10
VERANO, 1979
Vix soñaba alternadamente con hacerse rica o convertirse en la Madre Teresa.
Si fuera rica, podría llevar a Nathan a Disney World.
Lo llevaría a los mejores doctores, contrataría a los mejores fisioterapeutas, lo enviaría a las escuelas más finas.
Construiría un jacuzzi en el patio trasero para que sus padres pudieran relajarse cuando llegaran del trabajo.
Quizás le compraría a Lewis la bicicleta de diez velocidades que llevaba tiempo pidiéndole.
Y Lanie…, no estaba tan segura de Lanie, porque ese año Lanie era un manojo de nervios, testaruda y salvaje, y ni siquiera tenía trece años.
Por otro lado, si optara por ser la Madre Teresa, no tendría que preocuparse por tener dinero.
Tendría a Dios. Pasaría todo su tiempo rezando y atendiendo enfermos y necesitados.
Y no tendría que preocuparse por que sus pechos crecieran demasiado, pues su hábito los cubriría.
No es que tuviera tiempo para preocuparse por el tamaño de sus pechos, solo que a veces se preguntaba si no habría contraído alguna enfermedad rara de Trisha.
Con la llegada del verano, los problemas del mundo, o al menos los de su mundo, parecían levantarse mágicamente de sus hombros.
Fue el mes de julio más caluroso que se haya registrado, con un aire tropical y húmedo que soplaba desde el sur.
Las flores del jardín de Abby se marchitaban, las galletas y cereales en la despensa se ablandaban y un moho verde y desagradable crecía en todo lo que no estuviera completamente seco.
Todos hablaban de una familia en Chilmark que había enfermado con un raro y contagioso tipo de neumonía.
¿Era legionelosis? Abby les insistía en lavarse las manos antes de las comidas y en mantenerse las uñas cortas y muy limpias.
Lavaba con lejía su ropa de cama, las toallas y la ropa.
Dulce pasaba los largos y pegajosos días dormitando bajo los árboles. No tenía más energía ni apetito que el resto.
Qué suerte no estar en la ciudad, donde la gente cae como moscas por el calor, les recordaba Abby, mientras que ellos podían meterse en el agua todo el día si así lo querían. Incluso Sharkey, que jamás se mojaba, se echaba agua con la manguera del jardín.
Por las noches, la bocina del faro los arrullaba para dormir.
Era la primera vez que Vix se había ido sin sentir culpa, gracias al doctor de Nathan, que había conseguido que él pasara dos semanas en un campamento para niños discapacitados en las Montañas Rocosas de Colorado.
—Sin padres —dijo Nathan orgulloso—. Nadie que me diga qué hacer.
—¿Prometes que vas a cuidarte? —preguntó ella.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes, cuidarte.
—Ya no soy un niño. Tengo nueve años. Así que no tienes que preocuparte por mí.
—No estoy preocupada.
—Bien, porque me voy a divertir. Será como la escuela, pero mejor. Sin Tawny.
Eso les dio risa.
—Vas a pasarlo genial —le aseguró ella y lo abrazó.
—Y si tienes suerte, te contaré todo.
Durante dos meses no tendría que planear su vida, cuidando niños todas las tardes y tantas noches como Tawny lo permitiera, decidida a hacer algo por su futuro y el de su familia. Durante dos meses podría simplemente relajarse y dejar que Abby se ocupara de ella.
No le molestaban la humedad pegajosa ni el calor.
Había llegado a Vineyard ese verano con un secreto delicioso, uno que había estado saboreando por meses.
Había visto un anuncio en el tablón de la biblioteca pública de Santa Fe: “Nadadores reacios. Nunca es demasiado tarde para aprender”.
Se inscribió en la piscina municipal sin decir nada a sus padres, y una noche le pasó la parte inferior del permiso a Tawny diciéndole que era para una excursión escolar gratuita.
Tawny firmó sin siquiera leerlo. Vix pagó el curso con el dinero que había ganado cuidando niños y le alcanzó para comprarse un traje de baño amarillo neón, lo último en trajes de baño según la revista Seventeen.
