Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

E so fue demasiado raro, ¿verdad? Maddie no se comportó de forma… normal.

Matt seguía dándole vueltas ocho horas después, en la ducha de su casa. La conocía desde hacía mucho tiempo y ella nunca tartamudeaba ni se quedaba sin saber qué decir en su presencia; más bien todo lo contrario.

Sin embargo, lo miró como si fuera una persona distinta, como si no lo conociera de nada. Aquello no tenía sentido para él. No se había comportado de forma diferente a la habitual ese día.

Mierda, llevaba demasiado tiempo obsesionado con el tema y ahora todo el baño estaba lleno de vapor.

Por lo general se iba directo a las duchas después del entrenamiento, pero hoy los chicos estuvieron insoportables. Todos vieron la entrevista en directo frente a Match Me! y sintieron la necesidad de analizarla con él a detalle.

León quiso hablar sobre cuándo y dónde fue que perdió la cabeza y empezó a pensar que la monogamia era una buena idea.

Jack le preguntó si estaba saliendo con la gallina, porque, según él, las chispas entre ambos saltaron por todas partes…

además de las plumas. En ese momento, Dax señaló que Lucy no aprobaría un lío con un pollo; podría recibir mala prensa.

Luego hubo un montón de chistes sobre sexo con pollos, cuya estupidez solo era superada por su creatividad.

En resumen: Matt les dedicó una peineta y se largó lo más rápido posible para no dejar de ser encantador .

No obstante, la entrevista valió la pena.

Maddie y Hailey no daban abasto con los nuevos clientes.

Maddie se había mostrado feliz de nuevo por un momento, al menos antes de que su expresión se volviera extraña.

No importaba; cuanto mejor fuera su estado de ánimo general, más ligero sentía el corazón.

Podía soportar unos cuantos comentarios estúpidos de sus compañeros de equipo, si con eso, ella estaba bien.

Matt echó la cabeza hacia atrás y dejó que el agua le corriera por la cara.

En alguna ocasión, Maddie admitió que no entendía cómo la gente podía hacer eso voluntariamente.

Si ella lo intentaba, sentía que se ahogaba.

Pero el agua en la cara de Matt borraba cualquier pensamiento de su mente y aliviaba la tensión de sus hombros, mientras se preguntaba si podría hacer que Maddie olvidara su aversión a que el agua le corriera por el rostro.

Solo por unos minutos, mientras la enjabonaba con infinita lentitud, bajando las manos por sus brazos, descubriendo justo dónde tenía cosquillas y dónde no, y luego tocándola donde definitivamente no tenía…

—Joder —dijo, haciendo una mueca. Había estado pensando demasiado. Y la ducha, por lo visto, era el peor lugar para pensar en Maddie. El peor. Sí, era hora de poner el agua fría.

Matt giró el mando para que el agua saliera helada. Entornó los ojos, soltando un juramento, y cerró el grifo.

Mierda, ¿qué estaba haciendo?

Su teléfono vibró mientras salía de la ducha y tomaba una toalla. Miró la pantalla y vio un mensaje de Dax:

Ice Lounge en una hora. Ven y no seas un gallina.

Luego venía un gif de un pollo corriendo sin cabeza. Dax solo había empezado a enviar gifs desde que se juntó con Lucy. Toda la familia James se bombardeaba con ellos.

Matt resopló con fuerza, sin estar seguro de si quería aguantar otra ronda de bromas molestas. Se echó la toalla sobre los hombros y estaba a punto de agarrar otra, cuando la puerta se abrió.

Se le paró el corazón y se quedó helado. Había estado tan absorto en sus pensamientos que, como era evidente, se olvidó de echar la llave. Llevaba una toalla… pero sobre sus dichosos hombros, no en la cintura.

Maddie se quedó mirándolo. Se arrancó los auriculares de las orejas y abrió mucho los ojos. Luego su mirada vagó. Y vagó.

Recorrió sus hombros hasta su pecho desnudo, por donde aún resbalaban las gotas: deslizándose por sus abdominales, más abajo y…

El tiempo se detuvo.

