Capítulo 18
Capítulo Dieciocho
M addie se pasó durmiendo casi todo el camino hacia el viñedo de los padres de Matt, y el tiempo que no estuvo dormida, fingió estarlo. Si no, se quedaba mirando su teléfono, que Lucy estuvo bombardeando a mensajes desde la noche anterior:
¿Qué pasó exactamente?
¡Llámame! ¡Ya!
O:
¿Los echaron de un restaurante?
¡Me debes muchísima información, Maddie!
Y:
Tienes suerte de que anoche atraparan a León orinando en público. ¡A ustedes solo les dedicaron una nota pequeña, él salió en toda la portada!
Maddie los ignoró. Primero, porque Matt no aprobaría que revelara más detalles sobre su noche juntos, y segundo, porque leyó el minúsculo artículo sobre su expulsión de Vie en Rose y le restó importancia.
Y tercero, porque las cosas ya estaban bastante tensas entre Matt y ella, y solo empeoraría si hablaba de cualquiera de los dos temas.
No estaban tensos por el sexo… sino por todo lo que pasó después.
Había mentido la pata. Sabía que a Matt le molestaría que les contara a Lucy y a los demás lo de su noche juntos. No era tonta. Lo conocía a la perfección. ¡Pero es que no sabía cómo gestionar la situación!
Se despertó sola en la cama de Matt el jueves, extrañamente satisfecha e insatisfecha al mismo tiempo.
Estaba bien que él se hubiera marchado. Después de todo, dejó clara su postura.
Y ella… ella también sintió la necesidad de dejar clara la suya.
De demostrarle que podía ser tan despreocupada respecto al sexo como él.
Lo cual era mentira, como era obvio, pero Matt no tenía por qué saberlo. Y sí, no querían darle mucha importancia al asunto. Pero ¿cómo se gestiona algo que se supone es sin importancia cuando llevas dos días rebobinando y reproduciendo los detalles en tu cabeza?
Así que se le escapó cuando Lucy le preguntó por las novedades, ¡porque era la única maldita novedad en la que había estado pensando en todo el día! Tenía la esperanza de presentarlo como una anécdota divertida de la que podrían reírse algún día.
Pero, joder, Matt no se rio.
Nunca lo vio tan enfadado, y menos con ella. Tenía una vena palpitándole en la frente y casi rompió el volante.
Sí, ya sabía que no le haría gracia que compartiera con sus amigos lo de su noche juntos.
El caso es que, si se lo guardaban para ellos, se convertiría en un secretito bajo la almohada, lo que volvería las cosas aún más conflictivas de lo que ya eran.
Y, durante cuarenta y ocho horas, estuvo intentando quitarle trascendencia a aquella noche.
Quitarle el calor al asunto para que pudieran volver a la normalidad.
En el momento en que finalmente subieron por el serpenteante camino de grava hacia la gran mansión de piedra rodeada de viñedos y reconoció a la madre de Matt a lo lejos, corriendo feliz hacia ellos, se le formó un nudo en la garganta.
Oh, Dios mío. Su madre. ¡Se daría cuenta de lo que hicieron en segundos! Las madres tienen un ojo clínico para eso, ¿no? ¿O era al revés, porque las madres no quieren saber nada de ese tipo de cosas?
¿Cómo debían comportarse delante de sus padres? ¿Qué era lo «normal»?
Tragó saliva cuando se le secó la boca y empezaron a sudarle las palmas de las manos.
―¿Estás bien? ―preguntó Matt a secas, mirándola con escepticismo. Seguía enfadado. Apenas le había dirigido la palabra desde ayer, y ahora esto.
―Ajá ―dijo con voz aguda.
―¿No estarás pensando en cómo contarle a mi madre con todo lujo de detalles que su hijo te ató a su cama? ¿O sí? ―preguntó con sorna.
Maddie soltó una risa nerviosa.
―No, no. No se lo diré a nadie más, Matt. Te lo prometo.
―Bien ―espetó.
Ella no sentía que todo estuviera bien .
¡Vaya, cómo odiaba los conflictos! Odiaba que las cosas estuvieran tensas entre él y ella. Odiaba las discusiones. No soportaba que alguien estuviera enfadado con ella.
¡Todo era horrible!
