Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Bien, cuéntame. ¿Cómo es tu hombre ideal? —Cerró la puerta y fue directo a la cocina, probablemente porque seguía teniendo muchísima hambre, igual que ella. Los echaron antes de que pudieran disfrutar de gran parte de la comida.

—No quieres oírlo —dijo con un bufido.

—Oh, claro que sí. Necesito conocer a esa criatura legendaria de la que llevas hablando un año —respondió con seriedad mientras colocaba dos platos, pan, mostaza, lechuga y queso en la encimera—. Así que adelante mientras preparo la cena.

Tal vez tuviera las mejillas de un rosa intenso de nuevo, pero ¡qué demonios, él lo estaba preguntando!

—Bueno, si tanto quieres saberlo, ¡mi hombre ideal no me obligaría a devolver mi ensalada porque tendría claro lo incómoda que eso me haría sentir!

—Ah, entonces quieres a un hombre que no te ponga a prueba. Ya veo.

Ignoró eso. Suspirando, se acercó a él y se apoyó en la isla de la cocina.

—Para mí, mi hombre ideal es alguien que pregunta cómo me fue en el día y que escucha de verdad.

Alguien que ayuda en casa sin que tenga que pedírselo; y que ama a mi familia, aunque sé que a veces es difícil de hacerlo.

Quiero que sea inteligente, pero que no tenga problemas con que otra persona lo supere.

Que sea generoso, cálido y que esté dispuesto a abrirse.

Para mí, el hombre perfecto es aquel que sabe cuándo me siento mal, aunque no lo demuestre.

Que llama solo porque está pensando en mí y que me apoya en mis proyectos y en mi trabajo, pero también sabe darme mi espacio cuando lo necesito.

¿Se le olvidaba algo? Creía que sí, pero la expresión de Matt la distrajo. Tenía las cejas tan juntas que formaban una línea recta y los labios apretados con escepticismo. Parecía un niño al que le hubieran planteado un problema de matemáticas imposible.

—No lo entiendo —respondió al fin, pasándole uno de los sándwiches que había preparado; con mucho queso, como era de esperarse, aunque no fuera Babybel—. Si no hay señales externas de que no te encuentras bien, ¿cómo se supone que ese tipo va a saberlo?

—Simplemente lo sabrá.

—Pero ¿ cómo ? ¿Lo lee en tus ojos o algo así?

—Por ejemplo.

Frunciendo el entrecejo, la miró con fijeza.

—No me malinterpretes, Maddie, tienes unos ojos muy bonitos, pero nunca han gritado: «Me siento fatal, aunque finja estar bien». Esperar que alguien sea capaz de leer tus emociones es una estupidez.

Ella le lanzó una mirada sombría.

—No, no lo es. En cualquier caso, es un hombre ideal.

—El énfasis está en ideal porque no es real —dijo Matt con la boca llena—.

Entonces, ¿en serio quieres que tu novio sea capaz de leer la mente?

Imagino que eso sería increíblemente incómodo.

Odiaría que mi novia me leyera el pensamiento.

¿De qué hablaríamos entonces? ¿Y si mi intensa imaginación sexual la asusta?

Maddie tuvo que reírse.

—Ese es un buen argumento. Pero es importante que sea sensible. —Asintió con firmeza y dio un bocado a su sándwich. ¡Se podría decir lo que se quisiera de la cocina de Matt, pero el hombre sí que sabía preparar un buen emparedado!

—Creo que cada uno es responsable de sus propias emociones. ¡Si quieres que alguien sepa cómo te sientes, tienes que decírselo de una maldita vez! Para hacérselo más fácil a la otra persona.

Ella hizo una pausa y tragó saliva. El calor familiar que había estado sintiendo los últimos días cada vez que Matt la miraba durante demasiado tiempo, le hormigueó en el estómago.

—¿Como… cuando me dijiste cómo te sentías hace unos días?

Vio que a él le temblaba la mandíbula antes de responder con dureza:

—Sí. Así.

—¿Y crees que eso me lo ha puesto más fácil ?

—susurró ella, bajando el emparedado mientras se le encogía el estómago—.

¿De verdad crees que, desde que te confesaste, estoy menos preocupada por lo que sientes y quieres, y por lo que estás pensando?

¿Que ya no me estoy volviendo loca ? ¿A pesar de que eso es precisamente lo que querías evitar?

Vio cómo tragaba saliva. Cómo subía y bajaba su manzana de adán y cómo se lamió los labios resecos, en un intento vago de suprimir la vacilación, antes de murmurar:

—Al menos no has tenido que leerlo en mis ojos.

No. Pero se dio cuenta de que él lo había leído en los suyos, que ella sentía lo mismo. De lo contrario, nunca lo habría mencionado. La chica bajó la mirada y asintió.

—¿Y el aspecto físico?

Parpadeó confundida.

—¿Qué?

—¿Qué aspecto tiene tu hombre ideal?

Ah, claro. Su hombre ideal. Estaban hablando de eso.

—No me importa. El físico es secundario —masculló, dando un bocado al sándwich, aunque ya no tenía hambre.

—Y, ¿qué hay de… el sexo?

Se atragantó y tosió un trozo de pan que aterrizó en la encimera.

—¿Qué? —graznó.

