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En el mayo siguiente, Caitlin da a luz a una niña.
La llaman Somers Mayhew Brudegher, pero le dicen Maizie.
Vix llega para la ceremonia de nombramiento acompañada por Gus, quien se ha mudado a Nueva York para escribir en Newsweek.
Han estado viéndose desde la boda, yendo al cine, compartiendo cenas tardías, patinando los domingos en el parque.
Son amigos, pero ninguno ha querido arriesgarse a arruinar la relación con un cambio.
Una noche, saliendo de una película en el Village, los sorprende un aguacero.
No hay un taxi a la vista. Están más cerca de su apartamento en la décima que del de ella en la 26, así que corren hacia allá.
Ya están empapados cuando él le pasa una toalla, una sudadera y unos pantalones deportivos.
Ella se quita la ropa en el baño y está a punto de ponerse la sudadera cuando ve una bata colgada detrás de la puerta.
Ojalá fuera de seda y no de franela, piensa mientras se la pone, ciñendo el cinturón a la cintura y remangando las mangas.
Pasa un peine por su cabello mojado, luego rebusca en su bolso la muestra de Obsession que ha estado guardando.
Se pone un poco entre los pechos, detrás de las orejas y en las rodillas, que empiezan a temblar.
Escucha a John Coltrane en el reproductor de CD.
Gus se ha cambiado a camiseta y jeans. Al principio no sabe qué pretende ella. Ella ve su confusión y sonríe. Sus ojos se posan en la abertura de la bata. Él se da la vuelta.
—No hagas esto a menos que estés segura, Vix.
—Podría decir lo mismo —responde ella.
—Nunca he estado tan seguro de algo en toda mi vida.
La atracción entre ellos es tan fuerte que está segura de que habrá chispas cuando él la toque.
Un año después se reúnen en la Vineyard para el primer cumpleaños de Maizie. Caitlin está distante, distraída. Bru es cuidadoso y protector. Cuando Maizie llora, es Abby quien la toma en brazos y la consuela.
Al día siguiente, Vix vuela a Florida con Gus para ver a Tawny. No se han visto en años, pero Tawny la ha llamado pidiéndole que vaya. Hay alguien a quien quiere que Vix conozca. Y Vix también tiene noticias para ella.
En Key West, Tawny mira canales de compras.
Dice que le gusta soñar que tiene el dinero para comprar todo lo que ve, aunque sabe que la mayoría es basura y no la querría ni siquiera si pudiera tenerla.
Todos tienen fantasías, supone Vix. Tawny parece relajada, incluso feliz.
Vive en Old Town, en una casita amarilla de estilo caracola, con un árbol de jacaranda que da sombra a la veranda.
Puede caminar al océano todos los días si quiere.
La persona que quiere que Vix conozca es Myles, un hombre fornido y bronceado que lleva un gorro de capitán. Vix no está segura si Myles es su nombre o apellido.
—Es un retirado de la marina —dice Tawny con orgullo—. Con buena pensión. —Le muestra una foto de él con el uniforme completo—. Era apuesto, ¿verdad? Claro, esta foto es de hace tiempo, pero todavía se nota.
Vix sabe que es importante estar de acuerdo con Tawny, así que responde:
—Sí…, todavía se nota.
Myles pasa sus días paseando en una pequeña lancha de madera.
Tawny sigue trabajando para la Condesa, que vive a una cuadra, en una casa rosa con ventanas arqueadas en la calle Francis.
Está conectada a un tanque de oxígeno. Apenas puede dar media docena de pasos sin él.
Tawny supervisa a los cuidadores, que están las 24 horas.
A la Condesa le gustan mucho los jóvenes apuestos y ellos la adoran.
Tawny le dice a Vix que la Condesa dejará la mayor parte de su dinero para los derechos de los animales, pero que establecerá un pequeño fondo fiduciario para ella.
—No voy a ser rica, pero no necesito mucho aquí abajo para vivir, y pienso quedarme, incluso después de que la Condesa…
ya no esté con nosotros. Así tu padre podrá tener sus ahorros para él y Frankie.
Así que, si todo va bien, no tendrás que preocuparte por cuidarnos cuando seamos viejos. Al menos eso podemos hacer por ti.
Vix queda impactada. Había supuesto que Tawny simplemente los había descartado.
Tawny
Ya está, lo ha hecho. Lleva una semana practicándolo y finalmente le ha dicho a Victoria que es una buena hija y que merece solo lo mejor.
Bueno, tal vez no con esas palabras exactas, pero está segura de que Victoria captó el mensaje.
Buen muchacho. Espera que sean felices. Solo que no esperen nada de ella. Ya ha dado todo lo que tenía.
A Tawny le cae bien Gus. A todo el mundo le cae bien.
Vix se siente increíblemente afortunada.
Es cierto que a veces la saca de quicio, pero su sentido del humor siempre los salva.
Sabe exactamente cómo hacerla reír. Se siente cómoda con él y a la vez deliciosamente sexy.
