Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

―No ―sentenció, manteniéndose firme.

―¿Por qué no? Ni siquiera tienes que ir a citas de verdad. Podríamos fingir que vas en serio para que yo consiga buena publicidad.

―Hm ―pronunció él; luego se inclinó hacia delante y empezó a tirarle de los lóbulos de las orejas. Frunció el entrecejo, se ladeó primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda con los ojos entrecerrados.

Maddie se estremeció y se frotó las orejas a toda prisa. Se le había puesto la piel de gallina por todo el cuello de forma visible.

—¿Qué estás haciendo?

—Comprobando si les pasa algo a tus oídos. ¡Mi respuesta fue que no!

Después de todo, acababa de decidir tomarse un descanso de las citas.

Con un suspiro, ella dejó caer los hombros.

—¡Genial! ¿Puedes al menos preguntarle al equipo? Quizá alguien esté buscando a la mujer de sus sueños. O, incluso, al hombre de sus sueños. Me ayudaría muchísimo.

—No creo que...

—Solo pregunta, ¿de acuerdo? ¿Por mí? —Su amiga arqueó una ceja.

Él gruñó y se frotó los ojos.

—Está bien. Por ti. Dios, no juegas limpio.

Ella sonrió satisfecha.

—Supongo que se me daría bien ser jugadora de hockey, ¿verdad? —dijo, y luego pasó por su lado hacia los dormitorios, tomando su maleta por el camino. Sin embargo, en lugar de tomar la puerta de la habitación de invitados, abrió de un empujón la del dormitorio de él.

—Uh. Nunca había estado aquí —anunció, dejando la maleta en el suelo y entrando.

Él se apresuró a seguirla. Esa era su habitación. En ella dormía y… hacía otras cosas.

—Bonita foto —dijo ella, señalando con la cabeza la gran lámina de unas montañas y una mansión de piedra gris que colgaba sobre su enorme cama sin hacer—. ¿Es la viña de tus padres?

—Sí —dijo él tajante, bajándose con nerviosismo las mangas de la camisa por los brazos.

Resultaba extraño verla de pie tan cerca de su cama.

Le provocaba un nudo extraño en el estómago que no terminaba de identificar.

Maddie no era una mujer que asociara con su dormitorio y, desde luego, tampoco con su cama.

Como mucho, la asociaba con… su propia cama.

No, en realidad, con ninguna cama . Maddie y cama eran dos palabras que no tenían conexión alguna.

—Parece mucho más acogedor aquí que en el salón —afirmó ella, señalando con la cabeza las estanterías de las paredes, el gran sillón marrón en una esquina y la alfombra roja del suelo—.

Y ahora ya sé que tienes unas esposas por ahí tiradas.

—Sonriendo, señaló el par de esposas de pelo rosa que había en el estante junto a los libros de Juego de Tronos .

Bien, empezaba a hacer un calor sofocante allí dentro.

—Solo son decorativas —se apresuró a responder, con la boca de repente demasiado seca, y dio un paso adelante para guiarla fuera de la habitación por los hombros. Había otras dos palabras que no encajaban en la misma frase: Maddie y esposas .

La castaña soltó una carcajada.

—Decorativas…

—Nunca las he usado. Me las regaló Nell por mi decimoctavo cumpleaños. En plan broma. —Era la verdad, pero por la expresión de Maddie supo que no le creía.

—Ya, claro —dijo ella con ligereza, y luego su mirada se deslizó hacia el techo.

Matt soltó una risita y la empujó de vuelta al salón. No hizo eso de verdad, ¿no?

—¿Qué? —preguntó ella, insegura, mientras un ligero rubor le subía por el cuello.

—¡Miraste para ver si tenía un espejo en el techo!

—¡Una vez me dijiste que lo tenías! —se defendió ella en voz alta.

¡Todavía se acordaba de aquello, aunque hubiera pasado un año!

—¡Era una broma!

—Bueno, no estaba segura —respondió ofendida, dándole la espalda de repente—. Me voy a desarmar la maleta.

Su risa se hizo más fuerte. Aquel extraño humor de derrota de antes se había esfumado. Volvía a ser Maddie. Todo estaba bien.

—¿Quieres que ponga un espejo en el techo para que te sientas como en casa? —sugirió él con inocencia.

—No hace falta. Me basta con las videocámaras que uso siempre para grabarme —respondió a la ligera, y luego se escabulló en la habitación de invitados de al lado y cerró la puerta.

Matt resopló con fuerza. Que él supiera, Maddie no había tenido nada que ver con nadie en el último año, porque tenía esa regla de buscar «el para siempre»; así que pasaba de las aventuras de una sola noche.

Sacudiendo la cabeza, regresó a la cocina, se tiró del cuello de la camisa, que hoy le apretaba por alguna razón, y buscó en la puerta de la nevera el folleto del restaurante tailandés de al lado.

Era evidente que Maddie había superado la mayor crisis. Aun así, no vendría mal pedir su adorado Pad Thai y quizá preparar un Tequila Sunrise. No tenía ni idea de qué llevaba, pero para eso estaba internet o el servicio a domicilio.

Oyó a Maddie trastear en la habitación de invitados y luego poner algo de música en su móvil: canciones pop de algún tipo.

Una sonrisa asomó a las comisuras de sus labios.

Le gustaba que ella estuviera allí. Eso significaba que hoy no comería solo y su enorme sofá no se sentiría tan solitario.

Todo en su relación con Maddie era sencillo, relajado.

Puede que incluso fuera genial que se quedara unas semanas.

Nunca había compartido piso; quizá hasta incluso quería vivir la experiencia.

No. No sería raro en absoluto.

—¿Vive contigo? ¿Pero no te acuestas con ella? ¡Eso es superraro! —dijo León Álvarez, negando con la cabeza mientras se ponía la camiseta del equipo.

—Se puede vivir con gente sin tener que tirárselos, León —respondió Jack con sequedad.

—Ya, pero Maddie es la hermana de Lucy. Así que está buena, ¿no?

Matt parpadeó, perplejo.

—¿Cómo demonios sabes que Maddie vive conmigo? —¡Si se había mudado anoche!