—El sexo —repitió con seriedad, sin dejar de mirarla, clavando sus ojos en los de ella con las manos apoyadas en la isla de la cocina y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, de modo que Maddie pudo ver sus fibrosos antebrazos.

Él parecía tan tranquilo y sereno, mientras que el corazón de ella latía a triple velocidad.

—Ehm… bueno, lo ideal sería que quisiera tenerlo conmigo —respondió en voz baja.

Matt se rio por lo bajo y los tonos cálidos y oscuros le pusieron la piel de gallina.

—«Lo ideal sería que quisiera tenerlo conmigo» —repitió.

—He podido vivir sin eso durante mucho tiempo y seguir siendo feliz, Matt —susurró Maddie—. Así que el sexo no es una prioridad en una relación.

Él asintió despacio.

—Si eso es lo que crees, entonces nosotros tenemos una relación.

La chica aferró los dedos a la encimera de la cocina.

—La tenemos —confirmó en voz baja, y luego añadió con vacilación—: Solo que no es sexual.

—Exacto. No es sexual —repitió él como si tuviera que recordárselo. Como si tuviera que recordárselo a ambos.

Y, en ese preciso momento, pareció que los dos necesitaban un recordatorio.

A Maddie le hormigueó el cuello. El corazón le latía con fuerza. Y el calor de su estómago no procedía de la mostaza en el sándwich.

—¿No lo extrañas? —preguntó Matt, rodeando la isla de la cocina.

Solo dio un paso lento, pero a ella le pareció que corría hacia ella—.

¿El sexo y todo lo que conlleva, con los besos largos y pausados?

¿El calor de la piel de otra persona? ¿O las caricias que se vuelven más íntimas y ávidas a cada segundo?

¿No la extrañas? ¿La anticipación que te consume y se vuelve cada vez más urgente hasta que no puedes pensar en otra cosa que en cumplirla?

¿No echas de menos poder tocar a alguien, poder explorar todo lo que quieras sin que nadie te detenga…

Hasta ser parte del otro por un momento?

Matt seguía mirándola, con las pupilas más dilatadas que antes. Estaba permitiendo que ella leyera su mirada.

Maddie tragó saliva. ¿Cómo conseguía excitarla sin ponerle un dedo encima? ¿Cómo podía desencadenar tantas imágenes con solo palabras?

Era incapaz de apartar la mirada de él. Incapaz de controlar su respiración, que se volvía cada vez más superficial. Incapaz de detener el rubor que, seguramente, le estaba trepando por el cuello.

Se le secó la boca y una mano seguía aferrada a la encimera cuando susurró:

—Sí… echo de menos el sexo.

Vio que Matt tensaba los antebrazos.

—¿De verdad?

—Sí. Lo echo de menos. Mucho. —Era la verdad.

Ahora mismo, de hecho, no podía pensar en otra cosa—.

Echo de menos sentirme deseada. De… no tener que hacerlo yo sola.

—Tragó saliva, sorprendida por sus palabras—.

Echo de menos las caricias y todo lo que sigue.

Y… —Se mordió el labio y respiró hondo, sabiendo que estaba yendo demasiado lejos y que tal vez no se recuperarían de lo que estaba diciendo en este preciso momento.

Sin embargo, no podía hacer otra cosa. Su vientre seguía tensándose de esa forma tan placentera con cada momento que pasaba; había tanto deseo, tanto calor, tanto que quería.

¿Y por qué no iba a tomarlo? Aunque fuera solo por hoy.

Y, si decidía tener una aventura de una noche, ¡que fuera con Matt!

Confiaba en él. Y, Dios, lo deseaba ahora mismo.

—¿Y? —preguntó él con voz ronca.

—Y… —repitió ella y tragó saliva—. Y, desde hace semanas, no he podido pensar en otra cosa que en esas esposas junto a tu cama. Y en el hecho de que quiero que me encadenes a tu maldito cabecero y hagas todo lo que dijiste que harías hace unos días.

Matt se quedó en silencio. Sus palabras, su postura, todo se detuvo en seco. Incluso el tiempo se detuvo.

—Supongo que tienes razón —murmuró, con las manos apretadas como si le costara controlarse—. No necesariamente facilita las cosas el ser sincero y decirle a la otra persona cómo te sientes.

Ella rio con tensión.

—No. No mucho.

El chico respiró tembloroso antes de murmurar:

—Maddie, ¿qué pasa con lo de encontrar a tu príncipe azul?

—Puedo buscarlo mañana.

Las comisuras de su boca temblaron.

—Si hacemos esto, será solo cuando ambos entendamos…

—Que es algo de una sola vez, por supuesto. —Tragó saliva—. Solo estamos excitados y… ayudándonos el uno al otro.

—Cierto. Porque nuestra amistad…

—…es más importante. Siempre será más importante —respondió con seriedad.

Porque sabía que él había tenido miedo de eso desde que hablaron sobre Dax—.

Alguien acabará herido a menos que ambos entendamos de qué se trata exactamente esto.

Pero lo entendemos. Lo único que hago es decir «sí» a algo que es solo para mí.

Tú mismo lo sugeriste. Y… una vez no hará daño.

Él se rio de forma ronca.

—¿Hablas en serio? —Asintió—. ¿Una vez?

—Una vez.

—Bien —susurró él, antes de presionarla contra la isla de la cocina y bajar su boca hacia la de ella.