Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Capítulo Uno

Un año después…

L os bajos retumbaban en los oídos de Matt mientras sostenía dos vasos por encima de la cabeza, abriéndose paso por el bar y separando a la multitud como Moisés separó las aguas.

Medir un metro ochenta y tres y ser un famoso jugador de hockey tenía sus ventajas.

La gente no quería cruzarse en su camino, y menos aún en el Ice Lounge, conocido por ser el bar habitual de los Hawks.

Y, si alguien le bloqueaba el paso, solía ser solo…

—Hola, Matt, soy Carrie. —Una mujer alta y morena se metió en su campo de visión y lo miró desde debajo de unas larguísimas pestañas—.

Jugaste increíblemente bien hoy. De verdad.

—Inspiró profundo y su escote se elevó hacia él.

Era imposible no fijarse, incluso bajo la luz difusa—.

Siempre he pensado que el hockey es brutal, pero contigo… ¡es super masculino!

—Ah, ¿sí? —sonrió él.

Ella se sonrojó.

—Sí, lo es. ¿Te apetece venir a contarme algo sobre ese último gol? ¡Todo pasó tan rápido! Casi ni me enteré.

Su sonrisa se ensanchó. Madre mía, le habían entrado de muchas formas distintas, pero nunca se cansaba de la versión de explícame por qué eres tan jodidamente bueno en tu trabajo .

—Claro —dijo a la ligera—. Yo…

—¡Con ella no! —oyó de repente una voz femenina. Al momento siguiente, alguien le arrebató uno de los vasos de la mano y lo arrastró por el brazo entre la multitud—. Con ella sí que no.

—¿Por qué no? —preguntó indignado mientras miraba hacia abajo. A Maddie, que le daba un sorbo a su sunrise de tequila mientras lo alejaba de la mujer que lo encontraba «super» masculino. Y con razón—. ¡Está buenísima!

—Sí, ya me di cuenta. Y también en la revista de novias que asoma por su bolso. —Maddie señaló con la cabeza por encima del hombro hacia la morena que se había quedado allí plantada.

—Oh, mierda. —Él hizo una mueca. Tenía razón—. ¿Cómo no me percaté?

—Estabas distraído con sus pechos —respondió ella con una sonrisa—. No es que te culpe, hasta a mí me llamaron la atención. Pero si te acuestas con ella, querrá algo más y acabará sufriendo.

Matt suspiró.

—Sí, te entiendo. Bien. No la tocaré. Entonces, ¿cuál de las presentes está disponible para un lío de una noche? —Arqueó las cejas y dejó su cerveza sin alcohol en una de las mesas altas frente a la barra.

Maddie lo miró con los ojos entrecerrados, le dio dos tragos largos a su cóctel y gritó:

—Me equivoqué, ¿sabes? Creía que no eras un gran mujeriego, pero sí lo eres.

Él soltó una carcajada. Llevaban viéndose casi todas las semanas desde hacía un año y acababa de llegar a esa conclusión.

—Bueno, al menos no soy un donjuán como muchos de mis compañeros de equipo.

—Eso es solo porque yo evito que te acuestes con las mujeres equivocadas —le informó ella con aire de sabiduría mientras se ponía una mano en el pecho—.

Al fin y al cabo, quiero que tu madre esté orgullosa de ti.

Así que… —Inspeccionó a la multitud hasta que se le iluminó la cara—.

Ah, sí, esa es guapa. —Señaló a una rubia bajita y con curvas que bailaba con unas amigas cerca de la entrada.

Matt la miró, estudió su rostro y giró la cabeza de lado a lado. Era guapa, pero…

—No, tiene pinta de futura mamá.

Maddie resopló.

—¿Desde cuándo eres un experto en «pintas»?

—Desde que tú me enseñaste a fijarme. —Sonrió y añadió en voz baja—: Da la casualidad de que tú también tienes esa pinta en particular.

—Oh. Dios, soy una profesora buenísima —respondió con entusiasmo—. Bien, seguiré buscando. Dame unos minutos. Nunca te he fallado, ¿verdad?

No, no lo había hecho. Él no sabía cómo se las apañaba, pero le había encontrado al menos una docena de mujeres en el último año que solo querían divertirse un rato.

Mientras tanto, su compañero León Álvarez ya había tenido que mudarse dos veces y cambiar su número telefónico unas cuatro porque se acostó con otra supergroupie que pensaba que estaba a punto de recibir un anillo…

de esas que acosaban al jugador con la esperanza de que su fantasía se hiciese realidad.

—Sabes, en algún momento tendré que devolverte el favor y buscarte a un chico —sugirió él.

