Amigas de Verano / Summer Sisters 42 #2
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42 #2

Se abrió paso entre un mar de camisetas con las caras sonrientes de Caitlin y Bru mirándola desde todas las direcciones y tomó por sorpresa a los chicaguenses.

—¡Pastilla! —exclamó Gus, dándole un fuerte abrazo.

A diferencia de Sharkey, él no temía acercarse ni besarla muy cerca de la boca.

—Qué gusto verte.

Y por una vez, ella también se alegraba de verlo. Los amigos de verano. Daniel la tomó de los hombros y le plantó un beso frío cerca de la oreja.

—¿Cómo estás, Vix?

La estaba volviendo loca tanto pésame disfrazado.

No soportaba que pensaran que había sido traicionada.

Era importante dejar las cosas claras, hacerles saber a todos que lo que ella y Bru habían tenido estaba oficialmente terminado, que él era libre de casarse con quien quisiera, incluso con Caitlin.

Sí, era incómodo. Pero mírenla, ¿se está desmoronando?

¡No, maldita sea! ¿No veían que estaba bien? ¡Que estaba cien por ciento bien!

—Entonces —dijo Gus—, ¿tu novio está aquí?

—¿Mi novio? —hizo una pausa. Pensó que debería haber traído a alguien. ¿Por qué no lo hizo? Earl habría venido con ella. Habría encontrado suficiente material ahí para al menos dos obras nuevas. Pero dijo—: No, no pudo venir. ¿Y tu novia?

—¿Qué novia? —preguntó Gus—. Todavía estoy tratando de superarte. Fuiste mi primer amor.

Esta vez ella rio de verdad.

—¿No me crees? Pregúntale al Baumer si no es cierto.

Daniel le dirigió su mirada altiva.

—Dios nos ayude, es cierto.

—Bueno, Gus, brindemos por lo que pudo haber sido —dijo Vix, vaciando su tercera copa de champán.

Ese fue un error. Lo supo en cuanto dejó la copa vacía en la bandeja. Se le subió de inmediato a la cabeza, la mareó, le revolvió el estómago. Los chicaguenses la escoltaron afuera, donde los tres se sentaron en un tronco en la playa.

Daniel

Vix se ve bien. Perdió esa grasita infantil. Ahora se le marcan los pómulos. Aunque no es su tipo. A él le gustan las rubias frías. Elegantes. La última le dijo: Eres demasiado intenso para mí, Daniel. Necesito a alguien, ya sabes, con menos intensidad.

Está trabajando en eso, pero con su herencia genética no espera llegar a ser ni remotamente relajado.

No como Gus, con su humor fácil. Las mujeres lo encuentran irresistible.

No les molesta su aspecto desaliñado. Tal vez sueñan con transformarlo, con comprarle ropa nueva. Nunca se sabe con las mujeres.

Mira a Ab. ¿Quién habría pensado que su madre tenía tanto potencial?

A su padre le saca de quicio que le haya ido tan bien.

Y no solo por Lamb y el dinero. Lo otro también, la filantropía.

Forma parte de los consejos directivos de cuatro grandes organizaciones.

Lamb resultó ser un buen tipo. Les compró una propiedad a los padres de Ab en Longboat Key.

La abuela ahora es la reina del condominio.

No está muy seguro de seguir trabajando en el bufete de su padre.

Desde que el viejo se divorció del caramelito ha estado pasando por una especie de crisis personal.

Se deprime. El médico lo tuvo en Prozac un tiempo.

Tal vez ya sea hora de que él también dé un giro, de mudarse incluso.

Miami está en auge, en más de un sentido.

Después de un minuto, Vix se deslizó sobre la arena, apoyando la cabeza contra el tronco. Cerró los ojos. Flotaba entre la vigilia y el sueño, mientras las voces de Gus y Daniel llegaban desde muy lejos, aunque podía sentir sus cuerpos justo a su lado.

—Nunca pudo resistirse a los chicos de la isla —dijo Gus.

Está equivocado, pensó Vix. Solo a Bru no pudo resistirse.

—Ahí estábamos, calientes como el infierno —continuó Gus—, y ella va y se acuesta con el del moño.

Oh, Caitlin… Está hablando de Caitlin.

—Sigue estando preciosa —dijo Daniel.

—Pero ahora está desencantada —le respondió Gus.

—¿Tú crees? —preguntó Daniel.

—Se le nota en los ojos.

Hablaban como si ella no estuviera allí, como si fuera invisible. Tal vez ya estaba muerta y aún no lo sabía.

—Una vez —decía Gus—, voy pasando por su cuarto y me hala hacia adentro y cierra la puerta.

“Gus, ¿me haces la espalda?”, me dice, y me pasa una botella de bronceador.

