Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

L a familia de Matt era enorme, y se alegraba de ello, porque significaba que ninguno de los dos estaría solo ni un solo instante.

En realidad, a la única que conocía era a Nell, la hermana mayor de Matt, y a sus padres.

Sin embargo, sus otras tres hermanas la recibieron con muestras de cariño, dándole un abrazo tan fuerte como el de sus parejas hasta que, finalmente, le presentaron a todos sus hijos.

En total, eran nueve. Matt era el único que aún no estaba casado ni tenía descendencia, algo que le recordaron varias veces en los primeros diez minutos.

No obstante, este último mantuvo su actitud desenfadada habitual. No dejaba de recordarles que no invitaría a ninguno a su boda si seguían por ese camino.

Maddie se preguntó si de verdad quería casarse algún día o si solo lo decía por decir.

—Matty, si llegas a las eliminatorias este año, nos conseguirás entradas, ¿verdad?

—preguntó Cassidy, su hermana pequeña, mientras colocaba jarrones con flores sobre las numerosas mesas cerveceras del jardín.

Como era una invitada, a Maddie no se le permitió ayudar.

Mientras tanto, Matt se veía obligado a cargar piedras de un lado a otro de la terraza; piedras que en algún momento debían formar un muro alrededor de la propiedad, pero que aún no se utilizaban porque «¿Quién tiene tiempo para construir su propio muro?

Se lo dije a Jeff desde el principio, pero el cabezota no me hizo caso».

Al menos, eso fue lo que dijo la señora Payne.

—Por supuesto que nos conseguirá —intervino el padre de Matt de inmediato—. Y esta vez no queremos ir a esa tonta zona VIP, Matthew. Queremos estar justo donde está la acción.

Maddie reprimió una sonrisa. Los aficionados solían pelearse por la tonta zona VIP .

Matt hizo una mueca mientras cargaba con las piedras.

Vestía una camisa blanca y pantalones de traje…

«¡Ponte algo decente, Matty!». No sudaba.

Probablemente esa era la única razón por la que su madre se lo propuso: sabía que la fuerza de su hijo era inmensa y, como era de esperarse, no le importaban unas cuantas manchas en su camisa blanca.

Lo principal era que se esforzara, al fin y al cabo.

—Ah, no lo sé, papá. Traes mala suerte. El último partido al que viniste, perdimos.

—¿Mala suerte? —exclamó Nell, poniéndose las manos en las caderas—. Solo perdieron el partido porque Dax Temple no sabía distinguir su stick de las vallas.

Maddie sonrió. Tendría que contarle eso a Dax.

Los ojos de Matt se encontraron con los suyos.

Su sonrisa se reflejó en el rostro de él…

porque estaba pensando lo mismo. Ella lo sabía.

Y, por un momento, todo volvió a ser normal.

Todo parecía en armonía. Sentía el corazón ligero solo porque él sonreía y habían vuelto a conectar.

—Bueno, bien —respondió Matt despacio—. Me lo volveré a pensar. Pero solo si todos traen una pancarta que diga: Matt, eres el mejor de nosotros y nunca volveremos a burlarnos de ti por no saber lavar la ropa .

—Ah —dijo Jen, la segunda mayor, sacudiendo la cabeza—. Entonces tendremos que replanteárnoslo. A mamá no le gusta que mintamos. Y, Matty, dejas que suficientes mujeres toquen tus calzoncillos. No hay necesidad de que una empleada de la tintorería sea una de ellas.

Las otras hermanas se carcajearon y Matt puso cara de pocos amigos, aunque no había rastro de aspereza en su expresión.

Era evidente que sus hermanas lo adoraban y que él las quería por encima de cualquier cosa.

A Maddie le dolió el corazón con dulzura ante la escena.

No recordaba la última vez que estuvo en la misma habitación con Lucy y Rachel, o la última vez que hablaron de sus vidas y no solo de su padre.

Debió de ser antes de que su madre muriera. Hacía años de eso. Solían estar… unidas. Lo discutían todo juntas y compartían sus preocupaciones.

—De acuerdo, tendrán entradas —dijo Matt con un suspiro—. Y, mamá, estoy empezando a sudar.

—Oh, entonces será mejor que pares o vas a oler mal —respondió con presteza—. Y tienes suciedad en la mejilla. ¿Por qué no vas a refrescarte? Los invitados llegarán pronto.

—¡Me hiciste acarrear rocas!

—Sí, y yo pagué para que tuvieras esos musculotes, así que compré tu mano de obra —respondió la señora Payne con una sonrisa.

—Tiene toda la razón —asintió su marido con seriedad—. Así que no te quejes.

—Eso, Matty, no te quejes —secundó Cassidy.

—Es una delicia estar en casa —murmuró este con un suspiro. Pero mientras entraba a lavarse, una sonrisa asomó en las comisuras de su boca.

Maddie se mordió el labio para no reírse. Como único chico entre tantas mujeres controladoras, debió tener una infancia difícil.

—Oh, simplemente lo hicimos más fuerte —la contradijo Nell de inmediato, dejándose caer en el banco a su lado porque, por supuesto, Maddie lo había dicho en voz alta—.

¡Y se ha beneficiado mucho de tener tantas hermanas!

