23
Después de la muerte de Nathan, nada volvió a ser igual.
Se sentía una extraña dentro de su propia familia más que nunca. Tawny permanecía con el rostro imperturbable en la sala, repitiendo una y otra vez, como un mantra:
—Su sufrimiento ha terminado. Ahora está con el Señor.
Su padre yacía en la cama de Nathan, absorto en sí mismo; la excluía, la dejaba sola con sus sentimientos, sola con su dolor.
—Vuelve conmigo a Vineyard —le propuso Caitlin.
Vix negó con la cabeza.
—Es solo por una semana, hasta el Día del Trabajo. Te haría bien.
Por mucho que deseaba ver a Bru, sentir sus brazos, que la consolara, se sentía culpable por haber hecho el amor mientras Nathan agonizaba.
Se le cruzó por la mente que quizás aquello era un castigo por haber disfrutado del sexo, por haber desafiado a su madre.
Trató de desechar ese pensamiento. ¿Qué clase de dios le arrebataría la vida a Nathan solo porque ella había tenido sexo con alguien a quien amaba?
—No puedo dejar a mi familia —le dijo a Caitlin—. No ahora.
Semanas antes, Vix estaba convencida de que su amistad con Caitlin había terminado.
Qué infantil le parecía ahora. Si una amiga es alguien en quien puedes apoyarte cuando la vida se pone difícil, entonces Caitlin sí era su amiga: viajó con ella de regreso, le sostuvo la mano durante el funeral e incluso se quedó en la casa después,
ayudando a limpiar la cocina cuando todos los que habían ido a presentar sus respetos se marcharon.
Comenzó a escribir una carta para Bru, pero no logró que las palabras fluyeran. Así que le pidió a Caitlin que le diera el mensaje por ella.
—Cuéntale lo de Nathan y explícale…
—¿Por qué no pudiste volver? —dijo Caitlin.
—Sí…, y también…
—¿Que lo extrañas?
Vix asintió.
—¿Y el amor? ¿Quieres que le diga que lo amas?
No, pensó, negando con la cabeza. Eso era demasiado íntimo. Eso tendría que esperar hasta que estuvieran juntos de nuevo.
Vix ayudó a su padre a deshacerse de la ropa de Nathan, de sus juguetes, del aparato para bañarlo, de su silla de ruedas.
Cuando dijo que quería quedarse con los libros de Nathan —Huevos verdes con jamón, Stuart Little, los cuentos de John D. Fitzgerald—, su padre se echó a llorar desconsoladamente.
Fue la única vez que Vix lo había visto llorar.
Trató de consolarlo, pero él salió corriendo, incapaz de compartir sus emociones.
Si Lewis o Lanie estaban tristes por la muerte de Nathan, no lo demostraron. Siguieron con sus vidas como si nada hubiese ocurrido. A veces, Vix pensaba que se sentían aliviados. ¿Qué clase de familia eran?, se preguntaba. ¿Qué clase de familia no es capaz de consolarse entre sí?
Cuando Caitlin volvió de Vineyard, le entregó una tarjeta de pésame de parte de Bru, rígida, formal, con algún mensaje trillado que comenzaba con: En estos momentos difíciles…
Estaba firmada: Lo siento. Bru. Ella respondió con una tarjeta igual de formal, agradeciendo su expresión de condolencias y la firmó: Victoria.
En Navidad, él le envió una postal con una escena nevada de Vineyard. Espero verte el próximo verano. Bru. Ella le respondió con una postal de Santa Fe. Yo también espero verte. Victoria.
La Condesa le pidió a Tawny que la acompañara en un viaje por Europa.
Tawny aceptó y se quedó fuera casi tres meses.
Cuando regresó, tenía muy poco interés en cualquier cosa o persona.
Lanie estaba completamente fuera de control y Lewis se mostraba hosco en casa —cuando estaba en casa, que no era muy seguido.
Caitlin decidió que los hombres eran demasiado problemáticos.
—Voy a postularme a la Universidad Wellesley —le dijo a Vix en la escuela—. Creo que me irá mejor sin hombres rondando para distraerme. Además, estoy pensando en hacerme lesbiana… como una declaración. ¿Te interesa?
—Esto es una broma, ¿verdad?
—Es lo que tú quieras que sea.
Vix se rio con incomodidad.
—¿Eso significa que no?
—Vamos, Caitlin.
—¿Dónde quedó tu sentido de la aventura, tu curiosidad?
—¡Obviamente en un sitio distinto de donde está el tuyo!
Caitlin suspiró.
—Además —dijo Vix—, si de verdad eres lesbiana, vas a estar más distraída en Wellesley que en una universidad mixta.
—Buen punto —respondió Caitlin.
Aun así, no envió solicitudes a ninguna otra universidad y, a pesar de sus hábitos de estudio, la aceptaron.
Abby convenció a Vix de postularse a Harvard.
—Es el alma máter de Lamb. Él puede escribirte una carta de recomendación.
¿Harvard? Nunca lo había considerado, solo pensaba en la Universidad de Nuevo México.
Pero Harvard estaba en Cambridge, lo suficientemente cerca de Vineyard como para ir y venir, si no todos los días, al menos una vez por semana.
Y Abby y Lamb vivían allí. Tendría familia.
Tal vez no eran las mejores razones para escoger una universidad, pero ¿a quién le importaba?
Ni siquiera creía tener una posibilidad real de entrar; no obstante, llenó la solicitud de todos modos.
Cuando llegó a la sección de talentos especiales, lo único que se le ocurrió fue: Victoria sabe escuchar.
Su profesora de inglés de séptimo grado había escrito eso en su boleta final.