Llevaba ese traje de baño amarillo. ¿Recuerdas ese traje amarillo?

Y se baja los tirantes. Al diablo, se baja todo el traje hasta la cintura.

Yo tendría diecinueve o algo así, un muchacho lleno de hormonas.

Vix no sabía si iba a vomitar o no. Intentó abrir los ojos, pero todo le dio vueltas, así que los cerró de nuevo de inmediato.

Los chicaguenses debieron recordarla entonces, porque sintió cómo la miraban, asegurándose de que fuera seguro seguir hablando. Gus dijo:

—La Pastillita está completamente ida.

Daniel comentó:

—Si me dices que te acostaste con Caitlin y te lo guardaste todos estos años…

—Ni cerca —dijo Gus—. Apenas pude sostenerle esas tetas perfectas entre las manos por dos segundos, y entonces me dice: “Quiero que lo uses mientras miro”. “¿Usar qué?”, le pregunto. Y me dice: “Todo el paquete”.

—¿El paquete? —preguntó Daniel.

—El paquete —repitió Gus.

Vix se lo imaginó agitándose los testículos para mostrarle a Daniel a qué se refería, porque los dos empezaron a reír.

Vix también quería reír. Quería reírse de cómo Cassandra le contó los vellos púbicos a Vixen. Dieciséis. ¡Eres tan afortunada! Pero en lugar de eso, sintió que estaba a punto de llorar.

—Siempre pensé que haría algo importante con su vida —dijo Daniel.

Sonó una campana anunciando la cena y Gus sacudió a Vix.

—Vamos, Pastillita. Es hora de levantarse.

La ayudó a ponerse de pie.

—¿Cómo te sientes? ¿Vas a sobrevivir?

Estaba tambaleante, pero logró llegar hasta la orilla. Se quitó la estúpida camiseta, la mojó y luego se la presionó contra la cara y el cuello.

—Así sí —dijo Gus, echándole un vistazo al vestido. Todavía era un niño grande lleno de hormonas.

—Y para que conste —le dijo ella—, la del traje de baño amarillo era yo.

Está sentada entre Daniel y Gus durante la cena. Cuando Gus ve al novio de Phoebe echándole a Vix una mirada soñolienta y lasciva, se vuelve hacia Daniel.

—Pastillita atrae a los tipos como un imán —dice.

Caitlin era el imán. Ella solo era una partícula dentro de su campo magnético.

Después de la cena, les piden que se reúnan en la playa para ver un espectáculo de fuegos artificiales en honor a los novios.

Daniel cubre sus hombros con su chaqueta de lino.

Vix se recuesta contra Gus, quien —cree ella— le huele el cabello justo cuando el cielo se ilumina, devolviéndola a otros fuegos artificiales, en otras playas.

No te asusto, ¿verdad? No, me asustan estos sentimientos.

Cuando la fiesta termina, Caitlin se ofrece a llevarla de vuelta al B&B.

—¿No te vas a casa con Bru? —pregunta Vix.

—No esta noche. Trae mala suerte que los novios pasen la noche anterior a la boda juntos.

Vix nunca había oído eso, pero se sube al Jeep blanco de Caitlin. Había bajado el techo y mientras salen del pueblo, el viento les azota el cabello.

—Esto no es demasiado difícil para ti, ¿verdad? —pregunta Caitlin—. Quiero decir, vernos juntos.

Vix agradece la oscuridad y el champán.

—Hace tanto que lo de ustedes dos se terminó…

Le gustaría ser generosa, tranquilizar a Caitlin, pero no encuentra las palabras adecuadas, así que no dice nada.

—¡Odio cuando te callas así! —grita Caitlin.

El Jeep da un volantazo. Vix cierra los ojos y se agarra con fuerza, convencida de que Caitlin va a matarlas. Pero no, simplemente toma la repentina decisión de detenerse en el mirador de Tashmoo, donde apaga el motor y apoya la cabeza en el volante.

—Oh, Dios… —Llora—. Ni siquiera sé si quiero casarme con él.

Vix se pone tensa.

—¿Eso te sorprende, supongo? —dice Caitlin—. Tú nunca has hecho nada de lo que te arrepientas, ¿no?

En ese momento, Vix siente una oleada de… ¿de qué? No lo sabe. No está segura de si odia a Caitlin o a sí misma, o tal vez a Bru, por haber creado esta situación en primer lugar.

—Oh, al diablo. —Caitlin se limpia la nariz con el dorso de la mano—. Al menos será una buena fiesta.

Gira la llave del encendido y arranca el motor, luego conduce hasta el B&B y deja a Vix en la entrada.

—Duerme bien —le dice, lanzándole un beso.

—Tú también —responde Vix.