Capítulo 15
Capítulo Quince
M addie creía que era una persona introspectiva.
Se conocía a sí misma y a sus estados de ánimo, y tenía la suerte de poseer un carácter relajado y apacible.
Lucy, por el contrario, perdía los estribos a la primera oportunidad.
Ella no. Rachel empezaba a dar gritos cuando algo no le gustaba.
Ella no. Su padre se ponía desafiante cuando pensaba que algo era injusto. ¡Pero ella no!
Entonces, ¿qué demonios acababa de pasar?
Por más que se quedara mirando la carretera a través del parabrisas, no lograba comprenderlo.
—Nos echaron —susurró, todavía perpleja.
Matt sonrió con sorna.
—A ti te echaron —la corrigió.
— A mí me echaron —repitió, asombrada—. Madre mía, nunca me habían echado de ninguna parte. ¡Odio las confrontaciones!
—Pues no fue eso lo que pareció hace un momento.
—¡Lo sé! Pero… ¿qué pasó, Matt?
—Perdiste la cabeza.
—Ah. Sí. Eso —tragó saliva. No tenía ni idea de qué demonios le había sucedido, pero lo que dijeron aquellos dos hombres la puso ¡furiosa!—. No era mi intención empujarlo contra la mesa. Yo… supongo que calculé mal mi fuerza.
Matt soltó una risita.
—¿A qué fuerza te refieres?
Ella le propinó un fuerte puñetazo en el brazo.
—¡A esta!
—No sentí nada. ¿Me acaba de golpear una polilla?
Maddie puso los ojos en blanco.
—Sinceramente, no sé por qué toda esa gente te admira cuando eres… un idiota.
—Ya los escuchaste, tengo un pelo estupendo —respondió con ironía.
Maddie no pudo evitar reírse.
—Ay, Dios, uno de ellos dijo eso, ¿verdad?
—Sí.
—Pero si tienes el pelo hecho un desastre.
—Oye, es intencionado.
Maddie sonrió.
—Peor me lo pones.
—Lo que pasa es que tienes envidia porque no te han pedido hacer un anuncio de champú.
—¡No me digas que de verdad te lo pidieron!
Él suspiró.
—Preservativos, champú, agua embotellada… de todo.
Ella se rio… hasta que recordó que había empujado a un extraño y gimió, ocultando el rostro entre las manos. Pero no era porque se arrepintiera. Aquellos idiotas se lo buscaron.
—¿Maddie? —preguntó Matt al cabo de un rato, mientras estaban parados en un semáforo.
—¿Sí?
—Gracias. —Él esbozó una media sonrisa—. Por defender mi honor.
Hizo una mueca y dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—Esa no era mi intención.
—Sí que lo era.
Sí, lo era.
—Bueno, puede ser. ¡Pero es que de verdad me enojaron!
—Es evidente.
—Fueron unos irrespetuosos.
—Uno se termina acostumbrando.
—¡Pero eso no está bien! No es solo que tengas «suerte». Y no eres un arrogante. Y desde luego tampoco eres un imbécil.
—Eso es discutible.
—¡No! —jadeó con vehemencia—. No es discutible. Dax, tal vez. León, sin duda. ¡Pero tú no! —Era un buen chico. Educado. No hería a nadie a propósito. Era… lindo .
Levantó la vista y notó que seguía mirándola.
—Es absurdo —masculló él al final. No apartó la mirada hasta que el semáforo cambió.
—¿Qué es absurdo?
—Lo fácil que te resulta enfrentarte a la gente en mi nombre, pero lo difícil que te resulta cuando se trata de ti.
—Fue una excepción.
—No —negó con la cabeza—. Cuando Lucy se sintió tan mal por culpa de Dax, no tuviste ningún problema en decirles a ella y a tu padre lo que pensabas.
Cuando se llevaron el remolque de la casita de Hailey con la grúa, ¿quién fue la primera en presentarse en el depósito y cantarle las cuarenta al tipo?
—Se quedó callada—. Exacto. Se te da bien pelear, Maddie, pero por alguna razón, solo peleas por los demás, no por ti.
Ella puso los ojos en blanco. Estaba exagerando.
—¿Todavía siguen con lo de mi ensalada? Pedir que se lleven la comida no es una pelea.
—Para ti, es obvio que sí —respondió tajante.
La chica se mordió el labio. Maldita sea. Tenía razón.
—Es diferente. Lo de las aceitunas no importa. Simplemente elijo bien mis batallas. Y, la mayoría de las veces, otras personas necesitan que luche por ellas más que yo misma.
—Yo no lo necesitaba. No me importa lo que diga la gente.
Maddie tragó saliva.
—A mí sí.
Él sonrió.
—Eso también quedó claro.
Suspirando profundo, tamborileó sobre su pierna.
—Es que no me gusta pedir demasiado para mí. No necesito mucho.
—¡Pero necesitas una ensalada sin aceitunas! Y ¿a qué te refieres con eso de… pedir demasiado?
Sus mejillas se encendieron. A veces, era una pena que Matt no fuera un imbécil; así tal vez lo habría dejado pasar. Habría sido más fácil.
—He tenido y sigo teniendo a mucha gente en mi vida que pide demasiado, Matt —susurró—. No quiero ser una de ellas.
—Tu padre —respondió en voz baja.
—Por ejemplo. Rachel. Solo… porque no está aquí. Muchos clientes. Y… —Clemens también le había exigido demasiado: demasiada comprensión, demasiada indulgencia.
—¿Y? —preguntó Matt.
—Y nada más. Cuando hay demasiada gente a tu alrededor que necesita algo, Matt, no te sientes cómoda queriendo demasiado para ti. Porque resulta agotador. Para todos.
Él suspiró con pesadez.
