Capítulo 3 #3
—Todo está... arruinado —susurró, limpiándose los mocos con la manga—.
Todo . —Se escondió la cara entre las manos —.
Dios, no doy una, Matt. Match Me! se va por el desagüe.
No puedo ayudar a mi papá. Sigo estando completamente sola.
Soltera, sin hijos. Y ya no tengo un hogar.
—Una silenciosa desesperación se filtró por sus venas, instalándose en cada poro y quemándole los ojos—.
¿En qué momento me convertí en semejante fracaso?
¿Qué demonios se supone que haga ahora? ¡Es simplemente…
demasiado! Hay demasiados desastres en mi vida. En el sentido más literal.
De repente, unos brazos cálidos la envolvieron y la sacaron del agua para ponerla en pie. Le temblaban las rodillas, pero Matt la mantuvo erguida sin esfuerzo.
—¿Se rompió la tubería? —aventuró él.
—¡Sí!
—Llevo meses diciéndote que tus tuberías están demasiado viejas y quebradizas.
Enfadada, se soltó y lo fulminó con la mirada.
—¡No estás ayudando, Matt!
Él esbozó una media sonrisa.
—Oh, estar enojada conmigo es mejor que estar triste de verdad, ¿no lo crees?
Maddie resopló.
—Puedo estar ambas cosas. ¿No has oído lo que he dicho? Estoy sola y mi vida es un desastre…
—Vamos, Maddie —la interrumpió él con suavidad—. Por supuesto que no estás sola. —La agarró por los hombros y la mantuvo a unos centímetros de distancia para poder mirarla a la cara—. Nunca. Tienes a Lucy y al resto de tu familia. Tienes a Hailey. Tienes una gallina. Y me tienes a mí.
Ella olfateó y respiró de forma entrecortada.
—Lo sé, pero siento como si…
—…¿todo estuviera arruinado? —citó él en tono despacio.
—¡Sí!
—Hay algunas cosas arruinadas —confirmó él, echando un vistazo a la tapicería sucia y al suelo hinchado—. Pero eso no significa que ya no tengas un hogar. No es más que una inundación. Tiene arreglo.
—Pero ¿cuándo? ¿Y cuánto costará? Y... ¿dónde demonios me voy a quedar mientras tanto, Matt?
—Volvió a sorber la nariz y lo miró. Debía de tener un aspecto terrible, pero, aun así, él no se inmutó—.
Quizá ni si quiera podré dormir aquí durante un tiempo.
Tendrán que levantar el suelo o poner ventiladores enormes por todos lados y…
—No te preocupes, puedes quedarte en mi casa.
—¿Qué? —Lo miró parpadeando, confundida.
—Puedes quedarte en mi casa —repitió él y se encogió de hombros—. Tengo una habitación de invitados.
—No. No puedo quedarme contigo —afirmó ella lo evidente—. No durante semanas.
—¿Por qué no? —Perplejo, frunció el entrecejo—. Con los partidos fuera, de todas formas, no estoy en casa la mitad del tiempo. Podrías regar mis plantas.
A su pesar, tuvo que echarse a reír, aunque sonó más bien a hipo.
—Matt, todas tus plantas son de plástico.
Él sonrió.
—Bueno, pues quítales el polvo.
—¡Para eso está tu asistenta!
—Maddie. —Chasqueó la lengua con impaciencia—.
Deja de buscar excusas. Tú tienes un problema y yo tengo una habitación libre.
Es así de sencillo. Ahora, deja de armar un alboroto y ayúdame a sacar el agua antes de que llamemos a tu casera y avisemos a los vecinos de abajo.
No es para tanto. —Le asintió con gesto alentador—.
Tu apartamento volverá a secarse. El negocio despegará.
Se te ocurrirá algo. Y encontrarás al hombre de tus sueños y tendrás un montón de hijos con él, en cuanto empieces a buscar de forma formal.
Pero paso a paso. Eres joven, tienes tiempo.
Ahora, si te abrazo, ¿prometes dejar de llorar?
No como la última vez, cuando murió aquel perro viejo que Hailey rescató.
Aquella vez, de verdad empezaste a llorar cuando te rodeé con mis brazos.
Ella sonrío temblorosa y el peso que la había oprimido el pecho como un yunque disminuyó lentamente. Tenía razón. No estaba sola.
—Lo intento —respondió con voz ronca—. Pero es un reflejo. Cuando me siento mal y alguien es amable y atento conmigo, se abren las compuertas.
—Ya tenemos bastantes inundaciones aquí, Maddie —dijo Matt muy serio, señalando el suelo—. ¡Ahora contrólate, maldita sea! Acabo de recoger esta camisa de la tintorería.
Ella soltó una risita, pero le echó los brazos al cuello y aceptó el abrazo prometido. Los abrazos de Matt eran especiales. Eran cálidos y fuertes, y cuando le daba palmaditas en la espalda con torpeza porque no sabía muy bien cómo abrazar a amigas platónicas, siempre la hacía reír.
—Gracias, Matt —susurró, apoyando la mejilla en su pecho.
—Sí, sí —dijo él, incómodo, y le dio un beso en la cabeza—. Siempre. Por cierto, ¿quieres limpiar tu falda antes de que me deshaga de esta agua? Tienes restos de huevo.
Maddie sonrío con cansancio y se acurrucó más en el abrazo. Matt siempre era tan… sólido. Literalmente, una roca en el oleaje, aunque sospechaba que sus músculos eran más duros que la roca. En cualquier caso, siempre estaba alegre y sereno, y hoy ella tomaría ejemplo de él.
—Sí, quizá debería darme otro baño. Siempre he querido tener una piscina —susurró—. Creo que mi deseo por fin se ha cumplido.
Sintió la risa de Matt vibrando en su pecho.
—Esa es la actitud correcta.