Maddie resopló.

—Por favor, no lo hagas.

—¿Por qué no?

—¡Porque Lucy tiene razón: tu gusto para los hombres es pésimo!

Fingiendo estar dolido, se llevó la mano al pecho.

—¿Cómo dices?

—Prueba número uno: te cae bien Dax.

—A Lucy, ¡tu hermana!, también le cae bien Dax.

—Sí, pero a Lucy la cegó su abdomen de acero inoxidable, así que no cuenta. —Le restó importancia con un gesto—. Además, prueba número dos: ¡te cae bien León Álvarez!

Él hizo una mueca. Aquel era un argumento válido.

—León puede ser… agradable.

—Mmh. Claro. —Ella le lanzó una mirada burlona—. Pero no te preocupes. Tú eres mi mozo de mudanzas y yo soy tu celestina. ¡Ese es el trato! Además, a ti solo te parecen guapos los hombres cuando tienen un animal pegado a la cara.

—¡No es un animal, es una barba magnífica! —la corrigió él con aire de suficiencia.

—¡Que casi siempre parecen los restos de un mapache moribundo! En serio. ¿Qué les pasa a los hombres con la envidia de la barba? No lo entiendo. ¡Yo no comparo el vello de mis piernas con el de mis amigas!

Matt se rio.

—Bueno, para empezar, me encantaría escuchar esa conversación. Y segundo… —Se acarició la barbilla poblada de dos días—. No es envidia. Es admiración profunda y sincera. Porque, oye, no todo el mundo puede dejarse una barba estupenda, y mucho menos lucirla con dignidad.

—Ay, Matt —dijo Maddie con una sonrisa, dándole palmaditas en el hombro con fingida compasión—, no hay motivo para estar triste porque tu cara vaya a permanecer por siempre lampiña. De verdad. Seguro que te crece pelo en otros sitios. En las axilas, por ejemplo, o…

—Anda, calla —dijo él resoplando y poniendo los ojos en blanco.

Ella soltó una carcajada y apuró el último trago de su vaso.

Él arqueó las cejas sorprendido.

—¿Qué le pasó a tu sunrise?

—Me lo terminé —respondió con inocencia—.

Estoy nerviosa porque mañana tengo una reunión importante con un productor musical que quiere ser cliente de Match Me!

Por lo visto, bebo cuando estoy nerviosa.

—Frunció el entrecejo—. Dime, ¿soy una especie de alcahueta?

Porque me estás pagando con sunrises de tequila para poder acostarte con mujeres cualquiera.

Sonriendo, Matt negó con la cabeza.

—No eres una alcahueta. Solo estás como una cabra. Deja que te traiga otro.

—Sí, por favor. —Se le iluminó la cara—. ¡A ti siempre te sirven las copas enseguida!

Era cierto. Carl, el dueño del Ice Lounge, no solo era fan de los L.A. Hawks, era prácticamente un miembro honorario. Les servía las copas volando a todo el equipo.

Matt estaba a punto de abrirse paso entre la multitud cuando Maddie lo agarró del codo con brusquedad.

—¡Ah, no, espera! —Tiró de él hacia atrás y lo miró con fijeza—.

No te puedes ir ahora. Encontré a la mujer perfecta para ti.

—Al momento siguiente, lo soltó y se hizo a un lado para detener a una camarera guapa con uniforme negro—.

¡Hola! Soy Maddie —dijo con una gran sonrisa—.

Y este es Matt. —Lo señaló con la cabeza—.

Cree que eres super guapa, lo que pasa es que es demasiado tímido para hablarte.

A él casi le costó contener la carcajada. Porque, joder, no podía ser más exagerada.

—¿De verdad? —caviló la camarera, mirándolo con interés, antes de sonrojarse.

Él arqueó las cejas sorprendido. Bien, retiraba lo dicho. ¡Maddie no era una exagerada! Sí, la mujer era increíblemente atractiva y tenía ese brillo en los ojos… que significaba mucha diversión y cero problemas. En definitiva, no encontraría una revista de novias en su bolso.

Negando con la cabeza, miró a Maddie y luego volvió a centrarse en la camarera. ¿Cómo lo hacía? Siempre encontraba lo que él buscaba. ¡Era la mejor colega que había tenido nunca! Ella le devolvió una sonrisa de complicidad y desapareció entre la multitud que bailaba al instante siguiente.

—Así que —dijo la morena, colocándose el cabello tras las orejas—, ¿eres tímido?

—Oh, sí, demasiado —respondió muy serio.

La morena se rio. Él sonrió. Y con eso bastó.