Capítulo 4
Capítulo Cuatro
M att no solía llevarse a mujeres a casa por la sencilla razón de que le resultaba bastante desagradable echarlas a la mañana siguiente.
Prefería ser él quien saliera por la puerta de ellas.
Había comprado el loft hacía cinco años y podía contar con los dedos de una mano las mujeres que habían dormido allí.
Y con tres de ellas compartía lazos de sangre.
A pesar de todo, seguía ofreciéndole a Maddie su habitación de invitados.
Tenía casi ciento diez metros cuadrados de espacio y a su asistenta no le importaría cobrar una hora más si alguien usaba de verdad el lugar.
Tendrían que compartir la ducha pero, como ya había dicho, la mitad del tiempo estaría fuera por los partidos de visitante y, de todos modos, solía ducharse en la pista después del entrenamiento, así que no veía mayor problema.
Maddie había estado inusualmente callada en el garaje subterráneo.
Se limitó a sacudir la cabeza sin decir palabra alguna al bajar de su viejo Fiat, el cual aparcó junto a todos aquellos relucientes BMW, Porsche y Mercedes.
Sí, los residentes del edificio eran todos de clase alta y su coche encajaba allí tanto como Matt en un tutú.
Lo normal habría sido que Maddie hiciera algún chiste sobre que el contenido de ese garaje era lo más ostentoso desde la invención del diente de oro.
Pero se quedó allí, parada en silencio junto a él en el ascensor, con la mirada fija en la maleta que llevaba en la mano.
Limpiaron lo peor del desastre de su apartamento, pero la casera aceptó que hacía falta hacer reformas.
El seguro se encargaría del coste, pero, por desgracia, sería más fácil de gestionar si Maddie se mudaba mientras durasen las obras.
Dios, odiaba verla así, tan abatida y dolida.
Maddie tenía la mejor de las sonrisas, que solía regalar como los Testigos de Jehová reparten biblias, y casi siempre desprendía una energía increíble.
En ese momento, sin embargo, parecía tan agotada que a Matt le habría gustado llevarla en brazos hasta la cama.
Pero aquello habría sido raro, ¿verdad? No tenía ni idea de cuáles eran las reglas sobre llevar en brazos a amigas platónicas.
Maddie era su primera relación de este tipo.
―Debería haberme hecho jugadora de hockey ―masculló ella mientras él le abría la puerta y la dejaba entrar primero―. Parece ser el único trabajo de verdad.
Su mirada se deslizó por el parqué pulido hasta la gigantesca pantalla plana de la pared opuesta, para pasar después al sofá, aún más gigantesco, y a la isla de mármol de la cocina donde Matt solía limitarse a dejar el café.
―Ah. Como jugadora profesional, solo ganarías una fracción de nuestro sueldo ―dijo él a modo de disculpa mientras cerraba la puerta―. No es precisamente justo.
―¿Qué lo es? —preguntó ella con voz cansada mientras dejaba la maleta junto a la puerta. Se frotó los ojos—. ¿No es extraño que seamos amigos desde hace más de un año y solo haya estado en tu casa dos veces?
Hm. ¿Eso era cierto?
―Cielo santo, a veces olvido que eres rico ―dijo ella mientras caminaba hacia el ventanal.
Matt resopló.
―¡Nadie olvida eso!
―Bueno, yo sí. ―Se encogió de hombros y se giró hacia él―. Sueles ser tan… normal, nada ostentoso como ese horrible garaje subterráneo. Aunque lo que es peor es que ni siquiera lavas tu propia ropa y la cocina parece que no se ha estrenado.
Las comisuras de los labios de él se crisparon. Maddie volvía a ser ella misma. Era agradable ver que el día no la había derrotado por completo.
―Gracias. Tus palabras me llegan al alma ―dijo con falsa emoción, llevándose ambas manos al pecho.
Ella sonrío, y sus ojos castaños claros se llenaron de calidez.
―Un placer. Las fiestas que podrías organizar aquí ―dijo, sacudiendo la cabeza y dando una vuelta sobre sí misma―. Tendrías hasta pista de baile. ―Señaló el espacio entre el sofá y la isla de la cocina.
―Ah, las fiestas suelen ser en casa de Fox.
―Era el capitán de los Hawks y organizaba con regularidad eventos para fomentar el espíritu de equipo .
Su casa tenía piscina, sala de póker y una cancha de baloncesto privada.
Matt consideraba que una propiedad tan enorme era demasiado jaleo; demasiadas cosas de las que ocuparse. Con el loft tenía suficiente.
―¿O sea que de verdad nunca invitas a nadie? ―preguntó ella, frunciendo el entrecejo.
―No. Solo Dax viene de vez en cuando. ―Se encogió de hombros―. Pero tú eres libre de invitar a quien quieras.
―¿En serio? ―arqueó las cejas.
―Claro. Si quieres. Durante las próximas semanas, esta casa es tan tuya como mía. ―Abrió los brazos―. Solo quiero que te sientas cómoda.
Maddie sonrío de oreja a oreja.
―¿Eso significa que también puedo ensuciar la cocina? Da un poco de miedo lo limpia que está.
Él sonrió.
―Estará encantada de que la uses.
―Igual que tu lavadora. ¿Para qué tienes una si de todos modos lo llevas todo a la tintorería?
―Bueno, el cuarto de la lavandería parecía demasiado vacío sin ella.
La chica resopló.
―El cuarto de la lavandería. Por supuesto. ―Se giró y se quedó mirando por la ventana las luces centelleantes de la ciudad―. Se ve hasta el océano ―murmuró.
