Capítulo 11 #2
Sí, eso lo sabía. Su madre trabajó como consultora para varias empresas vinícolas y su padre como artesano aquí y allá antes de comprar su propio viñedo y establecerse por fin. Para entonces, Matt casi había terminado el colegio.
—¿Así que Dax es tu mejor amigo y ahora temes que se convierta en otro conocido casual?
—Tal vez —masculló él, cerrando los ojos—. Intento no darle demasiadas vueltas.
—Oh, Matt —susurró ella. El corazón se le encogió con dolor y se acercó más a él para poder pasarle el brazo por los hombros—. No todas las amistades se desmoronan.
—Las mías lo han hecho hasta ahora.
—La nuestra no —le aseguró con cariño—. Pase lo que pase, la nuestra no lo hará.
—¿Pase lo que pase? —murmuró él, abriendo los ojos e inclinando la cabeza para mirarla a la cara. Su mirada era inquisitiva, curiosa, como si intentara averiguar si mentía o si hablaba en serio.
—Sí. —Sonrió y le revolvió el cabello. —Pase lo que pase. —Estaba segura de eso—. Ahora, mira la película conmigo. ¡Está a punto de llegar la mejor parte!
Matt se volvió hacia la pantalla con el ceño fruncido mientras la chica volvía a poner Netflix.
—¿Cuál es la mejor parte? —quiso saber.
—El primer beso, por supuesto. Esa siempre es la mejor parte.
Él resopló.
—¿No la primera vez?
—Ah, eso no se suele mostrar de forma explícita —respondió agitando la mano—. El beso, en cambio, siempre sale. Y este es especialmente bueno.
—¿Te conoces la película? —preguntó sorprendido.
—Sí. Cuando quiero relajarme, suelo ver una de romance que ya haya visto —dijo, feliz de que todo entre ellos volviera a parecer normal.
Matt la miró con el ceño fruncido.
—Ajá. ¿Y por qué es especialmente bueno el beso?
—¡Solo mira, Matt!
—Okey. —Se quedó mirando la pantalla, donde el protagonista y la actriz principal estaban uno frente al otro bajo la lluvia.
El sol se ponía tras ellos, desapareciendo en la superficie brillante de un lago, mientras el hombre preguntaba: «¿Puedo besarte?
» y ella respondía sorbiéndose la nariz: «¡Pensé que nunca lo pedirías!
». Inclinaron la cabeza y él la rodeó con sus brazos…
Matt resopló con fuerza.
—¡Ah, por favor, Maddie!
Ella se sobresaltó.
—¿Ah?
—No puedes hablar en serio. —Señaló el televisor—. Esperaba más de ti.
—¿Qué? —preguntó perpleja, y pulsó el botón de pausa.
—A ver, atardecer y lluvia. ¿No es un cliché redondo?
—Es romántico.
—Es una cursilería. ¿Y le «pregunta» si puede besarla?
—¡Eso demuestra respeto!
—¡Es la prueba de un mal guion! Claro, ambas partes deben estar de acuerdo con un beso y, preguntas como «¿Te parece bien?», deberían formar parte de la primera vez. Pero, vamos, eso fue patético. Nada romántico. Debería haberla agarrado y besado sin más.
Ella puso los ojos en blanco.
—Eres un Neandertal. Es de lo más dulce que se lo haya pedido.
—¡Arruina el momento! Debería haber comunicado la pregunta con la mirada.
Maddie resopló.
—¿Cómo se pregunta con los ojos si puedes besar a alguien?
—¡Pues con la mirada!
—¿Qué clase de mirada, Matt?
—Esta —dijo él con total naturalidad, antes de volverse hacia ella y acunarle el rostro entre las manos.
Se aclaró la garganta y parpadeó un par de veces, como si preparara la mirada para una tarea importante…
hasta que, por fin, la miró. Sus ojos se clavaron en los de ella y sus pulgares le acariciaron las majillas en un roce ausente, suave, enviando por su cuello un ligero escalofrío.
Maddie se preguntó si lo hacía a propósito.
¿Aquello formaba parte de «la mirada», que había comentado? No obstante, se quedó en blanco porque la expresión de Matt cambió.
Fue como si pequeñas llamas bailaran en sus iris.
El marrón claro de sus ojos se oscureció y se convirtió en chocolate líquido.
La respiración de la chica se aceleró. Tenía la sensación de que él estaba escudriñando en lo más profunda de su alma.
Entonces, su mirada se deslizó despacio hacia abajo.
Por sus pestañas y su nariz hasta sus labios, demorándose allí lo que pareció una eternidad.
Acariciándola. Haciéndola sentir que él no pensaba en otra cosa que en tocarla únicamente con sus labios.
Que su mundo giraba en torno a su boca… y de repente pestañeó y sonrió de par en par.
Tal vez se debiera a que notó cómo sus mejillas se volvían coloradas.
—Ah, esa mirada —graznó y tragó saliva, intentando ahuyentar el calor que le recorría las venas, acelerándole el corazón.
—Sí. —Matt retiró las manos y asintió—. Ahora dime, ¿a las mujeres de verdad les resulta excitante que les pidan permiso para besarlas?
—Es de ser educado —reafirmó con firmeza, distraída por el hormigueo en su piel allí donde él la había tocado.
