Amigas de Verano / Summer Sisters 15
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Toda su vida había soñado con tener diecisiete años, como la reina del baile.

Y ahora los tenía, o muy pronto los cumpliría.

El cuatro de julio, ella y Caitlin cantaban a todo pulmón con Debbie Harry mientras recorrían la isla en la vieja camioneta roja de Caitlin.

Para cuando llegaron a Menemsha ya eran pasadas las cinco.

Pensaban ver el atardecer allí y regresar a casa.

Pero en cuanto pisaron la playa, vieron a Bru y Von lanzándose un frisbi.

Caitlin le dio su bolso de lona a Vix, se quitó las sandalias Teva de un puntapié y le dedicó una sonrisa pícara antes de salir corriendo por la arena, dar un salto y atrapar el frisbi en pleno vuelo.

Vix se quedó atrás, observando, como si estuviera otra vez en sexto grado, estudiando a Caitlin para descubrir el secreto del éxito.

Caitlin deslumbraba a los diecisiete. Su cabello caía en cascada por la espalda, su piel era tersa y perfecta, y la expresión de su rostro desafiaba a cualquiera que intentara meterse con ella.

Ese año había alcanzado su estatura definitiva, dejando a Vix tres pulgadas atrás.

Tenía piernas larguísimas, como una Barbie, pero sin el pecho ridículo.

Caitlin veía eso como un defecto, una jugarreta de la naturaleza.

Las chicas del colegio le animaban a mandar una foto a las revistas Elle, Cosmo o, incluso, Seventeen.

Los chicos babeaban por ella. Hasta los profesores la encontraban irresistible…

aunque irritante. Era muy lista. ¿Por qué no se esforzaba más?

Podía ser lo que quisiera, hacer lo que quisiera, con solo ponerle un poco de ganas.

Pero la mitad del tiempo no entregaba los trabajos y se negaba a estudiar para los exámenes.

—La escuela no tiene nada que ver con la vida —decía.

Había ido a esquiar con Phoebe en las vacaciones de primavera, a los Alpes italianos, y volvió con una gran noticia para Vix.

—Merezco una felicitación —anunció—. Ya no soy virgen.

Así que Caitlin había sido la primera, tal como lo había predicho. Bueno, Vix no se sorprendió. Ni siquiera se sintió decepcionada.

—¿Quién? —preguntó—. ¿Dónde?

—Un instructor de esquí —dijo Caitlin—. Italiano. Muy carnal. Ya conoces ese tipo.

Vix no tenía idea.

—Nos conocimos en el teleférico. Ya me tenía encima para cuando llegamos al pico de la montaña. Apenas si pudimos bajar esquiando de lo desesperados que estábamos.

Vix sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Y? —preguntó, sin estar del todo segura de cuánto quería saber.

—Simplemente pasó.

—Eso no puede simplemente pasar.

—Bueno, primero tuvimos que quitarnos la ropa de esquiar, si a eso te refieres.

No, no se refería a eso.

—¿Te dolió? ¿Sentiste el Poder? ¿Fue emocionante?

Caitlin rio.

—¿Emocionante? Sí, supongo…, durante dos minutos. Eso fue lo que tardó en acabar.

Vix también rio.

—¿Usó protección? —preguntó.

—Por supuesto. ¡No estoy completamente loca!

—¿Lo amas?

—¿Amarlo? Apenas lo conozco. Probablemente nunca lo vuelva a ver. Fue más que todo… curiosidad. Pero al menos ya sé cómo es.

Vix no tenía ninguna intención de hacerlo solo por salir del paso. Caitlin la llamaba romántica imposible y juraba que el sexo y el amor no solo podían separarse, sino que debían separarse.

—Lo que mete en líos a las mujeres es la forma en que confunden las dos cosas —decía—. Los hombres siempre han entendido la diferencia. Eso es algo que aprendí de Phoebe.

Y así, mientras Vix observaba a Caitlin pasándola en grande con los chicos en la playa, asumió que ese verano no habría contención.

Cuando Caitlin gritó: Vix, ¡atrápalo!, y el frisbi voló por encima, Vix estiró el brazo y lo atrapó; luego, corrió en zigzag por la arena, tratando de esquivar a Bru, que iba directo hacia ella.

Logró deshacerse del frisbi justo antes de caer al suelo.

Oyó a Caitlin gritar y, de pronto, estaba boca abajo, con las muñecas inmovilizadas y Bru montado sobre ella.

—Prométeme que te portarás bien y te dejo levantar —le dijo.

—No pienso prometer nada —contestó, escupiendo arena.

—Entonces no puedes levantarte.

—Está bien.

Ojalá se hubiera dejado puesta la camiseta sobre el bikini, porque eventualmente tendría que ponerse de pie, y cuando lo hiciera, él tendría una muy buena vista. Nunca debió haber comprado ese estúpido traje con tiras finas en lugar de tirantes.

En cuanto él la soltó, Vix corrió hasta su bolso de playa y lo revolvió, pero no encontró la camiseta. En su lugar, sacó una toalla y rápidamente se la echó sobre los hombros, justo a tiempo, porque él ya estaba de vuelta, dejándose caer a su lado en la arena tibia y ofreciéndole una cerveza.

