20
Estaba soñando con su propio funeral. Tawny se asomó al ataúd y le gritó: ¡Drogas, Victoria! Después de que prometiste…
¡Un solo porro!, replicó Vix, sentándose erguida dentro del ataúd. Un porro entre cuatro personas.
Tawny no aceptaba su excusa barata. Ya ves, ahora entiendes por qué te hicimos prometerlo. ¡Pero rompiste tu promesa, verdad? Drogas y sexo y… ni siquiera quiero pensar en qué más. Debería haberte mandado a un colegio parroquial.
Pero estoy muerta, madre. ¿De qué sirve que estés enojada?
¡Pues actúa como muerta! Tawny la empujó de nuevo hacia abajo y bajó la tapa del ataúd.
La escena cambió. Vix estaba en el océano y estaba oscuro.
Muy oscuro. Ella seguía hundiéndose. No tenía sentido luchar.
Más le valía rendirse. De repente alguien la agarró por detrás.
Se revolvió, pateó, gritó. A continuación, la estaban llevando, más bien arrastrando, por la playa.
Había otra persona también. Podía oírlos susurrar mientras tiraban su cuerpo en la parte trasera de una camioneta.
Pero no era realmente una camioneta, era un coche fúnebre.
Pensaban que estaba muerta. Gritó y golpeó el cristal que la separaba de ellos. Pero fue inútil. No podían oírla.
Se despertó y se incorporó de golpe, jadeando, empapada en sudor.
Un sentimiento terrible la invadió, una sensación de fatalidad inminente.
Al amanecer ya estaba vestida y metiendo su ropa en el bolso azul de lona que había comprado con su propio dinero para reemplazar la vieja maleta de Tawny.
Tenía que escapar. Ahora, antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando la luz del día iluminó la habitación, Caitlin se despertó. Vix se quedó absolutamente quieta, deseando que ella siguiera dormida. Pero Caitlin abrió los ojos, vio que la cama de Vix estaba perfectamente hecha, miró a su alrededor y luego se fijó en Vix y en su bolso.
—No hagas esto, Vix. No arruines todo.
Vix tuvo ganas de gritarle: ¡Yo no fui la que lo arruinó! Aunque no recordaba todo de la noche anterior, sí recordaba lo suficiente. Podía haber sido otro desastre en Vineyard. Podía haber sido la próxima Mary Jo.
—Sí, nos drogamos un poco —dijo Caitlin—. Gran cosa. No pasó nada.
Se recogió el cabello con una mano y se apartó unos mechones de la cara. Cuando Vix no respondió, Caitlin se sentó y la señaló con un dedo.
—¿De dónde te crees que sacas tanta santurronería? ¡No es como si hubieras estado jugando a las muñecas con Von!
Las piernas de Vix empezaron a temblar.
—Mírate… —dijo Caitlin—. Tienes tanto miedo a esa parte de ti que huyes.
De repente, todo quedó claro para Vix.
—Lo planeaste, ¿verdad?
—No seas ridícula. Se suponía que iba a ser el mejor cumpleaños que hayas tenido. Quizás se salió un poco de control. Lo siento. ¿Eso es lo que quieres que diga?
—¿Bru estuvo metido en eso? Solo dime: ¿él fue parte de tu plan o solo fueron Von y tú?
—Estás paranoica si piensas eso —dijo Caitlin—. Nadie planeó nada. Simplemente pasó.
Se volvió a acostar con la manta hasta la barbilla. La cabeza de Vix latía con fuerza. Si no se iba… Si no salía de aquí… Abrochó el bolso, esperando que Caitlin saltara de la cama y le rogara que se quedara, recordándole que su amistad era lo más importante, más que cualquier cosa o persona.
—¿Sabes una cosa? —dijo Caitlin con un susurro de disgusto—. Eres un iceberg emocional, aterrada de tus propios sentimientos.
Guarda tus sentimientos para ti, Victoria. Nunca le muestres a nadie tu decepción.
Se echó el bolso al hombro.
—¡Y tú eres un desastre esperando a suceder! —le dijo a Caitlin.
—Está bien, vete —dijo Caitlin mientras se despedía con la mano—. Ten una vida mediocre llena de gente mediocre. Olvida NSO… Olvida nuestro pacto, porque hacia allá te diriges: directo a una vida ordinaria y aburrida.
—¡Sigue siendo mejor que adonde tú vas!
Vix deseaba dar un portazo. En cambio, cerró la puerta con cuidado, bajó las escaleras de puntillas, dejó una nota para Abby y Lamb en la mesa de la cocina y se fue. Solo entonces se le escapó un sollozo profundo. Pero también se lo tragó.
Había caminado hasta casi llegar a la carretera principal cuando escuchó que una camioneta se acercaba desde atrás. Cambió el bolso al otro hombro. Pero no se dio la vuelta, ni siquiera cuando la camioneta desaceleró.
Gus
¿De qué diablos estaban hablando al amanecer?
Había intentado ponerse la almohada sobre la cabeza, pero así no podía respirar.
Maldita sea. Había llegado tarde, después de las dos de la madrugada.
No es que se estuviera quejando. Uno no se queja cuando una mujer atractiva te pasa un papelito con el número de su habitación mientras recoges los restos de su pez espada a la parrilla, aunque lleve un anillo de casada.
Tendrían que usar el baño, susurró ella cuando él tocó la puerta, por si su amiga volvía mientras lo hacían.
De acuerdo, claro, el baño. ¿A él qué le importaba?
Ella había acolchado la bañera con una manta y toallas.
Si por casualidad su amiga regresaba temprano, diría que se estaba dando un baño.
Un baño, sí. Lo que ella quisiera. Llevaba puesta una parte de arriba de pijama de seda, sin nada debajo. Nada. Solo recordarlo lo ponía duro.
Se quitó los jeans, se metió en la bañera, se tumbó de espaldas.
Ella se montó encima de él, se iba guiando sola con sus palabras.
Eso es, oh sí, sigue… Oh…, eres tan fuerte.
Le mordió el hombro, le tiró del cabello, le tapó la boca con una mano para que no gritara cuando acabó.
Gracias, muy rico, dijo ella, echándolo apenas terminaron.
Ahora puede oír la puerta del otro lado del pasillo abriéndose y, luego, cerrándose.
Escucha. Pastillita. Está seguro. Reconoce sus pasos.
Se pone los jeans, baja a escondidas las escaleras, se mete en la camioneta y la sigue por el camino.
Ella carga con su maldito bolso de tela al hombro como si fuera una recluta de la marina. ¿A dónde demonios cree que va?