Maddie se humedeció los labios. Tragó saliva. Entonces pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo.

De repente, saltó hacia atrás asustada y se tapó los ojos con la mano.

—Dios mío —soltó—. Ay, Dios mío. Estás desnudo. Completamente desnudo.

Separó los dedos un poco y lo miró a la cara, pero luego su mirada vagó hacia otro punto como si no pudiera controlarse.

El corazón de Matt latía con fuerza mientras el calor se extendía como la pólvora por su cuerpo. Mierda, se estaba poniendo duro. Y ninguna toalla podría ocultar eso.

Soltando un insulto, cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar el marco.

Joder.

Joder, simple y sencillamente… joder.

—¡Ay, Dios mío, Matt! ¡Lo siento muchísimo! —gritó Maddie a través de la puerta, con un deje de pánico en la voz.

Sí, eso era justo lo que un hombre quería oír de una mujer despampanante que acababa de estar mirándole el pene con demasiada intensidad.

Él gimió y se tapó la cara con las manos, con el calor todavía pulsando por sus venas. Todo en su cuerpo se tensó.

La mirada hambrienta de Maddie. Sus pupilas dilatadas. El momento en que se lamió los labios.

—Joder —susurró, dándole la espalda a la puerta y apoyando la frente contra la fría pared de azulejos, para luego golpearla con el puño. Cualquier cosa para enfriar su cuerpo.

Tenía que controlarse, fingir que no era para tanto.

Aunque «no es para tanto» era otra frase que ningún hombre quería decir, y mucho menos oír, cuando estaba desnudo.

Eran amigos. Solo amigos. No quería estropearlo. Necesitaba a Maddie. Ella era su ancla; fuera del juego, fuera del hockey. Era la persona con la que hablaba abiertamente de todo.

De todo excepto de esto .

—¡Perdona, Matt! ¡Pensé que todavía estabas en el estadio! —le llegó la voz amortiguada de ella a través de la puerta mientras él quitaba otra toalla del toallero y se la anudaba a la cintura.

—No estoy allí —respondió con sequedad, echándose agua fría a la cara. Respiró hondo y prolongadamente.

—¡Ya lo veo! Pero casi siempre te duchas allí.

—Hoy no.

—Lo siento, no tenía ni idea —gritó ella más fuerte—. Ah, Dios.

Ella soltó un fuerte gemido y Matt deseó que dejara de hacerlo. De gemir.

Joder. No sabía cómo manejar la situación. ¿Debía atrincherarse allí adentro, ignorar el asunto o echar a Maddie? No, eso sería demasiado obvio. Ella se preguntaría si le había molestado y empezaría a preocuparse por si las cosas se habían vuelto incómodas entre ellos.

No, solo tenía una solución: tenía que quitarle importancia al asunto con una risa.

Sí. Una risita boba y un «Perdona, no es para tanto». Esas eran cosas que acariciaban el ego de un hombre como ninguna otra.

Mierda, acariciar . Hasta la palabra era fatal.

—¡Lo siento muchísimo! —repitió ella—. De verdad. Perdona…

Matt volvió a respirar profundo, se aseguró de que la toalla cubriera todo lo importante, de que ya no estuviera montando una tienda de campaña, y luego se frotó la cara varias veces. Se recompuso y esbozó una sonrisa, antes de abrir la puerta.

—No tienes por qué pedir perdón, Maddie —dijo él, admirando lo tranquilo que sonaba—. No es que hayas visto algo que no hayas visto antes, ¿o sí? —Levantó las cejas con ironía.

Ella soltó una risa nerviosa. Tenía la cara tan roja que podría haberse escondido en un campo de tomates.

—Tienes razón, claro. Pero, pero… sí, es verdad.

Quitarle peso, tenía que quitarle peso.

—¿Estás segura? Parecías bastante curiosa —increpó con naturalidad—. Casi… hambrienta.

Esperaba que ella se riera y negara con la cabeza. Que le dijera que era un idiota y que, lógicamente, estaba equivocado.