¡Y qué buen momento! Es cierto, su estilo era tosco, claramente el de una principiante. Y no iba a ganar ninguna carrera. Pero la primera vez que marchó hasta el final del muelle, saltó al agua y nadó hasta el bote de Lamb, la expresión en el rostro de Caitlin hizo que todo valiera la pena.
—Pensé que no sabías nadar.
—No deberías sacar conclusiones tan rápido —respondió Vix.
—No me estaba apresurando. Este es tu tercer verano aquí y, hasta ahora, nunca había visto que el agua te llegara más arriba de las rodillas.
—No hacía suficiente calor como para nadar hasta ahora.
Caitlin se rio.
—Me encanta cómo funciona tu mente.
Se prepararon para la llegada de los chicaguenses instalando un pestillo con gancho en la puerta de su cuarto.
Pero nada pudo haber preparado a Vix para el día en que Gus la tomó por sorpresa en el estanque, agarrándole el pie mientras nadaba hacia el bote de Lamb.
Entró en pánico, se fue al fondo, salió a la superficie tosiendo, ahogándose y manoteando para flotar.
En cuanto sus pies tocaron el fondo, salió corriendo hacia la orilla.
Gus venía justo detrás.
—Oye, Pastillita —dijo, lanzándole una toalla—. Se te sale el moco por la nariz.
Daniel se encontraba al lado dándose golpes en el muslo, como si ella estuviera presentando un espectáculo de comedia privado.
Para vengarse, ella y Caitlin invadieron el cuarto de los chicos.
Caitlin encontró un suspensor atlético colgado de un gancho en la parte trasera de la puerta.
Lo olfateó y declaró que el dueño era el ganador de este verano del Premio Pelotilla Fecal.
Debajo de un montón de ropa sucia, encontraron un catálogo de Victoria’s Secret, lo que enfureció aún más a Vix.
¡Quién imaginaría un catálogo de ropa interior sexy con su nombre en la portada!
Y uno o ambos chicaguenses habían anotado comentarios en las páginas: “mejores tetas”, “mejor culo”, “mejor para pasar la noche”.
—¡Estos tipos no piensan en otra cosa! —dijo Vix.
Pero ella y Caitlin también pensaban en eso. Su Poder se había convertido en una picazón que nunca se iba. Pero al menos el de ellas era invisible, no colgaba entre las piernas para que todo el mundo lo viera.
Caitlin pegó una foto de Georgia O’Keeffe en la litera de los chicaguenses.
Queridos Baumer y Pústula:
¡Prueben hacerse una paja pensando en una mujer de verdad, aunque sea una vez!
Después de eso, Vix intentó ignorarlos, hasta la noche en que todos coincidieron en la fila del cine Strand para ver Alien. Mientras esperaban, un grupo del campamento Jabberwocky pasó. Iban de camino al carrusel.
—Retardados —Daniel le dijo a Gus, y ambos se pusieron a hacer una especie de espectáculo, fingiendo ser espásticos.
Ella explotó.
—¡Idiotas de mierda! No todas las personas con discapacidades físicas son retardadas. ¡Los retardados son ustedes si piensan eso!
Aunque algunos de los campistas de Jabberwocky sí tenían retraso mental, ellos no tenían derecho a burlarse. Dios, eran más que estúpidos… ¡irremediables!
Los dos chicos se quedaron pasmados. No podían creer que ella —quien nunca mostraba nada— se hubiera puesto a gritar así en público.
—¿Qué? —dijo Gus—. ¿Qué hicimos?
—Su hermano tiene distrofia muscular —dijo Caitlin—. Está en silla de ruedas. Pero es un millón de veces más inteligente que cualquiera de ustedes, par de babosos patéticos.
Eso calló a los chicaguenses. Ni siquiera Gus pudo responder.
Vix estaba hirviendo. Dentro del cine tomaron caminos separados, y en cuanto terminó la película, ella subió por la calle hasta Murdick’s Fudge y le mandó a Nathan una caja de una libra con sabores surtidos.
Sabía que era una tontería, que en el campamento no le dejarían comer más de un pedacito al día —si acaso—, pero supuso que podría compartirlo con sus amigos y todos sabrían que ella había pensado en ellos.
Desde entonces, se negó a hablar con Daniel o Gus. Miraba hacia otro lado si se cruzaba con alguno en la casa. Dos días después, se le acercaron justo cuando salía del baño rumbo a su cuarto. Gus fue el que habló.