―¡Ah, es maravilloso que estén aquí! ―anunció la madre de Matt en voz alta mientras Maddie salía del vehículo―.
Es estupendo que tú también estés aquí, Maddie.
Matt nos cuenta tan poco de su vida que de verdad esperamos que tú puedas contarnos algunos de sus secretos.
―Le guiñó un ojo y la rodeó con sus brazos con fuerza.
Litros de sangre subieron de golpe a la cabeza de Maddie mientras Matt tosía de forma exagerada en el asiento del conductor. Le pareció oír un «ni se te ocurra».
Gracias a Dios no tuvo que responder, porque cuando la señora Payne terminó con ella, corrió hacia el otro lado del coche para abrazar a su hijo.
Fue algo tierno de ver. Intentó darle palmaditas en la cabeza, pero él le sacaba veinte centímetros; la coronilla de la mujer apenas le llegaba al hombro.
La señora Payne medía solo un metro cincuenta y llevaba zapatillas de deporte con un vestido naranja holgado que engullía su cuerpo redondeado. Se le veía… increíblemente cómoda.
―Ay, Matty, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que viniste a casa ―dijo con voz ahogada, limpiándose una lágrima del rabillo del ojo mientras se apartaba de él―. ¿Has crecido? Pareces más alto.
Matt sonrió con ironía y besó a su madre en la mejilla.
―No he crecido en años, mamá, así que tú debes estarte encogiendo.
Ella se rio aliviada.
―¡Debe ser eso! ¿Tuvieron buen viaje? ―Sus ojos se iluminaron y volvió a mirar a Maddie, cuyo rostro enrojeció de inmediato.
Claro. «Bueno» no era la palabra que ella usaría para describir siete horas de silencio incómodo.
―Estuvo bien ―respondió Matt, al rescate―. Solo que… se hizo largo.
―Debieron haber venido en avión ―dijo su madre, chasqueando la lengua.
―Es malo para el medio ambiente ―replicó Matt, apresurándose al maletero para sacar su bolsa de viaje y la maleta pequeña de Maddie―. Ya vuelo demasiado por trabajo.
Podría haber sido un viaje divertido si ambos hubieran actuado con normalidad, se percató Maddie. Quizá por eso Matt no quiso volar: en otras circunstancias, podría haber sido un día genial en el coche.
Oh, Dios, ¿lo habían arruinado todo?
―Bien, es un argumento válido ―aceptó la señora Payne a regañadientes―. ¡Pero ya están aquí! Tu padre contaba con que cancelarías.
Caminaron por el sendero de grava hacia las grandes puertas dobles de la casa de piedra cubierta de hiedra.
Una pequeña veranda adornaba la fachada.
Todo parecía tan terriblemente encantador y bonito que a Maddie se le ensanchó un poco el corazón.
Al menos hasta que la madre de Matt volvió a fijar la vista en ella.
―¿Cómo estás, Maddie? Sé de ti por Matt de vez en cuando, pero no hemos hablado en mucho tiempo. Nell me ha dicho que el negocio está que arde ahora mismo ¿Hay alguna otra novedad?
«Me acosté con tu hijo. Y fue fantástico».
Los ojos de Matt se abrieron de par en par con alarma, quizá porque la elección de palabras de su madre fue demasiado desafortunada, así que Maddie se limitó a mirar a Sandra Payne con los labios un tanto entreabiertos, sin saber qué decir. Terminó negando con la cabeza.
―Oh, estoy segura de que eso no es cierto. ―Sandra sonrió con calidez―. ¡Pero tendrás tiempo de sobra para contármelo!
Se apresuró hacia la puerta. Maddie notó que Matt la miraba de reojo.
―¿Pasa algo? ―preguntó él, irritado―. Aún no le has dicho ni una palabra.
No respondió, solo lo miró durante un segundo, antes de apartar la vista. Nunca en su vida se había sentido tan incómoda.
―Mejor lleven sus cosas a las habitaciones ―gritó la señora Payne por encima del hombro y les indicó que pasaran a un pasillo estrecho con un montón de chaquetas colgadas en el perchero, y luego a un salón espacioso con una alfombra azul claro, una chimenea negra y muchos muebles desgastados.
Una gran escalera de madera subía desde la estancia al segundo piso―.
