Amigas de Verano / Summer Sisters 42
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Dicen que cuando estás a punto de morir, toda tu vida pasa ante tus ojos como una película en cámara lenta.

Esa noche, en la cena de despedida de soltera de Caitlin en The Black Dog, Vix siente que toda su vida pasa delante de ella y se pregunta si tal vez ese es el final.

Si así es como todo va a acabar, parada a la sombra de Caitlin, celebrando su boda con Bru.

Maia y Paisley están equivocadas. Caitlin no es alguien a quien superar.

Es alguien con quien reconciliarse, como tienes que reconciliarte con tus padres, tus hermanos.

No puedes negar que alguna vez existieron.

No puedes negar que alguna vez los amaste, que los amas todavía, aunque amarlos te cause dolor.

A cada invitado que entra a la fiesta le entregan una camiseta conmemorativa con una imagen estampada de los novios mirando por encima del hombro, ambos sonriendo ampliamente, una toalla compartida cubriendo sus espaldas desnudas. La leyenda dice:

Caitlin y Bru. 31 de julio de 1990

Qué amable de su parte elegir el vigésimo quinto cumpleaños de Vix para la fecha de su boda.

—Así nunca olvidarás nuestro aniversario —le dijo Caitlin.

Como si pudiera.

Más temprano ese día, Abby pasó por la habitación de Vix en el B&B donde ella y Lamb habían alojado a algunos de sus invitados.

—¿Puedo entrar? —preguntó tocando la puerta de Vix.

Vix se puso la bata. Cuando abrió, Abby la abrazó.

—Oh, Vix, espero que esto no sea demasiado difícil para ti.

—He pasado por cosas peores —respondió Vix.

Abby caminó por la habitación enderezando el cuadro de caracolas marinas en la pared, tocando la lámpara y recogiendo la linterna de la mesita de noche.

—¿Crees que ella sabe lo que está haciendo? —preguntó.

—No lo sé —dijo Vix.

Abby encendió y apagó la linterna un par de veces.

—¿Será él suficiente para ella? ¿Será suficiente la isla? ¿O solo está jugando algún juego?

—Eso tampoco lo sé —respondió Vix.

Abby dejó caer la linterna sobre la cama y tomó la mano de Vix.

—¿Y tú? ¿Estarás bien esta noche?

—Estaré bien.

—¿Y mañana en la boda?

Vix asintió.

—No te preocupes.

Abby la besó.

—Esa es mi chica.

Abby

¿Qué puede hacer? Tienes que alegrarte por tus hijos incluso cuando no entiendes sus decisiones.

Lamb está tan sorprendido como ella, pero está contento.

De todas las elecciones que Caitlin podría haber hecho a lo largo de los años, esta no le parece tan mala.

Y está cerca de casa. Después de la tragedia de perder a sus amigos, después del monasterio, esto le parece un paso positivo.

Además, le recuerda, Vix y Bru terminaron hace años.

Está seguro de que Vix les ha dado su bendición.

Phoebe ve a Vix al otro lado del salón y le hace señas para que se acerque. Le presenta a su novio actual, Philippe, que es francés, mayor y serio.

—Qué ordinario, ¿n’est-ce pas? —pregunta mientras se pone la camiseta.

Se inclina hacia adelante, dejando que el cabello le cuelgue hasta el suelo, antes de incorporarse rápido y echárselo hacia atrás. Luego se ajusta la camiseta con un cinturón sobre su larga falda de mezclilla. Con su plata de Santa Fe, Phoebe sigue luciendo elegante.

A Vix tampoco le entusiasma ponerse la camiseta, ya que había elegido cuidadosamente un vestido con un escote llamativo.

Verse bien esta noche era importante para ella.

Pero no quiere parecer aguafiestas. Dorset, la hermana de Lamb, es la única que se niega a ponerse la camiseta. Nadie discute con ella.

La familia extendida de Bru saluda a Vix: los tíos, las tías, todos esos primos, incluido Von con una Patti muy embarazada y dos niñas pequeñas, una de las cuales llora desconsoladamente.

—¿Qué me dices, Vix? —pregunta Von—. No estaba seguro de que vinieras.

—Por favor…, soy la dama de honor.

Intenta mantener un tono ligero. Nada de malos sentimientos por su parte. Después de todo, ella fue quien dijo que no. Ella fue la que no estuvo lista. Y eso es justo lo que le dirá a cualquiera que pregunte, como si decirlo lo hiciera más fácil de soportar.

—¿Y cómo va todo en la Gran Manzana? —dice Von.

—Animado… —empieza a decir más, pero se lo piensa mejor. ¿Para qué justificar su decisión ahora, especialmente con Von?

—Más animado que aquí, seguro —añade Patti.

—Perra, perra, perra… —Von lanza a Patti una mirada de tal desprecio que Vix se estremece. Patti le pasa la niña que llora a Von y se dirige al baño. Vix la sigue.

—Tú no sabes lo que es esto —dice Patti—. Siempre está así… enfadado conmigo por existir.

Entra al único cubículo mientras Vix se aplica brillo labial y se cepilla el pelo.

—Todo el mundo se vuelve loco en esta isla —sigue Patti desde dentro—. “Llévame a Boston un par de veces en invierno”, le ruego. ¿Te crees que le importa? Pero si alguien le regala entradas para un partido de los Bruins, se va en un santiamén. Aquí lo ves, aquí no.

Patti tira de la cadena del inodoro y sale, ajustándose la camiseta sobre el vestido de maternidad.

