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El lugar que compartían en Chelsea tenía un solo baño, una cocina diminuta y unos ochocientos pies cuadrados de espacio abierto.
—Piensen en él como un loft —había dicho el agente de alquiler— en un vecindario muy de moda.
La semana que se mudaron construyeron áreas de descanso individuales colgando telas indias estampadas en varillas suspendidas del techo, lo que hacía que pareciera que estaban hospitalizadas en una sala ecléctica.
En cuanto a la privacidad, mejor ni hablar.
Pero con la amenaza del SIDA, y todo el mundo hablando de sexo seguro, no es que anduvieran precisamente de fiesta.
De las tres, solo Paisley se acostaba con quien quería, negándose a malgastar su juventud al preocuparse por una enfermedad que —según ella— no iba a contraer, porque los hombres con los que salía eran de las ligas mayores, de buenas familias.
—Por lo menos haz que usen condón —la sermoneaba Maia con frecuencia.
Se había vuelto tan precavida que limpiaba el asiento del inodoro con alcohol antes de sentarse, convencida de que Paisley iba a traer herpes o virus del papiloma, o tricomoniasis, como mínimo.
—No sabes quién es bi, no sabes quién está haciendo qué con quién…
Todos los martes por la noche cenaban frente al televisor viendo Treinta y pico. ¿Hacia allá iban sus vidas?
El trabajo de Vix en Squire-Oates resultó ser muy distinto a lo que había imaginado.
Trabajar con capitanes de la industria se traducía en editar cintas de video de ejecutivos corporativos durante un curso intensivo de tres días sobre comunicación, adaptado a las necesidades específicas de cada individuo,
para que él o ella —aunque en su mayoría él— pudiera enfrentarse a una conferencia de prensa con confianza al ser interrogado sobre el más reciente desastre, demanda, fusión o lo que fuera que estuviera ocurriendo en la empresa.
Era responsabilidad de Vix captar sus fallas en cámara.
¿Se tocaba los genitales, se acariciaba el mentón, hacía ese gesto extraño con la mandíbula?
¿Sus manos volaban sin control como si fuera a despegar en cualquier momento?
¿Hablaba con claridad y precisión o tartamudeaba, murmuraba?
¿Y qué tal esos larguísimos aaahhhh, como si tuviera un bajalenguas atascado en la garganta mientras intentaba encontrar la respuesta a una pregunta difícil?
¿Ella jugueteaba con las joyas, se humedecía los labios, se apartaba el cabello de la cara todo el tiempo?
En solo tres días de práctica constante frente al equipo de especialistas de la agencia, la mayoría de esos capitanes de la industria lograban enfrentarse a la cámara y parecer personas confiables, creíbles. A Vix le parecía asombroso. Se preguntaba por qué Dinah no tomaba el curso también.
Dinah era tan decidida y ambiciosa como cualquiera de ellos, pero a menudo no podía tomar decisiones. A veces dejaba caer una carpeta sobre el escritorio de Vix.
—Victoria, te encargo esto —decía, enredándose un mechón de cabello alrededor del dedo o, si estaba realmente agobiada, chupándose las puntas—. No me decepciones.
Squire-Oates tenía una lista de clientes impresionante y Vix descubrió que se le daba bien idear estrategias para las campañas de promoción de políticos, personalidades y productos.
Decidió que era más una persona de ideas que una técnica, y esperaba con ansias el día en que Dinah, reconociendo eso, cumpliera su promesa de impulsar su carrera.
Mientras tanto, Dinah se atribuía todo el mérito por las sugerencias de Vix.
Vix no estaba en posición de quejarse. El desempleo no era una opción.
A veces, cuando lo pensaba demasiado, sentía miedo, sin estar segura de ser lo suficientemente ambiciosa o decidida para triunfar en esa ciudad.
A veces se sentía vieja y cansada. Odiaba cuando Dinah se refería a ella como una cachorra, recordándole lo joven que era, lo mucho que le quedaba por vivir.
De niña, Vix tenía una idea bastante distorsionada de lo que significaba ser adulta: tener un trabajo, vivir sola, que nadie te dijera qué comer, qué ropa ponerte o cómo comportarte.