Siempre le dábamos consejos sobre mujeres.

No le llamarían Don Encantos si no fuera por nosotras.

Maddie sonrió.

—Y desde luego no tendría los pies tan en la tierra.

—Ni eso —coincidió enseguida, entrelazando su brazo con el de ella—. Por cierto, me alegra mucho volver a verte. Eres la prueba de que Matt tiene vida privada y de que no todo gira en torno al hockey. Eso no sería bueno. Todo el mundo necesita otras cosas además del trabajo, ¿no crees?

—Oh, sin duda. He tenido muy poco más que trabajo en los últimos años. Aunque ahora las cosas van mejor.

—Sí, vi la entrevista de la ESPN. Cielo, no se lo digas a nadie, pero mi hermano sabe qué decir para que la gente sienta que está en el lugar correcto, ¿verdad?

La castaña se rio.

—Sí, lo sabe.

De hecho, siempre la hacía sentir así. Al menos, cuando no estaba enfadado con ella.

—Aunque no podemos decírselo nunca, o se volverá insoportable. Antes solíamos acusarle de no saber hacer nada más que golpear a otros jugadores de hockey.

—Oye, Matt no se pelea tan a menudo —declaró con rapidez, defendiéndolo.

—No, lo sé. Pero era una buena forma de molestarlo. —Nell se encogió de hombros con inocencia—. Pero hablemos de algo más interesante que mi hermano: ¿Cómo estás? Has dicho que el negocio va bien. ¿Qué hay de otras áreas de tu vida?

Resopló… y eso fue todo lo que dijo, porque el tono reflejaba bastante bien cómo iban las demás áreas de su vida en ese momento.

—Eso significa que mal —tradujo Nell. Sus ojos castaños eran tan parecidos a los de su hermano que a Maddie a veces le incomodaba mirarla a la cara. Le provocaban una sensación extraña—. ¡Entonces estás de suerte! Voy a mejorar tu vida.

—¿Ah, sí? —preguntó escéptica.

—Sí. ¡Apuesto a que la gente que dirige agencias de citas nunca encuentra pareja! Porque todo el mundo piensa que se quedan con los mejores para ellos mismos, pero eso es mentira, ¿a que sí? Te guardas a todos los hombres buenos para las demás señoras.

Las mejillas de Maddie se pusieron coloradas. Bueno, Matt la había puesto a prueba.

—Sí —respondió apenas.

—Maravilloso. ¡Porque tengo al tipo perfecto!

Dirige una viña en San Diego, no muy lejos de Los Ángeles.

Es increíblemente guapo. Si te gustan los hombres masculinos, que tienen pene y esas cosas.

No es mi tipo, pero para gustos los colores.

—Sonrió de oreja a oreja—. Hace buen vino, lo cual siempre es un punto a favor, y es bastante inteligente. ¡Necesitas a alguien inteligente!

Maddie parpadeó, perpleja, y abrió la boca sin saber qué decir.

—Quiero decir, estás soltera, ¿no? —preguntó Nell.

En ese momento, Matt volvió a salir al porche y echó un vistazo al jardín.

—Sí —murmuró—. Lo estoy.

—Bien. Entonces le hablaré de ti —dijo Nell arqueando las cejas con picardía—. Veremos si podría haberme ganado la vida como seleccionadora de parejas.

Sí. Maddie supuso que ya verían.

Todos los invitados empezaron a llegar a las seis.

Por lo visto, el señor y la señora Payne no habían escatimado en invitaciones.

Cuando se abrió el bufet a las siete, todos tardaron una buena media hora en servirse la comida.

Pero eso no importaba, porque significaba que Maddie podía evitar el tormento de estar apretujada junto a Matt en uno de los bancos corridos durante un poco más de tiempo.

Habría sido demasiado evidente no sentarse a su lado…

pero al menos Matt no había intentado volver a discutir con ella.

En lugar de eso, se mostraba insoportablemente educado, como si se acabaran de conocer esa misma tarde, y hablaba con Harriet, la mujer de Nell, que estaba sentada justo enfrente de ellos.

Aquello estaba bien. No era ideal ni normal, pero era mejor que estar discutiendo.

Sin embargo, al cabo de un rato, ya no estaba tan segura, porque una discusión habría sido, tal vez —solo tal vez—, menos agotadora que aquel trágico espectáculo de una amistad deteriorada.

Un agudo tintineo captó su atención y levantó la vista.

El padre de Matt se había puesto en pie, golpeaba una cuchara contra su copa y ahora miraba a su alrededor.

―Deseo que todos se la estén pasando fabuloso ―dijo, y los invitados prorrumpieron en aplausos―.

Sí, ya los oigo. Aún sabemos cómo hacer una buena fiesta.

―Hizo un gesto con la mano y sonrió de oreja a oreja.

Igual que Matt: sincero, amable e increíblemente cálido―.

No se imaginan lo feliz que me hace ver a tantos de ustedes aquí.

Reunir a mi maravillosa familia ya es bastante difícil, pero sumar también a mis amigos…

Bueno, al menos ninguno de los demás son jugadores de hockey con horarios imposibles.

Algunos se rieron y Matt suspiró, pero la sonrisa no se le borró de la cara. Sabía que nadie en su familia lo decía con mala intención.