Capítulo 11
Capítulo Once
M addie estiró las piernas y se subió la manta mientras miraba la pantalla gigante sin enterarse de qué estaba pasando en la película.
Este día había sido… demasiado. Muchísimo.
Eggsy se había hecho viral. Una gallina atacando a un jugador de hockey buenorro en verdad merecía un clic, al menos según Hailey, quien llamó entusiasmada para decir que el vídeo ya superaba las seiscientas mil visitas en YouTube.
Sin embargo, los pensamientos de Maddie no estaban en la película ni en la gallina, lo cual era toda una proeza considerando que adoraba las películas románticas y que estaba en una nube porque Match Me! había dado un salto tremendo hacia adelante.
Es solo que… hubo un momento.
Hoy. Con Matt.
Un breve y fugaz momento que cambió todo. El aire se volvió denso y pesado, y su piel se encendió, igual que su mirada.
Y luego estaba la forma en la que se comportó esta mañana. ¡Si no lo supiera mejor, diría que estaba celosa de todas esas mujeres que se le lanzaban a Matt! ¿Pero por qué?
¡Prácticamente lo había empujado a irse a casa con otras mujeres durante un año! ¡Ella misma seleccionó a esas mismas mujeres para él y nunca le molestó!
El accidente del baño fue la gota que colmó el vaso.
Debería haber sabido que Matt se vería increíble estando desnudo. Todas las pistas apuntaban a ello, las camisas que se le pegaban al pecho como una segunda piel. Sabía que sus bíceps tenían muy buena pinta. ¡Y además estaba el hecho de que era un maldito deportista profesional!
Pero la imaginación y la realidad eran muy diferentes. La realidad… Dios, ¡la realidad!
El cuerpo de Matt no era normal. Ya sabía que era un atleta profesional, pero ¡aleluya! En aquel momento, había oído a unos cuantos ángeles tocar las trompetas… y a otros desmayarse.
Sí, lo vio todo, no solo su pecho ancho y sus abdominales marcados, sino… todo . Y todo hizo que los ángeles cayeran rendidos.
Maddie no quiso quedarse mirando. Pero era la verdad: el último hombre al que vio desnudo —aparte de aquel horrible incidente con su padre, que parecía incapaz de mantener el albornoz cerrado— fue Clemens. Cinco años atrás. Además, no quería compararlo con Matt. No sería justo para él.
Así que Maddie se había quedado allí con la boca abierta, casi acosándolo sexualmente con una mirada tan intensa que le sorprendía que la policía no hubiera llamado a la puerta.
Soltando un gemido, apoyó la cabeza contra el respaldo y se apretó una almohada contra la cara. ¡Todo aquello era tan inapropiado! Pero ¿no estuvo coqueteando con ella antes, cuando se ofreció a desnudarse delante de ella?
No.
Bueno, tal vez sí; Matt coqueteaba con todo el mundo. ¡Hasta con Eggsy! Sin duda ella ponía el cincuenta por ciento de sus huevos para él. Después de todo, su apodo era Don Encantos .
Maldita sea, estaba confundida. También podía ser porque Matt estaba jodidamente bueno solo con una toalla. Llevaban siendo amigos durante un año, pero nunca lo había visto sin ropa. ¡Como era de esperarse! Eran amigos vestidos, no desnudos.
Al oír la llave en la cerradura, se sobresaltó y se quitó la almohada de la cabeza; luego hundió los dedos en ella, concentrándose con terquedad en la película romántica de Netflix que se reproducía en la enorme pantalla plana de Matt.
Eran las diez y media y a esa hora solía estar dormida, pero había estado tan inquieta…
y pensó que regresaría tarde, así que no creyó que no acabaría viéndolo una vez más esta noche.
Sin embargo, ahora él empujaba la puerta y le dedicaba un breve asentimiento mientras ella giraba la cabeza hacia él.
—Hola —dijo en voz baja, pausando la película. Porque eso es lo que haría en circunstancias normales, ¿verdad?—. ¿Qué tal ha ido la noche?
Matt se encogió de hombros y evitó su mirada.
—Vaya, bien entonces —bromeó e intentó sonreír.
Él suspiró con pesadez, se quitó los zapatos sin decir palabra y se quitó el abrigo, revelando su sudadera azul oscuro de los Hawks.
—Ah, estás de un humor excelente —continuó ella con la conversación unidireccional. Esto era algo nuevo: un Matt de mal humor.
Él masculló algo incomprensible y se apresuró a ir a la nevera, de donde sacó un paquete de quesitos Babybel. Matt era de los que comían queso por estrés. Se había dado cuenta de eso en las últimas semanas. Era un poco extraño, pero también un poco tierno.
—Para ser sincera, no te esperaba. No has estado fuera ni dos horas.
Volvió a mascullar algo.
—¿Matt? ¿Una bruja malvada te convirtió en oso o algo así? Si quieres que vaya a buscar al mago que tiene el único antídoto, ¡parpadea dos veces, por favor!
Las comisuras de su boca temblaron y Maddie le devolvió la sonrisa.
—El mago no te miraría con una varita —explicó él en voz baja mientras otra porción de queso desaparecía en su boca—. Y no, no fue una bruja. Solo Dax.
—Ah. —Ella asintió—. El gnomo. El secuaz de la bruja.
Matt sonrió y señaló el queso que tenía delante.
—¿Quieres uno?
