Capítulo 3
Capítulo Tres
M addie sentía que su vida era un tren de mercancías desbocado. Estaba de pie a un lado de la vía, viendo cómo se precipitaba hacia una curva, incapaz de detener el accidente o de apartar la vista. Lo único que pudo decir fue:
—No lo entiendo. ¿A qué se refiere con que ha firmado con alguien más? Pensé que estaba satisfecha con nuestra oferta.
—Lo estoy. O lo estaba —respondió la señorita Geller sin emoción, inclinándose hacia delante, con las manos entrelazadas sobre el enorme escritorio de madera maciza que, desde luego, no había encontrado en la basura como Maddie encontró el suyo—.
Señorita James, por favor, no se lo tome como algo personal.
Agradezco el esfuerzo que hizo. Estoy segura de que es usted una casamentera capaz…
sin embargo, solo lleva un año en el mercado y su empresa es pequeña.
Su lista de clientes aún es corta y su tasa de éxito todavía no es cuantificable.
Me temo que eso no cumple con mis requisitos.
Love Triumphs era, sencillamente, la opción más segura para mí.
No tengo mucha paciencia y los candidatos que me presentaron eran más que prometedores.
¡Oh, por supuesto que lo eran! Love Triumphs podía ofrecer modelos y herederos apuestos, todos ellos educados en colegios privados, que serían unos maridos trofeo fantásticos para la rica productora musical.
Sin embargo, ¡Maddie sabía que le encontrarían una relación superficial que la satisfaría por un tiempo pero que no la haría feliz a largo plazo!
Love Triumphs se especializaba en encontrar lo siguiente mejor . Maddie buscaba lo adecuado .
—Señorita Geller, por favor…
—Eso es todo, señorita James —la interrumpió con firmeza—. Ya puede irse.
Maddie abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Tenía docenas de cosas que decir, quería pelear, decirle todas las razones por las que era mejor que su competencia…
pero no sabía cómo. Odiaba los enfrentamientos, y la señorita Geller se veía tan decidida que no tenía sentido seguir intentándolo.
No le creería de todos modos, porque su incipiente agencia de citas era demasiado pequeña.
—De acuerdo. Muchas gracias —dijo Maddie en voz baja, y se puso en pie—. Si cambia de opinión…
—Por supuesto —la cortó ella, con la mirada puesta de nuevo en el ordenador, antes de añadir distraídamente—: ¿Sabe salir sola?
Maddie asintió y salió del despacho.
Con los labios apretados, caminó hacia los ascensores, con el corazón golpeándole en el pecho.
Se suponía que esta iba a ser su gran oportunidad, la recompensa a todo su duro trabajo del último año.
Estaba destinado a ser el momento en el que podría dejar de mentir a sus hermanas y a su padre cuando les decía que Match Me! era un éxito total.
Es decir, tenían éxito. Habían unido a docenas de parejas.
Sin embargo, la mayoría eran señoras y caballeros mayores que pensaban que un iPad era un parche para el ojo.
Maddie era feliz ayudándoles y haciendo sus vidas un poco más dulces, pero no aportaban mucho dinero.
Sabía que las generaciones más jóvenes preferían usar aplicaciones.
Tenían una buena presencia en internet, así que quien no quisiera no tenía por qué buscar asesoramiento personal.
Su cuestionario y su algoritmo funcionaban así de bien.
El problema era que no era conocida. ¡Y ella quería solucionar eso con una cliente de alto perfil como Simone Geller!
Dios, un año de noches sin dormir y estaba de vuelta al punto de partida. Sus ahorros estaban casi agotados. El alquiler en Santa Mónica no era precisamente barato.
—Mierda —susurró mientras entraba en el ascensor y se frotaba los ojos.
Estaba molesta. Muy molesta. A la señorita Geller, esa mujer que trabajaba ocho horas al día, incluso los domingos, le vendría bien alguien que le pusiera la vida patas arriba.
Y hasta tenía un candidato preparado. Sam Cho, un profesor de primaria con un gran sentido del humor que, a primera vista, no parecía encajar, pero que era duro y dulce, y coleccionaba discos; ella había sentido ese hormigueo cuando pensó en presentarlos, lo cual siempre era buena señal y…
mierda. No debería pensar en ello. Ya era tarde.
La habían despedido antes de conseguir el trabajo.
—Mierda—repitió, esta vez más fuerte. Dios, estaba harta. ¡Cada vez que creía que había progresado, se daba de bruces contra el suelo!
Estaba a punto de cumplir los treinta, llevaba cinco años soltera y el mismo tiempo sin tener sexo.
Alquilaba un apartamento minúsculo que solo era asequible porque se caía a pedazos cada día más.
Su negocio solo aguantaría dos o tres meses antes de irse a pique.
Pasaba la mayor parte de su tiempo libre con un hombre de sesenta y cinco años: su padre, que no había sido capaz de cuidar de sí mismo desde que su madre murió hacía unos años.
O no quería cuidar de sí mismo. Sí, no quería.
¡Vaya! Si su vida no era la definición de tristeza, ¡no sabía qué lo era!
