Capítulo 7
Capítulo Siete
N ada estaba bien.
Ya nada parecía normal.
Todo estaba… mal.
Matt había pasado una noche inquieta y llevaba horas despierto.
Se quedó mirando el techo y habría jurado que oía cada crujido del colchón de Maddie a través de la pared.
Era imposible volver a conciliar el sueño.
Sus pensamientos se atropellaban y daban vueltas, y se sentía mareado cuando intentaba concentrarse en ella.
«Entonces no tienes de qué preocuparte, porque por supuesto que me gustaste».
¿Cómo podía usar las expresiones «no tienes de qué preocuparte» y «por supuesto me gustaste» en la misma frase sin siquiera pestañear? ¡Como si fuera evidente! ¡Como si él tuviera que haberlo sabido!
Hasta ahora, había creído que ella nunca lo miró como un ser sexual, razón por la cual no había pensado en ella de esa manera durante este último año. ¿Y ahora le decía no sé qué tonterías sobre que lo había deseado y que se habría metido en la cama con él de no haber sido por su estúpida regla?
Además, ¿estaba hablando en pasado o seguía siendo relevante?
Oyó el chirrido de una puerta y luego unos pasos suaves en el pasillo. Al momento siguiente, se encendió la ducha. Gimió y hundió la cara en la almohada.
Al parecer, Maddie era madrugadora. Ayer había empezado el día igual de temprano. Y ahora mismo estaba bajo un chorro de agua caliente, enjabonándose. Desnuda.
«Si no me hubiera prometido a mí misma que solo quería algo serio o nada en absoluto, probablemente me habría acostado contigo esa misma noche».
Sus gemidos se hicieron más fuertes.
¿Por qué los chicos del equipo tenían que hablar sobre la atracción sexual? ¡¿Y por qué Maddie mencionó de pasada que él no estaba equivocado en aquel entonces?! ¡¿Que ella se había sentido de la misma manera, pero que simplemente no quería sexo sin sentido?!
¡Eso no es algo que le dices a tu mejor amigo!
Lo estaba volviendo loco. Sentía que había estado viviendo con una verdad durante un año —que nunca pasaría nada entre ellos porque ella no estaba interesada en absoluto— y de repente se despertaba con una completamente diferente: que tal vez ya habría pasado algo si Maddie no se hubiera aferrado a su estúpida teoría del Príncipe Azul.
Era ridículo. No sabía por qué le importaba siquiera. ¿Por qué era importante? ¿Por qué estaba obsesionado con eso? ¡No cambiaba nada para él! Seguían siendo amigos, mejores amigos, y nada pasaría entre ellos. El momento pasó hacía mucho tiempo.
De repente, sin embargo, aparecieron en su mente esas imágenes que nunca antes habían estado allí. Su cerebro nunca se lo permitía porque hasta ahora eran una imposibilidad que no valía la pena considerar.
Pero ahora, las imágenes ya no parecían imposibles. Ahora, solo parecían… improbables. Y eso, al parecer, era todo lo que su imaginación necesitaba para desbocarse.
Y, de todos modos, ¿de dónde salió de repente ese exnovio? ¿Por qué nunca lo mencionó?
«¿Qué pensabas? ¿Que soy virgen? ¿Que soy una romántica tan empedernida que nunca le di una oportunidad a nadie porque nadie apareció en un caballo blanco?».
¡Claro que ni siquiera pensó en ello! Maddie ni siquiera había coqueteado con un hombre en su presencia. Y ahora quería tener citas y le había revelado que se habría acostado con él y…
Entornó los ojos, se puso el dorso de la mano en la frente e inhaló lo más profundo que pudo mientras el agua se cerraba en la habitación de al lado.
Se estaba comportando como un tonto. Al fin y al cabo, ella se había sentido atraída por él. Eso no cambiaba el hecho de que lo hubiera rechazado y se hubieran hecho amigos. Una eternidad atrás. No cambiaba nada. Bueno, al menos no debería cambiar nada. No. Nada cambiaría en absoluto.
Gracias a Dios, mañana volaba a Phoenix para un partido fuera de casa.
No vio a Maddie durante los días siguientes…
y tenía razón, nada cambió. Siguieron enviándose mensajes casi todos los días, excepto que Maddie quería saber qué comprar en el supermercado y si le parecía bien la cita en Match Me!
el lunes. Era algo más que lo habitual, más que querer saber si pensaba que un canguro podría defenderse en una pelea con un caimán o si Brad Pitt había envejecido bien.
En cualquier caso, el canguro obviamente podría defenderse solo y ¿a quién le importaba Brad Pitt?
Ganaron dos partidos y perdieron uno, lo cual Maddie comentó con varios gifs que mostraban animales en diversas etapas de éxtasis o tristeza.
Lo felicitó cuando marcó dos goles en el partido contra los Las Vegas Kings, pero por lo demás, no dijo mucho sobre el hockey.
Una vez le dijo que él ya tenía suficiente gente en su vida con la que hablar de trabajo, así que no tenía por qué pasar por eso.
Y curiosamente, esa era una de las cosas que más le gustaban de ella. Le gustaba ver hockey e iba a algún partido de vez en cuando, pero no estaba casada con el deporte. Como… bueno, todo el resto de la gente con la que se juntaba, incluso su familia.
Encontraba algo especial en ser amigo de alguien que ponía todo en perspectiva; alguien ajeno a la obsesión por el hockey, que priorizaba otras cosas y veía su trabajo como un empleo normal. Nunca había tenido eso antes.
