13
VERANO, 1980
A veces Caitlin actuaba como si no entendiera nada. Cuando Vix sacó el tema de buscar trabajo, Caitlin no daba crédito.
—¿Un trabajo? Pero, ¿por qué? ¿Estás aburrida? —preguntó.
—No, no estoy aburrida.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Necesito el dinero.
—Ah, el dinero.
A Caitlin le costaba recordar que no todo el mundo tenía un presupuesto ilimitado. No es que fuera una despilfarradora; como Lamb, minimizaba lo del dinero. No tenía idea de que la beca había provocado un alboroto en casa de Vix.
—El mundo ha cambiado desde que éramos jóvenes —le había dicho Ed a Tawny—. Esto le dará a Vix una…
Se guardó la última palabra.
—¿Una qué? —preguntó Tawny.
—Una ventaja —repitió su padre, esta vez para que Tawny la escuchara.
—Una ventaja para derrumbarse —se burló Tawny.
—Ella merece la oportunidad —insistió Ed—. Después de eso, es… —murmuró lo que quedaba, pero Vix, escuchando atentamente, estaba segura de que dijo: “Después de eso, es cosa suya”.
¡Sí!, pensó. ¡Será cosa suya!
Empezaba a ver a su padre como su campeón dentro de la familia. Solo deseaba que fuera más expresivo, más abierto en su amor, si es que de eso se trataba.
Otra cosa que Caitlin no entendía era que la amistad llevaba ciertas obligaciones. De lo contrario, nunca habría dicho:
—Aunque somos amigas de verano y siempre lo seremos, tengo otra vida en Mountain Day, una vida aparte de las dos.
Vix sintió que se estrellaba contra una pared de concreto. Le dolía la cabeza con los títulos de todos los artículos de autoayuda insípidos que había leído: “¡Cuando tu mejor amiga te traiciona!”, “¿Eres víctima de tus circunstancias?”, “Cómo manejar tu dolor”.
—Te estoy haciendo un verdadero favor —dijo Caitlin—. Lo entiendes, ¿verdad?
¿Entender? Se obligó a no llorar, a no permitir que Caitlin viera su dolor o decepción. Si Caitlin tenía miedo de que se aferrara a ella en la escuela, no tenía por qué preocuparse.
—Yo también tengo otra vida —dijo, sonando como si no le importara en absoluto.
—Lo sé —respondió Caitlin—. Y no me ofende…, de verdad.
Después de eso, Vix tuvo que recordarse que Caitlin podría haber invitado a cualquiera de sus amigas de Mountain Day para pasar el verano, pero no lo hizo, ¿verdad?
A veces, en la escuela, el comportamiento de Caitlin molestaba a Vix.
Actuaba como si fuera otra persona, alguien que Vix ni siquiera conocía.
Entonces Caitlin la miraba como diciendo: Tú y yo sabemos que esto es solo un juego, pero los demás creen que es de verdad, así que no me delates… , ¿de acuerdo?
Después de un mes en Mountain Day, Vix se enfermó. Era una infección de riñón. Le dolía al orinar. Tenía fiebre alta y dolor en la espalda. Necesitaba antibióticos. Se sentía fatal, peor que nunca en su vida.
Su madre culpó a la nueva escuela. Solo porque es una escuela cara no significa que no necesites papel en el asiento del inodoro para protegerte.
Le aseguró a su madre que había tenido cuidado y el médico juró que no era algo que hubiera contraído por el asiento del inodoro. Pero Tawny no le creyó.
—Gracias a Dios que el trabajo de tu padre tiene seguro médico —dijo Tawny—. ¿Sabes cuánto cuestan estos antibióticos?
No quiso saberlo.
La Condesa envió flores con una tarjeta que decía: “Querida niña, ¡mejórate pronto!” y estaba firmada con los nombres de sus cinco perros.
Nathan le ofreció a Orlando. Orlando tenía poderes mágicos. La haría mejorar. Pero si no lo hacía y ella moría, se enfadaría mucho.
—¿Sabes lo que significa estar enfadado? —le preguntó.
—Sí —respondió ella—, lo sé.
Su primera probada de libertad había cambiado a Nathan.
—Ya no seré más el niño bueno —anunció—. Que yo esté en una silla no significa que puedas mandarme.
Sus bromas sobre la silla de ruedas sacaban a Tawny de quicio.
—Nunca debimos dejar que fueras al campamento —dijo ella.
—Demasiado tarde. Ya fui.
Él exigía más libertad, privacidad, respeto. Incluso le gritó a Vix una noche cuando ella entró al baño sin tocar la puerta.
—¡Fuera… ahora mismo! Solo chicos.
—Está bien, perdón…
Ella estaba contenta de que él luchara por su independencia, pero eso no hacía que vivir juntos fuera más fácil.
En sus sueños febriles, Bru la visitaba todos los días, besándola con tanta pasión que le incendiaba el cuerpo.
En esos sueños no decía ni una palabra, lo cual era mejor, porque la única vez que lo había visto en todo el verano, justo cuando salía del baño portátil en la feria agrícola y él esperaba su turno para entrar, la miró fijamente y dijo:
—Cuando tienes que ir, tienes que ir.
Ella se había sentido mortificada con la idea de que él supiera que acababa de usar el baño y no había podido responder.
Más tarde, él se acercó por detrás mientras ella hacía fila para el Tilt-A-Whirl. Le tocó el hombro y, cuando ella se volteó, le dio un oso panda gigante.
—Cuídalo bien por mí…, ¿okey?
Y luego se fue.
Caitlin no podía creerlo.
—¡Eres la persona más afortunada del mundo entero!
