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Ella sabe que no va a poder dormir. Intenta leer, pero no logra concentrarse, así que agarra su suéter y la linterna, y vuelve a salir.
El viento empieza a arreciar. Ilumina con la linterna el camino arbolado que baja hacia la playa.
No ve la figura que sale de entre las sombras hasta que la agarra.
Se queda paralizada por el miedo. No puede gritar, no puede correr.
Así que así es como va a terminar todo. ¡Vaya manera de arruinar la fiesta de bodas!
La gira rápidamente, pero espera, no es un loco, al menos no del tipo que ella tenía en mente. Es Bru.
—Tenemos que hablar —dice él.
Ella se lo sacude de encima y apresura el paso. Él camina a su lado con zancadas largas.
—No sé cómo pasó todo esto. No sé qué estoy haciendo con ella. Qué estamos haciendo juntos.
Ella se detiene y le apunta a la cara con la linterna.
—¡Seguro que van a tener un matrimonio muy feliz!
—Mira, Victoria, fue un error. Lo admito, ¿de acuerdo?
—Ahórratelo —dice Vix, levantando la otra mano.
Él la toma y la hala hacia sí, haciéndola jadear.
Tiene diecisiete otra vez, nadando por su vida, pero esta vez se está hundiendo, esta vez se está ahogando.
Deja caer la linterna al suelo. Él empieza a besarla.
Pequeños besos suaves en las comisuras de los labios, luego besos profundos, hambrientos.
Le toma la mano y la conduce deprisa, muy deprisa por el camino hasta su camioneta.
Y sin decir una palabra se dirigen hacia su cabaña, tierra adentro.
Se despierta con el sonido del faro justo antes del amanecer.
El corazón le late con fuerza, la cabeza le duele.
Toma lo que puede de su ropa del montón en el suelo, camina de puntillas descalza hasta la puerta y en silencio, para no despertarlo, sale.
Se calza, se pone el vestido y empieza a correr entre matas de ciruelo de playa y bayas de mirto que le raspan las piernas.
Corre, corre hasta que llega a la carretera principal, donde le da un aventón el primer auto que pasa, el de dos mujeres que van hacia el ferry de la madrugada.
Quizás debería seguir adelante, simplemente subir al ferry, salir de esta isla.
Pero se preocuparían por ella. Abby diría: Mira, su cama no ha sido usada.
Algo terrible ha pasado. Lo sé. Llamarían a la policía, que encontraría su ropa interior en la camioneta de Bru o en su cama o donde sea que la haya dejado y lo acusarían de algo peor que la verdad. La boda se pospondría.
—¿Aquí está bien? —pregunta la que conduce señalando el cartel del B&B.
—Sí, gracias —responde Vix. Mientras camina la milla de regreso, se encuentra con Philippe —maldita sea— que está trotando a primera hora de la mañana. ¿Se da cuenta de que todavía lleva la ropa de anoche?
—Ah, Veek-toria, ¿disfrutando de un paseo matutino? —dice él.
—Sí —responde ella, apretando el paso—. Siempre camino antes del desayuno.
Él la mira de arriba abajo y ella sabe que él sabe que no durmió en su habitación. Pero no tiene ni idea de dónde pasó la noche ni con quién.