—Deberías decir que «no» más a menudo, Maddie, cuando algo sea demasiado para ti. Y decir que «sí» a las cosas que te hacen bien.
Cierto, ese no era su punto fuerte.
—¿Podemos hablar de otra cosa?
—Bien. Entonces hablemos de ese payaso con el que quedaste para esta noche.
Ella gimió y entrecerró los ojos.
—Retiro lo dicho. Hablemos de mi incapacidad para decir que no, mejor.
—Ni hablar. Porque, en serio, ¿en qué carajos estabas pensando?
—Su perfil no sonaba tan mal —respondió, defendiendo a Alfie, aunque Matt tenía razón. Alfie resultó ser horroroso.
—Pero ¿cómo se te ocurrió elegirlo a él? Quiero decir… tu cuestionario no parece haberte funcionado muy bien, ¿no?
Suspiró. No podía culpar a la tecnología.
—Oh, el cuestionario estaba bien. Alfie y yo solo teníamos una compatibilidad del cuarenta y ocho por ciento.
—¿Qué? —preguntó confundido mientras entraba en el aparcamiento subterráneo—. ¿Y eso a qué viene?
Entrelazó los dedos en el regazo y agradeció la penumbra para que Matt no pudiera ver cómo le ardían las mejillas.
—Bueno, pensé que sería mejor empezar un poco por abajo e ir subiendo. Como hacía tiempo que no tenía una cita quise probar un poco las aguas del mundo de las citas.
—Pero… ¿qué? —Matt aparcó de forma un poco más brusca de lo que su BMW merecía—. ¿Ni siquiera un cincuenta por ciento de compatibilidad?
—No —admitió, desabrochándose el cinturón y huyendo del coche. Por desgracia, Matt era un atleta profesional y actuó con rapidez.
—¿Escuché bien? —exclamó incrédulo, dando un portazo—. ¿Se supone que yo me tengo que tomar en serio las citas, pero tú puedes quedar con el señor Cuarenta y Ocho Por Ciento?
—Fue decisión tuya lo de tomarte en serio las citas —le recordó ella—. Y yo lo estoy intentando.
—Oh, por favor. —Le lanzó una mirada fulminante y entró en el ascensor tras ella—. Un cuarenta y ocho por ciento no es «intentarlo».
—¡Quería empezar sin grandes expectativas! Hablando de eso, ¿qué te pareció Christina? —trató de sonar lo más despreocupada posible, pero sintió como si su voz hubiera subido una octava.
Matt se encogió de hombros y pulsó el botón de su planta.
—Es guapa.
Se le formó un nudo en la garganta.
—Lo sé.
—Y es inteligente. Y divertida. Y también abierta.
Maldita sea.
—Mmm… —reaccionó ella.
—Tu algoritmo no iba muy desencaminado.
Era lo que se temía. Maddie asintió y se concentró en el botón iluminado mientras el ascensor se ponía en marcha.
—Pero… —alargó Matt, y eso la sobresaltó.
—¿Pero?
—Bueno, dijo que esa sería la única cita.
Se le desencajó la mandíbula. ¿Christina estaba loca?
Con los ojos bien abierto, miró a Matt y, durante unos segundos eternos, sus miradas se cruzaron. Maddie estudió cuidadosamente su expresión, buscando decepción o… alivio, quizá, pero no encontró nada, solo calidez y el recuerdo de sus palabras: «sería una estupidez que nos acostáramos ahora».
¡Esas siete palabras que no lograba sacarse de la cabeza!
—No pasa nada —murmuró Matt, curvando la comisura de los labios—. De todos modos, le faltaba ese «algo».
¿Pero de qué demonios estaba hablaba este hombre? Si a Maddie le gustaran las mujeres, habría besado a Christina hasta perder el juicio allí mismo, en la mesa.
—¿Qué «ese algo»? —preguntó y parpadeó, deseando ver dentro de su mente, leer cada uno de sus pensamientos.
Matt frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante de forma casi imperceptible.
—Química, supongo —murmuró al fin—. Ese hormigueo en la nuca que promete más .
A Maddie le hormigueó el cuello. Sabía a qué se refería. Y el interior del ascensor se encogía a cada segundo.
—¿Más? ¿Qué es más? —repitió como en un eco.
La mirada de él se desvió a sus labios. Fue solo una décima de segundo, pero ella lo vio. Lo sintió.
—Más —repitió en voz baja—. Cosas que sientes pero que no comprendes. Que te resultan atractivas sin motivo aparente. La atracción que surge de la nada pero que sigue ahí.
Los dedos de ella se aferraron a la tela de su vestido.
—¿Sientes eso… a menudo?
Negó con la cabeza.
—No. Pero cuando está ahí, no se limita a desaparecer.
El ascensor dio un aviso sonoro y Maddie se sobresaltó. No estaba hablando de ellos, ¿verdad?
Se aclaró la garganta y salió, apresurándose por el pasillo hacia la puerta.
—Así que, si Christina no cumple tus expectativas, entonces es porque son demasiado altas —afirmó, deseando volver a temas inofensivos.
—Oh, no tienes ni idea. Y Maddie, deberías ser lo bastante valiente como para buscar el cien por cien. O al menos el noventa por ciento.
—El cien por cien me asusta —admitió, abriendo la puerta—. ¿Y si no existe? ¿Y si mi hombre ideal no existe? O, ¿y si creo que llegué a encontrarlo, pero… resulta que me equivoco?
Matt no respondió de forma directa, así que ella miró por encima del hombro con aire inquisitivo. Se sorprendió al ver que él la miraba con los ojos entrecerrados.
—Tienes una lista, ¿verdad? ¿Una lista de requisitos para el hombre ideal o algo igual de tonto?
—¡No es tonto escribir lo que quieres! —rebatió.