¿Había alguna forma de traducir “saber escuchar” como un talento?
Y si la había, ¿cómo lo describiría? Caitlin Somers me eligió como su amiga de verano porque soy lista, pero callada.
Sabía que no haría un millón de preguntas ni me interpondría en su camino.
Recordó el día en que ella y Caitlin fueron a ver Momento de decisión, sobre dos mejores amigas bailarinas que eligen caminos distintos: una renunciaba a su carrera para casarse y tener hijos; la otra renunciaba a todo por seguir bailando.
—No puedo imaginarme desperdiciando tanto talento —dijo Caitlin, identificándose con el personaje de Anne Bancroft.
—¿Y si no se tiene ese tipo de talento? —preguntó Vix.
—¿Estás diciendo que yo no lo tengo?
—Solo digo que no todo el mundo tiene ese tipo de talento.
—Pero nosotras sí.
—¿De verdad?
—Sí —dijo Caitlin—. Yo puedo hacer malabares y tú puedes… armar rompecabezas.
—¡Eso nos va a llevar lejos!
Estallaron en risas y se revolcaron por el suelo hasta que les dolieron los costados.
Omitió la pregunta sobre talentos y centró todos sus esfuerzos en el ensayo obligatorio, eligiendo como tema La persona más influyente en mi vida.
En lugar de escribir sobre un padre, una maestra o una superestrella —como harían otros estudiantes de último año—, Vix escribió sobre Caitlin.
Comparó su amistad con un tapiz finamente tejido.
Llevaban años tirando de los hilos, uno aquí, otro allá.
Hasta ahora, el tapiz todavía podía remendarse, y cada vez que lo hacían se volvía más fuerte.
Pero ¿qué pasaría si tiraban del hilo equivocado?
¿Se desharía toda la pieza? ¿Habrían vuelto a encontrarse ella y Caitlin esta vez si no hubiera sido por Nathan?
Tuvo una entrevista local con un exalumno de Harvard, Matt Sonnenblick. Hablaron de energía, karma, estilos de vida alternativos, metas. Él sacó su anuario y le mostró a Vix su foto de graduación.
—Me gradué a los veinte y ya había triunfado antes de los cuarenta. Lo tuve todo, tal vez demasiado pronto. Por eso me vine aquí, para pensar, para reflexionar.
Pero esta vez Vix no lo escuchaba, porque justo encima de su foto estaba Lambert Mayhew Somers III.
Había jugado fútbol y pertenecido al Hasty Pudding Club, lo que le hizo pensar a Vix en pudín instantáneo de tapioca.
¿Qué decía realmente su foto de graduación?
Nada, excepto que era guapo. No contaba cómo sus padres habían muerto cuando él era un bebé ni que lo había criado su abuela, ni que una vez había amado a Trisha pero se había casado con Phoebe y, luego, con Abby.
Para cuando su madre regresó de Europa, Vix ya había enviado su solicitud.
—No me gusta cómo están tomando el control de tu vida —dijo Tawny—. Primero la escuela Mountain Day y ahora Harvard. Te están convirtiendo en su obra de caridad personal.
—No están tomando el control de mi vida. Están interesados en mi futuro, ¡más de lo que puedo decir de ti!
Tawny echó el brazo hacia atrás y la abofeteó.
Vix se quedó atónita.
—No olvides de dónde vienes, Victoria, a dónde perteneces. ¿Crees que puedes ser uno de ellos solo por ir a sus escuelas elegantes? Perfecto. Ve. A ver si encajas. A ver si te aceptan. Los ricos son distintos. Créeme, sé de lo que hablo. Gente que nunca ha tenido que preocuparse por el dinero.
—Bueno, yo nunca voy a ser así —la interrumpió Vix antes de que terminara—. Yo sí sé lo que es preocuparse por el dinero.
Se alejó, con la mano en la mejilla. Una cosa sabía con certeza: no iba a terminar como su madre, decepcionada y enfadada con el mundo.
Tawny
Se parecía cada vez más a Darlene. Amargada y dura. ¡Abofetear así a Victoria! ¿Estaba perdiendo el control otra vez? La Condesa había reconocido las señales. Se la había llevado antes de que hiciera algo contra sí misma o contra uno de los niños.
Ed le había dado su bendición. Solo recupérate allá, le había dicho. Solo supera… lo que pasó. Siempre supimos que no lo tendríamos por mucho tiempo. Da gracias de que no sufrió al final.
¿Ed era Dios? ¿Acaso no había estado justo allí, en la habitación del hospital? ¿A eso llamaba no sufrir? Los otros niños te necesitan, Tawny, le había dicho.
No, no la necesitaban. Nunca la habían necesitado. Lo tenían a él. Él era en quien confiaban. Ni siquiera notarían que se había ido.
Yo te necesito, le había dicho.
También lo dudaba.
A veces sentía que su madre intentaba apoderarse de su mente. Tenía que luchar contra ella todos los días. ¡Déjame en paz, Darlene!, quería gritar. Pero ella no era de las que gritaban.
Debería disculparse con Victoria. No había querido abofetearla. Pero si la dejaban tomar ese rumbo… ¿cuál era el punto? Victoria se había convertido en la misma chica inquieta que ella misma había sido, contando las horas hasta poder escapar. Más valía darla por perdida de una vez.
Al día siguiente Tawny se acercó a Vix.
—Ya que estás en eso, bien podrías casarte con alguien de esa clase. Así podrás cuidar de tu padre y de mí cuando seamos viejos.
Vix trataba de encontrar alguna respuesta ingeniosa, algo que quizá le valiera otra bofetada, cuando Tawny preguntó:
—¿Y el hermano?