Capítulo 12
Capítulo Doce
R espirando con dificultad, Matt tiró la llave de la puerta sobre el colchón y luego la tapó con la manta para tener que buscarla si de repente sentía el impulso de usarla.
Porque, joder, eso era justo lo que quería.
Quería echar la puerta abajo y decir que sí.
A todo lo que Maddie acababa de plantear.
Quería volver y sentir sus labios sobre los suyos.
Detrás de la oreja. En el cuello. En el pecho.
Más abajo. Quería más de aquel beso que había iniciado tan imprudentemente.
Quería tumbarla en el enorme sofá y aprovechar cada centímetro de él.
Besarla en cada uno de los rincones que se atrevió a mencionarle antes.
Quería saber qué sonido emitía al correrse.
Si le gustaba suave y lento o duro y rápido, si le gustaba reírse en la cama o si prefería estar arriba o abajo.
A qué sabía, cómo olía… Quería todas esas cosas que nunca sabría siendo solo un… amigo.
Y eso le aterrorizaba. Por mucho que lo deseara, no podía perderla. No como amiga. No como una persona fundamental en su vida. Porque si el hockey y su familia se desmoronaban… solo quedaría ella. Así que, ¿cómo iba a arruinar aquello?
Era como él decía: no tenía muchos amigos íntimos, y ella era el epicentro.
Caminó de un lado a otro, inspirando y expirando con voz temblorosa, y se pasó las manos por el cabello con rabia.
Sabía que era culpa suya. Él la besó primero.
Fue quien no pudo controlarse y quiso provocarla.
Quiso saber si hablaba en serio cuando dijo lo de no arruinar su amistad.
Lo de no interponer nada, pasase lo que pasase .
El beso solo fue el comienzo de lo que podría suceder.
Ella lo pensó, igual que él. Lo leyó en sus ojos, en su pecho, que subía y bajaba frenético. En sus pupilas dilatadas y en sus labios enrojecidos, así como en su tacto.
Puede que fuera un idiota, pero sabía leer el lenguaje corporal, razón por la cual le parecía una estupidez pedir permiso para besar a alguien.
Tal vez no fuera tan estúpido en realidad, porque sin duda quería que la otra parte estuviera tan entusiasmada como él, solo que…
lo sabía . Incluso dejaba que las mujeres dieran el primer paso la mayoría de las veces, así que estaba clarísimo.
¡No importaba! No era más que un desliz, nada a lo que no pudiera restársele importancia como una provocación tonta; algo que podía olvidarse. Si hubieran ido más lejos, si hubieran llegado a más…
Las imágenes inundaron su mente y maldijo su vívida imaginación.
Autocontrol. Necesitaba autocontrol.
¡Mierda, tal vez tendría que preguntarle a Jack cómo se las apañaba para tener ese maldito dominio sobre sí mismo!
Jack.
El nombre desencadenó un recuerdo.
«Cuando algo no va bien, los dos suelen darse cuenta».
«A veces las palabras que no se dicen pueden destruir mucho más que las habladas».
Se le formó un nudo en la garganta.
¿Este era uno de esos momentos en los que el silencio hacía más daño que unas cuantas palabras?
¿Estaría Maddie ahí fuera sentada sin tener ni idea de qué había ocurrido? ¿Le evitaría mañana? ¿O se enfrentaría a él sin más, tensa y confundida?
No quería eso, ni tampoco quería echar la vista atrás dentro de tres años y darse cuenta de que aquel momento extraño había empañado su amistad para siempre.
—Joder —jadeó, tomando una honda respiración.
¿Por qué no podía ser sincero sin más? Eso era lo mejor de su amistad con Maddie, que siempre podían ser honestos el uno con el otro.
Soltando un juramento, saltó a la cama, apartó las mantas y rebuscó la llave.
Tardó más en encontrarla de lo que sus nervios podían soportar.
Empezaba a temer que fuera demasiado tarde, que ella se hubiera levantado hacía rato y hubiera desaparecido en su habitación para cuando él por fin abrio la puerta.
Resultó que sus preocupaciones fueron infundadas: seguía en el sofá, mirando por encima del respaldo hacia su puerta. O, mejor dicho, hacia él.
Tenía los labios entreabiertos, los ojos muy abiertos y, maldita sea, ¡era tan bonita! Siempre lo había sabido, pero… ah, Dios.
Entornó los ojos y respiró profundo. Luego se recompuso. Buscó ese autocontrol que Jack emanaba, al igual que León emanaba imprudencia juvenil.
