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La siguiente vez que hablaron fue a finales de junio. Caitlin llamó a Vix a la oficina.
—Tienes que venir. —Usaba su voz de princesa jadeante, la que había adoptado en Europa, algo entre Jackie O y la princesa Diana—. Me voy a casar en la casa de Lamb.
—¿A casar? —repitió Vix.
—Sí. Y tienes que ser mi dama de honor. Es lo más apropiado, ¿no crees?
—Supongo que depende de con quién te vayas a casar.
—Con Bru —respondió Caitlin, y de repente volvió a sonar como ella misma—. Me voy a casar con Bru. Pensé que ya lo sabías.
Vix se obligó a tragar, a respirar, pero se sentía pegajosa, débil.
Tomó la lata fría de Coca-Cola Light que tenía sobre el escritorio y se la puso en la frente, luego en el cuello, mientras anotaba la fecha y hora de la boda.
Dibujo tras dibujo, llenó la página con flechas, lunas crecientes y triángulos, como si estuviera en sexto grado otra vez.
—¿Vix? —dijo Caitlin—. ¿Sigues ahí? ¿Tenemos mala conexión o qué?
—No, está bien.
—¿Entonces vendrás?
—Sí.
Apenas colgó, corrió al baño de mujeres y vomitó hasta el alma. Tenía que devolverle la llamada a Caitlin, decirle que de ninguna manera podía hacer esto. ¿En qué estaba pensando Caitlin? ¿Y ella, qué estaba pensando al aceptar?
Cuando salió del baño, su jefa Angela estaba frente al espejo quitándose los lentes de contacto.
—Victoria —dijo entrecerrando los ojos—, tienes muy mal aspecto. ¿No estarás empezando con ese virus?
—No lo sé, puede ser.
—Vete a casa —dijo Angela— antes de que infectes a toda la oficina.
Vix caminó hasta su apartamento bajo un calor insoportable. La indigente le cantaba I am woman, hear me roar… y le puso el vaso de papel en la cara. Vix lo apartó de un manotazo y las monedas se desparramaron por la acera.
—¡Perra! —gritó la vagabunda.
—¡Te doy dinero todos los días! ¡Así que cuida a quién llamas perra! —le gritó Vix de vuelta.
La indigente le mostró el dedo mientras otra persona se agachaba para recoger las monedas.
Horas más tarde, Maia y Paisley la encontraron sentada en el suelo del apartamento.
Estaba rodeada de álbumes de fotos y montones de fotografías sueltas, vestida solo con una camiseta sin mangas y ropa interior Calvin Klein.
El ventilador estaba a toda potencia, pero apuntando en otra dirección para no volar las fotos.
En el estéreo, Pat Benatar cantaba Heartbreaker… love taker…
—¿Qué? —preguntó Maia.
—Se casa con Bru —dijo Vix.
—¿Quién se casa con Bru?
—Caitlin.
—¡Dios!
—Quiere que sea su dama de honor.
Paisley y Maia se miraron.
—No puede estar hablando en serio —dijo Maia.
—Está hablando en serio —dijo Vix.
—Creo que voy a pedir comida tailandesa —anunció Paisley, buscando el teléfono en la canasta donde maduraban los plátanos.
Cuando llegó la comida, se sentaron alrededor de la mesa baja, las tres en ropa interior, con el pelo recogido.
—¿Puedo hablar con franqueza? —preguntó Maia, masticando un rollito primavera.
—Por favor —dijo Paisley.
Pero Maia esperaba que Vix le diera permiso.
—Adelante —dijo Vix, sabiendo lo que venía.
—Ya es hora de que lo superes, Victoria. De una vez por todas.
—Pensé que se suponía que tenía que superarla a ella.
—A él, a ella. Supéralo todo.
Vix hundió sus palillos en el pad thai. Maia lo tomó como una señal para continuar:
—Y por el amor de Dios, llámala y dile que no vas a ir a la boda. Que tienes otros planes. Que… no sé… te vas a Hawái con un tipo guapísimo. Y que la próxima vez que decida casarse y quiera que seas su dama de honor, que te avise con más tiempo.
Vix siguió comiendo, probó las verduras al curry, luego los camarones con piña.
—Ya no tienes trece años —dijo Maia, frustrada—. Ella no tiene poder sobre ti. Y no entiendo el punto de todo esto. —Señaló los álbumes y las fotos sueltas—. De rodearte de estos recuerdos.
Paisley le tocó el brazo.
—Mira —dijo—, ser parte del cortejo nupcial podría ser terapéutico para Victoria. Podría ofrecerle un cierre, ¿sabes?
—¿Qué cierre? —preguntó Maia—. Solo significará más fotos, más desgarro. —Negó con la cabeza, mirando a Vix.
Maia
Siempre supo que la fascinación de Victoria con la chica de la NSO no traería nada bueno. Desde el día en que Victoria se mudó a su cuarto en el ala sur de Weld Hall y colocó esas fotos, lo supo. Adelante, ríete, le dice a Paisley cuando lo comentan. ¡Yo lo sabía!
Está completamente en desacuerdo con Paisley.
Victoria no debería ir a esa boda. Y en serio, ¿qué clase de tipo se casa con la mejor amiga de su novia de toda la vida?
Hará todo lo que esté a su alcance para impedir que Victoria vaya a Vineyard, salvo atarla y sentarse encima de ella, lo cual, pensándolo bien, no sería una mala idea.
Paisley
Lo admite, es un golpe duro. Pero no es la primera vez en la historia del mundo que pasa algo así.
Probablemente ocurra más seguido de lo que imaginan.
Solo que no les pasa a sus amigas. Ella está cien por ciento en desacuerdo con Maia.
Victoria necesita estar en esa boda. Necesita vivirla.
Es la única manera de que algún día pueda liberarse de ellos.
No es que Victoria esté escuchando una sola palabra de lo que ella o Maia tengan que decir al respecto.
Ya tomó una decisión, probablemente la tomó en el mismo instante en que Caitlin le pidió que fuera.
Cuatro semanas después, Caitlin —con el pelo volando al viento— recibió a Vix en el diminuto aeropuerto de Vineyard. Vix la divisó desde su ventana apenas aterrizaron, pero se sintió pegada al asiento.
—¿Va a seguir con nosotros hasta Nantucket? —le preguntó la azafata.
De pronto, Vix se dio cuenta de que era la única pasajera que quedaba en el avión.
Avergonzada, agarró su bolso y bajó a toda prisa por las escaleras hacia la pista.
Caitlin la encontró entre la multitud y le hizo señas con entusiasmo.
Vix se encaminó hacia ella, negando con la cabeza, porque Caitlin llevaba una camiseta que decía simplifica, simplifica, simplifica.
Estaba descalza, como de costumbre, y Vix apostaba a que sus pies estarían tan sucios como aquel primer verano.
Caitlin la mantuvo a la distancia de un brazo por un momento.
—Dios, Vix —dijo—. ¡Te ves tan adulta!
Ambas rieron y, luego, Caitlin la abrazó.
Olía a agua salada, a bronceador y a algo más.
Vix cerró los ojos, respirando ese aroma tan familiar, y por un momento fue como si nunca se hubieran separado.
Seguían siendo Vixen y Cassandra, amigas de verano para siempre.
El resto había sido un error, una broma absurda.
QUINTA PARTE
ADUEÑARSE DE LA NOCHE 1990-1995