Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo Catorce

M att no admitiría que estaba nervioso cuando él y Maddie entraron en La Vie en Rose el miércoles, un refinado restaurante que ocupaba la última planta de uno de los rascacielos de Los Ángeles.

Pero eso se debía únicamente a que un jugador de hockey nunca confesaba estar nervioso.

Sabía que sus oponentes se aprovecharían de ello sin escrúpulos.

Y, de acuerdo, esta cita doble no era su adversario, pero tampoco era su amiga.

Tampoco lo era el vestido a la rodilla que llevaba Maddie.

No se había puesto medias debajo, a pesar de que hacía bastante frío, lo que significaba que quería impresionar al tipo con el que se iba a ver; con sus piernas, que siempre decía que eran demasiado gruesas pero que él consideraba más bien perfectas, lo estaba logrando por completo.

No le molestaba que el vestido fuera ajustado y que ella estuviera preciosa.

Maddie podía ponerse lo que quisiera. No habría dicho nada si hubiera aparecido con tirantes o un saco de patatas.

Bueno, si hubiera sido esto último, le habría preguntado si picaba.

Un hombre podía mostrar preocupación. Sin embargo, en general, las mujeres debían hacer lo que quisieran con su cuerpo.

Lo que sí le molestaba era que, antes de salir juntos del loft, le hubiera preguntado varias veces si de verdad estaba bien.

¡Parecía tan terriblemente insegura que se sintió tentado de agarrarla por los hombros, empujarla contra la pared más cercana y demostrarle con la boca lo bien que estaba!

Sin embargo, no quería volver a caer en esa trampa, así que se limitó a seguir asintiendo y diciendo que estaba increíble.

Lo cual era cierto, aunque le sacara un poco de quicio que ella hubiera soltado en broma al salir que tenía que asegurarse de que el vestido azul oscuro palabra de honor no se le resbalara, ya que no le cabía ningún sujetador debajo.

Le encantaba que ella no tuviera problemas en compartirlo todo con él, pero, por Dios, algunas cosas eran demasiado para su imaginación.

—¿En qué estás pensando? Estás muy callado —dijo, interrumpiéndolo y dándole un toquecito con el hombro.

«En tus pechos» quizá no era la respuesta correcta.

—Solo estoy un poco nervioso —murmuró—. Hace siglos que no tengo una cita de verdad.

—Digo lo mismo. Todo irá bien. ¡Ah, allí están!

—Lo guio hacia la derecha y sonrió a una mujer alta y morena que llevaba un vestido rojo escandalosamente bonito.

Se parecía mucho a una joven Naomi Campbell.

Luego levantó la mano hacia un hombre delgado y de pelo castaño sentado a dos asientos de ella en la barra.

Vaya. Christina Henley era preciosa. Maddie no exageró cuando dijo: «Es perfecta». Sabía que debería centrarse en ella —al fin y al cabo, era su cita—, pero le resultaba difícil no inspeccionar de cerca a Alfie McDonald. Parecía un completo idiota.

Matt sabía reconocer a uno. Jugaba contra ellos todos los días. A veces con ellos, dependiendo de si León estaba en el hielo o no.

Llevaba el cabello oscuro engominado hacia atrás y ondulado en la nuca, una camisa de color rojo oscuro con demasiados botones desabrochados para que se pudiera ver el vello del pecho, y pantalones arrugados.

Matt solía proponerse no juzgar a nadie a primera vista basándose solo en su apariencia…

¡pero con el Grasiento Alfie hizo una excepción!

—Hola —dijo Maddie con amabilidad, adelantándose—. Tú debes de ser Christina… y tú eres Alfie. —Los señaló a cada uno con el dedo, como si quisiera rodar un wéstern cuyo presupuesto era demasiado pequeño para las pistolas.

Christina respondió primero:

—Sí, ¿y tú eres Maddie? Te reconozco por la entrevista de la tele. Es una pena que no hayas traído a la gallina contigo.

Maddie soltó una risita y la saludó. Mientras tanto, Alfie miraba a Matt con la boca abierta.

—Oh, joder, de verdad eres Matt Payne —susurró, casi tropezando con sus propios pies para ir a saludarlo, ignorando a Maddie en el proceso, lo cual estaba mal.

Antes de que pudiera decir algo grosero, Maddie se volvió hacia él.

—Sí, este es Matt. Matt, esta es Christina… ¿y Alfie? ¿Mi cita?

Ese idiota pareció haberse dado cuenta de su metedura de pata porque se sonrojó y rápidamente le tendió la mano.

—Sí, claro. Perdón. Es que soy un gran fan de los Hawks. Encantado de conocerte. —Le dedicó una sonrisa genuina… y para disgusto de Matt, Maddie le devolvió la sonrisa con la misma intensidad. Cuando Maddie sonreía de verdad, las bombillas parpadeaban intentando estar a la altura de su potencia.

Matt apartó la vista de los dos y le tendió la mano a Christina.

—Yo también estoy decepcionado de que Eggsy no esté aquí. Esa gallina infernal ayuda mucho a romper el hielo —dijo, y su cita se rio mientras le estrechaba la mano.

—¿Se llama Eggsy?

—Sí. —Se dio la vuelta—. Maddie, ¿quién de las dos le puso Eggsy, tú o Hailey?

—Ah, fui yo —respondió con las mejillas sonrosadas—. Mi socia quería llamarla Los Pollos Hermanos . O Cluck Norris. Pero pensé que ambos nombres eran demasiado largos.

Matt soltó una risita suave.

