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Paisley la arrastró a una recaudación de fondos otoñal en la biblioteca pública, donde ocuparon un lugar en la mesa corporativa de ABC.
Paisley se estaba haciendo conocida en ese circuito de eventos benéficos y les dijo a Vix y Maia que era una excelente manera de hacer contactos, sin mencionar la oportunidad de conocer a los hombres adecuados.
Vix cedió y se compró un vestido en oferta en Bloomingdale’s.
Un top de encaje negro. Elegante pero sexy, le dijo la vendedora.
Will se le acercó en la escalera central donde ella se había detenido a ver el baile de abajo.
—Buenos pómulos —dijo.
—Un regalo de un antepasado cheroqui —contestó ella.
Había esperado mucho para usar esa frase.
—Una gota de sangre cheroqui significa que la tribu puede reclamarte para siempre, pero no antes de que yo te reclame para esta noche —extendió la mano—. C. Willard Trenholm. Pero mis amigos me llaman Will.
—Victoria Leonard.
—Encantado de conocerte, Victoria.
La guió escaleras abajo y, luego, a la pista de baile. Era alto, quizá un metro noventa y ocho, y aun con tacones ella apenas le llegaba al pecho. Sabía hacer fox-trot, vals y lindy hop, todo al ritmo de la música tocada por Peter Duchin en persona. ¡Si su familia pudiera verla ahora!
Escuchó la voz de Bru reprochándole, pero la apartó y se concentró en los pies, tratando de no ser pisoteada o, peor aún, de no pisar a Will, pues no tenía idea de cómo bailar así.
Más tarde, Paisley se acercó para decir que había conocido a alguien y que se iba con él.
—Toma un taxi a casa, Victoria… ¿okey? Lo digo en serio, nada de metro esta noche.
Vix asintió y volvió a la pista con Will.
No tenía que preocuparse por cómo llegar a casa.
Él la llevó al Rainbow Room para tomar una copa y admirar la vista.
En el taxi de regreso a su apartamento, se besaron como adolescentes.
Cuando el taxi frenó frente al edificio, Will se inclinó y le dijo al conductor que diera otra vuelta a la manzana.
Lo vio tres veces esa semana y el fin de semana siguiente. Le mandó flores a su casa y chocolates Godiva a la oficina.
—Uno podría acostumbrarse a esto —canturreó Maia.
Vix empezó a coquetear con la idea de ser una chica rica, de no tener que preocuparse nunca más por el dinero. Te equivocaste cuando me dijiste que no encajaría…, le diría a Tawny.
El dinero era el tema favorito de Will; el sexo, el segundo. La perseguía por el dúplex de su familia en Park Avenue, jugando a las escondidas en la galería, que estaba llena de armaduras, como un museo. En la biblioteca verde bosque le desabrochó la blusa y admiró sus pechos.
—Hermosos —dijo—. ¿Son implantes?
Ella le aseguró que eran naturales.
—Eso pensé —dijo él—, pero hoy en día casi nadie tiene los reales.
Él la invitó al ballet. Ella nunca había ido y le pidió prestado un traje de terciopelo aplastado a Paisley. La semana siguiente fue a ver una obra de Shakespeare en el Public, seguido de una cena en Chanterelle.
Maia comenzó a llamarla la Heredera.
—No heredaría —aclaró Paisley, para corregir el malentendido—. Más bien estaría adquiriendo.
—De cualquier manera… —dijo Maia.
Esa noche las tres estaban sentadas alrededor de la mesa de café, cenando comida china de las cajas, mientras veían No mires ahora en el reproductor de video. Mientras Julie Christie y Donald Sutherland se perseguían por Venecia, Maia dijo:
—Espero que Vix nos invite a Venecia… a su palacio en el Gran Canal.
—Mmm… —Paisley metía pollo con anacardos en la boca—. Siempre he querido ver Venecia.
—¿Qué te parece Cincinnati? —preguntó Vix—. Porque ahí es donde está la empresa. Ahí es donde el patriarca tiene su palacio.
Will tenía su propio lugar en East Sixties con vistas al consulado ruso.
—Pienso en ti todas las noches, Victoria —dijo, jadeando, cuando finalmente la llevó ahí. Su mano estaba bajo su falda—. Has estado pensando en mí, ¿verdad?
Bueno, sí…
Will tenía una cama tamaño king, un edredón gris, almohadas de plumas. Cuando se arrodilló sobre ella con un condón rosa brillante pensó que era un pene disfrazado de Barbie Malibu y trató de no reírse. Tal vez su madre tenía razón. Tal vez los ricos eran diferentes.
Se sentía halagada por su atención y curiosa sobre su mundo, pero no podía decir que estaba enamorada.
Lo encontraba arrogante y, a veces, aburrido.
Pasaron un largo fin de semana lluvioso en una posada cara en los Berkshires.
Mientras él leía Forbes, Barrons y Financial Times, Vix se encontraba fantaseando con Bru.
En el brunch del domingo, Will dijo:
—Cuéntame de tu familia, Victoria. Aparte de que eres de Santa Fe, no sé nada de ti.
—Lo que ves es lo que hay, Will.
—Pero ¿a qué se dedica tu familia allá?
