6
VERANO, 1978
Vix suponía que una persona que había jurado jamás ser ordinaria, jamás ser aburrida, recibiría los cambios de brazos abiertos.
Pero cuando se trataba de la casa en Vineyard, Caitlin esperaba que todo siguiera exactamente como siempre y le enfurecía que hubieran renovado la casa sin avisarle, mucho menos sin pedirle permiso.
—¿Pero qué carajo? —dijo Caitlin con una expresión de incredulidad total al ver, por primera vez, la versión nueva y mejorada de la casa de Psicosis.
—Queríamos darte una sorpresa —dijo Abby.
—¿Una sorpresa? —repitió Caitlin—. ¡¿Una sorpresa?!
Abby y Lamb se habían casado en Semana Santa. Caitlin había volado a Boston para la boda. Vix le pidió detalles, pero Caitlin no quería hablar del tema. Era demasiado deprimente.
—Por lo menos Phoebe no se casa con sus novios.
Caitlin pasó de largo junto a Abby sin decir palabra, con las manos apretadas y los labios sellados.
Vix la siguió como una sombra. Cuando Caitlin se detuvo en medio de la sala, Vix también lo hizo.
A ella, en lo personal, la casa le parecía fantástica.
Habían instalado tragaluces en el techo que la inundaban de luz.
Se habían añadido grandes ventanales y puertas francesas.
Los enormes pinos que antes bloqueaban el sol y proyectaban sombras raras por la noche se habían reubicado del otro lado, el más boscoso, dejando libre la vista hacia la laguna y más allá, hacia el estrecho.
Se podían ver los ferris y los veleros desplegando sus velas frontales.
Los muebles viejos estaban ahora cubiertos con fundas nuevas, blancas y azules.
Había floreros con zinnias por toda la casa y alfombras de sisal que pinchaban si caminabas sin zapatos.
Abby esperaba en silencio, con expresión esperanzada, pero Caitlin subió corriendo las escaleras y abrió de golpe la puerta de su habitación. Allí no se había tocado nada. Todo seguía tal y como lo habían dejado. Vix se sintió decepcionada, pero Caitlin suspiró:
—¡Menos mal!
Abby las había seguido y se quedó de pie en el umbral.
—Pensé que querrías decorar el cuarto tú misma —le dijo a Caitlin—. Escoger los colores, los accesorios…
Vix pensó que sería genial pintar las paredes de madera, reorganizar las colecciones, salir a comprar cosas al pueblo, pero Caitlin respondió:
—Me gusta tal como está, ¡gracias!
Y cerró la puerta de un portazo en la cara de Abby.
Si Abby pensaba que ganaría puntos con Caitlin haciendo cambios, estaba equivocada. Vix deseaba hacerle entender que intentar complacerla no era la forma de conquistar su afecto. A Caitlin le repelía la gente que se esforzaba demasiado.
Un minuto después, Caitlin se quitó los zapatos de una patada y los estampó contra la pared.
Golpeó sus almohadas enmohecidas contra los libros del estante hasta que una se abrió y salieron plumas volando en todas direcciones.
Arremetió contra su colección de piedras, lanzándola al suelo.
Lanzó raquetas de tenis y aletas de buceo por todo el cuarto; luego, agarró la silla de su escritorio y la estrelló contra la puerta del clóset.
Maldijo y lloró mientras destruía todo lo que tenía al alcance.
Vix estaba impresionada. Nunca había visto a nadie comportarse así.
Una vez, en cuarto grado, había llegado a casa llorando a gritos porque un niño de la clase la había llamado puta.
No tenía idea de lo que significaba esa palabra.
Él tampoco, pero en ese momento ella no lo sabía.
Puta, puta, puta… cantaban los otros niños.
Se burlaron de ella durante una semana entera.
Tawny no mostró la menor compasión.
—Guarda tus lágrimas para algo importante, Victoria. No hay necesidad de exhibir tus emociones en público. ¿Quieres que esos niños tengan poder sobre ti?
—No.
—Entonces recuerda lo que te digo. No muestres nunca tu decepción.
Esa fue la última vez que permitió que Tawny la viera llorar.
Mientras se acurrucaba entre las dos camas, protegiéndose la cabeza con las manos, pensó en el consejo de Tawny y se sintió orgullosa de saber controlar sus sentimientos. Evidentemente, a Caitlin nunca le habían enseñado a guardar las lágrimas para algo importante.
Por fin, Caitlin se dejó caer sobre la cama.
Vix no tenía nada que decir para consolarla. En cambio, le ofreció una caja de pañuelos y se sentó a su lado, acariciándole la espalda.
