Capítulo 2
Capítulo Dos
D iez horas después, Matt observaba a la mujer desnuda que tenía al lado, intentando recordar si se llamaba Jessica o Jane.
Frunció el entrecejo mientras se concentraba.
Le dio vueltas primero a un nombre y luego al otro, pero seguía sin ser capaz de recordarlo.
Soltando un quejido, entornó los ojos y alargó la mano hacia su móvil, que estaba sobre la desconocida mesita de noche; lo hizo con cuidado y en silencio para que Jessica —o Jane— no se despertara.
Aquello no estaba bien. Solo los idiotas olvidaban el nombre de la mujer con la que habían pasado la noche; y él solía alardear de no ser uno de esos.
Le encantaba dejarle ese papel a León y a Dax.
Sin embargo, Dax ya estaba felizmente emparejado, y León no había hecho ninguna estupidez en semanas…
Joder, quizá se le estaba yendo la mano últimamente.
Se frotó los ojos, se incorporó sobre los codos y le escribió un mensaje a la persona a la que siempre recurría cuando tenía un problema.
La camarera de ayer, ¿se llamaba Jane o Jessica?
La respuesta de Maddie llegó a los pocos segundos: ¿No hablarás en serio?
Sonrió porque se la imaginó mirando el teléfono con mala cara. Siempre se le formaba una arruga profunda entre las cejas, pareciéndose a un personaje de Disney diseñado para representar la emoción de la «ira».
Pues sí, más o menos , respondió.
Te desprecio tanto ahora mismo…
Sí, ya lo sé, pero aun así podrías demostrar tu capacidad de hacer varias cosas a la vez y decirme su nombre de paso.
¡No tengo ni idea, Matt! ¿Qué nombre estuviste gimiendo anoche?
Frunció el entrecejo.
Yo no gimo nombres. No soy una estrella del porno .
¡No, eres lo peor!
Bueno, quizá. Hoy sí.
Pues nada, probaré con uno. Cincuenta por ciento de posibilidades.
Estaba a punto de soltar el móvil cuando la pantalla se iluminó de nuevo.
¡Ni se te ocurra! Mira su ropa. Ayer llevaba una placa con su nombre. En la blusa .
Ah, claro. Joder, Maddie era lista.
Voy a mirar , contestó y salió de debajo de las sábanas con sigilo. A continuación, se puso los bóxers y cruzó de puntillas el frío suelo de roble del angosto apartamento, buscando el uniforme que le quitó a Jessica —o Jane— ayer. Tal como Maddie predijo, había una placa prendida en él.
Ponía Jennifer . Bueno, se había quedado cerca.
Encontrado , escribió. ¡Gracias!
No me des las gracias por eso… ¿y por qué sigues en el apartamento de la camarera? ¡Son casi las nueve y media!
Oh. Ni siquiera había mirado la hora.
Joder , tecleó y se puso los pantalones a toda prisa antes de guardar el móvil.
Tenía entrenamiento a las diez y a su entrenador, Parker Gray, no le gustaba que nadie llegara tarde.
Además, quería pasarse por la tintorería a recoger algo de ropa.
Algunos decían que era una pérdida de dinero que nunca pusiera la lavadora él mismo, pero Matt se crio con cuatro hermanas y toda su juventud se la pasó haciendo la lavandería a diario.
¿De qué servía toda esa riqueza si tenías que lavarte tus propios calzoncillos?
Exacto. De nada.
Maldiciendo por lo bajo, se puso la camisa y estaba a punto de salir del apartamento cuando se detuvo.
—¿En serio, Matt? ¿Primero te olvidas de su nombre y ahora te largas sin decir nada? —le susurró su conciencia, que sonaba sospechosamente igual que Maddie.
Gruñendo, se dio la vuelta y encontró un trozo de papel y un bolígrafo en la mesa del pasillo.
Gracias por la noche tan estupenda, Jenny. Fue divertido .
No le guardaría rencor por haberse ido. No buscaba nada serio, al igual que él.
De lo contrario, Maddie nunca le habría hablado de ella.
Su amiga se esforzaba por asegurarse que él solo se acostara con mujeres que no fueran a acabar heridas .
Además, la camarera le había invitado a entrar por voluntad propia con las palabras: «Vivo aquí a la vuelta y tengo nata montada».
No, no se tomaría mal el mensaje. Le daba igual lo que dijera Maddie, las mujeres solían llevárselo a casa para echar un revolcón con él, no para pedirle consejos de decoración. Ella era la excepción.
No sabía muy bien cómo había ocurrido, pero al parecer ahora él era el servicio de urgencias para muebles. Al menos, eso parecía, porque Maddie lo llamaba cada vez que tenía que mover algo de sitio.
Bueno, solo era justicia poética.
Bajó las escaleras disparado, entornando los ojos ante el brumoso sol de noviembre, y trotó por la calle hasta su BMW, que seguía aparcado delante del Ice Lounge.
Ayer estuvo en el bar de confianza de los L.A.
Hawks con Maddie y algunos de sus compañeros de equipo.
No había estado bebiendo —el entrenador Parker le cortaría la cabeza si se emborrachaba durante la temporada—, así que, gracias a Dios, pudo conducir hasta el pabellón cercano.
Mientras subía al coche, se preguntó si no debería guardar cierto celibato durante las próximas semanas, calmarse un poco y volver a concentrarse más en el juego.
Era solo que tenía demasiado tiempo libre que no estaba aprovechando con sensatez.
