30
La navidad siguiente, cuando estaba en tercer año, Vix llevó a Bru a Santa Fe.
Fueron en su camioneta, escuchando a Bob Marley, Elvis Costello, James y Carly.
A veces le preocupaba que se comportaran como una pareja mayor, asentada, más cansada que emocionada al estar juntos.
Pero eso cambiaría cuando ella terminara la universidad, ¿no? El mundo real no podía ser tan duro.
Las historias que escuchaba en la universidad sobre cómo se comportaban los chicos la hacían valorar aún más a Bru.
Era tan dulce y cariñoso, siempre pendiente de ella.
A veces deseaba que se hubieran conocido después, para que todo pudiera ser nuevo y fresco otra vez.
Esa sensación. Ese impulso. ¿Cómo hacían las parejas que llevaban años juntas para mantener la chispa?
Cuando llegaron a Santa Fe, él encontró una habitación barata en un motel de mala muerte en la carretera de Cerrillos. Ella se quedaría en la casa. No fue sino hasta llegar que descubrió que su madre se había ido con la Condesa a Cayo Hueso.
—Es por el enfisema —dijo su padre—. Ya no tolera la altura. Necesita ayuda para instalarse.
Su padre lo intentó. Puso el viejo arbolito de mesa decorado con las bolas doradas y plateadas que Tawny guardaba en una sombrerera, en el estante más alto del armario del pasillo.
Asó un pavo, hizo puré de papas y cebollas a la crema, y llevó a casa una tarta de manzana del restaurante.
Lewis no estaba, se había ido por las fiestas con la familia de un amigo y planeaba enlistarse apenas terminara la secundaria.
Pero Ed invitó a Lanie y a su familia desde Albuquerque.
Ya tenía dos bebés y era la primera vez que Vix veía a alguno.
Tenían mocos verdes chorreándoles por la nariz y chupetes clavados en la boca como válvulas.
Era un milagro que pudieran respirar. Vix sostuvo a uno de los niños con fiebre, luego al otro, tratando de encontrar alguna conexión genética.
—Se parecen a él —dijo Lanie—, a Jimmy.
Lanie se veía agotada, demacrada, diez años mayor que Vix. Vix deseó poder sacar las Barbies viejas y jugar en el suelo. Esta vez dejaría que Lanie usara la Casa de los Sueños de Barbie. Jimmy no llegó a cenar, aunque Lanie no lo esperaba. Probablemente estaba en casa de su hermano, fumando, dijo.
Al final del día, cuando Lanie subió a su camioneta con los niños y los juguetes navideños, le pidió dinero a Vix.
—Trabajo como burra limpiando mierda mientras él se la pasa drogándose. Mi vida apesta.
Vix tuvo ganas de decirle que ella también trabajaba duro, que cada centavo contaba, pero carajo, ella estudiaba en Harvard y Lanie vivía de cupones de comida, así que volvió a entrar corriendo a la casa y sacó cincuenta dólares de su cartera.
—Gracias —dijo Lanie, guardando el dinero—. Tu chico está buenísimo. Cásate con él mientras puedas.
Vix se sorprendió.
—No esperaba que recomendaras el matrimonio.
—Sí, bueno, no es que haya planeado terminar así.
—Entonces sal de esto —dijo Vix—. Reconstruye tu vida. Podrías mudarte con papá, volver a estudiar. No puedes rendirte así.
Lanie apretó los labios.
—¿Vienes una vez cada tres años y crees que puedes arreglarlo todo así nomás? No sabes una mierda de nosotros. Tawny se fue para siempre, aunque papá no lo admita. Tiene una amiguita en el trabajo, aunque tampoco lo va a admitir. ¿Tú crees que ella va a aguantarnos a mí y a estos dos?
Los niños dormían, el bebé en un asiento para carro, Amber derrumbada sobre él, respirando pesadamente. ¿Acaso Lanie no sabía que era ilegal manejar con un niño sin protección?
—¿Esos son agujeros de bala? —preguntó Vix, mirando el daño en la puerta de la camioneta.
—Algún imbécil en el parque de casas rodantes que se puso a dispararle a todo —dijo Lanie, encendiendo el motor—. Nada personal.
Vix fue al cementerio con su padre. Era la primera vez que visitaba la tumba de Nathan desde que se había ido a la universidad. Se detuvo en Kaune’s para comprar una flor de Pascua en una maceta de plástico y, cuando llegaron, la colocó frente a la lápida sencilla.
Nathan William Leonard
1970–1982
Que en paz descanse
Luego le pidió a su padre un momento a solas. Él asintió y se alejó. Ella se arrodilló al pie de la tumba.
Ed
Él puede ver sus manos moviéndose. Está hablando con Nathan.
¿Todavía se siente culpable por aquellos veranos lejos?
Espera que no. Debería decirle que Nathan lo entendía.
Nathan siempre la defendía. Iba tras Tawny cada vez que ella hablaba mal de Vix.
¡Cuánto la quería ese niño! Recuerda cuando los llevó a acampar en la casa rodante.
Nathan debía tener seis o siete años. ¡Cómo se reían juntos!