Cerró los ojos, respiró hondo y se serenó. No importaba. No todo estaba perdido. Todavía podía cambiar las cosas. De alguna manera.
Con un sabor amargo en la boca y un nudo en el estómago, caminó por el garaje subterráneo hacia su Fiat Punto de veinte años, que parecía a punto de perder el capó.
Ignoró los mensajes de su socia y mejor amiga, Hailey.
No se sentía capaz de decepcionarla en este momento.
En su lugar, quería aprovechar el viaje semanal a casa de su padre para idear un discurso motivador en el que explicaría con detalle por qué el contrato fallido no significaba su ruina.
Por desgracia, no era una mentirosa con talento, ¡así que tendría que practicar!
Gimiendo, salió del garaje en el Fiat. Se tomó su tiempo para hacer la compra para su padre y luego le llevó las provisiones.
—¡Hoy llegas tarde! —la saludó él con mal humor—. Me muero de hambre.
Suspirando, pasó por su lado hacia la cocina, que parecía como si una familia de osos la hubiera asolado. Tendría que dar una mano de limpieza antes de irse.
—Papá, tienes dos manos, dos piernas y una tarjeta de crédito —respondió con amabilidad—. Podrías haber ido a comprar tú mismo.
—Hoy no es un buen día —dijo él, sacudiendo la cabeza—. No me encuentro… bien.
Sí. Esa era la historia habitual de los últimos años.
—Está bien. Puedes aprovechar el tiempo que paso limpiando y ordenando para darte una ducha —le dijo, mirando su cabello canoso y desgreñado.
—Hm —refunfuñó él, y se dio la vuelta para ir al salón. Veinte segundos después, Maddie escuchó la televisión.
Respiró hondo, cerró los ojos unos instantes y empezó a preparar un guiso de verduras que su padre pudiera comer durante unos días y así obtener las vitaminas que su dieta habitual de bebidas energéticas y pizza congelada no le proporcionaba.
Luego, sacó la basura y empezó a cargar el lavavajillas cuando sonó su móvil. No era Hailey, sino Rachel.
Dejó los platos y deslizó el dedo por la pantalla para contestar. Su hermana mayor vivía en Chicago y era raro cuando llamaba. Cuando lo hacía, Maddie siempre respondía.
—Hola, Maddie. Lo siento mucho, pero no podré ir a visitarte en unas semanas. Seguramente por Navidad tampoco. Estoy a tope de citas, una tras otra.
Maddie apretó los labios. Cambió de opinión; ahora deseaba no haber respondido a la llamada.
¡No había visto a Rachel en persona en casi dos años!
Además, era psicoterapeuta y probablemente era quien mejor podía ayudar a su padre, o al menos lograr que buscara ayuda, algo que ellas no habían conseguido en años. Pero si ya tenía la agenda llena…
—Entiendo. Qué pena —dijo—. ¿Tal vez en enero?
—Lo intentaré, ¿de acuerdo? De verdad que lo siento. Me tengo que ir ya. Dales un abrazo a papá y a Lucy de mi parte —y colgó al momento siguiente.
Maddie dejó el teléfono y se quedó mirando la pantalla. Genial. Simple y sencillamente genial.
Cuando emprendió el camino de vuelta a la oficina una hora después, estaba cansada y de mal humor.
Habían perdido a una cliente importante.
Su padre no se había duchado; y Rachel no iba a venir a ayudar.
Y para terminar de armar el pastel, en el supermercado no tenían sus marshmallows gigantes favoritos.
El día era para ponerse enferma, ni siquiera la vista del océano la animó; y eso que le encantaba la playa, el agua y el aire salado.
Casi siempre lograban barrer todas sus preocupaciones.
Había tenido suerte de encontrar esa pequeña oficina a menos de cincuenta metros del muelle de Santa Mónica, que ofrecía una vista despejada de la noria, del océano Pacífico y de unas cuantas palmeras justo delante de la puerta.
Pertenecía a la misma anciana encorvada que le alquilaba el apartamento.
Ella era la dueña de la mayoría de los edificios de esa calle, excepto del bufete de abogados del final.
Por lo que sabía, los propietarios de O’Leary & Stone le habían comprado el edificio.
El edificio en el que estaba Match Me! tenía una fachada azul pálido y desconchada con enormes contraventanas blancas que ella nunca cerraba porque ocultarían el logotipo de la agencia en los grandes ventanales.
Ama si puedes, nosotros nos encargamos del cómo y el cuándo , decía. Estaba bastante orgullosa de ello, aunque el eslogan fuera un poco anticuado. Quizá esa era la razón por la que atraían sobre todo a personas de la tercera edad.
Lo pensaría. Quizá necesitaban darle a Match Me!
un nuevo eslogan. Quizá podría pedirle ayuda a Lucy.
Tenía un máster en marketing, era consultora de Relaciones Públicas y sabía de esas cosas.
Vaya, Maddie no debería haber estudiado ciencias sociales.
Por otra parte, ¿quién sabía si sería capaz de leer tan bien a la gente si se hubiera graduado en otra cosa?