No tienen miedo de jugar. Una vez, él le sugirió que lo montara en la bañera.
Muérdeme el cuello, susurró, hálame el cabello…
Otra vez, mientras manejaban por una carretera rural, ella olió peonías y se sintió tan excitada que le bajó el cierre y metió la mano dentro del pantalón.
Él se orilló y terminaron haciendo el amor en el carro, con la puerta del pasajero abierta y la cabeza de ella colgando hacia afuera.
Cuando está acurrucada en sus brazos, Vix sabe que los otros solo fueron práctica.
Esto es de verdad. No hay forma de que se aburra con él. Y no dejará que él se aburra de ella.
Cuando lo lleva a conocer a la Condesa, los recibe un perro viejo que olfatea a Gus pero ni se molesta con Vix. La Condesa da unas palmadas sobre la cama y le dice a Gus:
—Siéntate aquí y déjame verte.
Él se sienta a su lado. Ella le toma las manos y lo mira a los ojos. Finalmente, asiente y dice:
—El amor es un juego difícil, mis queridos. Jueguen bien.
—Stevie Nicks —dice Vix.
—¿Quién? —pregunta la Condesa.
—Es el título de una canción que me gustaba.
—Ese Stevie sabía de lo que hablaba.
Vix no le dice a la Condesa que Stevie es mujer. Le da un beso en la mejilla. La piel se siente finísima, como papel, bajo sus labios.
Han decidido casarse en septiembre, el mejor mes en Vineyard.
Será una boda pequeña, en casa de Abby y Lamb, solo la familia: su padre y Frankie, los padres de Gus, su hermano y cuñada, su hermana y su novio…
y unos cuantos amigos cercanos. Maia y Paisley bromean con que quizá una de las dos se enamore de Daniel. Vix les dice que no se hagan ilusiones.
Se casarán en el jardín, con un juez de Boston, el mismo que casó a Abby y Lamb hace quince años.
Una semana después del primer cumpleaños de Maizie, más o menos al mismo tiempo que Vix y Gus regresan de Key West, Caitlin toma el ferry hacia Woods Hole, maneja hasta Cambridge con Maizie y le pide a Abby y Lamb que cuiden de la niña por un día mientras ella hace unas compras.
Llama a las seis para preguntar si pueden quedarse con Maizie esa noche.
Ha encontrado a un viejo amigo y les gustaría cenar juntos.
No agrega que la cena será en un avión rumbo a París.
Pero cuando vuelve a llamar, ahí es exactamente donde está.
Promete regresar en una semana, dos como mucho.
Dos semanas se convierten en dos meses.
Dos meses, en dos años.
Bru
Debería haberlo visto venir. Tal vez simplemente no quiso hacerlo.
Tal vez fue eso. Eso sería típico de él: ignorar todas las señales.
Pero algo estuvo mal desde el principio.
En cuanto terminó la boda, ella cambió. Pensó que era por el embarazo.
Tal vez fue muy pronto. Y estaba enferma todos los días.
Pero él sabía que le encantaría ser madre.
Bebés. Eso era lo que todas querían. Sus primos se quejaban de que, una vez que había un bebé en casa, olvídalo, se acababa el sexo.
El problema era que ella nunca fue como las demás.
No se adaptó a la maternidad. Había algo antinatural en eso.
Y lo del sexo… todavía lo quería. Incluso más que antes.
Todos los días, a veces dos veces al día.
Pero cuidar a un bebé por las noches lo dejaba agotado.
No es que ella se diera cuenta. Cariño, cógeme, cógeme fuerte. Hazme daño, cariño…
¿Qué significaba eso? No estaba bien. Estaban casados. Ella era madre. No le gustaba cuando hablaba así. Especialmente lo de “hazme daño”. Él nunca quiso hacerle daño. Nunca quiso hacerle daño a ninguna mujer.
¿Qué quieres?, le preguntó.
No es lo que quiero, es lo que necesito.
¿Qué… qué necesitas?
Mucho amor.
¿No te doy mucho amor?
Ella le sonrió, insinuante.
Sí, cariño, tú me das mucho amor.
¿Entonces qué? ¿Qué estás pidiendo?
Todo.
Ya tienes todo.
Ella le dio una sonrisa triste.
Necesitas vitaminas, le dijo. Vitaminas con minerales.
Ella se rio.
A él no le importó.
Y necesitas salir más de la casa. Tal vez un trabajo…
Ya tengo un trabajo. Soy tu esposa. Soy la madre de Maizie.
Trisha
Debería haber pasado más tiempo con Caitlin después de que naciera Maizie, pero estaba tan ocupada construyendo su casa soñada con Arthur.
Lamb tenía razón: en cuanto él la dejó libre, su vida dio un giro.
Claro, si Lamb la hubiese elegido a ella en vez de a Phoebe hace tantos años, si ella hubiera tenido hijos con él, nada de esto habría pasado. Pero ¿de qué sirve pensar en eso ahora?