—No fue con mala intención. Solo estábamos bromeando. No sabíamos que tenías un hermano así.
—Él no es así. Es una persona que simplemente nació con algo que no puede controlar.
Podría haberte pasado a ti. Podría haberle pasado a cualquiera.
Así que, la próxima vez que veas a alguien en una silla, alguien espástico, ¡imagina que eres tú!
El mismo tú que está aquí parado ahora, pero con tu mente atrapada en un cuerpo que no puedes controlar.
Hasta ella se sorprendió de sonar tan clara, tan firme, tan enojada. El corazón le latía tan rápido que podía sentir la sangre subiéndole a la cara.
—Nunca lo había pensado así —dijo Gus.
Le dio un codazo a Daniel, señalándole que le tocaba hablar. Pero Daniel simplemente se dio la vuelta y se fue.
—Él también tiene sus propios problemas —dijo Gus.
—¿Y quién no?
Sabía que el papá de Daniel estaba por casarse otra vez con alguien a quien Gus llamaba el Bombón. Era una bomba, ni siquiera tenía treinta, les había dicho, asegurándose de que captaran la idea.
—¿Tus padres también están divorciados? —preguntó Gus.
—No. No todos los padres están divorciados. Y no todos los problemas tienen que ver con los padres.
—No tienes por qué ponerte tan hostil. Ya dije que lo sentimos.
—En realidad, no lo dijiste.
—Bueno, pues lo sentimos.
—Está bien.
Entonces se dio cuenta de que estaba parada frente al baño con una camiseta enorme y calzones, con un cepillo de dientes en la mano, hablando con un chico de dieciséis años que ni siquiera le gustaba.
Y entonces Gus hizo algo rarísimo. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—De verdad lo siento, Pastillita —dijo—. Nos portamos como unos imbéciles. Buenas noches.
Y, con eso, la dejó completamente sin palabras.
Gus y Daniel le dieron a Vix un regalo de cumpleaños atrasado: un rompecabezas de quinientas piezas llamado Visión roja, todo de un solo color. Apostaron veinte dólares con Sharkey a que no podría terminarlo en una semana.
—¿Y qué gana ella con eso? —preguntó Caitlin—. ¿Por qué tendría que matarse por ustedes?
—¿Eres su representante o qué? —dijo Daniel.
—Así es —contestó Caitlin—. Soy su agente.
—Bueno —dijo Daniel—. Ella gana veinte si lo logra, lo que significa que nosotros ponemos cuarenta. ¿Ustedes dos van a igualar la apuesta si no lo consigue?
Caitlin le hizo un gesto a Sharkey, que miró a Vix en busca de confirmación. Ella levantó el pulgar.
—Hecho —dijo Sharkey a los chicaguenses.
Durante dos noches, los cuatro arrimaron sillas a la mesa de cartas y observaron a Vix como si fuera Bobby Fischer.
Pero con todos mirándola, no podía concentrarse.
Avanzaba casi nada. Daniel y Gus se lanzaban miradas satisfechas.
Vix estaba decidida a demostrarles que se equivocaban.
Al día siguiente se levantó al amanecer y también los dos días siguientes.
Los demás la encontraban allí cuando bajaban a desayunar, estudiando las piezas, encajando los bordes, armando secciones por separado, hasta que al final del sexto día supo que lo tenía.
Esa noche dejó que la observaran, disfrutando cada paso hacia la victoria, y cuando colocó las piezas finales, Sharkey levantó el puño en el aire y gritó:
—¡Sí!
La levantó de la silla y, antes de que pudiera detenerlo, la hizo girar en el aire. Estaba completamente sorprendida. Pero cuando le sonrió, él la soltó sin decir una palabra, cobró su parte de la apuesta y desapareció.
Gus y Daniel se quedaron para celebrar con las chicas.
—¿Y un premio de consolación? —dijo Gus.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Caitlin.
Él sonrió y la miró de arriba abajo.
—Lo que tú estés dispuesta a dar.
—¡Sigue soñando! —dijo, y le lanzó la caja vacía del rompecabezas.
Él y Daniel se rieron y se fueron juntos.