40
Una mañana de miércoles a finales de marzo, justo después de que Vix saliera de la ducha, sonó el teléfono.
Era una mujer llamada Frankie, que llamaba desde Santa Fe.
El padre de Vix había tenido dolores en el pecho durante la noche.
Estaba en el hospital y aún no sabían qué tan grave era.
¿Podía venir de inmediato? Vix llamó a Angela, su jefa, a su casa, le explicó la situación, metió algunas cosas en una bolsa y se dirigió al aeropuerto.
Las noticias en Santa Fe fueron mejores de lo que esperaba.
Su padre había sufrido un fuerte ataque de angina, pero sin daño real al corazón.
Para cuando ella llegó, ya le habían hecho una angioplastia para eliminar la obstrucción.
Él estaba dormido. Frankie, una mujer robusta con ropa deportiva, cabello cobrizo, piel pecosa y mocasines con flecos, le dio un abrazo.
—Gracias por venir, cariño. Somos muy afortunados.
Vix se disculpó y fue a usar el teléfono público en el pasillo, donde llamó a Tawny.
—Estoy en Santa Fe —dijo—. Papá está enfermo… Es el corazón.
Durante un momento Tawny no respondió y Vix pensó que se había cortado la llamada.
—¿Hola? —dijo—. ¿Sigues ahí?
—Aquí estoy —respondió Tawny en voz baja—. ¿Parece grave?
—¿Cómo no va a ser grave? ¡Te acabo de decir que es su corazón!
—Cálmate, Victoria. Hoy en día pueden hacer mucho. Hay procedimientos…
—¡Ya le hicieron el procedimiento!
—Eso es bueno.
—¿Vienes? Eso es todo lo que quiero saber.
—Ya no estoy casada con él. No es mi responsabilidad.
—No sabía que el divorcio estaba finalizado.
—Está lo suficientemente finalizado.
—Bueno, nadie me lo dijo.
—¿Cómo voy a decírtelo si nunca llamas?
—También tengo teléfono, ¿sabes? Pero últimamente no he recibido llamadas de Key West.
Vix esperó que Tawny dijera algo, cualquier cosa. Como no lo hizo, dijo:
—¿Eso es todo? Eso es lo único que tienes que decir sobre el hombre con quien estuviste casada por… —intentó recordar cuántos años habían pasado.
—Envía a tu padre mis deseos de pronta recuperación, Victoria.
—¡Mándalos tú misma!
Colgó de golpe, luego miró alrededor, apenada, mientras las otras personas en la sala de espera rápidamente apartaban la mirada. Después de todo, cada uno tenía sus propios problemas. No tenía idea de cómo contactar a Lewis, así que intentó con el número de Lanie. Respondió Amber.
—Mamá está en el baño con Ryan. Tiene diarrea. ¿Quién habla?
—La tía Victoria, de Nueva York.
—Mamá, ¡es tía Vix! —gritó Amber en el teléfono—. Mamá dice que esperes. Ella viene.
—Bueno, esto es una sorpresa —dijo Lanie.
—Estoy en Santa Fe, en el hospital. Papá tiene un problema del corazón, pero debería estar bien.
—¿Te llamaron a ti antes que a mí?
—No discutamos, ¿de acuerdo? ¿Puedes venir?
—Sí, supongo.
—Bien.
—¿Crees que aguante la noche?
—¡Eso espero!
—Entonces iré mañana.
Cuando Lanie llegó, Ed estaba sentado comiendo compota de manzana.
Su color había mejorado. El doctor lo había revisado antes y podía irse a casa en uno o dos días con una dieta nueva, un plan de ejercicios y betabloqueadores.
Frankie acomodaba sus almohadas y le ofrecía agua.
Amber y Ryan estaban fascinados con el equipo que monitoreaba el corazón de Ed, hasta que descubrieron los botones para subir y bajar la cama del hospital.
Lanie los agarró de los brazos y los arrastró al pasillo, reprendiéndolos y diciéndoles que se comportaran o, si no, se las verían en casa.
Vix se ofreció a cuidar a los niños mientras Lanie visitaba a Ed. Los llevó a la cafetería donde pidieron helado de chocolate con jarabe de fresa, crema batida y chispitas. Amber le pidió a Vix un pony y, si no podía ser un pony, algo de FAO Schwarz, que pronunciaba Fa-oh.
—¿Cómo sabes de FAO Schwarz? —preguntó Vix.
—Por la película Quisiera ser grande. Tenemos la cinta. La he visto cien millones de veces.
—Ah, claro…
—Mami dice que tú eres rica. Entonces, ¿por qué no quieres comprarnos ponis?