—Cluck Norris.

Christina sonrió encantada.

—Ese es bueno. Para la próxima gallina.

—Sin duda. ¿Nos sentamos?

Los demás asintieron mientras Matt notaba que el Grasiento Alfie no dejaba de mirarlo con asombro.

Qué completo idiota. Maddie estaba de pie a menos de un metro y él ¿no tenía nada mejor que hacer que quedarse embobado mirándolo a él?

Un camarero los condujo a una mesa junto a la ventana, de modo que tenían una buena vista del horizonte de Los Ángeles. Mientras estudiaban el menú, intercambiaron frases de cortesía: el tiempo, la entrevista en Match Me!, dónde habían ido a la universidad, cosas así.

Christina era, como Maddie dijo, agente de varios actores y actrices, pero se abstuvo de mencionar nombres, lo que a Matt le pareció atractivo. Alfie era instructor de submarinismo y mencionó muchos nombres de clientes famosos que había tenido.

—Pero nunca un jugador de hockey, por si te interesa —dijo, guiñándole un ojo a Matt antes de hacer su pedido al camarero, antes que Maddie o Christina.

Ya, bueno, puede que hoy en día no hubiera reglas en el mundo de las citas, ¡pero siempre se dejaba que la mujer pidiera primero! Eso era lo que su madre le había enseñado y nunca la decepcionaría.

Matt apretó los labios e hizo un gesto para que Christina y Maddie le dijeran al camarero lo que querían, y luego pidió él. Cuando el chico estaba a punto de marcharse, Maddie añadió con rapidez:

—Ah, ¿podría traerme la ensalada del entrante sin aceitunas? ¿Y una copa pequeña de vino blanco, por favor?

—Por supuesto. —El camarero asintió y desapareció.

Matt levantó una comisura de la boca y la miró, estaba sentada a su lado.

—¿Hoy no hay tequila sunrise?

Ella se encogió de hombros.

—Me gusta probar cosas nuevas.

Él soltó una risita.

—¿Desde cuándo?

—¡Desde siempre!

—Llevas comprando los mismos zapatos diez años y el otro día me llamaste loco porque compro cualquier jabón, no siempre el mismo.

Maddie puso una mueca y se dirigió a Christina y Alfie:

—Es difícil encontrar zapatos cómodos que no parezcan estúpidos. ¿Para qué arriesgarse comprando unos nuevos? ¡Y es de locos no saber a qué te van a oler las manos cada día! ¡Elige un aroma, Matt, y no cambies!

Él se encogió de hombros.

—Me gusta vivir una vida peligrosa, Maddie.

En respuesta, resopló.

—¿Ah, sí, señor Merendola de Babybel? Comes las mismas tres cosas cuando no cocino yo. ¡Una de ellas es queso! Queso malo, además. Esos envoltorios de cera roja de tus queridos Babybel están tirados por todo el apartamento.

—¿Viven juntos? —preguntó Christina sorprendida, mirando con curiosidad de uno a otro.

Matt notó por el rabillo del ojo que las mejillas de Maddie se volvían rosadas, como si hubiera dicho algo sucio.

—Solo temporalmente —se apresuró a aclarar—. Mi apartamento se inundó y Matt es el único de mis amigos con una habitación de invitados.

—Oh, no. ¿Una tubería rota? —preguntó Christina con simpatía.

—¿Cuántas habitaciones de invitados tienes? —la interrumpió Alfie dirigiéndose a Matt—. ¿Tienes una mansión? ¿Piscina? ¿Mayordomo? Viejo, lo que ganamos todos nosotros son miserias comparado contigo, ¿verdad? —Se rio a carcajadas.

Hm. Matt ya sabía dónde le gustaría meterle sus miserias.

—No me hace mucha gracia tener que caminar cinco kilómetros de la cama a la nevera —respondió—, así que no, nada de mansión. Ni piscina. Ni mayordomo. —Solo un loft de un millón de dólares, pero prefirió guardárselo para sí, sospechando que Alfie podría mearse encima de pura emoción.

Le hizo a Christina unas cuantas preguntas más sobre su trabajo mientras Alfie, por una vez, intentaba concentrarse en Maddie, que le contaba los altibajos de ser casamentera.

Matt no conocía todas sus historias y se sintió tentado de escucharla al mismo tiempo.

Sin embargo, eso habría sido extremadamente grosero, y las anécdotas de Christina sobre actrices testarudas de Hollywood eran igual de interesantes, así que…

Al cabo de un rato, el camarero regresó con las bebidas y los entrantes.

El servicio era lento hoy para lo que se suponía que era un buen restaurante…

y cuando Matt miró la ensalada de Maddie, lo único que vio fue un montón de aceitunas negras.

Y su copa de vino blanco tenía el tamaño de una de tinto.

Esperó a que la castaña detuviera al camarero y le señalara su error, pero sus ojos solo recorrieron la ensalada un momento antes de que frunciera el entrecejo y sacudiera la cabeza, como si acabara de llegar a un acuerdo consigo misma para no decir nada.

El camarero se alejó al trote, Christina y Alfie se lanzaron sobre sus entrantes, y Maddie miró con desgana las aceitunas.

—Maddie —murmuró—, pediste la ensalada sin aceitunas. Y un vino blanco pequeño.

—Lo sé. —Le restó importancia con un gesto—. No pasa nada.

—Maddie. Odias las aceitunas.

—Ya lo sé.

—Las han cortado muy pequeñas, así que no vas a poder quitarlas.

—Ya, da igual…