11
Vix se preguntaba si Abby alguna vez habría adivinado que fantaseaba con ser su hija, que soñaba con ser hermosa y rica y vivir en la gran casa de Cambridge, aunque solo la había visto en fotos.
Apenas unas semanas atrás, la noche del décimo cuarto cumpleaños de Vix, cuando ella y Caitlin se habían arreglado para cenar en The Black Dog, Abby había dicho:
—Están tan lindas las dos. Me recuerdan cuánto he deseado tener una hija.
—No te hagas ilusiones —respondió Caitlin—. Ya tenemos madres.
Vix había visto el dolor en los ojos de Abby, lo había oído en su voz.
—Solo quise decir que… —empezó a explicar Abby, pero luego apartó la mirada y dejó la frase inconclusa.
Una vez, Vix le preguntó a Caitlin si no extrañaba a Sharkey y a Lamb durante el año escolar, si no le daban ganas de vivir en Cambridge también.
—Los extraño —contestó Caitlin—. Pero Phoebe me necesita para demostrar que no fracasó como madre.
Vix pensó en las postales de Phoebe. El verano pasado solo había llegado una desde la Toscana.
Caros míos:
Espero que estén pasando un verano estupendo, como siempre.
Estoy a punto de irme unos días a Venecia.
¡Nos vemos pronto!
Con todo mi cariño,
Phoebe.
La tarjeta estaba dirigida a Caitlin y Sharkey Somers.
Una sola tarjeta para dos hijos. Una tarjeta cada verano.
Sharkey la desechó tan rápido como la leyó, diciéndole a Caitlin que podía sumarla a su colección.
Caitlin la guardó en el cajón inferior de su cómoda, junto con todas las demás. Phoebe había escrito mal míos.
Vix no entendía por qué Lamb y Phoebe se habían repartido a los niños con el divorcio.
—Yo tenía solo dos años cuando se separaron —dijo Caitlin—. No tuve mucho que decir al respecto.
¿Y ahora qué?, se preguntaba Vix. Estaba casi segura de saber la respuesta. No siempre se nacía con los padres adecuados. Y los padres no siempre recibían a los hijos que estaban destinados a criar.
Cuando Vix se enteró de que Tawny venía a la isla, se enfermó del susto, convencida de que su madre había descubierto de algún modo sus fantasías y venía dispuesta a luchar por sus derechos como madre.
Se imaginaba un juicio feroz, como el de Gloria Vanderbilt en el libro que estaba leyendo, Little Gloria, Happy at Last.
—Sabía que Lamb y la Condesa eran viejos amigos —le dijo Abby a Vix mientras trabajaban juntas en el jardín—, pero no tenía idea de que tu madre fuera su amanuense.
Cada vez que Caitlin salía a navegar, Vix pasaba el tiempo con Abby. En el jardín, Abby usaba un sombrero chino de paja, una camisa blanca de manga larga, pantalones ajustables con cordón, guantes y unos zuecos rojos de vinilo que había pedido por catálogo.
Si Lamb y la Condesa eran amigos desde hacía tiempo, ¿por qué nadie se lo había dicho? ¿Y qué era un amanuense? Sonaba como algo sexual.
Abby arrancó una alquimila, confundiéndola con una hierba mala.
—No puedo creer que hice eso —dijo, sosteniéndola con ternura, como si fuera una mascota.
En su jardín, a diferencia del mundo real, los enemigos de Abby podían identificarse y eliminarse.
Los escarabajos japoneses se atrapaban en bolsas colgadas de los árboles, las babosas eran atraídas con platitos de cerveza y los ácaros se rociaban con agua jabonosa.
Una cerca de estacas, forrada con alambre de gallinero, ayudaba a mantener alejados a los conejos.
—Ya sé que son adorables —solía decir Abby a sus invitados—, pero basta un conejito para destrozarte el jardín en una noche.
Los ciervos eran otro asunto. Para ahuyentarlos, Abby ataba barras de jabón Irish Spring a los postes de la cerca.
Cuando eso no funcionaba, esparcía sangre seca.
El verano anterior, Vix había visto a un ciervo atravesar corriendo el bosque, lanzarse al estanque y nadar hasta la otra orilla.
Al llegar, miró a su alrededor como si se hubiera equivocado, luego dio media vuelta, volvió a cruzar nadando y desapareció entre los árboles.
Vix se preguntó si tenía familia, si estaba huyendo y cambió de opinión en el último momento.
—Cuando llegue tu madre quizá podamos sentarnos a hablar sobre la escuela —dijo Abby.
Ya había abandonado la alquimila y ahora despuntaba las rosas de hadas. ¿A qué se refería con la escuela?
—Lamb y yo nos preguntábamos si te gustaría ir a Mountain Day con Caitlin.
—Mountain Day es una escuela privada.
—¿Y si tuvieras una beca?
—¿Una beca?
—Por supuesto, la escuela secundaria es solo el principio —dijo Abby—. ¿Has pensado en la universidad?
Nadie en su familia había ido a la universidad. Ella esperaba ir a la Universidad de Nuevo México, aunque Tawny quería que cursara un técnico en salud. El futuro está en la salud, Victoria. Ahí es donde van a estar los empleos. Escúchame. Yo sé lo que digo.
—Ya sé que parece lejano —siguió Abby—, pero en realidad está a la vuelta de la esquina. Hay que empezar a planear desde ahora. A lo mejor podemos hablar del panorama general cuando llegue tu madre.