—En realidad, no soy rica.
—¿Por qué?
—Simplemente no gano tanto dinero.
—Mami dice que te lo gastas todo en ti misma, cuando podrías ayudarnos.
—Mami está equivocada.
Tuvo que recordarse a sí misma que Amber tenía solo seis años y Ryan ni siquiera cinco.
—El abuelo se lo gasta en la potra —dijo Ryan.
—¿Qué potra? —preguntó Vix.
—La que está sentada en el cuarto del abuelo —respondió Amber por él.
—¿Frankie? ¿Te refieres a Frankie? —dijo Vix.
—Ajá —Ryan sonrió.
—No está bien llamarla potra —dijo Vix.
—Pero es gracioso —le respondió Ryan.
Ahora se estaba riendo, con la cara toda embadurnada de chocolate y fresa.
—Frankie es una buena amiga de su abuelo —dijo Vix.
—Frankie es una buena amiga de ella misma —dijo Amber.
Vix no podía creer lo que Lanie les estaba metiendo en la cabeza a sus hijos.
—Mi mamá tiene tres trabajos —dijo Amber con orgullo—. Cuida caballos, limpia casas y pone gasolina. Además, nos cuida a nosotros. ¿Cuántos trabajos tienes tú?
—Solo uno, por ahora.
—Mi papá no tiene trabajo —dijo Ryan—. Pero no nos grita como mamá.
—¿Me vas a llevar a Nueva York? —preguntó Amber.
—Tal vez algún día —dijo Vix—. Cuando seas más grande.
Mucho más grande…
Ed volvió a casa al día siguiente y al otro día ya estaba animando a Frankie a que volviera al trabajo.
—¿Estás absolutamente seguro, corazón? —preguntó ella.
—Anda ya —dijo Ed—. Tengo mi propia enfermera privada.
Frankie miró a Vix en busca de confirmación.
—Está bien, de verdad —dijo Vix.
Cuando por fin se quedaron solos, su padre le dijo:
—Vaya sorpresa, ¿eh? Pensé que este viejo corazón seguiría latiendo sin más, ¿sabes?
—Bueno, ahora sí lo hará.
—Hasta la próxima vez.
—La próxima vez será dentro de veinte años, como mínimo.
—Veinte años… ¿Cuántos tendrás entonces?
—Cuarenta y cuatro, casi cuarenta y cinco.
No podía imaginarse a sí misma en la mediana edad.
—¿Crees que estarás casada para entonces, con hijos?
—No lo sé. Tal vez.
—O tal vez vas a ser una de esas mujeres de carrera.
—Hoy en día, todas las mujeres son mujeres de carrera, papá. —Se sentó a su lado, le tomó la mano—. Una de mis compañeras de apartamento estudia Derecho y la otra está escalando de posición tan rápido en la ABC que probablemente esté dirigiendo la cadena antes de cumplir los treinta.
Él le sonrió.
—Eres una buena chica, Vix. Siempre lo fuiste. Le dije a Frankie: “Vix es de fiar. Vendrá si la necesitas”.
A Vix se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Cómo está Caitlin? ¿La has visto últimamente?
Ella negó con la cabeza.
—Últimamente no.
—Qué pena. Hay que mantenerse en contacto con los viejos amigos. Los viejos amigos te conocen mejor que nadie.
Ella asintió.
—¿Llamaste a Tawny?
—Sí.
—¿Y cómo lo tomó?
—Desea que te mejores pronto. Te manda su cariño.
—¿Cariño, eh? Esa es buena.
Se echó a reír. Y Vix rio con él.
Vix estaba haciendo la compra en Kaune’s, abasteciéndose de alimentos saludables para el corazón de su padre, cuando giró su carrito hacia la sección de productos frescos y se topó con Phoebe, que seleccionaba aguacates.
—Estoy pensando en una ensalada de pollo con guacamole —dijo Phoebe, como si ella y Vix estuvieran en medio de una conversación—. ¿Qué opinas?
—Mucho colesterol. Los aguacates, quiero decir.
Vix trató de recordar la última vez que había visto a Phoebe, pero no pudo. Phoebe se veía fantástica. Podría pasar por la hermana mayor de Caitlin. Vix se preguntó si tendría grapas en el cuero cabelludo.
—Supongo que sabes que Caitlin está en Vineyard —dijo Phoebe.
Vix dejó caer el melón que tenía en la mano. Se partió al instante, derramando sus entrañas líquidas por todo el suelo. Phoebe siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta.
