Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

N o podía calmarse porque, maldita sea, su mirada lo había puesto duro. Solo su mirada. Ese era el pensamiento que seguía dando vueltas en su cabeza una hora después.

¡Menos mal que hacía un frío de los mil demonios en el Ice Lounge!

El dueño, Carl, un hombre mayor, se empeñó en que esa fuera la temática.

Eso significaba que su mostrador parecía un muro alto de bloques de escarcha apilados unos sobre otros, la barra estaba casi siempre llena de vapor de hielo seco y mantenía el aire acondicionado a toda potencia para que los jugadores de hockey se sintieran cómodos.

Varias veces le habían asegurado que los Hawks también pasaban tiempo fuera de la pista y que les gustaba tumbarse en la playa tanto como deslizarse por el hielo. Sin embargo, Carl se decidió por ese tema y se mantenía fiel a él.

Por desgracia, eso también significaba que todos sus posavasos tenían las caras de los jugadores de los Hawks, así que Matt estaba en ese momento haciendo girar una foto de Dax entre los dedos mientras repasaba la reciente conversación con Maddie.

Intentó recordar cada mirada que ella le lanzó. ¿Se estaba comportando de forma diferente? Gimió para sus adentros. ¡Daba igual de todos modos! ¿Qué demonios estaba esperando?

—¿Qué te pasa, Matt? —Parpadeó y levantó la vista.

Su defensa, León Álvarez, estaba sentado a su lado, observándolo—.

¿Perdiste la voz, Ariel? —preguntó burlón—.

No has dicho ni una palabra en toda la noche, y eso que hoy la conversación está animada.

—Señaló al resto del grupo, formado por Jack; Fox, el capitán del equipo, y su portero, Lucas Moreau.

Matt se dio cuenta de que todos lo estaban mirando fijamente.

Eso lo sacó de su trance.

—No. Lo siento. Solo estoy cansado.

—Ya, pelearse con gallinas es agotador —masculló Jack, sonriendo a su cerveza sin alcohol.

—Ah, solo es eso. —León pareció aliviado—. Pensé que habías tomado a Moreau como tu nuevo modelo a seguir.

Su portero, bastante callado y con el carisma de un asesino en serie, le lanzó una mirada sombría que hizo que León se estremeciera.

—Lo siento —respondió con rapidez—. Me parece genial que seas tan reservado. ¡Es una cualidad estupenda!

Moreau resopló con fuerza y León se encogió y añadió aun poco más alto:

—¿Escucharon que Darron Clark se jubila pronto y quiere dejarle el equipo a su hijo?

—No —discrepó Fox, frunciendo el entrecejo—. He oído que se lo va a dar a su hija.

—¿Tiene una hija? —replicó Jack, arrugando la frente—. Solo había oído hablar del hijo.

—Sí, la hija no tiene buena mano con los medios. Hubo unos cuantos escándalos relacionados con ella, así que se fue del país y, desde entonces, hay un silencio absoluto. —El capitán se encogió de hombros.

—Ah, no me importa quién tome el mando —dijo León—, simplemente le diré a la prensa que me da demasiado miedo nuestra mujer de Relaciones Públicas para hablar.

—Es lo primero sensato que te oigo decir, León —dijo una voz femenina, impresionada. Lucy y Dax habían aparecido detrás de él—. Quizá te estés superando poco a poco.

León sonrió de oreja a oreja.

—No necesito crecer más. Ya tengo todo desproporcionadamente grande.

Gimiendo, Lucy se ocultó la cara entre las manos mientras los demás se limitaban a suspirar. León nunca aprendería a ser prudente.

—¿Hay algo de cierto en eso, Lucy? —preguntó Jack, frunciendo el ceño—. ¿De verdad el viejo Clark va a ceder el cetro del hockey?

—Sin comentarios —declaró ella con naturalidad y se dejó caer en el último asiento del reservado, mientras Dax se sentaba al lado de Matt.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó él—. Puedes decírnoslo. Y si no a nosotros, ¡a mí!