Pero no hizo nada de eso. Se limitó a quedarse allí mientras su pecho subía y bajaba con pesadez, con la mirada fija en su rostro. Entonces respondió compungida:

—Sí. Quizás.

Sintió que su mano se apretaba sobre el nudo de la toalla.

—¡Ay! —gimió y se frotó la frente—. Perdona. Me quedé mirando un poco, ¿verdad? No quería que te sintieras incómodo. Es que hace tiempo que no veo a un hombre desnudo. Cinco años, por lo menos.

Volvió a mirarlo. A su pecho. Él tenía la sensación de que su mirada no era para nada platónica. Tampoco era provocadora ni intrusiva. Pero era más cálida de lo habitual.

Sus palabras le llegaron despacio y se revolvieron en su estómago, calientes y punzantes, porque aquello significaba que ella no había estado…

Y ahora él perdió los papeles por completo. Quería ser el Matt de siempre, el Matt que se tomaba todo con calma. El Matt al que nada podía alterar, pero…

—Bueno, entonces estaré encantado de ofrecerme de nuevo —dijo, e hizo un ademán de desatarse la toalla.

Al menos esta vez causó un efecto en ella. Maddie soltó una carcajada. Por desgracia, también se adelantó y presionó su mano contra la de él para que no pudiera deshacer el nudo.

—¡Ni se te ocurra! Esto ya es bastante vergonzoso.

No. Vergonzoso no era la palabra que ardía en su cabeza.

Su mirada bajó hasta el punto donde descansaba la mano de ella, donde sus dedos cálidos rozaban su abdomen firme. Su piel suave tocaba la de él. Sus músculos se tensaron ante este hecho y un dulce tirón le recorrió el cuerpo.

Su respiración se volvió más pesada a medida que el ambiente cambiaba y el aire a su alrededor se volvía insoportablemente caluroso.

Levantó la cabeza. Miró las mejillas encendidas de Maddie y sus labios un poco entreabiertos.

La miró directo a sus ojos oscuros y sintió que su dedo índice —¿de forma distraída?

¿o a propósito?— se deslizaba sobre su piel, acariciando el vello fino que asomaba bajo la toalla.

Entonces llegó ese momento.

La mirada de ella se desvió hacia su boca. Permaneció allí durante una décima de segundo y él podría jurar que ambos estaban pensando lo mismo. Aunque solo fuera por efímero momento.

Ambos pensaban qué pasaría si…

Su amiga se aclaró la garganta con fuerza y dio un paso atrás.

—¡Mantén la toalla en su sitio, jovencito! —advirtió en broma. Su voz, sin embargo, sonaba más ronca de lo habitual o… ¿era solo su imaginación?—. Si quieres ser un exhibicionista, ¡agarra una gabardina y vete al Paseo de la Fama como cualquiera de esos activistas nudistas que se aprecian!

Él sonrio, forzando las comisuras de sus labios.

—Tomo nota. Así que… ¿qué planes tienes para esta noche?

—Aparte de tirarme en el sofá y luego caer en la cama, ¿quieres decir? —preguntó ella, bostezando de forma exagerada. Mantuvo la mirada fija en un punto por encima del hombro de él, tal vez porque no quería que la sorprendiera mirando otra vez.

—¿Estás segura? También podrías venirte. —Ah, joder—. Eh, venir conmigo —dijo, rectificando—. Al Ice Lounge. He quedado con los demás allí en un rato. Tal vez Lucy también esté.

—Ah, sí, me envió un mensaje. Pero no, prefiero pasar una noche en casa. Para… —Se aclaró la garganta y sonrió—. Desconectar. ¿Te parece bien?

—Claro que me parece bien. Puedes hacer lo que quieras. — Con quien quieras, tan a menudo como quieras, tan desnuda como quieras…

¡Madre del amor hermoso!

—Genial. —Se aclaró la garganta y asintió—. Pues nada, pásalo bien.

—Sí —dijo él y pasó por su lado hacia su habitación de forma apresurada. Necesitaba vestirse y desconectar él también.