—Dice que necesita volver a lo básico. Que va a criar ovejas, hilar lana y llevar una vida sencilla. Cree que es Rumpelstiltskin… O tal vez Rapunzel. Siempre confundo a esas dos.
—Rapunzel es la del pelo —dijo Vix, mientras un chico con un trapeador aparecía para limpiar el desastre.
Phoebe olió una caja de fresas.
—Mmm…, dulces. ¿Quieres?
—Mi padre es alérgico a las fresas.
—Qué pena. ¿Cómo está?
—Después de todo, bastante bien.
—Dale mis saludos.
—Lo haré.
Cuando Vix empezó a empujar su carrito para alejarse, Phoebe se giró.
—Vix, llama a Caitlin.
Phoebe
No fue su intención tomar por sorpresa a Vix.
Esa expresión en su rostro. La forma en que dejó caer el melón.
¡Dios! Estaba segura de que Vix ya lo sabría.
Después de todo, ¿no eran inseparables ellas dos?
No podía ni empezar a imaginarse qué juego estaba armando Caity esta vez.
No es como si Caity le contara algo. Nunca lo ha hecho.
No de verdad. Siempre ha echado en falta esa parte de la relación entre madre e hija.
Tiene la sensación de que Vix también. Ah, bueno…
, tal vez ellas hagan un mejor trabajo con sus propias hijas.
La idea de que Caity tenga una hija la hace reír, hasta que se da cuenta de que eso la convertiría en abuela.
¡Y vaya que esa es una experiencia de la que puede prescindir al menos por otros diez años!
—Estoy tratando de darle un sentido a mi vida —dijo Caitlin cuando Vix la llamó—. ¿Tiene algún sentido para ti?
Cuando Vix no respondió de inmediato, Caitlin añadió:
—¿Por qué te lo pregunto a ti? Tu vida siempre ha tenido sentido.
—¿Estás segura de no estar confundiendo sentido con lucha?
—¿Cómo voy a saberlo? ¿Tú crees que por intentar no ser ordinaria me he vuelto neurótica?
—¿Estás yendo al psiquiatra? ¿Es por eso que tenemos esta conversación?
—Por supuesto que voy al psiquiatra. ¿Conoces a alguien que no lo haga… además de ti?
—No puedo pagar terapia.
—Estoy segura de que Abby te ayudaría.
—¿Eso fue un golpe bajo?
—¿Lo sentiste como uno?
—Sí. —Después de una larga pausa, Vix dijo—: Lamento lo de tu amigo.
—Amigos.
—¿Los dos?
—Preferiría no hablar de eso. Mi terapeuta me está ayudando a entender que mi involucramiento fue inapropiado. En mi búsqueda de una familia los confundí con… Oh, ¿qué más da? ¿Recuerdas cuando mataron a John Lennon? ¿Recuerdas cómo se vino abajo Lamb?
—No mucho.
—Pues se derrumbó. Me hizo volar desde Nuevo México para que pudiera hacer la vigilia de medianoche con él. También fue inapropiado, por si te lo estabas preguntando.
—¿Estás segura de que tu psiquiatra es… competente?
—¿Se puede estar segura de alguien? Depende de los resultados, ¿no?
—Supongo…
Otra larga pausa. Entonces Vix dijo:
—Pensé que estabas en México, en un monasterio. ¿Por qué no me avisaste que estabas en la isla?
—Suenas molesta. ¿Estás molesta?
—¿Por qué estaría molesta?
—Tú dime. Digo, la última vez que supe de ti no tenías ningún interés en vivir en Martha’s Vineyard.
—Tú tampoco… No has puesto un pie en la isla desde que tenías…
—Diecisiete —dijo Caitlin.
Vix no pudo hacer ninguna de las preguntas que se agolpaban en su cabeza. ¿Lo has visto? ¿Está con alguien? ¿Pregunta por mí?
—Entonces, ¿has visto a Von?
Caitlin se rio. Sabía perfectamente lo que Vix estaba preguntando en realidad.
—Por supuesto. Von y su ridícula esposa. Y Bru y Trisha y todos los demás. No me he vuelto una ermitaña. Solo me estoy tomando un descanso…, un tipo de chequeo de realidad. —Hizo una pausa, luego dijo—: Lamento lo de tu padre.
—Debería estar bien.
—Me alegro.
—Tiene una… amiga —le contó Vix—. Frankie. Lo llama corazón.
—Ay, Dios. —Ambas rieron—. Te extraño, Vix.
—Yo también te extraño. Ven a Nueva York un fin de semana.
—Ven tú para acá.
—No lo creo. No ahora.
—¿Tal vez en verano?
—Tal vez.