Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Capítulo Diecisiete

F ue cosa de una vez. Solo sexo. Nada más.

Matt se repetía esas palabras en la cabeza una y otra vez, mientras se metía en la cama fría de Maddie, ya que ella estaba en la suya.

Sinceramente, esperaba comenzar a creérselas pronto.

Si no lo hacía, cabía la posibilidad de que acabara de cometer el mayor error de su vida, aunque también hubiera sido la mejor maldita noche de su vida.

Sin embargo, no podían despertarse el uno al lado del otro. Eso sería demasiado… íntimo. Entonces sería algo más que sexo. Desdibujaría límites innecesarios en su amistad. Ese pensamiento lo asustaba. Así que se marchó. Puso entre ellos esa distancia que necesitaba con desesperación.

Se había pasado la tarde preguntándole por el hombre de sus sueños mientras sabía muy bien hacia dónde se dirigía todo —¡porque, maldita sea, fue él quien lo manipuló así!

—, diciéndose a sí mismo que lo único que tenía que hacer era deshacerse del deseo acumulado que sentía por ella y que luego todo volvería a la normalidad.

Sin embargo, no se durmió sino hasta el amanecer, porque no dejaba de intentar decidir si quería acostarse con Maddie una segunda o una tercera vez… y ese pensamiento no dejaba de ponerlo duro. Aquello era una respuesta en sí misma.

Solo eran las secuelas de su noche juntos, se dijo. Todo iría bien. Las cosas se enfriarían y volverían a tener una relación sensata y platónica. ¡En todo caso, su amistad habría mejorado gracias al sexo! Al fin y al cabo, ahora se conocían aún mejor.

¿O no?

Cuando se despertó a la mañana siguiente, casi se lo creyó. Maddie se fue temprano a trabajar, pero dejó un post-it en la nevera.

Hice omelettes. El tuyo ya estará frío, pero parecías tan agotado que pensé que sería mejor dejarte dormir. ¿Tuviste una noche estresante ayer? ¡Mucha suerte con el partido de hoy!

Me acabo de dar cuenta de que podría haberte escrito todo esto por mensaje y ahorrar papel. Da igual, ¡voy a aprovecharlo ahora!

Debajo había un dibujo espantoso de una gallina poniendo un huevo. Al parecer, esa era su idea de «aprovecharlo».

Matt soltó una risita y respiró aliviado.

Eso estaba bien. Eso era normal. Todo estaba bien entre ellos.

Lo único que quedaba era el asunto con Dax.

Bueno, si tenía suerte, no tendrían ocasión de hablar antes del partido de hoy.

La semana pasada solo se estuvieron comunicando mediante gruñidos y asentimientos con la cabeza.

Jack decía que se estaban comportando de forma infantil.

Matt decía que, al menos, no eran gruñidos y malas señas.

Y, en cuanto a la reunión de la tarde, a la que Maddie prácticamente lo estaba obligando a asistir…

Bueno, ¡habría mucha más gente con la que hablar!

No tenía por qué ser tenso ni incómodo en absoluto.

Si todo lo demás fallaba, bien podía mantener la boca cerrada.

—No puede ser que ese sea tu plan en serio —barbotó Jack unas horas más tarde, poniendo los ojos en blanco mientras subían las escaleras hacia el apartamento de Dax—. Pensaba que ya habían hecho las paces y que la cena de esta noche era para celebrar su inigualable amistad masculina.

—No, esto es una reunión forzada que Maddie y Lucy organizaron porque no soportan vernos a Dax y a mí enfadados. Intentan obligarnos a hablar de nuevo.

El pívot lo miró, perplejo.

—¡Pero Lucy dijo que sería una velada relajada!

—Lucy mintió.

Jack apretó los labios y sacudió la cabeza.

—Sabes que jugué en Nueva York casi diez años, y nunca hubo nada ni remotamente parecido a este tipo de drama entre los jugadores. Pero, dos meses contigo…

—… ¿te lo estás pasando de maravilla?

—¡No!

—Hm. —Matt frunció el ceño y lo miró—. Pero ¿llegaste a ser muy amigo de alguien del equipo?

El mayor se rascó la cabeza.

—Mmm…

—Exacto. Por eso somos mejores que el resto. Porque el entrenador nos dice todos los días que somos una familia y, al final, nos lo creemos. ¿Habrías ganado de forma tan espectacular con los Predators como lo hiciste con nosotros esta noche?

—¡Sí! Porque yo habría estado en su equipo —dijo Jack, agitando la mano—. Ganar es lo que se me da bien.

Matt resopló.

—Sí, definitivamente tú y Dax son hermanos.

Jack asintió con firmeza.

—Gracias.

—No es un cumplido.

Curvó una comisura de los labios.

—Oh, claro que lo es.

Genial. Otro animador para Dax. Matt no dijo nada, alegrándose de haber llegado por fin a la puerta de aquel extremo. Llamó al timbre.

Se oyeron varias voces. Una era la de Lucy, que decía, molesta:

—¡Por Dios, Dax, tienes casi treinta años! ¡Los dos se van a pedir perdón y punto!

Matt frunció el entrecejo. ¡No tenía ningún motivo para pedir perdón!

Cuando la puerta se abrió de par en par, le habría gustado saludar a los demás con esas mismas palabras… pero fue Maddie quien abrió.

El corazón le dio un vuelco.

Era una tontería. La veía todos los días. Bueno, no es como si se hubiese estado acostando con ella los días anteriores también. De una forma… ardiente y… Al parecer, aquello hacía que sus entrañas dieran vuelcos extraños.