Ella dormía todas las noches abrazando al oso, con una pata peluda entre sus piernas, despertando su Poder.
Desde que se había enfermado, Caitlin iba a verla todos los días. Colocó una muñeca kachina en la repisa que estaba sobre la cama de Vix.
—Si tu medicina no aleja a los malos espíritus, esto lo hará.
Luego se sentó junto a la cama, tomando su mano.
—¿Sabes lo que te dije antes de que empezara la escuela… sobre tener otra vida en la escuela?
Vix asintió.
—Bueno, nunca quise…, es decir, no quería… lastimarte ni nada. Nunca te haría daño. Nunca. Comparadas contigo, mis amigas del colegio no significan nada para mí. Son menos que nada.
—Tú no eres la razón por la que me enfermé, si eso piensas.
—¿Quién dijo que pienso eso?
—Estás actuando como si tuvieras la culpa.
—¡No la tengo!
—Está bien…, está bien. —Vix se dio vuelta en la cama.
—Realmente lo haces difícil —dijo Caitlin—, ¿sabes?
—¿Qué hago difícil?
—No importa. Olvídalo. Volveré mañana. O tal vez no.
Si Vix no se hubiera enfermado, si Caitlin no se hubiera sentido culpable, ¿estarían ahora sentadas juntas en el viejo columpio de hierro, discutiendo sobre trabajos de verano?
¿Habría sobrevivido su amistad? Tawny decía: Puedes llenar toda una vida con “y si…”
o puedes seguir adelante. En nuestra familia, seguimos adelante.
—Entonces… ¿qué tipo de trabajo tenías en mente? —preguntó Caitlin.
—Solo hay una cosa que podemos hacer hasta que seamos mayores.
—Por favor…, dime que no es lo que estoy pensando.
Vix se encogió de hombros.
—Ni siquiera me gustan los niños pequeños —se quejó Caitlin—. Son tan… exigentes.
—Hazme un favor. Guárdate eso si decides venir conmigo.
Caitlin decidió acompañarla. Fueron contratadas de inmediato por la primera persona que las entrevistó, una mujer llamada Kitty Sagus, cuyo nieto se quedaría por un mes. En cuanto escuchó que Caitlin era hija de Lamb Somers, quedó convencida.
En su primer día de trabajo descubrieron que la hija de Kitty y su esposo eran estrellas de televisión. A él lo reconocieron al instante. Era Tim Castellano. Y aunque ella estaba embarazada y se ocultaba tras unas enormes gafas de sol, era evidente que era Loren D’Aubergine.
Vix sabía que debía mostrarse indiferente, como si no le resultaran familiares, porque, después de todo, estaban en Vineyard y muchas celebridades iban para alejarse de todo.
De inmediato, Las Estrellas anunciaron que Max aún no sabía ir al baño.
—¿Quieres decir que todavía usa pañales… a los tres años? —preguntó Caitlin con tono de incredulidad.
Max la miró con sus enormes ojitos de bebé.
—Me gustan los pañales.
Se notaba que Tim y Loren estaban incómodos. Loren se sonrojó y dijo:
—Si logran que empiece a usar el orinal, hay una recompensa para ustedes.
—¿Una recompensa? —preguntó Vix.
—Sí, un buen premio en efectivo —explicó Tim.
—Siempre que no lo amenacen ni lo hagan sentir culpable —agregó Loren—. No queremos que el entrenamiento para usar el baño sea traumático de ninguna manera. Es muy importante que sea su decisión.
—Yo recibo chocolates M&M si voy al baño —dijo Max, chocando su camión volquete contra su excavadora—. Tres por hacer pipí, cinco por hacer popó. Los amarillos y los rojos son mis favoritos.
Una mañana, durante su segunda semana de trabajo, Tim los acompañó a la playa.
Al principio, Vix pensó que venía a vigilarlos, aunque eso no le molestaba.
La idea de que la vieran con Tim Castellano era bastante emocionante, aunque él usaba una gorra de béisbol y gafas oscuras para que nadie lo reconociera.
Y quizá sí parecía un tipo cualquiera con su familia en la playa, pues nadie los miraba ni prestaba atención.
Vix trataba de armarse de valor para pedirle un autógrafo y llevárselo a Tawny, que nunca se perdía su programa. Pero cuando vio cómo miraba a Caitlin mientras se untaba protector solar, cambió de idea.
—¿Quieres que ayude con la espalda, Chispa? —preguntó él.
Ese era su apodo especial para Caitlin. A Vix no le decía nada.
—Oh, gracias —dijo Caitlin, bajándose las tiras de su bikini rojo.
Estaba creciendo a un ritmo alarmante, ya era más alta que Vix, quien había alcanzado su estatura definitiva de un cinco pies y cinco pulgadas un año antes, y aunque comía el doble que Vix, no ganaba ni un gramo.
Sus pechos seguían siendo diminutos. Pero a Vix no le gustaba la forma en que Tim la miraba.
Algo pasaba, algo que la incomodaba. Tampoco le gustó cuando preguntó cuántos años tenían.
—Quince —respondió Vix, fuerte y claro, aunque la pregunta no iba dirigida a ella—. ¿Cuántos tienes tú?
—Treinta y cinco —dijo él, riendo—. Suficiente para ser tu padre.
Pero no se comportaba como un padre. Especialmente cuando, justo antes de que se prepararan para recoger todo e ir a almorzar, sugirió que él y Caitlin se dieran un chapuzón.
—Claro —dijo Caitlin.
—¿Vas a cuidar a Max, verdad? —le preguntó Tim a Vix.
—Ese es mi trabajo —respondió ella.
—Ya vuelvo —dijo Caitlin.