—¡Es una tontería! Le quita toda la… intensidad al beso.
—¡Te lo estás inventando! —le informó con voz ronca—. Y te equivocas.
Durante unos segundos, Matt se limitó a mirarla sin expresión, antes de agarrarla y plantarle un beso.
Sus labios aterrizaron sobre los de ella, rudos y dulces al mismo tiempo, de forma tan repentina que Maddie jadeó por la sorpresa, lo cual él aprovechó para profundizar el encuentro y… el corazón se le detuvo. El tiempo. Todo.
Saboreó algo amargo y muy de Matt , antes de derretirse bajo su contacto.
El pulso en su cuello latía con violencia, frenético, y el calor del beso se extendió por su cuerpo como la pólvora.
Su barba incipiente le raspó la piel, haciéndola temblar; y él la agarró por la nuca mientras succionaba su labio inferior entre los suyos con un movimiento suave.
Y las manos de ella… se deslizaron por su pecho masculino, porque necesitaba equilibrarse, necesitaba bajar a tierra, porque los labios de él seguían presionando contra los suyos, tomando, pero dándole espacio suficiente para explorar por sí misma.
Sin embargo, antes de que pudiera empezar a hacerlo de verdad, se apartó.
Retiró la mano de su nuca mientras se inclinaba hacia atrás y se alejaba de ella. Tenía las pupilas dilatadas. Sus mejillas estaban encendidas, al igual que sus labios, mientras murmuraba con voz ronca:
—¿Ves? Mucho mejor que si te lo hubiera pedido, ¿no lo crees?
Ella lo miró con la boca todavía abierta. Todo su cuerpo vibraba y el calor le subía en oleadas por el abdomen.
Parpadeó y respiró profundo, sin entender qué había pasado exactamente.
—¿Qué… por qué fue eso? —fueron las únicas palabras que su cerebro pudo de articular.
—Quería demostrar mi punto —susurró él, con la mirada todavía fija en su rostro, desplazándose entre su boca y sus ojos—. Los besos espontáneos son mejores que los que se piden.
Maddie tragó saliva y clavó los dedos en el cojín del sofá.
—Ajá. Bien —dijo, con la voz temblorosa… pero también sonando desafiante. ¿La besó para tener razón? Oh, no. Eso sí que no. Enderezó los hombros—. Bueno, me mantengo en mi postura. Eso no es cierto.
Él curvó una comisura de los labios mientras su mirada vagaba hacia los suyos y volvía de nuevo.
—¿Ah, sí?
—Sí. De verdad. —Se tragó los nervios y levantó la barbilla.
A ese juego podían jugar los dos. Ella podía demostrar su punto con la misma eficacia que él—.
Por ejemplo, si yo hiciera esto… —Con calma, se puso de rodillas y se acercó a él, rozándole el muslo, para luego ponerle una mano en el cuello con suavidad, sintiendo su pulso martillear contra su dedo índice—.
¿Matt? —murmuró, recorriéndole el rostro con la mirada.
Se demoró en sus labios mientras él la miraba a los suyos—.
¿Puedo besarte? ¿Solo una vez? Pero como un beso de verdad.
—Lo miró a los ojos—. No he pensado en otra cosa durante días y me preguntaba…
¿si tú también sientes lo mismo? Si es así, ¿estaría bien que tomara lo que quiero?
¿Ahora? ¿Aquí? —Deslizó el pulgar por su cuello, pasándolo sobre su mandíbula marcada—.
¿Está bien si hago que pierdas la cabeza durante unos minutos?
—Se irguió más y pasó una de sus piernas sobre su regazo de modo que casi estaba sentada en su regazo, con los muslos a ambos lados de los de él, pero seguía de rodillas y sin tocarlo, por lo que quedaba unos cuantos centímetros más arriba—.
¿Puedo besarte aquí…? —Recorrió sus labios con el dedo índice y vio cómo sus ojos se oscurecían—.
¿O qué tal aquí…? —Le frotó el punto justo detrás de la oreja—.
¿O aquí? —Se deslizó hasta su clavícula, hacia el triángulo de piel tensa que asomaba por el cuello de su camisa—.
¿Y más abajo…? —Pasó la palma de la mano por su pecho—.
¿Estaría bien? ¿Estaría bien si llego más abajo?
Matt la miró con fijeza y se humedeció los labios con la lengua. Su respiración era más superficial que hacía unos momentos. Y, si Maddie se dejara caer ahora, acomodándose en su regazo… ¿estaría excitado? ¿Buscaría sus caderas?
—Bien —susurró con la voz ronca.
Ella se detuvo y el estómago se le comprimió. Bien, así que…
—Punto para ti —dijo él en el momento siguiente—.
Tienes razón. Preguntar también puede ser muy estimulante.
—Un segundo después, la agarró por la cintura y la levantó de encima de él, prácticamente lanzándola de nuevo sobre el sofá como si fuera un pedazo de papel y no una mujer adulta—.
Me voy a la cama, ¿de acuerdo? Hoy ha sido un día agotador. Buenas noches, Maddie.
Se puso en pie, cruzó la habitación y desapareció en su dormitorio.
Maddie se quedó mirándolo con los labios entreabiertos, con el calor de su contacto todavía hormigueando por todo su cuerpo. Entonces, oyó el cierre de la puerta.