Maddie, tu dormitorio está junto al de Matt, la primera puerta a la izquierda después de las escaleras.
Él puede enseñártelo. Luego bajen y saluden bien a todo el mundo.
¡Todas tus hermanas están aquí, Matty! ¡Están en el patio y en el jardín!
El resto de los invitados llegará en una hora.
Incluso organizamos un catering para esta noche porque no queríamos el estrés de cocinar.
Hay carpas y surtidores de cerveza fuera y…
¡ay, echen un vistazo por ustedes mismos!
¡Ay, qué feliz estoy! ―Dio unas palmaditas alegres, le dio a su hijo otro abrazo rápido y luego señaló las escaleras.
Atravesó el salón a toda prisa hacia las puertas acristaladas que daban al patio.
Era una casa preciosa. Eso era ideal para concentrarse en cualquier cosa menos en Matt.
―Maddie, da un poco de miedo lo callada que estás.
Tragó saliva.
―No quiero decir nada inconveniente ―susurró al fin con culpabilidad y empezó a subir su pequeña maleta por las escaleras.
―Maddie. ―Matt le quitó la maleta con impaciencia y la llevó el resto del camino. Suspiró profundo y se volvió hacia ella―. No pretendía que sintieras que no puedes hablar en absoluto. Lo siento, ¿de acuerdo? Sé que he estado un poco molesto y enfadado los últimos días. Deberíamos hablar de lo que…
―No ―se apresuró a interrumpirlo.
Él parpadeó, confundido.
―Pero…
―No, no ―repitió, negando con la cabeza―. No deberíamos hacer nada.
―Maddie, necesitamos hablar de lo que ocurrió―rio con sequedad.
―¡No!
―Sí ―insistió ahora con dureza.
―No quiero discutir, Matt. Cada vez que discuto, me siento mal.
―Pero si discutes todo el tiempo. Por otras personas. ¿Por qué no por ti misma?
―Sobre eso. ¡Ya lo hablamos! No merece la pena.
―¿Qué? ―espetó y sus ojos se ensombrecieron al instante.
Ella entornó los suyos.
―No me refería a eso. Lo que quería decir es que no necesitamos hablar. Todo está genial entre nosotros. Olvidemos lo que pasó.
―¿Olvidar qué? ―preguntó de forma tajante―. ¿El sexo o la discusión?
―¿Las dos cosas? ―sugirió, dolida.
Él resopló.
―Maddie…
―¡No! ¡No me gustan las discusiones, Matt! ―lo interrumpió.
―Lo sé, pero a veces hay que tener una.
―¡No!
―¡Joder, que sí! ―exclamó, levantando la voz.
Ella opinaba lo contrario. Ahora mismo, todo estaba agrietado, pero si discutían… ¿y si se rompía?
―No ―repitió con urgencia―. Necesito armonía.
―Pero no conseguirás eso si reprimes tu enfado y tus sentimientos. Tienes que discutir para restaurar el equilibrio.
―¡No!
―Sí. Esa palabra me está empezando a sacar de quicio.
―Me da igual. Todavía puedo recuperar la armonía si desaparezco sin decir palabra. ―Sonrió por un momento, se metió en la habitación de la izquierda y cerró la puerta.
―¿Hablas en serio, Maddie? ―la llamó Matt incrédulo.
No respondió y él se fue, maldiciendo en voz baja.
Aliviada, dejó caer los hombros.
No solo evitaba las confrontaciones, sino que también se le daban fatal.
Al menos en lo que respectaba a sus sentimientos.
Lo que Matt aparentemente no entendía era que discutir por los demás era una apuesta segura.
Mostrarse combativa en nombre propio conllevaba el riesgo de arruinar las relaciones.
Si no se hubiera enfrentado a Clemens en aquel entonces, ¿habrían llegado a estar juntos de verdad?
No tenía ni idea. El fondo de la cuestión era que no quería discutir con Matt. Quería meterlo todo debajo de la alfombra y olvidarlo. ¿Acaso era mucho pedir?
Su teléfono vibró con un mensaje de Matt.
Esta conversación no ha terminado .
Suspirando, se sentó en la cama individual y se dejó caer de espaldas.
Evidentemente, para ella sí lo había hecho.