—Mi padre administra un restaurante y mi madre es la amanuense de la condesa de Lowenhoff.
Se alegró de poder usar por fin la descripción que Abby había hecho del trabajo de su madre.
—Restaurante… —Levantó las cejas—. Amanuense. Qué encantador. ¿Y tus abuelos?
—No hay abuelos —le sonrió.
—¿Estás revisando mi ascendencia, Will?
—Me interesa todo sobre ti, Victoria.
—Bueno…, mi hermana está en asistencia social y mi hermano se enlistó el día que cumplió dieciocho. Yo pasé toda la escuela con becas. Debo todo a mis benefactores. Invirtieron en mi futuro para que pudiera valerme con esnobistas como tú.
Will se rio y aplaudió.
—¡Brillante! —Se inclinó y la besó—. Deberías escribir novelas, Victoria. Con tu imaginación y estilo…
¿Qué estaba haciendo con él?
De regreso a la ciudad decidió terminarlo.
—He disfrutado nuestro tiempo juntos, Will, pero no creo que debamos seguir viéndonos.
Esperó su reacción, pero se dio cuenta de que no había escuchado nada. Se inclinó y apagó el reproductor de CD.
—¿Qué?
—Se acabó, Will.
—No, no es así. Ahora viene Say You, Say Me.
—No hablo de Lionel Richie, hablo de nosotros.
—¿Qué hay de nosotros?
—Se acabó, terminamos. Fini, finis, finito.
—Pero apenas estamos comenzando —replicó.
—Eso debería hacerlo más fácil.
—Dame una buena razón para terminar ahora.
—No tenemos nada en común.
Él tomó su mano y la presionó contra la parte delantera de sus pantalones.
—Tenemos esto.
Ella negó con la cabeza.
—Vamos, Victoria, solo una vez más, para que tengas algo con qué recordarme.
No esperaba que se rindiera tan fácil y se enojó consigo misma por sentirse decepcionada.
—Siente lo caliente que está por ti. Ha sido un buen chico, esperando pacientemente todo el día.
—Lo siento, Will. Mándale saludos, es decir, disculpas.
Abrió la puerta en el siguiente semáforo en rojo, agarró su bolso y saltó del coche.
—De verdad, Victoria, eres un caso perdido —dijo Paisley—.
No es que yo esté presionando para que te cases.
Estoy a favor de que primero hagas tu vida por tu cuenta, pero si algo te cae del cielo y te golpea en la cabeza, no puedes simplemente alejarte de eso, especialmente cuando viene con ese tipo de seguridad financiera.
Quiero decir, ¿sabes cuántos hombres heterosexuales, estables y solteros hay en esta ciudad?
Ni hablar de los que valen como marido. Podrías contarlos con una mano. ¡Una mano!
—Se te están notando las raíces sureñas, Pais —dijo Maia.
—Puede ser —respondió Paisley—. O tal vez es que una persona nunca supera su primer amor.
—Otra vez con esa vieja canción —dijo Vix.
Su vida estaba llena. Era interesante. No era necesario estar enamorada.
Se inscribió en un curso de yoga, aceptó a otra estudiante a través del Programa de Voluntariado Escolar y se prometió no desperdiciar su membresía de introducción en Crunch.
Se reunió con Jocelyn para almorzar un par de veces y confesó que nunca había experimentado la euforia creativa de Cinco minutos en el Cielo en el mundo laboral real.
—Tenemos que seguir persiguiendo nuestros sueños —dijo Jocelyn.
Una postal de Caitlin, fechada el 20 de diciembre de 1989, Zacatecas, México:
He visto la muerte y es fea. Fea y aterradora.
No menciona a James ni a Donny. Vix llamó al número de Seattle, pero le dijeron que estaba desconectado a petición del cliente. Llamó a Abby, intentando no mostrar su preocupación, y le dijo que había perdido el número de Caitlin.
Abby respondió:
—Está en México, Vix. En un monasterio. No puedes llamar. Ninguno de nosotros puede.
Víspera de Año Nuevo. Decidieron quedarse en casa —Maia, Paisley y Vix— para celebrar juntas.
Pidieron comida para llevar, alquilaron Annie Hall y Vix se rio y lloró, recordando la noche en que Lamb las había llevado a Caitlin y a ella a ver la película.
Y después, cómo habían rogado para subirse al carrusel, pero en lugar de eso habían encontrado a Von en un callejón con la mano de una chica envolviendo su paquete.
A las diez, empezaron a llegar amigos —Jocelyn, Earl, Debra— y cada uno trajo a algunos de sus amigos. Mandaron a pedir más comida. Abby y Lamb llamaron desde Ciudad de México para desearle un feliz Año Nuevo a Vix. Estaban en camino al monasterio, con la esperanza de ver a Caitlin.
—Mándale mi amor —dijo Vix—. Deséale un feliz Año Nuevo de mi parte.
Daniel y Gus llamaron desde Chicago, donde Gus visitaba a su familia. Sonaban borrachos. ¿Y qué?, pensó ella. Es víspera de Año Nuevo. Habían pensado en ella, así como ella en ellos. Viejos amigos. Creciendo juntos. El fin de una década, el comienzo de otra.