Finalmente, suspiró e inició la conversación con elegancia:
—¡Sería una estupidez, Maddie!
Ella parpadeó. Luego dijo con vacilación:
—¿Qué sería una estupidez?
Sí, sabía a qué se refería. «Cuando algo no va bien, los dos suelen darse cuenta».
—Acostarnos ahora —soltó antes de perder los nervios—. Los dos estamos excitados porque te besé y perdí un poco la cabeza. Porque me viste desnudo y también perdiste un poco la cabeza. Sería tan estúpido.
Ella lo miró estupefacta.
—¿Qué? —chilló, como si no pudiera comprender lo que estaba diciendo.
Bueno, él lo comprendía. También pensaba que era valiente por su parte… o estúpido. Pero para él era importante no fastidiarlo, ser honesto.
—Bien, escucha, Maddie —dijo, dando un paso adelante y caminando frente a ella—.
Desde que dijiste que en realidad te gustaba cuando nos conocimos y que consideraste por un breve momento meterte en mi cama, me he vuelto un poco loco.
—Se rio sin gracia y se pasó la mano por el cabello—.
Porque siempre di por sentado que no te sentías atraída sexualmente por mí.
Así que habría sido absurdo interesarme por algo más que por tu increíble personalidad.
Tuve que olvidarme de todo lo físico. Eso me facilitó descartar el tema por completo.
Pero entonces dijiste que te parecía que estaba bueno, y entonces aparecieron esas imágenes en mi cabeza, y…
—Tragó saliva, se detuvo en seco y se frotó la cara—…
El tema ha vuelto a ponerse sobre la mesa.
Está tumbado desnudo sobre ella, por así decirlo.
Pero eso no significa que vaya a lanzarme sobre ti, ni que vaya a cambiar nada.
Solo quería decírtelo. Quería ser sincero y explicarte por qué puede que me haya portado de forma un poco extraña.
Para que no te devanes los sesos. ¿De acuerdo? —Inspiró profundo.
»Eres demasiado importante para mí como para dejar que algo tan tonto como el sexo lo arruine todo.
Así que, lo siento, Maddie. Por haberte besado.
Creo que quería provocarte porque dijiste que nada podía arruinar nuestra amistad.
No ha estado bien por mi parte. Somos amigos y he cruzado una línea.
De verdad, lo siento. No pretendía incomodarte ni enviarte señales contradictorias.
—Hizo una pausa y entrecerró los ojos antes de asentir—. Sí. Eso es todo. ¿Alguna pregunta?
Maddie seguía con la boca abierta. Parecía tan desconcertada que Matt bien podría haber sido un camión que se dirigía directo hacia ella y ella ni se habría inmutado.
No habló durante una eternidad, una eternidad en la que el corazón de Matt latía con una inseguridad que lo consumía por dentro. ¿Había sido idiota? ¿Tal vez… demasiado abierto?
Finalmente, la escuchó tragar saliva con fuerza. Ella asintió, hizo otra pausa de unos segundos y sonrió.
Era una sonrisa tímida. Lenta. Un poco divertida, y dubitativa a la vez. Por fin, preguntó en voz baja:
—¿Eso era lo que te preocupaba? ¿Que en realidad me hayas cautivado más de lo que creías? —Él asintió—. Yo… te preocupa… —Parpadeó y sacudió la cabeza, luego suspiró y volvió a asentir—. Bien.
Él enarcó las cejas con sorpresa.
—¿Bien?
—Sí. Bien.
—¿Entonces todo normal?
Su amiga asintió.
—Yo también siento haberte… bueno, haberme montado encima de ti. —Se le encendieron las mejillas.
Él se rio.
—Yo empecé.
—Pero no tenía por qué haber seguido. En realidad, se me da mejor ignorar las provocaciones.
Así era ella, fantástica evitando conflictos.
—Bien. —Inspiró profundo y sonrió, aliviado—. Eres la mejor amiga que he tenido nunca, Maddie, así que para mí es importante que no arruinemos nada simplemente porque vivamos juntos.
—Matt, ya te lo dije: pase lo que pase —respondió ella con suavidad—. Seguiremos siendo amigos. Eso ha sido… divertido. Un poco demasiado poco platónico, pero eso no significa que cambie nada.
—Bien. —Aliviado, exhaló con fuerza—. Genial. Pues me voy a dormir.
—De acuerdo. Yo voy a terminar de ver la película.
—Claro. ¿Hasta mañana?
—Hasta mañana. —Él sonrió, dio media vuelta y cerró la puerta.
Nada cambiaría.