Todavía no le gustaba el sabor de la cerveza.

No entendía por qué los chicaguenses se pasaban la vida debatiendo sobre sus virtudes, si era mejor el Ale o la Lager, en botella o de barril.

Pero tenía sed, así que la aceptó e intentó beber de la lata.

La cerveza le hizo toser y, al hacerlo, se le chorreó por la barbilla y le cayó en el pecho, recordándole aquella noche, dos veranos atrás, cuando la pelirroja le lanzó cerveza en la cara a Bru.

—Entonces, ¿qué hay detrás de esa máscara, Cuadradito? —le preguntó Bru, tirando de la toalla que tenía sobre los hombros. Ya no eran el equipo Problema al Cuadrado. A partir de ese día se habían convertido en individuos. Ella era Cuadradito y Caitlin era Problema.

—¿Máscara? —preguntó Vix.

—Sí, esa máscara que siempre llevas puesta.

—Tú eres el que lleva máscara —dijo, quitándole sus gafas de sol espejadas. Enseguida se arrepintió, porque ahora él la miraba directo a los ojos, haciéndola retorcerse. Rompió el hechizo mirando hacia otro lado.

—En cuanto a Problema… —dijo él, recostándose sobre los codos mientras observaba a Caitlin y Von revolcarse como cachorros—, ella la lleva como una insignia. Pero tú no necesitas anunciar nada, ¿cierto?

La parte de su cerebro que todavía podía pensar, que aún funcionaba, quedó impresionada por la observación.

Él alzó la mano para agarrar un mechón de su cabello que tenía en medio de la cara, lo acomodó detrás de su oreja, dejando que sus dedos se deslizaran por su cuello, bajaran por su hombro y recorrieran su brazo, haciendo que los pechos le dolieran y que el Poder vibrara.

Cuando llegó a su mano, la giró. Si la besaba como lo había hecho la Condesa, se desmayaría.

Caería redonda. Le diría que fue por el sol, que siempre se desmayaba por el calor.

Pero no pasó: solo le trazó una línea en la palma con el dedo.

Apenas podía respirar. Así se sentía esto. Así era.

Él la soltó de pronto, carraspeó y bebió un buen trago de cerveza.

—¿Cuántos años tienes ahora? —preguntó.

—Diecisiete —susurró ella—. Cumplo este mes.

—Diecisiete —repitió él.

—Y me llamo Victoria.

No podía creer que acabara de decir eso. Nunca se había llamado así a sí misma.

—Victoria —repitió él.

—¿Y tú cuántos años tienes? —preguntó ella.

Eso le causó gracia.

—¿Cuántos crees?

—No sé…, quizás veinte…

—Veintiuno en septiembre.

—¿Ya los cumpliste o los vas a cumplir?

Él la miró y negó con la cabeza.

—¿Te preocupa si soy legal?

No, eso no era lo que la preocupaba. Volvió a meter la mano en su bolso, decidida a encontrar su camiseta. Esta vez sí la encontró.

—¿Tienes frío? —preguntó él, al verla empezar a ponérsela.

—No.

—Entonces no te la pongas.

Y no lo hizo.

Su mano volvió a posarse sobre su hombro. Vix trató de tragar, como si al hacerlo pudiera tragarse también los pensamientos. Su piel ardía. Solo oía los latidos de su corazón y a Pat Benatar advirtiéndole: Heartbreaker… love taker…

Finalmente, él dijo:

—No tienes miedo de mí, ¿verdad, Victoria?

—¿Miedo? —repitió ella, demasiado fuerte, como si fuera un loro que solo puede repetir lo que oye.

Se encogió de hombros, deseando poder decir: No, no te tengo miedo. Me dan miedo estos sentimientos.

—No tengas miedo —dijo, y le regaló esa sonrisa lenta, la misma que le había dado la primera vez, en el minigolf, la noche en que cumplió trece.

Más tarde, durante el famoso atardecer de Menemsha, Bru se recostó contra una roca con las piernas extendidas.

Ella se acomodó en el espacio entre sus piernas, recostando la espalda en su pecho, con sus brazos rodeándola, aunque para entonces ya llevaba puesto una sudadera y en realidad no tenía frío.

No había fuegos pirotécnicos oficiales en esa parte de la isla, pero alguien en un yate se encargó de montar un espectáculo impresionante e iluminó el cielo durante quince minutos.

Cuando acabó, Bru la acompañó de vuelta a la camioneta de Caitlin, le acarició la mejilla con el dorso de la mano y se despidió con un beso, un beso cálido pero breve, como si no quisiera empezar algo.

Ella se sintió mareada, débil, con el traje de baño húmedo en la entrepierna. No quería que terminara ahí.

—No tienes miedo de mí, ¿verdad? —dijo con voz ronca, una voz que no reconocía como suya.

—Sí, sí que tengo —respondió él.

Y por la forma en que lo dijo, Vix estuvo casi segura de que era cierto.