32
Vix aceptó ir a casa de Maia durante las vacaciones de primavera, a la casa blanca de tablas con piscina y cancha de tenis en Morris Township. Le pareció la familia de Maia cálida y acogedora, intelectualmente estimulante. Pero ¿por qué Maia siempre se quejaba?
—Son controladores —le dijo a Vix—, y la rivalidad entre hermanos es muy intensa.
Ella y Maia manejaron a la costa, hasta la casa del primo de Maia.
Él y sus amigos estaban en la arena, jugando con un frisbi.
Vix no se permitió pensar en otros juegos de frisbi en otras playas.
Andy era estudiante de medicina de segundo año en la Universidad de Pensilvania; era bajo, compacto, con buenos hombros y brazos, cabello rubio y ojos claros.
Era gracioso, parlanchín, opuesto a Bru en todos los sentidos.
—Va a tener un buen carácter —dijo Maia—, ¿no crees?
Sí, pensó Vix, un buen carácter. Cuando él le agarró el brazo y la alejó de los demás para susurrarle: “Me siento locamente atraído por ti”, pudo sentir algo despertando dentro de ella. Maia dijo:
—Un doctor, Victoria. Te podría ir peor.
Luego rio. Si alguien necesitaba un doctor en la familia, esa era Maia.
Había empezado a preocuparse porque cada mancha, bulto o protuberancia significaba cáncer; que si sus padres no encontraban las gafas o las llaves de casa, estaban desarrollando Alzheimer;
que su hermana o hermano se comportarían de manera irresponsable y tendrían sexo con alguien infectado por ese virus nuevo.
Vix nunca había hecho el amor con nadie más que Bru y, al principio, dudaba.
—Oye, ¿crees que para mí sea diferente? —preguntó Andy—. Es nuevo cada vez.
Por primera vez seguía su Poder, no su corazón, y no se sentía tan mal.
Maia
¡Aleluya! Victoria por fin se lanzó al agua. Mejor tarde que nunca. Quizás ahora se dé cuenta de que hay otros peces en el mar. Solo desearía que Victoria dejara de recitar las bondades de Bru y cómo ella lo alejó. Ella y Paisley no paran de recordarle que dejara de culparse. No fue su culpa.
Tú no estuviste ahí, ¿verdad?
¿Quieres que él vuelva? ¿Es eso?
No sé lo que quiero.
¡Bienvenida al club!
Si no hubiera tenido un trabajo asegurado, no habría vuelto a Vineyard ese verano, y Dios sabe que Maia y Paisley hicieron todo lo posible para que cambiara de planes.
—Volver es buscar problemas —dijo Maia.
—Gano lo suficiente en un verano en Vineyard para pagar el año académico —se excusó—. Además, estoy ahorrando para después de graduarme.
—¿Y qué hay de Bru? —preguntó Paisley.
—¿Qué tiene que ver Bru con eso?
—Todo —dijo Maia.
—Él está viendo a otra —les contó por primera vez, notando la sorpresa en sus rostros.
—¿Entonces se acabó? —preguntó Paisley.
—No sé, quizá.
—Me gustaría creer en ti, Victoria —dijo Maia—, y espero que no lo tomes a mal, pero llevo tres años viendo ese tira y afloja entre ustedes, y ya estoy empezando a pensar que te gusta.
—Está preocupada por lo que pasará cuando lo veas otra vez —añadió Paisley.
—No olvides —le recordó Maia— que él desapareció cuando las cosas se pusieron difíciles. Te dejó justo cuando más lo necesitabas.
—No fue así —dijo Vix—. Fue una decisión mutua.
—No nos digas —replicó Maia—. Estuvimos ahí, ¿recuerdas?
—¿Cómo podría olvidarlo? —preguntó Vix—. Sin ustedes dos.
—Entonces escúchanos ahora —dijo Maia— y busca trabajo en otro lado. Hay avisos por todas partes.
Pero Vix no hizo caso.
Abby
Está encantada de que Vix vuelva a Vineyard.
Al principio le preocupaba que, después de la ruptura con Bru, nunca regresara.
Ella y Lamb saben que este podría ser el último verano que la tengan con ellos.
El próximo año se graduará y quién sabe qué pasará.
Solo espera que Vix no vuelva a caer en su romance con Bru solo porque sea lo fácil, porque él esté ahí. Sabe lo difícil que es alejarse.