Bru parece aturdido. Igual que en la iglesia, el día de su boda. Pero ¿tenía que volver a enredarse con Star? ¿Y tan pronto? Como si Caitlin no hubiera existido, como si Maizie no importara.
Todo está empezando a ser demasiado para ella… Lamb y su familia. Pero Maizie es tan dulce. Le encantaría tener un bebé con Arthur. ¿Será demasiado tarde? Tal vez puedan adoptar. ¿Y si Caitlin hubiese dejado a Maizie con ellos?
Todos suponen que Vix sabe más de lo que dice, que Caitlin aún le confía sus secretos.
Se nota que no le creen del todo cuando jura que no tiene ni idea.
Está tan impactada como el resto. Pero al menos saben que Caitlin está más o menos bien.
Lamb contrató a un detective que logró dar con ella en Barcelona.
Firmó los papeles del divorcio, así que Bru es libre de casarse con Star, que está embarazada de siete meses.
No perdió el tiempo. Vix lo odia por eso.
Qué irónico que Caitlin eligiera dejar a su bebé con Abby. O tal vez era lo que siempre quiso para sí misma: vivir con Lamb y Abby, tener una verdadera sensación de familia, pero por lealtad a Phoebe sentía que no podía hacerlo.
Cada vez que visitan Vineyard, ella y Gus se hospedan en el cuarto de Caitlin. Justo al frente, en el cuarto que una vez compartieron los chicaguenses, está la habitación del bebé, donde Maizie duerme abrazando un cerdito rosado.
Phoebe
Francamente, no puede creerlo. No es que esperara que el matrimonio funcionara. Siempre supo que era solo otro de los jueguitos de Caity. Pero Maizie. ¡Por el amor de Dios! ¡Ni siquiera ella abandonó a sus hijos! Y dejarla con Lamb y Abby. ¿Qué clase de declaración era esa?
Oh, por favor, que no le vengan con que a Caity no la quisieron lo suficiente.
Que no le den explicaciones simplistas. Puede que no haya sido la madre más cariñosa en la historia del universo, ¡pero estuvo ahí, por el amor de Dios!
Y Caity sabía que Lamb la adoraba. No, es otra cosa.
Algún defecto. Ojalá pudiera señalarlo con claridad.
Vix debe saberlo, pero no está diciendo nada.
Intentará ver a Caity este verano. Ya cambió sus planes para incluir Barcelona. Barcelona, entre todos los lugares. ¿Por qué no Venecia o París?
Lamb
Vive con una sensación terrible en el estómago las veinticuatro horas del día. Se traga tabletas de Maalox a puñados. Llora por cualquier cosa. No puede entender lo que ha pasado.
Abby tiene cuidado de no culparlo, de no culpar a nadie. Phoebe lo llama inquietud viajera. Algunas personas nacen con eso, le dice. Sea lo que sea, no está seguro de poder soportarlo.
Ella se negó a verlo en Barcelona. Envió a un mensajero a su hotel con el nombre y la dirección de un abogado en Nueva York.
¡Se negó a verlo! Su hija adorada. ¿Cómo puede ayudarla si ella no se lo permite?
La perdonaría por cualquier cosa. Solo quiere que vuelva a casa.
Vuelve a casa, Caitlin, ¡y sé madre para tu bebé!
Sharkey
¿Qué esperaban?
Abby
Piensa en la abuela Somers cuando tenía cuarenta y tantos, acogiendo a Dorset y a Lamb. Ella ya pasó los cincuenta, está en la menopausia, pero se siente joven, más joven de lo que se ha sentido en años. Y más tranquila. Tal vez sean las hormonas. Tal vez sea Maizie.
Es como si ella y Lamb hubieran cambiado de lugar.
Ahora él es el ansioso, el que carga con el monitor del bebé, el que revisa a Maizie tres o cuatro veces durante la noche.
A veces lo encuentra de pie junto a la cuna, observándola respirar, con las lágrimas corriéndole por el rostro.
Ha vuelto a escuchar a los Beatles, por primera vez desde que mataron a John Lennon.
Ella intenta tranquilizarlo. Maizie estará bien.
Crecerá fuerte y segura de sí misma, rodeada de adultos que la quieren, con primos y hermanastros para hacerle compañía.
Pondrán límites, la guiarán, le enseñarán a ser responsable.
Pero la manera en que él la mira cuando ella habla del futuro de Maizie le parte el corazón.
Teme el día en que Caitlin regrese como si nada a sus vidas, pretendiendo llevarse a Maizie con ella.
Aunque Caitlin ha firmado los papeles en los que renuncia a todos sus derechos —dándoles a ella y a Lamb la custodia física, mientras comparten la custodia legal con Bru—, sabe que las madres biológicas suelen tener ventaja en los tribunales. ¡Pero no dejará ir a Maizie sin luchar!
Bueno, Abby, le dice su propia madre, por fin tienes a tu niñita.