Amigas de Verano / Summer Sisters 34 #2
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34 #2

Dinah estaba en sus cuarenta, tenía el cabello recto y plateado y un traje gris de pantalón y tacones rojos que llamaron la atención de Vix. Vix llevaba sus habituales pantalones negros y camisa blanca. Maia, que se había comprado un traje para las entrevistas, le dijo que parecía una mesera.

—¡Al menos ponte una bufanda, algo que te dé estilo!

Así que Vix compró una bufanda de seda en la plaza, una imitación de Hermès, y Maia le enseñó a usarla.

—Usa esos zarcillos plateados y tu pulsera de Santa Fe.

Dinah enroscó un mechón de cabello alrededor de su dedo mientras hablaba.

—Somos una corporación muy grande, Victoria, con oficinas alrededor del mundo.

Hay oportunidades para una joven trabajadora y talentosa como tú.

No estarás contestando teléfonos ni archivando, te lo prometo.

Este no es un trabajo típico de nivel inicial.

Trabajarás con capitanes de la industria, editando desde el principio.

Vix asintió mientras Dinah hablaba, e iba tomando notas mentalmente. Capitanes de la industria. Editar desde el principio. Juega con su cabello.

—Recibirás un salario decente y competitivo, además de buenos beneficios.

Encontrarás un departamento compartido. Disfrutarás de la ciudad.

Y estaremos ahí para ti, apoyando tu carrera, promoviendo tu ascenso tan pronto estés lista.

—Miró su reloj—. Tengo que tomar el autobús de las 5:30.

¿Puedes tomar decisiones rápidas? Porque me gustaría un sí o no ahora mismo.

En realidad, Vix no tenía ni idea. Preguntó si podía darle una respuesta al día siguiente. Dinah suspiró.

—Hay otras personas que quieren este trabajo. Ni siquiera voy a decir cuántas. Así de ajustado está el mercado.

—Lo tomo —dijo Vix. Después no podía creer que lo hubiera hecho.

Paisley

Ella y Maia llevan a Victoria a cenar para celebrar su trabajo.

Es la primera de ellas que sabe qué hará el próximo año.

Cuando Maia pregunta ¿qué piensa Bru?, Victoria derrama su copa de vino tinto.

El líquido se extiende sobre el mantel blanco y sobre el regazo de Victoria.

Entre el alboroto, la pregunta queda sin respuesta.

Ella supone que Victoria no se lo ha contado a Bru todavía.

Pero está segura de que él la seguirá a donde sea.

Ha decidido que Victoria tiene una suerte increíble.

Desde que pasó el fin de semana del Día del Trabajo en Vineyard y tuvo la oportunidad de conocer a Bru, ella misma ha desarrollado un leve enamoramiento por él.

Obviamente, se cuida de mantener esos sentimientos para sí misma.

Nunca actuaría en consecuencia, salvo en sus fantasías, y las fantasías no cuentan.

O tal vez lo que realmente importa es ver a su amiga adorada por un gran tipo. De cualquier modo, Victoria lo tiene todo resuelto.

Bru fue a ver a Vix el primer fin de semana de mayo, durante una tormenta primaveral inesperada que empezó con nieve húmeda, se convirtió en una tormenta eléctrica fuerte y dejó sin luz a la mitad de Cambridge.

No es que les importara mucho. Pasaron la mayor parte del tiempo en la cama.

Bru le sujetó las muñecas sobre su cabeza y miraba su rostro mientras la penetraba.

Era un sexo intenso, posesivo, y eso la ponía incómoda.

No es que no le excitara. Cerca de Bru, como un reflejo automático, sus fluidos se activaban, su Poder se encendía. Su atracción por él nunca flaqueaba.

Cuando paró la lluvia, salieron a caminar por las orillas embarradas del río Charles.

Vix anhelaba el sol. Se ató la nueva bufanda de seda al cuello y se cerró la chaqueta.

Estaba esperando a que Bru pidiera ver Cinco minutos en el Cielo.

Hasta entonces, no lo había hecho. Ella pensaba ofrecérselo después de cenar y, luego, le contaría la noticia de su trabajo.

De repente, él se detuvo y le bloqueó el paso, con las manos sobre sus hombros. No podía adivinar qué pensaba por su expresión. Sacó una pequeña caja de joyería del bolsillo y se la entregó.

—No tenemos que casarnos enseguida —dijo.

—¿Casarnos?

—Podemos esperar un año si quieres…, pero necesito saber que al final de mi espera estarás conmigo. Que vas a ser mi esposa, la madre de mis hijos…

Ella abrió la caja y se conmovió al ver el pequeño diamante engastado en oro, brillando sobre terciopelo azul.

¿Se casa uno con alguien porque el sexo es bueno?

¿Se casa uno porque sabe, en el fondo, que es una persona decente, aunque no puedan hablar de los mismos libros?

Pensó en las parejas que conocía: sus padres, Lamb y Abby, incluso Loren y Tim Castellano.

¿Qué era lo que los hacía elegirse uno al otro?

¿Cómo se sabe alguna vez que es lo correcto?

—Ven conmigo a Nueva York —dijo, con urgencia.

—¿Por qué iríamos a Nueva York?

—Me ofrecieron un trabajo allí.

—Entonces diles que no.

—¿Y Boston? —preguntó, aferrándose a un clavo ardiendo—. Probablemente podría conseguir un trabajo en Boston.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que odio las ciudades? —dijo Bru—. Me dan claustrofobia. Soy isleño…, lo sabes.

—Solo necesito tiempo para averiguarlo…

—¡Tengo plomería interna! ¡Tengo teléfono!

Ella volvió a mirar el anillo. Sintió que si se separaban ahora no sería como la última vez.

—Si no puedes decir que sí al matrimonio y a la vida en la isla, eso es todo. En serio. Te he esperado cuatro malditos años. Ya casi tienes veintidós. ¿Cuál es tu problema?

—¿Necesito vitaminas? —preguntó, tratando de aligerar el ambiente.

Pudo ver cómo la decepción en sus ojos se tornó en ira.

Le arrebató la caja del anillo de las manos y, por un momento, pensó que la lanzaría al río.

Pero no, la metió de nuevo en su bolsillo, demasiado práctico para dejarse llevar por las emociones.

Eran muy parecidos, ¿no? Dos personas que tenían problemas para compartir sus pensamientos.

Dos personas que se guardaban todo. ¿Había confundido su silencio con profundidad?

¿Su mirada herida con sensibilidad? No lo sabía.

No sabía nada, salvo que no estaba lista.

No podía prometerle el resto de su vida. No tenía idea de a dónde iba.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. La garganta se le apretó. ¿Estaba cometiendo el mayor error de su vida?

—Bru…, por favor, no… —intentó abrazarlo.

Él la apartó.

—Ya no soy suficiente para ti. Eso es, ¿no? —escupió las palabras—. La isla ya no es suficiente… ahora que casi eres graduada de Harvard.

—¿No lo entiendes? —dijo ella—. No tiene nada que ver con Harvard…

Él soltó una carcajada airada.

—Déjame ser el primero en darte la noticia, Victoria. Tú eres la que no lo entiende.

CUARTA PARTE

¿NO ESTUVIMOS A PUNTO DE TENERLO TODO? 1987-1990