Pensaba que ser adulta era tener libertad para acostarse con quien quisiera.
¡Qué broma! Cuando llegó a Nueva York pensó que la adultez tenía que ver con las responsabilidades, pero luego pensaba en su hermana y cambiaba de opinión.
Lanie apenas podía considerarse una adulta, aunque —Dios sabe— tenía responsabilidades de sobra.
Lanie consideraba que Vix era todo un éxito.
Se refería a ella como “mi hermana rica”.
Se había fabricado una fantasía sobre la vida en la Gran Manzana, más cercana a 90210 que al código postal real de Vix, 10003.
Estaba convencida de que Vix vivía en un apartamento fabuloso, que se hacía cortes de cabello carísimos y que vestía ropa sacada directamente de las páginas de Cosmo.
Para Lanie —con sus dos hijos pequeños y el mismo marido inútil de siempre—, la vida de Vix parecía la de Cenicienta después del baile, incluso sin príncipe.
Lanie no entendía que Vix también estaba luchando.
Era simplemente otro tipo de lucha, en otro nivel.
Según lo que Vix había visto, tener hijos no te convertía necesariamente en una persona adulta.
Y además, ¿qué pasaba con quienes elegían no tenerlos?
Siempre había sentido una incertidumbre profunda respecto a la maternidad, sobre todo por Nathan.
No es que necesariamente tendría un hijo con una discapacidad física, pero sabía lo que implicaba vivir con esa carga: el sacrificio, la fuerza, el amor.
Bru quería una casa llena de niños. Caitlin, en cambio, juraba que jamás los tendría.
—No todo el mundo tiene que ser madre —decía—. Una persona puede tener una vida feliz y plena sin hijos.
Una postal de Caitlin con fecha del 2 de diciembre de 1987, enviada desde Seattle:
Olvídate de Madrid. ¡Este es el lugar! Por fin encontré mi sitio. Es joven, es cool, y no me refiero solo al clima. Empieza a hacer las maletas.
Abby
Intenta mantener el contacto con todos, enviando direcciones y números de teléfono por todo el mundo para que puedan seguir en contacto entre ellos. Le encantaría que Daniel y Vix terminaran juntos. Quizás algún día… Mientras tanto, le da el número de Vix a los hijos de sus amigas.
Lamb la molesta, diciéndole que debería abrir una agencia de citas.
En realidad, no es mala idea. Le gusta ayudar a la gente a encontrar la felicidad.
Pero por el momento tiene las manos llenas.
Ha asumido la dirección de la Fundación Somers.
Ya era hora. Está reorganizándola desde cero.
Nunca se imaginó que la vida la llevaría hasta aquí.
Gus
Él rechaza la oferta de trabajo en Albuquerque.
Le gusta demasiado estar cerca del agua.
Les echa la culpa a todos esos veranos en Vineyard.
Tiene suerte de recibir una segunda oferta y no duda en aceptar la oportunidad de escribir para The Oregonian.
A pesar de toda esa basura chauvinista sobre mantener fuera a los forasteros, la gente en Portland es amable y las mujeres son del tipo fresco, deportistas, amantes del aire libre.
Cuando lo envían a Seattle en marzo para cubrir una historia sobre Microsoft, llama a Caitlin y acuerdan verse para tomar algo. Abby le había dado su número. Ella es la cronista de sus vidas. Caitlin llega con dos tipos a cuestas: James y Donny.
—¿Pueden creer que una vez intenté seducir a este tipo? —les dice, apretando su muslo contra el de él.
Ella, James y Donny no paran de reírse, como si la idea de que ella lo hubiera querido seducir fuera una broma enfermiza. A él le da rabia haberla llamado. No le hace falta esto.
—¿Y qué tal la Pastillita? —pregunta para cambiar de tema.
—¿No te has enterado?
—¿Enterado de qué?
—Se fugó con Bru. Justo la semana pasada.
—No puede ser…
—¿Te sorprende?
Sí, claro que le sorprende.
—¡Solo bromeaba, querido Gus! —le dice, tomándole la mano.
Y vuelve a reírse como loca. Él se va de ahí en cuanto puede. No le cuenta a nadie que la vio.