Vix lo empujaba por el sendero en su silla, cuesta arriba; luego, cuesta abajo…
demasiado rápido… demasiado rápido… La sorpresa cuando se cayó.
El miedo en sus ojos. Al final solo fue un codo magullado.
Decidieron no decirle a Tawny. Su secreto. Solo de ellos tres.
¿Qué tanto sabe ella sobre Tawny y él? ¿Le habrá contado Lanie que está saliendo con alguien?
No es que él quiera que sea así. Quiere que Tawny vuelva a casa.
Pero ella dice que se acabó. Que ambos deberían intentar rehacer sus vidas.
¿Qué significa eso…, una vida nueva? ¿Una vida nueva con Frankie?
Frankie está bien. Lo hace reír. Hace tiempo que una mujer no lo hacía reír.
¿Y Vix y su novio? ¿Lo quiere? No lo puede descifrar.
Cuesta creer que ya esté en tercer año en Harvard.
Su hija. Una buena chica, Vix. Quizás ya no una chica.
Una mujer. Sí. Ahora parece una mujer. Puede sentir que las lágrimas comienzan a brotar.
A Tawny le molesta cuando llora. Lo llama débil.
Tal vez lo sea. ¿Y qué? ¿Por qué no puede hablar con ellas…
, con sus hijas? ¿Saben que las quiere? Sobre todo Vix. ¿Lo sabe ella?
De camino a casa, su padre dijo:
—Es un buen muchacho.
Al principio pensó que hablaba de Nathan, hasta que él preguntó:
—¿Eres feliz?
Por un momento consideró bajar la guardia, contarle cuán insegura se sentía sobre la vida, el amor y todo lo demás. Pero lo pensó mejor, considerando lo que Lanie le había contado sobre Tawny y él.
—Así que de ahí vienes tú —dijo Bru la mañana en que se fueron.
—Sí, de ahí vengo —respondió ella.
En cuanto lo dijo, empezó a llorar. Escuchó la voz de Tawny advirtiéndole: Guarda tus lágrimas para algo importante, Victoria.
Pero esto sí era importante, ¿no? Además, no podía detenerse.
Podía estar comiéndose una hamburguesa en cualquier local de carretera y de pronto, sin previo aviso, las lágrimas le inundaban los ojos, un nudo en la garganta le impedía tragar.
O podía estar cepillándose los dientes antes de dormir, en algún motel, y al mirarse en el espejo justo en el momento en que su rostro se contraía, comenzaban a brotar las lágrimas.
Lloraba por Nathan, por Lanie, por su padre y quizás por ella misma.
Ya no conocía a su familia y ellos ciertamente no la conocían a ella.
Al principio, Bru fue comprensivo. La abrazó esa primera noche, hasta que logró dormirse.
Pero la noche siguiente, cuando comenzó a acariciarle el muslo y ella no respondió, se dio vuelta, herido.
No lo entendía. Creía que se trataba de él.
La siguiente vez que empezaron las lágrimas estaban atravesando Virginia en la camioneta.
—Otra vez con esto… —dijo él, saliéndose hacia una parada de descanso.
Frenó de golpe.
—¿Quieres algo?
Ella negó con la cabeza.
Él tardó en volver. Cuando regresó, le dio un jugo de arándano con manzana y una bolsa de pretzels.
—Sea lo que sea, supéralo, Victoria…, solo supéralo, ¿de acuerdo?
Para cuando llegaron a Boston y ella seguía igual, él ya estaba molesto.
—Ya no te conozco.
—Tal vez nunca me conociste.
—Sí, claro…, pero igual, esto ya está… —Se dio vuelta, sin terminar la frase—. Creo que necesitamos un descanso.
Si esperaba que ella discutiera, se equivocaba. Ella asintió con calma y, así, sin conversación, sin preguntas, sin nada, se separaron.
Bru
Él siempre está esperando, siempre temiendo que ella termine con todo.
Vive buscando señales, anticipando lo peor.
Así que se adelanta, lo dice en voz alta antes de que pueda hacerlo ella.
Y ella ni siquiera llora. Nada. Eso lo confirma, ¿no?
Dios…, ella llora durante todo el camino de regreso y luego él le dice que necesita un descanso y ella solo se queda ahí sentada, como si fuera de piedra.
Después de dejarla, tiembla tanto que tiene que orillarse, con miedo de estrellarse contra alguien si no lo hace.
De vuelta en Vineyard, se toma una cerveza con su tío. Le cuenta sus problemas con Victoria. Su tío asiente todo el tiempo. Ya lo creo, dice. Dicen una cosa, quieren decir otra. No hay forma de entenderlas. Sé que duele, pero hay muchos peces en el mar. Y ya verás cómo te van a llover.
Star le coquetea, le sugiere que se junten. Y lo hacen. En el almacén de su tienda, en el suelo, entre cajas de vitamina C masticable y ginseng. Sus pechos son pequeños y desiguales. Ella hace ruidos de animal cuando llega al orgasmo. Hay otros peces en el mar, se repite él.
Házmelo otra vez, dice Star, una hora después. Y se lo hace otra vez.
Pero cuando se queda dormido, solo sueña con Victoria.