Cuando por fin llegó a casa el domingo por la mañana, ya había tomado suficiente distancia como para poder sonreír con cansancio ante su pequeño berrinche de principios de semana. Nada había cambiado. Ella era Maddie y él era Matt. Punto final.
Cuando abrió la puerta, Maddie estaba lavando ropa.
Lo supo porque llevaba sus pantalones de chándal grises salpicados de pintura y una sudadera de tallas más grande.
Una suya. Era su sudadera. Tenía el cabello recogido en un moño inestable en la coronilla, con mechones cayéndole sobre la cara, mientras estaba en el sofá frente a cientos de calcetines, tratando de emparejarlos.
—No tienes cesto para la ropa sucia —dijo a modo de saludo y levantó la mirada—.
He usado una de tus docenas de bolsas de deporte.
También encontré esto dentro —señaló la enorme sudadera, que la engullía como a un pasajero del Titanic—.
Las mías estaban todas sucias. No te importa, ¿verdad?
Te habría preguntado, pero estabas en el avión.
—Hizo una mueca y lo miró de forma inquisitiva.
Se le revolvió un poco el estómago, eso que probablemente le pasa al estómago de todo hombre cuando ve a una mujer hermosa con una prenda suya. O tal vez era solo cosa de él, pero le tranquilizaba creer que todo el mundo sentía lo mismo. Nada. Había. Cambiado.
Siguiendo su último hilo de pensamiento, respondió:
—Hola a ti también, extraño bulto de tela que deja calcetines por todo mi salón.
—Lo siento. —Ella sonrió y agitó uno de los calcetines—. Hola. Me alegro de que hayas vuelto. ¿Qué tal el vuelo? ¿Y a qué te refieres con bulto de tela? —Se miró a sí misma—. Soy un dulce malvavisco.
Él resopló y se quitó la chaqueta. Noviembre era frío incluso en California.
—El vuelo estuvo bien, aunque un poco aburrido porque Dax se sentó con Lucy todo el tiempo y León aprovechó la oportunidad para enumerar todas las razones por las que era una estupidez vivir contigo.
La castaña enarcó las cejas con sorpresa.
—¿Conmigo?
—Sí. Para ser específicos: con una mujer con la que no me acuesto —dijo sin tapujos. Si no se hubiera sentido extraño los últimos días, habría hablado con ella sobre el tema, ¿verdad?—. Al parecer, eres una «cortarrollos».
Maddie jadeó de forma dramática.
—¿Qué quieres decir? ¡¿Que estoy impidiendo que tengas sexo?!
—Algo así.
—¿Le dijiste cuántas veces he hecho de gancho para ti?
Él se rio por lo bajo.
—Dios, no. Entonces podría haber exigido que lo hicieras por él también. No quiero perder mis derechos exclusivos sobre Maddie James.
—Nunca los perderás —respondió ella con seriedad—. Mientras sigas dándome tequilas sunrise.
—Hecho.
—Genial. ¿Los demás también piensan que es una idea estúpida dejar que viva aquí? —Se pellizcó el labio inferior con el pulgar y el índice como si no hubiera pensado en ello hasta ahora.
Dudando, él se balanceó sobre sus talones.
—Algunos de ellos. Sobre todo, porque piensan que no se puede convivir siendo dos solteros en un espacio pequeño. —Curioso, esperó su reacción. Lo que pensaba ella al respecto le interesaba más de lo que quería admitir.
Su amiga resopló.
—¿Qué clase de actitud chovinista es esa? Como si todo el mundo fuera a abalanzarse sobre el otro. Vamos, eso no es un problema para nosotros.
Mh. Sí, eso pensaba él.
Lentamente, sus hombros se relajaron. Eso estaba bien. Ella lo había deseado al principio, pero eso fue hacia siglos. No importaba. Sí, ayudaba.
Un poco. También.
Entonces, ¿por qué no sabía si se sentía aliviado o decepcionado por sus palabras?
—Quiero decir, las cosas van bien, ¿no? —Maddie interrumpió sus pensamientos—. Claro, has estado fuera los últimos días, pero no tienes ningún problema con que me quede aquí, ¿verdad?
—Para nada —dijo él, sin querer que ella se sintiera mal ni por un segundo.
—No será para siempre —respondió ella con vacilación—. Dijeron que necesitarían unas tres semanas más en el apartamento… así que, si quisieras traer mujeres aquí… — Se aclaró la garganta y hundió la barbilla en su sudadera—. Obviamente, eso sería, esto…
—No quiero traer a nadie aquí —interrumpió él su tartamudeo.
¿Su «mejor amiga» suspiró aliviada?
—Bien.
—Bien. —Se rascó la nuca—. ¿Y tú? Quiero decir, dije que podías invitar gente…
—Matt —se rio a carcajadas—, quiero encontrar al hombre de mis sueños, no solo tener sexo. Mis citas no incluirán un dormitorio durante algún tiempo.
Él también exhaló de alivio.
—De acuerdo. —Siempre disfrutaba escuchando a Maddie, pero ciertas cosas…
—¡Ah, por cierto, también te lavé la ropa!
Parpadeó volviendo al presente.
—Maddie, eres mi invitada, no mi ama de llaves —respondió enfadado.
—¡Fue puro egoísmo! No soporto la idea de que malgastes agua. No me importan las tareas del hogar, limpiar y cocinar me resulta meditativo. Doblar calcetines es un poco romántico.