—No, quédate con tus hábitos alimenticios poco saludables. Dame más información sobre el asunto de Dax. —Parecía un tema seguro del que podían hablar, como buenos amigos que nunca se habían visto desnudos.
Matt suspiró de nuevo.
—Ah, es un poco absurdo.
—Los problemas absurdos son los que más me gustan. —Dio unas palmaditas en el sofá a su lado y se deslizó a propósito hacia la derecha, aunque todavía quedaba espacio en el cojín para una familia pequeña. Una familia pequeña de elefantes.
Matt guardó el queso, se pasó ambas manos por el cabello y se acercó para sentarse a su lado. Sin embargo, mantuvo una distancia prudencial. ¿Habían mantenido esa distancia antes?
Era extraño, pero hacia una semana ni siquiera pensaba en lo cerca que se sentaban y ahora, de repente, parecía importante. No, no importante, solo… interesante.
—Discutimos —murmuró despacio.
—¿Ah, sí? ¿Ustedes discuten? —preguntó sorprendida.
Matt frunció el entrecejo.
—Hasta ahora, no mucho, la verdad.
—Okey. ¿Por qué fue?
Él frunció el entrecejo mientras su mirada pasaba por un momento sobre ella y luego volvía a la imagen congelada en la televisión.
—Bueno, fue porque ya no tiene tiempo para mí. —Bufó como si se sintiera incómodo diciéndolo—. Es estúpido, ¿verdad? Soy un hombre adulto y…
—¿Eso qué tiene que ver? —preguntó atónita—.
Siempre duele cuando alguien cercano parece estar distanciándose de ti.
¡Eso no cambia con la edad y mucho menos con el género!
Y tienes razón, ¿sabes? Lucy y Dax están un poco…
absortos en sí mismos. Quiero decir, lo entiendo: nunca han tenido una relación seria y están recién enamorados.
Pero también entiendo tu postura. Te molesta.
No debes olvidar a tus amigos cuando tienes una relación, aunque sea inevitable tener menos tiempo.
Las amistades son… importantes. —Maddie le sonrió.
Él la miró durante unos segundos y luego asintió.
—Lo son.
—Creo que mejorará, Matt —murmuró en respuesta, apretándole la mano, que descansaba en el sofá junto a su pierna—. Eres importante para Dax. Yo soy importante para Lucy. Si estuviéramos en una mala situación, estarían ahí para nosotros en un abrir y cerrar de ojos.
—Deberían estar ahí para nosotros en otros momentos también. Cuando necesitamos… hablar de cosas —murmuró Matt, frunciendo el entrecejo.
—¿Cosas? —preguntó ella sorprendida.
—Cosas.
Su amiga asintió y fingió que no sentía una curiosidad increíble por saber de qué tipo de cosas tenía que hablar Matt que no pudiera tratar con ella.
Este, sin embargo, suspiró y se hundió más en los cojines del sofá.
—No sé por qué me molesta tanto.
—¿Tienes miedo de que te cambie por Lucy?
Él giró la cabeza con un movimiento brusco.
—¡Me alegro por él!
—Esa no fue mi pregunta.
El chico soltó un chorro de aire y se apretó el puente de la nariz con el pulgar y el dedo medio.
—No tengo muchos buenos amigos, Maddie.
Ella levantó las cejas con sorpresa.
—¿De qué estás hablando? ¡Tienes docenas de amigos! Todo un equipo de hockey lleno de ellos. Y tienes una familia enorme que te adora, tienes…
—… gente que tiene la obligación de quererme, Maddie —susurró él, levantando una comisura de los labios con cinismo—.
No me malinterpretes, adoro a esos tipos.
Confiaría mi vida a cualquiera de ellos.
¡Incluso a León! Pero estar en un equipo es diferente a elegir conscientemente formar una relación estrecha con alguien.
He estado en docenas de equipos y entre nosotros es ley que nos cubramos las espaldas.
Lo cual es fantástico, no querría prescindir de ninguno de ellos.
Pero… en cuanto los dejaba, perdía el contacto.
Con Dax, en cambio, siempre he tenido la certeza de que eso nunca pasará.
—Frunció el entrecejo—. Probablemente pase lo mismo con Fox, pero ese viejo tiene un serio problema de «figura paterna».
Da igual. Dax es mi mejor amigo. El tipo con el que puedo hablar de cualquier cosa. Bueno, al menos lo era.
Maddie tragó saliva y lo miró durante unos instantes.
—Lo sigue siendo. Matt, es obvio que los dos están en un equipo, pero estoy segura de que todos esos hombres seguirían siendo tus amigos si fueras…
—Sí, quizá. O quizá no —la interrumpió con un suspiro—. Al final del día, todo lo que tengo es mi equipo, mi familia… —sonrió por un momento—, y tú.
Ella lo miró con la boca abierta.
—Lucy…
—Es parte de mi equipo.
—Pero todas esas mujeres con las que vas…
—Se acuestan conmigo porque soy guapo y juego al hockey.
—Y porque eres rico —añadió ella.
Él soltó una ronca carcajada.
—Seguro. Por eso. Pero mi argumento es el mismo: no tengo muchos amigos cercanos que no estén obligados a que yo les caiga bien.
No tengo viejos compañeros de clase a los que vea cada Navidad, ni excompañeros de equipo con los que mantenga el contacto.
Mi familia se mudó demasiado durante mi infancia y adolescencia.