—No voy a alimentar rumores —respondió la pelirroja, negando con la cabeza—. Deberían concentrarse en mejorar su juego.

León empezó a quejarse de que los jugadores de hockey no tenían suficientes derechos y de que se les discriminaba. Lucy replicó, a la defensiva, que al fin y al cabo eran propiedad del club; lo que provocó que casi todo el mundo tuviera algo que decir o gritar.

Al menos ya no hablaban de gallinas, lo que le dio a Matt otra oportunidad para pensar en sus cosas. Entonces Dax le dio un codazo.

—¿Qué te pasa? Estás muy callado.

Matt resopló con fuerza. ¿Acaso solía hablar demasiado o qué?

—No es nada. Solo estoy pensando.

Su amigo frunció el entrecejo.

—¿En qué? Has estado jugando de forma sólida estos días.

Casi se echó a reír. Sí, aunque Dax tuviera una relación, la idea de pensar en algo que no fuera su juego seguía siendo territorio desconocido para él.

—Sé que estoy jugando con constancia. Se trata de otros temas. —Se aclaró la garganta—. ¿Quieres que salgamos a tomar un café o a cenar algún día de la próxima semana?

Aquí no podían hablar de verdad, no sin que docenas de jugadores, aficionados o Lucy los oyeran.

Dax frunció el ceño.

—Me encantaría, pero estos días tengo el horario a tope.

Solo tenemos dos noches libres de partidos en las próximas semanas en las que estaremos aquí en Los Ángeles, y una está reservada para Lucy y la otra…

Bueno, mi hermana insiste en que Jack y yo pasemos más tiempo junto con ella.

Ya sabes… —Vaciló, y luego añadió con un suspiro, bajando la voz—: como familia.

Se supone que debemos mantenerlo en secreto porque nadie puede enterarse.

Matt apenas asintió y se frotó la mandíbula. Lo entendía. Nadie excepto Maddie, Lucy y él sabían que Jack y Dax eran hermanos. Los hermanos tenían que volver a conocerse. Y, como era de esperarse, su mejor amigo también tenía a su pareja.

Todo eso era comprensible y estaba bien.

Aun así, a Matt se le hundió el corazón. ¿En quién más iba a confiar para hablar de Maddie?

También era amigo del resto del equipo, y la persona más probable con la que podría hablar, sería Fox: era ridículamente comprensivo con todo. ¡Es solo que casi siempre hablaba de sus mierdas personales con Dax! Siempre había podido contar con ello. Pero como él estaba en una relación…

—Bien —respondió con brevedad. ¡Dax podía hacer lo que quisiera! Quizá encontraran tiempo para hablar en otro momento.

—Ah, por cierto —dijo este, tomando una Coca-Cola de uno de los camareros—. Sé que bromeamos sobre esto el otro día, pero Maddie y tú solo son amigos, ¿verdad? —Entornó los ojos y lo miró pensativo. No, también había un toque de advertencia en su expresión.

Espera, ¿advertencia?

—Sí. Maddie y yo solo somos amigos —respondió de forma mecánica porque, de repente, tuvo la sensación de que esa era la única respuesta correcta.

—¿Estás seguro?

No.

—Sí.

—Hm. —Dax seguía estudiándolo—. Tengo la sensación de que mientes.

Lucy también lo cree, porque los dos parecieron un poco extraños durante la entrevista de televisión.

—Se aclaró la garganta—. Ahora viven juntos y ella quiere que te recuerde que Maddie busca algo serio, para toda la eternidad… así que no eres su tipo.

Matt hizo crujir su mandíbula y arqueó una ceja.

—¿Tengo que darte un sermón al respecto? —continuó Dax—. ¿Solo para que no se te olvide si se pasea desnuda por tu salón?

El rubio cruzó los brazos detrás de la cabeza y se reclinó lentamente.

Sabía que Lucy era la primera relación seria de Dax.

Su colega nunca se había enamorado hasta que apareció ella.

No tenía práctica haciendo malabarismos entre las relaciones y las amistades.