Llevaba vaqueros y una sudadera con capucha con el logotipo de los Hawks. Por instinto, quiso tomarla de los hombros y darle la vuelta para ver qué nombre y qué número llevaba a la espalda.

Era un auténtico neandertal.

—Hola —dijo la chica sin aliento, sonriendo a uno y luego al otro—. Bienvenidos al infierno. Es muy divertido escuchar a Dax y Lucy discutir.

Matt intercambió una mirada de incertidumbre con Jack, pero ambos llegaron a la misma conclusión silenciosa: era demasiado tarde para dar marcha atrás. Además, Lucy ya los había visto.

—Ya están aquí. Qué bien —dijo esta, arrastrándolos a ambos al interior del apartamento por las mangas—. Dax todavía está ocupado quejándose y cocinando. Pero no tardará mucho. Para ser un atleta profesional, es alarmante lo rápido que se queda sin aire.

—¿Dax cocina? Cuánto esfuerzo. ¿Solo por nosotros? Es una joya humana —respondió Matt con sarcasmo.

—Por ustedes no. Por Maddie y Lucy —replicó este con agresividad—. Porque Jack quema hasta el agua y tu especialidad son los sándwiches y el Babybel.

Maddie, la traidora, soltó una carcajada.

—Tiene razón. Y en serio, Jack, ¿cocinas incluso peor que Matt? ¿Es algo propio de los jugadores de hockey?

—Qué va —espetó Matt—. Fox puede servirte una cena de tres platos y León prepara las mejores copas. Es algo personal.

—No soy mal cocinero, simplemente no cocino —se defendió Jack—. Antes Dax cocinaba para nosotros y luego… me hice rico. —Se encogió de hombros como si eso lo explicara todo, y así era.

—En nuestra casa, Maddie siempre ha sido la mujer de la cocina —dijo Lucy, dándole una palmadita a su hermana en el hombro.

Sí, igual que era la chica ideal para todo.

Era quien se encargaba de las cosas. Eso le había quedado demasiado claro a Matt en las últimas semanas; se aseguraba de que su padre estuviera bien, de que Rachel se pusiera en contacto con más frecuencia y de que Lucy no olvidara sus responsabilidades familiares.

Ella era el pegamento que mantenía unida a la familia James.

A duras penas. Y eso suponía una presión increíble sobre sus hombros.

Matt se preguntó si sus hermanas se daban cuenta.

—Bueno, yo creo que huele de maravilla —comentó Maddie mientras Matt y Jack se quitaban las chaquetas y los zapatos—. Gracias, Dax. Es un lindo detalle por tu parte.

—Hm —gruñó este, mirando a Matt con los ojos entrecerrados—. Así soy yo: un encanto. No hay absolutamente ninguna razón para estar enfadado conmigo o culparme.

Lucy le dio un pellizco en el bíceps con enfado y siseó:

—¡ Siempre hay razones para culparte, Dax! Deberías asistir a una reunión de marketing de los Hawks. Ahora, deja de escupir veneno. Hará que la salsa se ponga ácida.

—¡Venga ya! ¡He sido más santo que Jack el Santo estas últimas semanas! —se quejó su novio con incredulidad—. ¿Y por qué estás enfadada conmigo cuando fue Matt el que dijo que deberíamos separarnos?

—¿Perdona? —exclamó Matt, perplejo—. ¡Yo no dije nada de eso!

Lucy suspiró profundo.

—Lo sé, Matt —lo tranquilizó—. Dax siente que su orgullo está herido porque asume que se le da bien todo, pero todavía tiene que aprender a compaginar las amistades y las relaciones.

Yo también, por cierto. —Frunció el ceño y miró a Maddie con tono de disculpa—.

Nos damos cuenta de que hemos estado un poco…

absortos el uno en el otro estas últimas semanas.

—Deja de decir eso. —Dax la miró frunciendo el entrecejo—. Parece una confesión de culpabilidad. Y mi orgullo no está herido… ¡ Todo se me da de maravilla!

—Ah, eso sí no lo creo —masculló Jack—. ¿Recuerdas aquella vez que intentaste montar un armario de Ikea y rompiste una ventana, un dedo y tu cama?

Su hermano lo fulminó con la mirada.

—Me alegro mucho de que hayas vuelto a mi vida, Jack.

El pívot sonrió.

—Gracias. Yo también.

Lucy los miró con interés.

—Quiero oír esa historia.

Matt no. Él ya se la sabía. Al igual que se sabía todas las historias de Dax… aunque, espera, ¡el bastardo traicionero se calló que tenía un hermano secreto! Vaya, quizá no estaban tan unidos como siempre creyó. Quizá debería limitarse a aceptarlo y olvidarlo.

—No —respondió Dax con brusquedad.

Anda. ¿Le estaba respondiendo a Lucy o es que le había leído el pensamiento?

La pelirroja resopló de frustración. Maddie agarró unos platos del armario y se los tendió a Matt, presumiblemente para que pusiera la mesa. Luego, colocó unas copas de vino sobre la isla de la cocina.

—Está bien —capituló la novia de Dax—. Pues guárdate la historia y cambiemos de tema. ¿Algo nuevo de su parte? —Miró expectante las caras de cada uno de ellos.

Matt desvió la mirada porque, sí, había algunas novedades, pero ni en sus sueños más locos se le ocurriría…

—Sí, Matt y yo tuvimos sexo —declaró Maddie con ligereza—. ¿Quién quiere una copa de vino?