Capítulo 7 #2
Él resopló.
—¿En serio?
—Sí. Estoy ayudándoles a encontrar a su compañero de vida que perdieron de vista en una inundación terrible. Si eso no es de lo que tratan las películas de Hollywood, entonces no sé de qué tratan.
Soltando una carcajada a regañadientes, pasó junto a ella hacia su dormitorio con su maleta y su bolsa. Se detuvo, irritado porque estaba casi seguro de que la puerta estaba cerrada cuando se fue.
—¿Estuviste en mi habitación? —preguntó, perplejo.
—Ah, sí. —Sus orejas se pusieron de un rosa brillante. Podía verlo incluso desde tres metros de distancia—. Bueno… en realidad, dormí en ella un par de noches.
La boca se le secó y dejó caer la maleta.
—Verás, te explico —continuó ella con rapidez—.
El loft es enorme y hace un montón de ruidos raros por la noche.
Y hace unos días, escuché un crujido fuerte y me asusté un poco.
Pensé que tal vez alguien estaba intentando entrar.
Intenté cerrar la puerta de mi habitación, pero no encontré la llave. La tuya sí tiene, así que...
Atónito, él la miró.
—¿No tienes miedo en tu propio apartamento, donde un pájaro con una ramita probablemente podría forzar la cerradura, pero aquí sí? ¿Con un conserje abajo y cámaras por todo el pasillo exterior?
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Hay cámaras en el pasillo?
—¡Claro! ¡Estos apartamentos cuestan dos millones de dólares, Maddie! La mayoría de la gente que vive aquí ha tenido algún acosador en algún momento.
—Pues precisamente por eso temía que alguien entrara a robar. En mi casa no hay nada que llevarse. Pero aquí dentro... —agitó la mano de un lado a otro por encima de su cabeza—. Me dio miedo preguntarte porque podías haberme dicho que no. —Volvió a hacer una mueca.
Mierda, pues claro, ¡le habría dicho que no! Si ya se sentía incómodo desde que la vio de pie junto a su cama…
—Ah, mi intención era cambiar las sábanas. —Ella dio un salto y se apresuró hacia él.
—No, no importa —respondió con rapidez, cortándole el paso. No quería ver a Maddie gateando sobre su colchón—. Ya lo hago yo.
Ella le lanzó una mirada burlona.
—No quiero ofenderte, Matt, pero ¿sabes cómo se hace?
El pelirrubio entrecerró los ojos y la miró desde arriba.
—Tenía vida antes de ser una estrella del hockey millonario. ¡Tenía que cambiar mis sábanas! Éramos cinco en casa. Todos ayudábamos.
—Sí, pero desde entonces has recibido unos cuantos discos en la cabeza —contraatacó ella con escepticismo, pero las comisuras de sus labios temblaron traicionándola. Por Dios, se estaba burlando de él.
—¿Sabes qué? Cambié de opinión. Mañana no quiero ser cliente de Match Me!
—Oh, eso es un golpe bajo —respondió Maddie, negando con la cabeza—.
Pero me alegra saber que no hablas en serio.
—Le dedicó una sonrisa radiante y le apretó la mano—.
Y, hablando de mañana, tienes que presentarte en la oficina a las diez, ¿de acuerdo?
Sé que tienes partido esta noche y que estarás agotado, pero sé puntual.
Matt suspiró.
—Claro.
Ella se retorció las manos con incertidumbre.
—Ponte tres alarmas.
—Maddie.
—¿Qué? ¡Eres un vago para madrugar!
—¡Perdona, pero yo trabajo duro!
—Lo sé, pero no por las mañanas. Por eso le he dicho a Lucy que mejor pase a recogerte.
Él soltó un bufido sonoro.
—Genial. El día de mañana pinta cada vez mejor.
Su mejor amiga le dio una palmadita en el bíceps a modo de disculpa y él, por instinto, dio un paso atrás, donde ella no pudiera volver a tocarlo. ¿Lo había estado tocando todo este tiempo o es que se acababa de dar cuenta?
—Estaré a tiempo —prometió, dándole la espalda y levantando su almohada para quitar las sábanas.
Olían a limones. Maddie olía a limones. Nunca se había fijado en eso antes.
—Ya sé que dar entrevistas y que te hagan fotos no son tus cosas favoritas —le gritó ella—. ¡Pero te prometo que no será nada incómodo para ti!
Mintió. Solo ver la mirada de entusiasmo en el rostro de Lucy cuando fue a buscarlo bastó para que le doliera.
Desde que su hermana le habló de la «fascinante oportunidad de marketing», Lucy había estado de muy buen humor.
Los fans siempre respondían bien a las publicaciones personales sobre los jugadores, así que iba a publicar numerosos vídeos en directo en las redes sociales para ayudar a Maddie.
Matt se alegraba de que eso fuera a dar mayor difusión a Match Me!
, pero no de las tonterías que tendría que aguantar de los otros jugadores si se corría la voz de que estaba buscando a su «único y verdadero amor».
Así que, cuando aparcaron en el muelle de Santa Mónica a la mañana siguiente y se dirigieron a Match Me!
, donde varios reporteros esperaban, no estaba de mejor humor.
Lucy no pareció darse cuenta o lo ignoró con todas sus ganas.
—¡Leslie estaba tan emocionada con todo esto que incluso sugirió seguirte en alguna de tus citas! —anunció contenta mientras paseaban por el paseo marítimo.
Leslie era la gran jefa de marketing de los Hawks, a quien todo el mundo llamaba simplemente «La Dragona» porque era conocida en escupir fuego cuando alguno de los jugadores se veía envuelto en un escándalo.
—Por encima de mi cadáver —reprochó Matt de forma seca.
Lucy sonrió de oreja a oreja.
—Me imaginaba que no te lo tomarías bien. Pero, si cambias de opinión…
Él le lanzó una mirada fulminante. Ya era bastante malo tener que ir a una cita. Desde luego, no quería público.
Además, anoche había decidido que tal vez no sería tan malo estar abierto a la idea de que la cita saliera bien. Maddie era buena emparejando gente y, por aquellos días, Matt no era tan reacio a la idea como lo había sido un año atrás.
La cuestión era esta: Dax ya estaba pillado. Pasaba una cantidad ridícula de tiempo con Lucy. Maddie también quería tener citas y… Él sabía que, una vez que empezara a salir con hombres, uno de ellos se daría cuenta del fantástico partidazo que era en cuestión de minutos.
Apretó los dientes y miró hacia el océano.
Sí. Ella no estaría con él para siempre.
Claro, podrían seguir siendo amigos cuando estuviera casada y tuviera hijos, pero las cosas cambiarían.
Habían cambiado con Dax y pasaría lo mismo con ella.
La… perdería. No del todo, pero sí un poco.
Y tal vez… Tal vez no debería oponerse a intentar tener una relación seria.
No se le daba bien mantenerlas, pero no debería descartarlas por completo, ¿o sí?
—¿Eso es un no? —preguntó Lucy con inocencia.
—Eso es un vete a la mierda —le soltó.
Lucy se rio.
—Madre mía, qué gruñón estás hoy. Se supone que tienes que ser la mejor versión de tu alter ego Don Encantos .
—¡Ese nombre es una soberana estupidez! —se quejó él en voz alta.
—A mí me gusta. Es fácil de vender. Además, eres uno de los jugadores más encantadores.