―Sí, al final por eso lo compré.
Maddie alzó la vista.
―¿Porque te gusta el océano?
―Me gusta mirar todo lo que sea hermoso ―respondió él con una sonrisa, mirándola con intención.
Ella resopló, pero una sonrisa asomó a las comisuras de su boca.
―Y luego te sorprende que tu apodo sea Don Encantos .
Matt frunció el entrecejo. Llevaba meses esperando que el nombre no cuajara, pero era una causa perdida. Algún reportero deportivo le puso ese apodo y ahora se le había quedado pegado como un velcro.
―No es justo. A Dax le llaman El Diablo , a Jack El Santo y Fox es… bueno, Fox. Pero todos suenan geniales. Don Encantos es una mierda. Todo el mundo espera que vaya a liberar a Cenicienta de su torre o algo así.
―Cenicienta era la de la zapatilla. Rapunzel era la de la torre.
―¡Lo ves! ―se quejó él―. Eso demuestra que el nombre no me pega.
―No, eso solo demuestra que no prestabas atención cuando tu mamá te leía cuentos de hadas.
A mí me gusta el nombre. Te pega porque te pasas el día flirteando.
¡Con todo el mundo y con todo ! Ya sea un humano, un animal o un disco de hockey.
―Le dio una palmadita en el bíceps como si fuera culpa suya―.
Pero no pasa nada. Siempre haces que la gente se sienta bien. Así que no es algo malo.
Hm. ¿Ella siempre se sentía bien a su lado? Aquello era… agradable de oír. Tan agradable que sintió un pequeño vuelco de satisfacción en el estómago. Maddie siempre debería sentirse bien.
Ella volvió a mirar hacia afuera y preguntó en voz baja:
―Matt, ¿ibas en serio con lo que dijiste antes? ¿Crees que yo… no estoy buscando?
Sorprendido, arqueó las cejas.
―¿Qué?
―Al hombre de mis sueños.
Ah, a ese.
―Pues sí ―dijo él sin andarse con rodeos―. Ni siquiera te esfuerzas en encontrarlo. No dejas de decir que quieres casarte y tener hijos, pero, chica, tienes una agencia de citas y ni siquiera la has usado para ti misma.
Ella se encogió de hombros, visiblemente insegura.
―No quiero quitarle a nadie a mis clientas.
Él resopló con fuerza.
―Mentirosa. Solo tienes miedo.
La castaña le lanzó una mirada fulminante.
―¿Y de qué se supone que tengo miedo?
―No lo sé. Dímelo tú.
―¡No tengo miedo! Solo estoy concentrada en el trabajo ahora mismo.
―¡No te estaba acusando de nada, Maddie!
―respondió él, dando marcha atrás―. Está bien que no estés buscando.
―¡A él no le molestaba en absoluto!―. Pero no puedes pretender casarte y tener hijos pronto si no vas a citas.
A menos que entres en QuiénNecesitaUnVisado.com.
Entonces probablemente podrías casarte mañana mismo.
Pero primero tendrías que aclarar el tema de los niños.
Ella resopló y le dio un empujoncito juguetón en el brazo con el hombro.
―Lo tendré en cuenta si todo lo demás falla. Pero de momento todo eso está en un segundo plano. Ahora que Geller se ha echado atrás, el trabajo es lo prioritario durante una temporada.
Mierda. Por su arrebato de antes, Matt se imaginó que la reunión que ella llevaba semanas esperando no había ido bien.
―¿Por qué no firmó?
―Dice que somos demasiado pequeños y novatos para ella.
―Joder.
―Sí.
―Lo siento, Maddie. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?
Su amiga a penas si soltó una carcajada.
―A menos que conozcas a alguien famoso que quiera… ―Se detuvo de golpe y alzó la mirada hacia él.
Oh, maldita sea. Conocía esa mirada.
―La respuesta es no ―dijo él con rapidez―. Como todas las otras veces.
―¡Las veces anteriores no estaba así de desesperada! ―dijo ella en tono suplicante, agarrándole los antebrazos con fuerza―. Venga, Matt, sé mi cliente.
Él la miró con seriedad.
―Déjame decirte esto con todo el tacto y el cariño del mundo, Maddie: ¡Ni en un millón de años!
―¡Pero si estás soltero!
―¿Y qué? También soy Capricornio y no por eso me siento obligado a anunciar el próximo zoológico de mascotas.
―¡Pero serías el embajador de marca ideal!
―¡Claro que lo sería, porque soy guapísimo! Pero la respuesta sigue siendo no.
Frustrada, la chica gimió y lo soltó.
―Dios, ¿de qué sirve conocer a un jugador de hockey famoso si no puedo usarlo para mi propio beneficio económico?
―¿De que te aporta una amistad maravillosa?
―Sí, sí, lo que tú digas. ―Puso cara de pocos amigos―. Pero en serio, Matt, tú te lo pierdes. Nuestro cuestionario funciona y vas a dejar pasar al amor de tu vida.
―Oh, yo soy más del tipo de aventuras breves, así que eso no me preocupa lo más mínimo.
―¡Matt!
―No. ―Ella se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos y parpadeó con insistencia.
Luchando contra un mal presentimiento, él cambió el peso de un pie al otro. Dios, no podía dejar que ella supiera lo bien que funcionaba esa expresión. De inmediato se sintió culpable y ella se veía tan malditamente adorable e inocente. Sin embargo, sabía que aquel efecto era engañoso.