Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Prólogo #3
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Prólogo #3

―Le debía una copa y, para ser sincero, a veces creo que es agradable ir a algún sitio sin el equipo.

Siempre nos reconocen cuando vamos en grupo.

Entonces se acercan fans con los que tengo que ser amable y mi noche deja de ser normal y relajada, así que…

―Sonrió, con inquietud, como si hubiera dicho algo que revelara que era vulnerable.

Le restó importancia con un gesto―. Es solo que a veces un poco de paz y tranquilidad viene bien.

Como si los hubiera invocado con sus palabras, dos universitarios se levantaron a unas mesas de distancia y lo miraron con curiosidad. Matt los ignoró, aunque las miradas eran tan intrusivas que a Maddie le empezó a picar la nuca.

―Oye, ¿tú no eres Matthew Payne? ―preguntó uno de ellos finalmente, lleno de entusiasmo.

Matt suspiró y forzó una sonrisa. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, Maddie se le adelantó.

―No, no lo es. ―Hizo una mueca―. Pero Freddie oye eso casi todo el tiempo.

Es por el pelo. El resto de la cara no es tan bonita como la de Payne, por desgracia.

No te lo tomes a mal, Freddie, cielo. ―Le dio una palmadita en la mano a modo de disculpa―.

Quiero decir, solo hay que fijarse bien. Solo la nariz…

Los estudiantes parpadearon, se inclinaron hacia delante y dijeron:

―Vaya. Sí, es cierto. Perdonen que los hayamos molestado.

Avergonzados, levantaron las manos y volvieron a su mesa.

―¿Freddie? ―preguntó Matt, arqueando una ceja.

―¿Por qué me miras así? Al fin y al cabo, es tu nombre ―respondió con inocencia.

Resopló, pero sonrió.

―Ah, sí. ¿Y qué le pasa a mi nariz?

―¡Es enorme!

―Hm. ―Asintió con preocupación―. Sí. Suenas igual que la matrona en mi parto. Y que mi madre. Y que Dax. Y que el fotógrafo de Sports Illustrated.

Maddie soltó una carcajada.

―Bueno, al menos no he herido tus sentimientos.

―Menos mal ―confirmó él, brindando por ella y apurando su cerveza―. En fin, gracias.

―No hay de qué ―respondió con calidez―. Todo el mundo tiene derecho a ser normal .

―Estás contradiciendo a todo el resto de personas hambrientas de escándalos que hay en el mundo.

—Oh, sí, soy una auténtica rebelde —mintió.

—Es evidente. —Su mirada se cruzó con la de ella, haciendo que su temperatura corporal subiera un par de grados.

Cuando él todavía no había desviado la mirada después de treinta latidos frenéticos, preguntó nerviosa:

—¿Qué?

—Nada. Eres tan diferente a Lucy. Quiero decir, solo la conozco desde hace unas horas y ya me da un poco de miedo. Tú eres… más dulce.

— Dulce . —Frunció el ceño—. Eso duele.

Por desgracia, sabía a qué se refería. Lucy era valiente.

Una agitadora. Odiaba que la trataran de forma injusta y se lanzaba de cabeza a cualquier discusión.

Maddie era… más modesta. Sin ir más lejos, esta mañana había cedido dos plazas de aparcamiento que le correspondían por derecho solo porque no le apetecía enfrentarse a nadie.

—Ser dulce no es algo malo —dijo Matt, sorprendido de inmediato.

—No, por supuesto que no. —Le restó importancia al comentario con un gesto. Dulce. Era simplemente dulce. Nada especial—. Y dime, ¿qué hay de ti, Matt? —preguntó, incómoda por el hecho de estar revelando demasiado sobre sí misma—. ¿Tú puedes ser dulce?

—Oh, ya lo creo. —Él arqueó las cejas con picardía—. Dulcísimo. Puedes preguntárselo a cualquiera.

Ella soltó una risita, bastante segura de que ese «cualquiera» tenía que ser mujer. Dios, no era en absoluto apto para Match Me!, por desgracia. Un cliente tan destacado como él podría ayudarlas a competir con éxito contra Tinder.

Su móvil vibró y, al mirar la pantalla, vio un mensaje de Lucy: He conocido a un chico guapo en la barra. Dame quince minutos .

Suspiró.

—Lucy necesita tiempo —dijo, y le enseñó el teléfono a Matt.

—Bueno, qué más da. ¿Aprovechamos el tiempo… para otra copa? —Señaló su vaso vacío.

Aprovechar el tiempo. Sí, quería aprovechar el tiempo.

—Dime, Matt —dijo por impulso—, ¿tus músculos son funcionales o solo sirven para lucirlos?

Él le dedicó una mirada burlona.

—Funcionan.

—Maravilloso. ¿Entonces no te importará subirme un banco que he encontrado en la basura hasta mi apartamento?

Valía la pena intentarlo. Lucy no era tan fuerte, al menos no en lo que a fuerza bruta se refería.

—¿Quieres que haga… qué? ¿A tu apartamento? —preguntó él algo perplejo, con las cejas arqueadas por la sorpresa.

—Sí, no tardaremos nada. Lo prometo. Vivo en el último piso y el banco pesa demasiado para mí. —Se encogió de hombros con impotencia—. ¿Te apuntas?

El tipo parpadeó.

—Que si me apunto… al banco —repitió sin emoción.

¿Por qué la miraba de forma tan extraña?

—Sí.

—Bien. —Se aclaró la garganta y se frotó el cuello—. Claro.

Soltó un suspiro de alivio.

—¡Gracias! —dijo, apretándole el hombro—. Eres justo el hombre que estaba buscando hoy.

—Ah —repitió él, curvando una comisura de los labios antes de levantarse y seguirla por el bar hacia la puerta principal.

La pista de baile estaba abarrotada y Matt la tomó de la mano, quizá para no perderla. Le inquietó que él empezara a trazar círculos con el pulgar sobre la fina piel de su muñeca, pero tal vez solo estaba distraído.

Maddie le sonrio por encima del hombro y cruzó la puerta hacia la calle. Soplaba una brisa fresca y la luna se reflejaba en el océano frente a ellos. Nunca se cansaba de vivir junto a la playa.

—Bueno —caviló Matt en voz baja, girándola hacia él y dando un paso adelante—. El banco. —Deslizó la mano por el brazo de ella.

—Sí —dijo y señaló con la cabeza el mueble en cuestión. ¿Habría notado que tenía un poco de frío? ¿Por qué le ponía la otra mano en el brazo? Tendría que parar, porque los escalofríos de su espalda no se debían al viento—. Está justo ahí.

La boca de Matt hizo un amago de sonrisa.

—Mmm, bien. Entonces será mejor que lo llevemos. Pero antes… —Su mano grande y cálida se deslizó hasta su cuello y Maddie se olvidó de respirar.

Pasó el pulgar por su barbilla y la miró a los ojos. Su mirada se volvió… más oscura. Los latidos de su corazón se aceleraron mientras él se inclinaba…

—¡Dios mío, Matt! ¿Qué haces? —preguntó sorprendida, retrocediendo tan bruscamente que las manos de él resbalaron de su cara. ¿Acababa de… acababa de intentar…?

—¿Qué? —preguntó, parpadeando mientras la miraba, y luego se frotó la nuca avergonzado—. Bueno, quería besarte. Pensaba que era obvio.

A ella se le secó la boca de repente. Porque la tenía abierta.

—¿Tú… qué? ¿Por qué?

Él frunció el entrecejo con irritación.

—Porque me gusta besar. No me va el sexo sin besos.