Prólogo #4
—¿Tú… sexo? —Casi se le salieron los ojos de las órbitas.
El calor inundó su rostro mientras sus pensamientos se arremolinaban.
Oh, Dios, ¿había pensado… en serio? ¿Acababa de tirarle los perros ?
Cielo santo, ¿tan oxidada estaba que no sabía interpretar cuándo alguien quería acostarse con ella? —. ¿De qué estás hablando? —soltó.
De repente, Matt pareció confundido.
—Bueno, me invitaste a tu apartamento y…
—¡No! —Se llevó una mano a la frente—. Quería que me ayudaras con el banco. —Señaló el mueble que tenían al lado.
—El… —Matt se giró y se detuvo—. Vaya. De verdad hay un banco.
—¡Sí!
—Pero me dijiste que querías llevarme a tu apartamento.
—Sí, a mi apartamento. ¡No a mi cama!
—¡Has dicho: «eres justo el hombre que estaba buscando hoy»!
Se le encendieron las mejillas.
—¡Porque tienes músculos y eres fortachón!
Durante unos segundos que se hicieron eternos, él se limitó a mirarla, sin palabras. Luego estalló en carcajadas y se frotó la cara con nerviosismo.
—Vaya. Bien, perdona. Lo siento de verdad. Pero es que lo hiciste sonar todo tan… sexy.
—¡No, no lo hice! —Su voz subió una octava—. Yo no soy, quiero decir… —¡Esto era ridículo! Nunca en su vida había sonado sexy a propósito, ¿cómo demonios iba a hacerlo de forma inconsciente?
—Ya, ya, está bien —la tranquilizó, sonriendo de oreja a oreja—.
Ha sido un error mío. Lo siento. De verdad.
No pretendía hacerte sentir mal. Todo lo contrario.
—Las comisuras de sus labios temblaron y un nuevo calor recorrió el cuerpo de Maddie.
Esta vez, sin embargo, en la dirección opuesta a su cabeza—.
Eso que di por sentado… bueno, casi siempre…
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Casi siempre qué?
Matt bajó la voz.
—Casi siempre las mujeres que me miran como tú me miraste, quieren acostarse conmigo.
A ella se le desencajó la mandíbula.
—¿Perdona?
—Bueno, sí. Tenemos química, ¿no? —La miró, de repente dubitativo.
Maddie tragó saliva. Sí, le parecía atractivo y divertido, y en realidad agradable, pero ella…
no tenía «química» con hombres que solo buscaban «el siguiente revolcón», como él lo había expresado tan elocuentemente.
Pero ¡Matt era una auténtica tentación! Si las cosas hubieran sido distintas, estaría abierta a algo casual… pero ella no era así.
—Solo quería ayuda con el banco —insistió con las mejillas encendidas—. A ver, dime la verdad, ¿ninguna mujer te ha invitado nunca a su casa sin abalanzarse sobre ti en cuanto te mira?
—No —respondió él con toda naturalidad—. Nunca.
—No puedes hablar en serio.
—Nunca, Maddie —repitió, sonriendo de forma amplia—. Serías la primera. A menos que… —Arqueó las cejas, pero ella pudo ver en sus ojos que no hablaba en serio.
Resopló divertida.
—Matt, yo quiero casarme y tener hijos. —La sonrisa desapareció de golpe de su rostro masculino y dio un traspié hacia atrás—. ¡No contigo! —se apresuró a aclarar, riendo—. Ese es mi plan para los próximos años: encontrar al amor de mi vida.
—Madre mía —exclamó él.
La risa de ella se hizo más fuerte.
—Sí, ya me lo imaginaba. Aun así, me siento muy halagada de que quisieras llevarme a la cama. —¡ Mucho, muchísimo ! Nunca un chico tan guapo lo había intentado con ella—. Pero supongo que es mejor que nos quedemos en amigos.
—¿Amigos? —repitió él, sin comprender.
La miró como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de que era posible pasar tiempo con mujeres fuera del dormitorio.
Maddie resopló divertida.
—Pues sí. ¡Oye, podría ser tu compinche esta noche! Encontrarte a alguien que solo busque una aventura de una noche. No mentía: tengo buen ojo para esas cosas.
Él la miró parpadeando, todavía abrumado.
Ella volvió a reír y sacudió la cabeza.
—Vayamos por partes. Primero, ayúdame a llevar el banco. Y, oye, puedes decirme en qué parte de mi apartamento queda mejor. No tengo mucho sentido de la decoración.
—Bien —dijo él desconcertado, seguramente porque todavía no asimilaba del todo lo que estaba pasando.
—Genial —respondió ella contenta, entrelazando su brazo con el de él para guiarlo hacia el mueble—. Olvidemos que has intentado besarme. No te lo tendré en cuenta. —Al contrario: su confianza acababa de subir varios niveles. Todavía sentía mariposas en lo más profundo de su estómago.
Matt soltó una risita suave.
—No me lo tendrás en cuenta. ¡Por favor, no se lo cuentes nunca a mis compañeros de equipo! Si se corre la voz de que mujeres guapas «no me tienen en cuenta» que ligue con ellas, mi reputación sufrirá.
Ella le sonrió.
—De acuerdo, no diré ni una palabra más sobre el tema. Así que, ahora…
—El banco, sí —dijo él, resoplando. Su mirada chispeante se encontró con la de ella… y una calidez le llenó el pecho.
Sí, se había llevado una impresión equivocada de Matt. No era el típico jugador de hockey. Era inteligente, agradable y era fácil reírse con él… y reconciliarse. Eran buenas cualidades.
Probablemente no era tan mujeriego como decían los medios o su reputación. Quizá aún no fuera material de matrimonio, pero en unos años, sin duda sería un buen candidato para Match Me!