Capítulo 13 #2
Hailey salió por la puerta y Maddie volvió a centrarse en introducir el resto de los datos de la señorita Geller en el algoritmo.
Tenía una corazonada muy fuerte sobre ella y Sam Cho, el profesor de primaria.
El programa arrojó un ochenta y siete por ciento.
Vaya, su intuición de verdad que era buena.
Hablando de emparejamientos, le debía una cita a Matt.
Le debía tanto que lo menos que podía hacer era encontrarle una mujer prometedora, aunque la mera idea le molestara.
Acercó el teclado. Podía rellenar el cuestionario de Matt con demasiada facilidad y probablemente lo respondería con más sinceridad que él.
Por ejemplo, estaba convencido de que le interesaba cualquier tipo de película o serie, pero en realidad solo veía películas de acción aleatorias, Juego de Tronos y Las chicas Gilmore.
También pensaba que siempre daría prioridad al trabajo sobre su vida personal…
pero ya había llegado tarde a un partido —y recibió una multa de tres mil dólares— solo por subir una cómoda de segunda mano a su apartamento.
Ella se ofreció a pagársela, pero él estuvo riéndose durante unos treinta minutos antes de que negara con la cabeza y le dijera:
—Tú salvaste la cómoda, déjame pagar mis deudas.
Así que aquello de su trabajo tampoco era del todo cierto. Su empleo no era siempre su máxima prioridad.
Preparó todo lo necesario para Matt y, de paso, se inscribió ella misma en la agencia. Oficialmente, daba por iniciada la Misión Príncipe Azul. Matt tenía razón. Se querían demasiado como para arruinar su amistad con algo tan estúpido como el sexo. Él no quería eso, y ella tampoco.
Respiró hondo. Entonces, ¿quién sería la pareja perfecta para Matt?
Una hora más tarde, tenía la respuesta.
—¡Christina Henley! —le anunció por teléfono.
—No, no —respondió él con paciencia—. Matthew Payne. ¿Te acuerdas?
Maddie se rio… lo que hizo que las siguientes palabras fueran aún más difíciles. Sin embargo, tenía que ser valiente.
—¡Christina Henley es tu cita! Pasado mañana. Tienes el miércoles libre, ¿verdad? Y no vamos a casa de tus padres hasta el sábado por la mañana.
—¿Cómo sabes eso?
—Tu calendario está colgado en la puerta de entrada. Así que no tienes excusa. La llamé y tiene muchas ganas. Y ya he elegido el restaurante.
—Ah, vaya —respondió él despacio y ella oyó unas risas de fondo. Quizá todavía estaba en el vestuario—. Has estado ocupada.
—Sí. ¡Mucho! Y, para motivarte un poco más… —se aclaró la garganta—, también organicé una cita para mí esa noche.
Él se quedó callado por unos momentos.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Bien. Eso es… —Otra pausa—. ¡Me alegro por ti! ¿Cómo se llama el tipo?
—Alfie McDonald. —Su reacción fue una carcajada—. ¡Oye, no seas malo! No es su culpa llamarse así.
—Perdona, perdona. Solo me sorprende que viva aquí en Los Ángeles y no en una granja.
Ella se mordió el labio para no reírse.
—¡Matt!
—Bueno, bueno, está bien. ¿Quién es mi cita?
—Christina Henley, ya te lo dije. Es agente en Hollywood. Tiene unos horarios de locura. Tiene un gran sentido del humor. Y una actitud ante la vida de «simplemente dejar que las cosas pasen».
—Mmm, eso suena…
—…¿bien? —preguntó ella con nerviosismo.
—Sí. Es solo que…
—¿Qué? —Se enderezó en la silla—. ¡No puedes echarte para atrás!
—No lo haré. Es solo que las primeras citas son siempre tan incómodas, Maddie. Solo pensaba que quizá considerarías una cita doble, ya que planeaste una para ti esa misma noche.
La chica se quedó callada y el bolígrafo con el que había estado golpeando su rodilla se le cayó de la mano.
—Eh —dijo.
—Las primeras citas siempre son incómodas —repitió él—. Hay baches en la conversación y no sabes dónde mirar. Si fuéramos cuatro, eso aliviaría un poco la tensión, ¿no crees?
Maddie se agachó para recoger el bolígrafo y se frotó la nuca. Una cita doble. Estarían juntos en una cita. Pero no el uno con el otro, sino con otras personas.
Mmm. No estaba segura de si sería algo raro o una buena idea.
—Es una buena idea. Podemos salvarnos el uno al otro si la cosa se tuerce —respondió Matt, leyéndole el pensamiento.
Las comisuras de su boca temblaron.
—No se torcerá. Christina es perfecta. Pero, sí, de acuerdo.
—Tenía razón. Serviría para aligerar el ambiente.
Y ella podría recopilar más… datos. Podría ver qué le gustaba a él y qué no.
Echarle un ojo. Se tragó este último pensamiento—.
Bien, se los preguntaré—respondió—. Si no les importa, cambiaré la reserva a cuatro personas.
Matt exhaló un suspiro de alivio.
—Genial. ¿Nos vemos luego entonces?
—Creo que sí.
—Bien, voy a cocinar algo esta noche.
Maddie bufó.
—¿Vas a cocinar tú?
—¡Oye, que tuve que cocinar mucho de niño! Sé hacer salteados de verduras. Pasta. Incluso hice un gratinado una vez.
—¿Echándole queso por encima a la pasta y a los salteados de verduras?
—¡Exacto! Así que prepárate para una comida de gourmet.
—Prefiero prepararme para el restaurante gourmet del miércoles —respondió ella—. El cual, espero, no tener que pagar.
—¿Crees que Alfie te invitará?
—Ni de broma. ¡Lo harás tú! —dijo, sonriendo—. Eres rico.
Él resopló.
—Y te llamas a ti misma emancipada.
—Se puede estar emancipada y seguir dejando que la estrella millonaria del hockey pague. Así que, nos vemos más tarde.
—Hasta luego —dijo él, divertido—. Y gracias… por la cita.
La chica tragó saliva.
—No hay de qué. Será estupendo.