Todo porque Dax se había enrollado con Lucy y estaba perdidamente enamorado. ¿Qué diría su…?
Se interrumpió porque el móvil empezó a sonar y el nombre Mamá apareció en la pantalla.
Hablando del rey de Roma. Gruñendo, echó la cabeza hacia atrás, colocó el móvil en el soporte del tablero y activó el manos libres.
Se había olvidado del nombre de su conquista de anoche, así que tampoco podía ignorar a su madre.
Sería demasiado comportamiento de idiota para un solo día.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás? —preguntó, mirando por encima del hombro mientras salía de la plaza de aparcamiento.
—Matthew, todavía no has respondido —afirmó su madre de inmediato. Sandra Payne era una mujer de pocas palabras.
—¿Respondido a qué?
—¡A la invitación!
Frunció el entrecejo. Iba a tener que ser más específica.
Tenía cuatro hermanas, y todas se casaron, tuvieron hijos o recibieron ascensos en los últimos meses.
Lo invitaban a algún evento familiar importante cada semana: un bautizo, una fiesta de compromiso o, incluso, un primer día de colegio; por no mencionar al torneo de bolos y a la función de teatro a los que había ido… Era imposible llevar la cuenta.
—La invitación —repitió despacio.
—Matty. Tu padre y yo celebramos nuestras bodas de plata a finales de mes —le recordó su madre con paciencia.
—¡Ah, claro!—. Cariño, de verdad que no quiero molestarte.
Sé que estás ocupado y que sueles olvidarte de apuntar las cosas en el calendario, pero para tu padre y para mí es muy importante que estés allí.
—Por supuesto, intentaré ir —respondió de inmediato. Podría ser un idiota a veces, pero sabía distinguir lo importante de lo que no lo era—. Solo tengo que comprobar si tengo partido ese fin de semana.
—Hm. —Su madre sonaba insatisfecha—. ¿No puede jugar otro en tu posición?
Reprimió una carcajada.
—No funciona así, mamá. Pero te prometo que lo miraré hoy y te mandaré un mensaje.
—¡Más vale que me prometas que vendrás! Aunque sea solo por la noche. La celebración dura de viernes a domingo. Deberías poder sacar una noche. Y hace siglos que no te vemos.
Soltó un suspiro.
—Sí, sí. Sin falta.
—Entonces, ¿vienes? —preguntó esperanzada.
La haría feliz si decía que sí en ese mismo momento…
—Sí.
—¡Ah, maravilloso! ¡Nell, sí viene!
—Bueno, ya era hora —se oyó de fondo la voz de su hermana mayor—.
Solo veo al idiota ese bailando por la pantalla como si fuera el rey del mambo, presumiendo de sus millones solo porque se le da bastante bien darle a un trozo de caucho con un palo.
Necesita un baño de realidad, para que sepa que no es nadie especial. Estaré encantada de ayudar.
Puso los ojos en blanco y sonrió. Sabía que su familia estaba jodidamente orgullosa de él, por mucho que se burlaran de su trabajo.
—Oh, calla ya. Ya basta —la regañó su madre—. Si siempre eres tan brusca con Matt, dejará de venir… y, Matty, puedes traer a alguien contigo si quieres —continuó con inocencia mientras él entraba en el aparcamiento de los Hawks—. ¿Una novia formal, tal vez?
Sí. Su madre era muy sutil.
—No hay ninguna novia formal.
—Eso es porque trabajas demasiado —le aleccionó su madre con tono de reproche—. Si tuvieras un trabajo normal, ya estarías casado desde hace mucho tiempo.
Resopló. Lo dudaba. Sencillamente no se le daba bien mantener una relación durante demasiado tiempo.
—Puede ser —respondió. No valía la pena discutir el tema con su madre—. Pero mi trabajo es mi trabajo.
—Sí, y lo haces de maravilla, cariño —respondió su madre por compromiso—. Bien, así que nada de novia.
—¡Debería traer a Maddie! —la voz de Nell sonaba amortiguada—. ¡Se vuelve más soportable cuando ella está cerca!
—Oh, sí —dijo su madre, sumándose al plan—. ¡Trae a Maddie! Siempre nos gusta verla.
Puso los ojos en blanco. Fue un gran error presentarlas.
Sin embargo, en una ocasión, Maddie se había reído de fondo mientras él hablaba por teléfono, así que tuvo que explicar que no le ocultaba una relación a su familia.
Después, Nell y sus padres asistieron a uno de sus partidos de hockey en el que Maddie también estaba presente…
sí, no hizo falta pensar mucho más. Como era lógico, Maddie les cayó bien; a todo el mundo le caía bien.
—Se lo preguntaré, pero está bastante ocupada —respondió con vaguedad.
—Tonterías. Trabaja tanto que necesita un descanso, ¿y qué mejor sitio para descansar que un viñedo en el Valle de Napa?
Bueno, en eso tenía razón.
—Se lo preguntaré —repitió.
—Maravilloso. Estamos deseando que vengan.
—Sí, yo también. En fin, tengo que colgar ya, mamá. Tengo que ir a entrenar.
—Oh, entonces no te entretengo más. Saluda a todos de mi parte.
Matt sonrió. Su madre siempre hacía lo mismo: saludar a todo el mundo. No importaba si los conocía o no.
—Claro. Tú también, ¿de acuerdo?
—Lo haré. Hasta entonces, Matty. ¡Recuerda que cuento contigo!