Y, joder, en ese momento a Matt le molestó un poco que su amigo pareciera haber sido absorbido por ella.

¿Desde cuándo había empezado a ponerse del lado de Lucy y no del suyo?

¿Por qué no le preguntaba cómo iban las cosas con Maddie o cómo se sentía al vivir con ella en lugar de acusarlo de albergar intenciones poco honrosas?

Dax y él eran mejores amigos desde sus malditos días de novatos.

De hecho, ni siquiera habrían sobrevivido a los primeros tiempos el uno sin el otro.

Quizá Matt había confiado demasiado en tener a alguien de su parte en los últimos años.

Alguien que lo entendiera incluso fuera del hielo.

Pero le cabreaba que Dax apenas le hubiera hablado durante semanas y sintiera que ahora tenía que darle ese sermón.

—No necesito un sermón, necesito a alguien con quien hablar —espetó de forma brusca y se levantó—. Hay una diferencia.

No tenía ganas de discutir ni de dar explicaciones. Se dirigió hacia la barra, lejos de las miradas de los demás, que, como era de esperar, enarcaron las cejas, aunque —con suerte— no hubieran entendido sus palabras con exactitud.

Como era de esperarse, Dax lo siguió.

—¿Qué pasa? —preguntó, mostrándose perplejo.

Matt apretó los labios y respiró profundo.

—Dax, mi vida es un caos total en este momento…, pero tú no lo sabes, ¿verdad? Primero, nunca estás; segundo, no pareces ser la persona adecuada con la que hablar sobre mi vida actual y, tercero, no estás de mi parte ahora mismo, ¿o sí?

Dax lo miró sin palabras.

—¿De qué narices estás hablando? Siempre estoy aquí y siempre estoy de tu parte.

—No, ¡tú estás siempre con Lucy y actualmente solo estás de su parte! Al menos cuando importa.

El moreno se quedó boquiabierto.

—¿Pero qué te pasa? ¿En serio me estás echando la culpa de tu infelicidad?

Matt entornó los ojos y suspiró con fuerza. Era un idiota, ¿cierto?

—No. No quiero hacer eso. Me alegro por ti, viejo, ¿de acuerdo?

Pero es que… no estás presente de verdad ahora mismo.

Y me parece bien que pases más tiempo con Lucy, pero siendo sincero, solo porque lleves en una relación dos segundos no significa que seas un experto.

Y que yo te diera un sermón sobre Lucy no significa que tengas el mismo derecho cuando se trata de Maddie.

¡Porque, honestamente, no sabes nada sobre nosotros!

—Yo… ¿qué?

Sí, no lo entendía. ¿Cómo iba a hacerlo, si no habían tenido oportunidad de hablar en las últimas semanas?

—No importa, Dax —masculló con cansancio—. Avísame cuando tengas un hueco libre en tu apretada agenda. Me voy a casa. No tengo ganas de compañía.

Se dio la vuelta y se abrió paso hacia la salida.

Ignoró a las fans y seguidoras que lo agarraban del brazo, intentando animarlo a que se detuviera a charlar.

Joder, estaba tenso. No se había dado cuenta de lo mucho que había dependido de su mejor amigo durante los últimos años.

¿Cómo sería cuando Maddie encontrara a alguien y fuera absorbida por una relación como Dax?

—Joder —masculló, frotándose la cara cuando el aire fresco por fin lo golpeó.

Había demasiados cambios. Demasiado movimiento.

Así era como siempre empezaba todo. Su padre anunciaba que se mudaban de nuevo y sus compañeros de equipo le aseguraban que mantendrían el contacto.

Sin embargo, era difícil mantener el contacto cuando todo el mundo tenía cosas mejores que hacer.

Y él siempre lo entendía, pero seguía siendo una mierda.

—¿Estás bien?

Se giró de golpe para ver a Jack saliendo del bar.

—Sí —respondió a secas.

El pívot asintió despacio y luego dijo:

—Sabes que solo hacíamos las bromas del pollo para fastidiarte, ¿verdad?

