo, sus hijos más que los demás.

―¡Yo necesito mi espalda! Así que pueden seguir haciendo bromas sobre mi trabajo ―terció Matt.

―Eso es importante, obviamente. ―Su padre asintió con seriedad―.

Saben, Sandra y yo le dijimos en su día que buscara algo sensato.

O al menos que estudiara algo para tener un título en el que apoyarse si esto del hockey no funcionaba.

¿Pero saben con qué volvió el chico? ¡Con un contrato de la NHL y una licenciatura en Historia!

―Exhaló un suspiro de fingida melancolía―.

Por tanto, Matt es ahora un culturista instruido y un sabelotodo.

La multitud se rio.

―¡Bueno, al menos sus músculos son útiles! ―intervino su madre.

―Es verdad. ―Su marido le guiñó un ojo―. Y sí, es solo una coincidencia que la vendimia esté a punto de empezar o que haya que levantar un muro justo cuando vienes de visita, Matthew.

―Ah, sí, por supuesto ―respondió Matt con sarcasmo―. Igual que es casualidad que de repente surjan trabajos importantes de canguro.

Las hermanas de Matt soltaron risitas y lo miraron con aire de inocencia.

Había tanta calidez, tanta familiaridad.

Matt no venía a menudo, pero era indudable que todos le confiaban a sus hijos. Lo incluían en cada desafío y era importante para él. Todo era tan armonioso. Todos estaban tan unidos. Todos estaban ahí para los demás. Compartían sus problemas, aceptaban ayuda y también la brindaban…

A Maddie le escocieron los ojos y apretó con fuerza los dedos en la falda de su vestido.

Eran una familia. No tenían más que amor y unos cuantos comentarios pícaros los unos para los otros. Estaban tan intactos. Tan felices.

Aquello la entristeció, una tristeza tan increíble que le costó respirar durante unos segundos.

Llevaba tres años diciéndose a sí misma que todo estaba bien: que su padre se recuperaría o buscaría ayuda, que Rachel no estaba distante, solo ausente físicamente, que su familia no se había desmoronado tras la muerte de su madre y que Lucy no se rendía con todos ellos, que solo estaba demasiado ocupada con el trabajo.

Pero se estaba mintiendo a sí misma. Su padre se negaba a buscar ayuda.

Sin ella, se consumiría en su propia casa.

Rachel rara vez se ponía en contacto, así que Maddie no tenía ni idea de lo que pasaba en su vida, igual que Rachel no tenía ni idea de lo que pasaba en la de ella.

Solo contaba con la ayuda de Lucy. Pero Lucy ahora tenía a Dax y era feliz, y se olvidaba de todo lo que la rodeaba.

Maddie se alegraba por ella. Su hermana debía ser feliz, pero al mismo tiempo, se sentía…

abandonada. Estaba tan cansada de ser el pegamento que los mantenía a todos unidos por un hilo. Era agotador, frustrante y…

—Oye —susurró una voz profunda y cálida con preocupación en su oído—. ¿Está todo bien?

Parpadeó y levantó la vista. Miró el rostro inquisitivo de Matt, esforzándose por contener las lágrimas, pero algunas rebeldes lograron escapar de sus ojos, y se sintió increíblemente agradecida de que todos, excepto él, siguieran concentrados en el discurso de su padre.

―No lo sé ―dijo, y tragó saliva con dificultad―. He… Supongo que solo olvidé lo que es una familia completa. ―Inspiró de forma temblorosa―. Y lo echo de menos.

Matt la miró en silencio por un momento.

Luego le secó las lágrimas de las mejillas con el pulgar y la abrazó con tanta fuerza que le sacó el aire de los pulmones, a pesar de que estaba enfadado con ella.

A pesar de que las cosas estaban raras entre ellos.

Pese a todo, la estrechó contra sí y le acarició la cabeza con dulzura, le dio un beso en la coronilla y…

estuvo allí. Porque Matt era un buen tipo. El mejor.

―Tu familia te quiere, Maddie ―susurró―. Es difícil perder a una madre. Todo saldrá bien.

―¿Pero cuándo saldrá bien, si nadie más que yo lucha por ello? ―Se le quebró la voz―. Dependen de mí. Y es bonito ser alguien en quien la gente confía, pero es tan agotador, Matt. No tengo descanso porque la responsabilidad siempre recae sobre mis hombros.

―Lo sé ―murmuró él―. Por eso tienes que luchar por ti también, Maddie.

No solo por los demás. Porque tú lo vales.

Está bien que las personas que te quieren sepan lo difícil que es para ti.

Y que necesitas ayuda. Que mereces ayuda.

Por eso a veces tienes que buscar la confrontación; de lo contrario, nada cambiará.

Sabía que tenía razón, ¡pero era tan difícil!

―Lo siento, Matt. De verdad. Por contarles a todos lo de… lo nuestro. Fue una reacción instintiva. Me entró pánico.

―No pasa nada ―susurró.

―¡No, no está bien! Debería haberlo hablado contigo. Debería haber discutido antes contigo en lugar de haber abierto la boca.

Él se apartó un poco y esbozó media sonrisa.

―Sí, deberías haberlo hecho.

Asintió.

―Perdona. Pero podemos hablar de ello. Quiero que todo vuelva a estar bien, ¿sabes? Somos amigos. Así que… si quieres discutir, haré lo que pueda.

Él volvió a sonreír de lado y asintió antes de apretarle suavemente la nuca.

―Ahora no. Luego, ¿de acuerdo?

Ella exhaló un suspiro de alivio.

―Bien.

A lo mejor se olvidaba del tema. Quizá esa era la charla que necesitaban y ahora ya todo volvía a la normalidad.