Vix siguió desmalezando el mismo rincón incluso después de haber arrancado toda la hierba mala.
¿Y si Abby también tenía fantasías? Empezó a sentir que el sudor le bajaba por dentro del sostén; era un tipo nuevo de humedad que podía brotarle de los poros sin previo aviso, con un olor agrio, incluso si acababa de ducharse.
Odiaba lo impredecible de su cuerpo. Odiaba tener catorce años.
Se sentía como un castigo, aunque no sabía por qué.
—¿Te estoy incomodando? —le preguntó Abby.
—No —dijo Vix demasiado rápido, pasándose el brazo por la cara e intentando olfatearse las axilas—. Es solo que…
—Entiendo perfectamente —dijo Abby.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
Por mucho que le aterrara la idea de que Tawny invadiera su espacio, Vix sintió alivio al descubrir que la visita no tenía nada que ver con Abby.
Había venido porque la Condesa ya no podía viajar sola y tenía demasiados amigos en demasiados lugares como para quedarse en casa lamentándose por su enfisema y su vista cada vez peor.
Afortunadamente, la Condesa mantenía ocupada a Tawny.
Todo el mundo en la isla quería un pedazo de ella.
¿Cómo se conocía entre sí toda esta gente rica?
¿Había algún tipo de club? Vix concluyó que la popularidad de la Condesa tenía que ver con las historias fantásticas que contaba: historias sobre haber huido para unirse al circo a los dieciséis, haber acabado en París a los dieciocho,
haberse encontrado atrapada con el conde en un ascensor averiado en un hotel llamado George Sank y haberse casado con él una semana después.
Aunque el matrimonio no duró más de seis meses, salió de ahí con una fortuna… o quizás siempre la había tenido.
Vix, tratando de imaginarse a la Condesa montada sobre un elefante bajo la carpa del circo, le preguntó una vez a su madre si esas historias eran ciertas.
—Todo lo que sé es por ella —respondió Tawny, lo cual no era ninguna respuesta.
Cuando Vix insistió, su madre añadió:
—No hago preguntas, Victoria. Por eso sigo empleada.
Con su corte de cabello tipo pixie, sus atuendos extravagantes y su risa contagiosa, la Condesa seguía siendo el centro de atención. Jamás aburría. Definitivamente no era ordinaria.
El último día completo de su visita fugaz, la Condesa le dio la tarde libre a Tawny para que la pasara con Vix, quien no recordaba haber estado ni una hora, mucho menos una tarde, a solas con su madre, y la idea la asustaba.
Condujeron en el descapotable rojo alquilado hacia el norte, hasta el mirador de Gay Head, y cuando Tawny se asomó por el telescopio —que costaba una moneda de diez centavos por minuto— y vio los colores de los acantilados, dijo:
—Pero esto es igualito a Nuevo México.
—Excepto que en Nuevo México no hay olas —le recordó Vix—. Apenas hay agua.
—Sí, pero tenemos montañas —dijo Tawny.
No sonó molesta, como solía hacerlo cuando Vix la contradecía. No la llamó imposible ni irritante, ni siquiera inmadura.
Almorzaron al aire libre, frente al mar, con el viento despeinándolas y el sol encegueciendo a Vix. Tawny pidió almejas fritas y se tomó una cerveza que había traído con ella.
—Ya veo por qué te gusta este lugar, Victoria —dijo—. Tiene algo mágico…, algo que no había sentido desde la primera vez que llegué a Santa Fe.
Soltó un suspiro profundo.
—Pero eso fue hace tanto…
Vix no podía creer lo distinta que se veía Tawny lejos de casa.
—Las cosas cambian, pasan cosas, cosas que ni te imaginas cuando eres joven y estás llena de esperanza —dijo Tawny, mirando al océano—. Siempre creí que iba a viajar, a ver el mundo. Pero esto… —añadió, golpeando la mesa con los nudillos—, esto es lo más lejos que he llegado.
¿Esa extraña bebiendo cerveza de una botella, esa extraña que le propuso quitarse los zapatos y caminar por la orilla para poder decir que no solo había visto el Atlántico, sino que había metido los pies en él…, era realmente su madre?
Tawny
Muy bien, admite. Solo por un minuto esta tarde, envidió la libertad de Victoria, incluso su juventud.
Está contenta de que la Condesa la haya convencido de venir.
No se había sentido tan relajada desde… no recuerda cuándo.
La rabia que lleva casi todos los días, ese peso extra en sus hombros, se ha aligerado desde que está en la isla.
Sí, se siente más como ella misma. Su vieja yo.
Qué pena que Ed no pueda verla reír y hablar como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
Solo desearía que Victoria no la mirara así.
Igual que ella miraba a su madre, evaluando la situación, tratando de entender el estado de ánimo de Darlene.
¡Esa Abby sí que es una mujer afortunada!
Lamb es un hombre atractivo y bien acomodado.
¿Cuánto tiempo hace que no se permite sentirse atraída por otro hombre que no sea Ed?
Tampoco lo recuerda. Esta noche se va a arreglar para la cena en su casa.
Se pondrá su nueva camisa blanca, ceñirá un poco más el cinturón, usará el pintalabios que vino gratis con su bloqueador solar.
Sigue siendo mujer. Todavía tiene sentimientos y deseos.