Matt soltó una risita a regañadientes.

—No se trata de las bromas del pollo.

—¿Entonces de qué? Sabes que me parece genial que ayudes a Maddie. No tienes nada de lo que avergonzarte por ese segmento en televisión.

—No me avergüenzo de nada, Jack —dijo con naturalidad—. Casi nunca lo hago. Creo que sentirse avergonzado es una pérdida de tiempo. Es una de mis mejores cualidades, por si no lo sabías. Tu hermano simplemente me está tocando el culo ahora mismo, eso es todo.

Jack sonrió.

—Sí, eso era obvio. Créeme.

Matt resopló.

—Bien.

—Puede que no te des cuenta, pero cuando se trata de estar enfadado con Dax, soy la mejor persona con la que hablar.

El pelirrubio se frotó los ojos con un suspiro y le lanzó una rápida mirada de soslayo.

—Lo sé, pero no tengo ganas de hablar.

—Ah, de acuerdo. —Jack asintió, se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared junto a la entrada del Ice Lounge—.

Sabes que si fueras mujer, la gente diría que acabas de montar una escena.

En tu caso, solo dicen que estás de mal humor.

Ambas cosas son una tontería. Las mujeres no montan escenas.

Los hombres simplemente no están de mal humor.

Todos hacemos lo mismo: expresamos nuestros sentimientos.

No veo nada de malo en eso. Si yo no hubiera expresado los míos, Dax todavía no me hablaría. Seguiría fingiendo que no existo.

Matt apenas sonrió.

—Todavía actúa así, Jack.

—No. Saluda. Me pasa el disco con una sonrisa en la cara. Les habló de mí a ti, a Lucy y a Maddie. Ya no me odia. Este es un paso enorme para él. Dax es… más lento que los demás cuando se trata de la mayoría de las cosas emocionales.

—No me digas. —Resopló—. Sabes, me alegro por él y por Lucy. De verdad. Quiero que el cabrón sea feliz, pero…

—No se le da bien la multitarea —dijo Jack con inocencia.

—¡Exacto!

—Sabes, puedes alegrarte por Dax y seguir enfadado con él.

—Ya. Pero me hace sentir como un imbécil.

—¿Por qué?

—¡Porque solo debería alegrarme por él! No estar enfadado porque no tiene tiempo para mí. Como si fuera un estúpido niño cuando su madre vuelve al trabajo. —Tuvo que reírse de sí mismo.

—¿Es eso lo que le dijiste?

—Algo así —respondió con aspereza—. Pero no quiero arruinarle la fiesta.

Jack entornó los ojos.

—¿Puedo darte un consejo, Matt? Las relaciones cambian. Todo el tiempo. No importa de quién se trate. Dax y yo somos el mejor ejemplo de eso. Así que, pase lo que pase entre tú y mi hermano; o entre tú y Maddie…

Matt abrió la boca, perplejo.

—Entre nosotros…

—No quiero saberlo —interrumpió Jack, callándolo—.

Pero Dax no es que hable precisamente bajo y ha salido su nombre.

Lo que quiero decir es: no te quedes callado sin hacer nada.

Cuando algo va mal, la otra persona suele ya haberse dado cuenta.

Y a veces, las palabras no dichas pueden destruir mucho más que las dichas.

No es bueno poner las cosas en pausa o ignorarlas durante demasiado tiempo.

Se hacen más difíciles cada maldito día.

Jack enarcó las cejas de forma significativa mientras sonaba su celular. Suspirando, lo sacó del bolsillo y miró la pantalla; una profunda arruga se formó entre sus cejas.

—Mierda —masculló—. Hablando del rey de Roma. No lo fastidies, Matt. —Agitó su teléfono y luego desapareció tras doblar la esquina.

Matt se quedó mirándolo mientras se iba.

No lo fastidies. Eso era más fácil de decir que de hacer. La mayoría de las veces solo te das cuenta de que has fastidiado algo cuando ya es demasiado tarde.