—En invierno solo les importa una cosa. Cada noche es hockey, hockey, hockey… Luego, unas cervezas con los chicos y Dios sabrá qué más…

Patti se lava las manos y se retoca el peinado. Vix recuerda la primera vez que la vieron con Von, en la feria agrícola. Ella y Caitlin tenían catorce años, Patti probablemente un par más, rebelde, con piercings y mucho maquillaje, con una mecha púrpura en el pelo. Von la presentó como su chica.

—¿Te da cabezas de pescado? —le había preguntado Caitlin.

—Me da cosas mejores que esa —respondió Patti, deslizando una pierna entre las de Von y besándolo con la boca abierta.

Caitlin aplaudió:

—No sabía que este año había show de sexo en vivo en la feria.

Los chicos se rieron. Siempre se reían cuando Caitlin hablaba con descaro.

Patti tenía el cabello al natural ahora.

—Él se cree que es el regalo de Dios para las mujeres. —Seguía despotricando sobre Von—. No soporta que ella se case con Bru. Dice: “¡Carajo, toda esa plata y tremendo pedazo de culo también! Esa sí que sabía hacer mamadas”. Como si yo no le hubiera estado chupando el pito desde que tengo dieciséis.

Vix fingía que se estudiaba en el espejo. No quería escuchar aquello. Ya tenía suficientes problemas esa noche.

—Todos son iguales, ¿no crees? —preguntó Patti—. ¿De verdad crees que con Bru será diferente solo porque se casa con una niña de bien? ¡Ja! Él también va a salir a jugar hockey y a corretear coños como todos los demás. Tú fuiste lista al irte a otro lugar, al hacer una vida para ti misma.

El rostro de Patti se contrajo y comenzó a llorar en silencio, los hombros temblando. Vix le dio unas palmaditas en la espalda.

—¿Vas a estar bien?

Patti asintió. Sacó un pañuelo del bolsillo.

—Solo necesito un minuto.

—Te veo afuera —dijo Vix.

Von estaba esperando, con una niña pequeña en brazos y otra aferrada a su pierna.

—Apuesto a que te dio un buen sermón —dijo él.

—Nada que no haya escuchado antes —contestó Vix.

—Mira, siempre fue un error. Pero nunca pensé que las cosas se pondrían tan mal… ¿sabes?

No podía creerlo cuando Bru le había contado que Von y Patti estaban casados. ¡Casados! Que Patti estaba embarazada. La había llamado a la universidad con la noticia justo cuando empezaba su segundo año.

—Te ves increíble —dijo Von, insinuándose—. Muy sexy, pero tú siempre lo fuiste, ¿verdad?

Se le acercó, susurrándole al oído. Su mano libre descansaba en la nuca de ella. La niña le tiraba del cabello.

—¿Te acuerdas de aquella fiesta de cumpleaños en Chappy? Pienso en eso todo el tiempo…

Vix se apartó justo cuando Bru y Caitlin llegaban.

La novia y el novio. La pareja feliz. Bru la miraba directamente.

¡Maldita sea! Se veía bien. Ella había estado esperando que estuviera fofo, que no sintiera nada, nada más que alivio por no ser ella quien se casara con él al día siguiente.

Pero las viejas reacciones físicas regresaron: las rodillas débiles, las palmas sudorosas.

El momento de la verdad, Victoria. ¡No lo arruines!

Se cruzaron las miradas. Él le lanzó esa expresión profunda, esa mirada que podía derretirle las entrañas.

Eres mi chica, Victoria. Siempre lo serás.

No tenía idea de lo que realmente pensaba.

Tal vez más bien algo como: ¡Mira a Victoria!

Carajo, ¿engordó o es solo esa camiseta ridícula?

Ella tomó una copa de champán de una bandeja, la levantó como si brindara por él y luego la bebió de un trago.

Él sonrió mientras ella se alejaba de Von.

Ya estaba. Se habían reconocido y había sobrevivido.

Se abrió paso entre la multitud hasta Sharkey.

No lo veía desde el quincuagésimo cumpleaños de Lamb.

Había una mujer a su lado con una niña aferrada a su espalda como un koala.

La presentó como Wren y a la niña como su hija, Natasha.

Wren llevaba una trenza de hilo y una falda larga con estampado hindú.

¿Era una relación romántica? ¿Sharkey tenía una mujer en su vida?

Pues cásate con eso, Victoria. ¿Y el hermano?

Le daban ganas de reír, o de llorar, pero era hija de su madre. No secaba los trapitos al sol.

Sharkey abrazó a Vix con cuidado, inclinando el cuerpo para que nada importante se tocara entre ellos.

—¿Estás bien? —preguntó, y ella entendió que su pregunta no tenía que ver con su salud.

—Estoy bien, de verdad —dijo, mientras tomaba otra copa de champán.

—Bien. Me alegro —dijo él.

Se había mudado al este después de obtener su doctorado y ahora era investigador en el programa de inteligencia artificial de MIT.

—Daniel y Gus están aquí —dijo, señalando hacia ellos.

Vix siguió su mirada y ahí estaban. Los chicaguenses, juntos de nuevo.

Ella era Alicia, caída en la madriguera.

Toda su historia estaba conectada con los invitados de esa fiesta.

Daniel, alto y delgado, con entradas marcadas, vestido impecablemente con Polo Sport y con la misma expresión aburrida del día que lo conoció.

Ahora trabajaba como abogado en la firma de su padre, en Chicago.

Vix sabía que Abby tenía una esperanza secreta de que ella y Daniel terminaran juntos.

Se preguntaba si Daniel también lo sabía.

Gus era un hombre grande, cuello grueso, hombros anchos, cabello oscuro.

Vix no lo veía desde el verano en que dejó a Caitlin, hacía ocho años.