Capítulo 3 #2
Suspirando, abrió la puerta —era obvio que Hailey no estaba allí— y fue recibida por un fuerte cacareo.
—Hola, Eggsy —saludó a su gallina mascota, que estaba posada en un estante de la pared justo frente al escritorio de Maddie.
La gallina levantó la cabeza con un interés moderado ante sus palabras.
Maddie no se ofendió. El ave era vieja. Hailey la salvó de la cazuela y le había preguntado si podía vivir en la oficina mientras que le encontraba un hogar.
Eso fue hacía ya dos meses. Pero bueno, apenas tenían clientes de todos modos.
La mayor parte del poco —poquísimo— dinero que ganaban venía de la web y las únicas personas que entraban por allí eran personas con audífonos y gafas de culo de botella; nadie había preguntado nunca por qué había una gallina sentada en la estantería de su oficina.
Eggsy tampoco molestaba a nadie. Estaba domesticada e iba a la caja de arena en la esquina. El único problema era si ella…
Un chasquido resonó en la habitación y el trasero de Maddie se enfrió, seguido de algo viscoso y húmedo que le chorreaba por los muslos desnudos.
—Oh, no —gimió en voz alta y se levantó de un salto de su silla de oficina. Era demasiado tarde. Trozos de cáscara de huevo cubrían el asiento y su trasero… y fue entonces cuando la puerta se abrió.
—Aquí estás —exclamó Hailey sin aliento—. He estado intentando localizarte durante horas y… oh.
—Sí, oh —confirmó Maddie—. ¡Tu gallina volvió a poner un huevo en mi silla!
—Ya, es que siempre está tan calentito ahí, porque pasas demasiado tiempo sentada en tu escritorio. Sabes que siempre tienes que mirar antes de sentarte.
—Se me olvidó —respondió, dolida, y echó la cabeza hacia atrás con fastidio.
¿Cómo este día podía ir a peor? ¡Como si necesitara más señales de que su vida era un desastre total!
—No me extraña que Match Me! no funcione —dijo, quejándose—. ¡Compartimos la oficina con una maldita gallina clueca!
—Oye —protestó Hailey, mirándola con enfado—. Estás hiriendo sus sentimientos. Además, dijiste que estaba bien tener a Eggsy aquí hasta que le encontrara un hogar.
—¡Y tú dijiste que no se cagaría en ninguna parte aquí adentro!
—Y no lo hace. Solo pone huevos.
—¡Que salen por el mismo orificio que todo lo demás! Dios, las gallinas son raras. Llevas meses buscando un hogar para ella.
Con sentimiento de culpa, Hailey se pasó una mano por su cabello negro y rizado.
—Ya, encontrar un hogar para una gallina vieja en Los Ángeles es mucho más difícil de lo que pensaba.
—No me digas. Apuesto a que yo podría encontrar a tres carniceros que le ofrecerían sus hogares de inmediato.
Impresionada, Hailey contuvo el aliento.
—No lo dices en serio.
—Claro que no lo digo en serio —dijo ella, intentando mantener la calma—. Adoro a Eggsy y te quiero a ti, ¡pero tengo huevo crudo colgando de la falda!
Hailey abrió la boca, seguramente para decir algo positivo, como era su costumbre. Tal vez algo como: «Oye, en Brasil, las babas de pollo traen buena suerte». Pero al momento siguiente, pareció tener una epifanía.
—Oh, mierda. La reunión no fue bien, ¿verdad?
Maddie se dejó caer en su silla de la oficina.
—Eligió al estúpido «Triunfo del Amor».
—Oh, no. Eso es una…
—Lo sé.
—¿Significa eso que tenemos que pensar en otra cosa para generar negocio? —Hailey se retorció las manos con incertidumbre—. ¿Turno de noche, tal vez?
—No —respondió Maddie, agotada. Miró el reloj.
Ya eran las seis menos cuarto—. Deja que lo consulte con la almohada.
Que me recupere. Mañana por la mañana podremos empezar con ánimos renovados y faldas sin huevo, ¿de acuerdo?
Este día me ha dejado para el arrastre. De todos modos, ya no sería capaz de hacer nada útil por ahora.
—Bueno. —Hailey la miró con simpatía antes de rodear la mesa y darle un fuerte abrazo—. Saldremos de esta, ¿de acuerdo? Juntas. La señorita Geller es una completa idiota. Habríamos encontrado a su amor verdadero en cuestión de semanas. Lo sé. No estás sola —susurró.
No, no lo estaba. Sin embargo, fue ella quien presionó a su mejor amiga para que dejara su trabajo anterior para aventurarse con ella. Si fracasaban, la culpa sería insoportable.
