Amigas de Verano / Summer Sisters 8
19%

8

A Vix no le habría llamado la atención la infancia de Lamb si Caitlin no hubiera dicho:

—Lamb fue criado por su abuela. Vendrá pronto. No recuerdo cuándo. Es una bruja. Pero ya lo verás tú misma.

Su interés aumentó aún más cuando Caitlin sacó una vieja foto de ocho por diez del cajón inferior de su cómoda.

—Los padres de Lamb —dijo Caitlin, señalando la imagen con el dedo—. Amanda y Lambert. Murieron en un accidente de auto en la isla cuando Lamb y su hermana eran apenas unos bebés. ¿Sabes cuántos años tenían cuando murieron? Veinticinco. ¿No es patético?

No esperó a que Vix respondiera.

—Los dos estaban borrachos la noche del accidente. Ella iba manejando. Por eso Lamb no bebe ni una gota. Se parece a mí, ¿no crees?

Vix cubrió con los dedos el peinado de los años treinta. Sí, se parecía a Caitlin.

—De todos modos, no habrían sido buenos padres —dijo Caitlin, guardando de nuevo la foto en un sobre de papel glasina.

—Podrían haber dejado de beber —dijo Vix.

—Lo dudo.

—Hay gente que lo hace.

—Bueno, da igual, ¿no? ¡Porque están muertos!

—¿Por qué te enojas conmigo?

—¿Quién está enojada? ¿Yo dije que estaba enojada?

—No, pero actúas como si lo estuvieras.

—Tú te tomas todo a pecho, ¿no?

—¡Solo algunas cosas! —contestó Vix.

Y ahora era ella la que empezaba a enfadarse. ¿Y por qué exactamente? Respiró hondo un par de veces y dijo:

—Lamb salió bien.

—Lamb era perfecto… hasta que se casó con ella.

Vix se preguntó si alguna vez Caitlin iba a superar lo de Abby.

La abuela Somers lucía elegante con su traje de lino blanco y su sombrero de ala ancha de paja. Su rostro seguía siendo hermoso y casi sin arrugas, aunque debía ser realmente vieja. Caitlin decía que la abuela se hacía una cirugía plástica como otras personas se hacen una limpieza dental.

—Tiene grapas en el cuero cabelludo.

—¿Grapas en el cuero cabelludo?

—Y quizá detrás de las orejas, no estoy segura.

Mientras Vix contemplaba la idea de tener grapas detrás de las orejas, Caitlin le presentó a Dorset, la hermana de Lamb, alta y musculosa, con el cabello largo color miel recogido con peinetas de carey.

Había estado casada tres veces y había pasado dos veces por rehabilitación en Hazelden.

Por el momento vivía con la abuela en la casa grande de Palm Beach.

Caitlin decía que quien pudiera vivir con la abuela Somers se merecía una medalla. Dorset tenía un bronceado espectacular.

—No importa lo que diga la abuela —susurró Caitlin—, no le respondas mal.

—¿Yo, responderle mal a la abuela de alguien?

Vix tuvo que reír ante lo absurdo de la idea. Además, aún estaba impresionada porque el nombre, Regina Mayhew Somers, escrito con tinta verde dentro de los libros más caros de la casa, perteneciera a la abuela de alguien.

—¿Una abuela lee esos libros? —le preguntó a Caitlin.

—¿Y qué se supone que leen las abuelas? ¿La Biblia?

—No podría saberlo —dijo Vix—. No tengo abuelos.

La abuela Somers era tan educada, tan refinada, que Vix no podía creerlo cuando entró y, después de mirar rápidamente alrededor, dijo:

—Así que esto es lo que la judía le hizo a mi casa. Vaya, qué peculiar, ¿no? Todo un espectáculo.

Vix sintió escalofríos por la espalda, pero recordó la advertencia de Caitlin. No le contestes. Lamb se estremeció, pero tampoco dijo nada. Vix agradeció que Abby estuviera en la cocina y no hubiera escuchado el comentario de la abuela.

Regina Mayhew Somers

Ella intenta no dejar que sus recuerdos de esta isla se le metan en la cabeza.

La policía en su puerta la noche del accidente.

El funeral doble arreglado con premura. La realidad de que serían ella y el viejo Lamb quienes criarían a esos pequeños huérfanos, empezar de nuevo justo cuando planeaban celebrar su retiro con un crucero alrededor del mundo.

Y el enojo de él hacia ella por entregarse a los bebés.

Nunca pudo entender eso. ¿Qué se suponía que debía hacer?

¿Dejar sus responsabilidades a un lado? Para librarse de ello, él se desplomó una tarde de viernes en el club, en el hoyo diecisiete, echándoselo todo a ella encima: los niños, las responsabilidades y, sí, el dinero.

No es que los Mayhew no tuvieran lo suyo.