—Seguro —dijo de todos modos, poniendo tanta confianza en su voz como le fue posible—. Estoy segura que me sentiré mejor después de ducharme y tomarme un cóctel.
—Yo también lo creo. Vete, anda. Yo recogeré el desastre.
—Eres un ángel —respondió, dándole otro gran abrazo, y luego se dirigió a la puerta. Quería terminar este día lo antes posible para que pudiera empezar uno nuevo.
Sin embargo, al salir al paseo marítimo, vio a un hombre con cara de pocos amigos y trajeado que se dirigía directamente hacia ella. A juzgar por su expresión, no venía a invitarla a un trozo de tarta.
Connor Stone era lo último que necesitaba. El arrogante abogado de divorcios de al lado era agradable a la vista, pero no le gustaba que le gritara.
—James —gruñó él en cuanto estuvo a una distancia desde la que podía oírlo—. ¡Esto cruza la raya!
—¿Qué? —respondió ella con inocencia, a pesar de que podía ver el enorme cartel bajo su brazo.
Resultaba imposible ignorarlo cuando se lo plantó justo delante de las narices.
—No —dijo él con frialdad—. Simplemente no.
—Venga ya, solo es una frase ingeniosa.
—¡No!
—Aporta esperanza.
—«¿Te estás divorciando del hombre de tus sueños? ¡Entonces encuentra uno nuevo en Match Me!» ¡Eso me produce cáncer de ojos, no esperanza!
—Promete un nuevo comienzo. —También era buena publicidad, sobre todo frente a la puerta de un abogado de divorcios.
—Promete sandeces, porque tu agencia es un chiste —espetó Connor con brusquedad mientras soltaba el cartel a los pies de ella y daba media vuelta.
Maddie apretó los labios con rabia.
—¡Siempre estás tan gruñón, Connor! ¡Necesitas más romance en tu vida! —le gritó mientras se alejaba.
—Y tú, menos pollos. Tienes una mierda en la pierna.
—Son restos de huevo —respondió enfadada.
—Ya, y parece una mierda.
Dicho esto, se marchó.
¡Ay! En serio. Estos abogados de divorcios. Ninguna sensibilidad con el amor. Bueno, al menos las cosas no podían empeorar.
Tomó el cartel, lo puso frente al escaparate de Match Me!
y luego caminó tres puertas más allá hasta la entrada del edificio de apartamentos donde ocupaba el último piso.
Frustrada, abrió la puerta, asaltó el buzón encontrándose un montón de facturas y un sobre blanco pesado, y subió con paso pesado los tramos de escaleras estrechas hasta su minúsculo apartamento.
Quería ducharse y luego ponerse cómoda en el sofá.
Le crujieron los huesos al superar el último escalón y…
Tal vez estaba pensando demasiado en un baño, pero ¿por qué oía un chapoteo?
Frunciendo el entrecejo, abrió la puerta, entró en el apartamento y…
fue recibida por una oleada de agua. Conmocionada, se quedó mirando la cocina abierta, cuyo suelo ligeramente hundido estaba cubierto por tres dedos de agua, como si alguien estuviera intentando convertir su apartamento en una piscina.
¡No!
Se quedó allí inmóvil, contemplando la dantesca escena mientras el agua seguía saliendo de debajo del fregadero, extendiendo el estanque hacia el salón.
No, no, no. ¡Esto no podía estar pasando!
Soltando un juramento, tiró el correo sobre la encimera y vadeó el agua. Con una extraña sensación de entumecimiento en el pecho, se arrodilló en el suelo, abrió de un tirón la puerta bajo el fregadero y metió la mano más allá de la tubería —al parecer— rota para cerrar la llave de paso principal.
El agua dejó de brotar.
Poco importaba. El daño ya estaba hecho.
Esto no era un charco. Era un estanque. Y se estaba desbordando sobre la alfombra del salón contiguo, haciendo que el barato suelo de linóleo de la cocina se levantara, empapando su ropa, destruyendo sus muebles tapizados y…
Ni siquiera quería pensar en cómo estaría el techo de su vecino de abajo.
Maddie hundió los hombros mientras su única falda de tubo profesional se empapaba de agua sucia.
Era un desastre. Su vida era un desastre.
Había tenido tantas esperanzas esta mañana y ahora…
—¿Maddie? Tu puerta estaba abierta y… oh, joder. ¿Qué pasó?
Conteniendo las lágrimas, intentó enfocar la puerta y al hombre alto y rubio que estaba allí de pie. Matt se quedó boquiabierto ante el desastre en medio del cual estaba sentada.
Cierto. Se suponía que iban a salir para celebrar el gran cliente que no había conseguido hoy.
Mierda.