Ella había confiado en Charlie Wetheridge para que la asesorara hasta que Charlie también murió de súbito, literalmente, en la cama del Ritz.

Se mantuvo cerca de Lucy, su viuda, quien nunca sospechó que Charlie significara para ella algo más que un asesor financiero.

No, no era fácil criar a dos niños sola en esos tiempos y tener que soportar esa música horrible, Elvis y, luego, esos chicos ingleses.

Y las modas y peinados más inadecuados. En su opinión, podrían tirar esos años a la basura.

¿Revolución? ¡Por favor! ¡Haz el amor, no la guerra! ¿A dónde los llevó eso?

¡Y ahora su casa! Él ha dejado que esta nueva mujer la cambie a su antojo. ¡Esta judía! Era demasiado para soportarlo. De verdad.

Dorset

Reza por la muerte de la abuela. Que pase pronto, mientras todos estén juntos, para que Lamb pueda encargarse de los detalles. No desea que sufra ni que le duela. Solo quiere un cierre. De ese modo, podrá tomar el control de su propia vida.

—¿Por qué tiene que morir ella para que tú crezcas y tomes el control de tu vida? —quiere saber su terapeuta.

—Dígame usted, Dr. Freud.

Hasta ahora, él no ha sabido responder.

Cuando Dorset pidió un voluntario para ayudarla con los recados, Vix se ofreció enseguida. La última parada en la lista era el mercado de pescados de John, para recoger el salmón pochado que Abby había encargado para el almuerzo.

Nada más entrar, Vix se detuvo en seco, porque ¿quién estaba trabajando detrás del mostrador con un delantal blanco largo? ¡Nada menos que el tesoro nacional en persona! ¡Menudo disgusto para Caitlin por no haber venido!

—Bueno, bueno —dijo cuando finalmente la vio—, mira lo que ha traído el gato.

Vix se sintió halagada de que la recordara, aunque su lealtad estaba con Bru. Aun así, la calidez de su sonrisa atravesó el mostrador y la hizo ponerse nerviosa. Pasó la mano sobre los limones que había en una cesta mientras Dorset preguntaba si el pedido de Abby estaba listo.

Von desapareció por la trastienda y volvió con el salmón dispuesto en una bandeja y decorado con flores. Lo presentó con un gesto teatral, canturreando:

—¡Tará!

—Flores… —dijo Dorset—. Qué bonito.

—Sí, y son comestibles —respondió él, mirando a Dorset de arriba abajo, aunque ella tuviera edad suficiente para ser su madre—. Nunca supe que se podían comer, ya sabes, las flores, hasta que empecé a trabajar aquí.

Dorset carraspeó y firmó tranquilamente el recibo. Luego, dijo:

—¿Puedes abrir la puerta, Victoria?

—¿Qué? —preguntó Vix, que ya estaba atrapada en un duelo de miradas con Von.

—La puerta —repitió Dorset.

—Ah, claro…

—Espera —llamó Von—. Tengo algo para tu amiga.

Se fue otra vez a la trastienda.

Vix vio a Dorset preguntándose qué demonios estaba pasando. Von volvió con una pequeña bolsa marrón y se la entregó.

—Dale esto con mis disculpas…, digo, saludos.

Cuando pensó que las cosas no podían ser mejores, salió, y allí, sentado en una camioneta aparcada, con los pies sobre el tablero, estaba Bru. Dios, Dios, Dios… No podía creer su suerte.

—Hola —dijo él al verla.

Estaba haciendo algo con una navaja de bolsillo, quizá sacándose una astilla del dedo.

—Hola —respondió ella.

—¿Qué tienes?

—¿Dónde?

—En la bolsa. Me muero de hambre.

—Oh. Dudo que quieras lo que hay dentro.

—Déjame ver.

—No creo que sea…

—¡Vix! —llamó Dorset—. Vámonos.

—Tengo que irme.

—Cuídate —dijo él.

—Sí, tú también.

—¿No es un poco mayor para ti? —preguntó Dorset camino a casa.

—Oh, no es nada de eso —explicó Vix. ¿Se refería a Von o a Bru?—. Solo somos amigos.

Dorset lo pensó un momento.

—Bien. Porque no me gusta ver a chicas jóvenes metiéndose en problemas. No es nada sensato.

Vix asintió, como si supiera exactamente a qué se refería Dorset.

Nada más llegar a casa, le entregó a Caitlin la bolsa del mercado. Por la manera en que Caitlin inhaló al abrirla, Vix supo que debía ser realmente una cabeza de pescado.

—¿Alguna de ustedes ha visto mi percocet? —preguntó Dorset, vaciando su bolso sobre la encimera de la cocina—. Estaba segura de que lo traía conmigo.

—Lo siento —dijo Caitlin, y ambas salieron corriendo, riendo a carcajadas mientras alimentaban con el regalo de Von a los cormoranes en la playa.