Caitlin se sonó la nariz.
—Eres la única en esta casa a la que no odio. Eres la única que de verdad se preocupa por mí.
Caitlin ni siquiera la odió cuando Vix tuvo su primer período, aunque Caitlin moría por ser la primera.
—¡Te garantizo que seré la primera en todo lo demás! —le prometió.
Quizá…, quizá no, pensó Vix. Esta era la primera cosa que ella tenía y Caitlin quería, y le gustaba cómo se sentía.
Caminaron las dos millas hasta el pueblo, sin avisarle a nadie, para comprarle toallas sanitarias a Vix y, luego, Caitlin la escoltó hasta el baño secreto detrás de la pastelería francesa de la calle principal. Ahí la ayudó a pegarse la toalla en la ropa interior.
Afuera, se toparon con Trisha, que estaba entregando muffins a la tienda gourmet.
—¡Virgen santa, miren quiénes están aquí!
Trisha dejó la bandeja sobre el capó de su camioneta y le dio a cada una un muffin de durazno. Llevaba unos shorts muy cortos y una camiseta naranja. Vix pensó en esos pechos gigantescos y les advirtió a los suyos que no crecieran tanto.
—¿Y cómo están los recién casados? —preguntó Trisha.
Caitlin hizo un sonido como de arcadas.
Trisha asintió.
—Una cree conocer bien a alguien y, de repente, va y hace algo tan escandaloso, tan completamente fuera de lugar…
—¡Él debió casarse contigo! —dijo Caitlin.
—Ay, cariño, no eres la única que piensa eso.
Solo cuando Caitlin decidió pedir un aventón para volver a casa, Vix se negó.
—No me dejan pedir un aventón —dijo, aunque la idea de volver caminando bajo ese sol, que le afectaba justo cuando ya se sentía medio mareada, le hacía desear hacerlo.
—Esto es Vineyard, Vix. Aquí todo el mundo se ayuda.
—No puedo. Es la única cosa que les prometí a mis papás que nunca haría, junto con las drogas y el sexo antes del matrimonio.
—Eso son tres cosas.
—Ya sabes a qué me refiero.
Pero segundos después un antiguo Camaro azul frenó de golpe. Había dos chicos en el carro, ambos con gorras de béisbol y lentes oscuros envolventes. Y el que manejaba era él, el tesoro nacional.
—¿Van al norte de la isla? —preguntó Von.
Caitlin miró a Vix.
—Tú puedes caminar si quieres, pero yo me subo.
El otro, Bru, echó el asiento hacia adelante para que Caitlin pudiera meterse en el asiento trasero.
—¿Te subes o no? —le preguntó Bru a Vix—. Porque, como verás, estamos obstruyendo el tráfico.
Ella siguió a Caitlin dentro del carro, pensando que toda promesa debía tener sus excepciones. Además, si las mataban, sería mejor morir juntas; de lo contrario, tendría que explicarle a Lamb por qué Caitlin había sido asesinada y ella no.
Caitlin le haló la coleta a Von.
Él bajó sus lentes y las miró a través del retrovisor.
—Sabía que hoy era mi día de suerte —dijo, haciéndose el encantador—. Oye, Bru, mira lo que pescamos.
—Ajá —respondió Bru, con el mismo entusiasmo que si hubieran pescado dos sardinas.
Iban saliendo del pueblo. Pasaron el puesto de vegetales Don Cebollín, pasaron el minigolf, pasaron el mirador de Tashmoo, hasta llegar a la carretera Lambert’s Cove, donde Caitlin le dijo a Von que girara a la derecha.
—¿Hasta dónde? —preguntó él.
—Ya te aviso.
Cuando lo hizo, Von pisó el freno de golpe, haciendo que se inclinaran hacia adelante contra los asientos delanteros, lo cual le pareció gracioso.
—Gracias por el aventón —dijo Caitlin—. Nos vemos en el carrusel.
—No este año —respondió Von—. Este año estoy trabajando en la pescadería.
—¿Cuál de todas? —preguntó Caitlin.
—Eso lo sé yo… y tú lo averiguas —dijo Von.
—Ajá…, pues guárdame una cabeza de pescado —dijo Caitlin.
—Te voy a guardar algo mejor que eso —le respondió Von—. Ven a buscarlo en tres años.
—Mejor espera sentado —canturreó Caitlin, dando un portazo.
Escucharon a los chicos riéndose mientras se reincorporaban a la carretera y aceleraban.
Caitlin lo tomó como una señal de que no todo estaba perdido. Le echó un brazo por encima a Vix mientras caminaban la milla restante del camino de tierra hacia la casa.
—¿No estás feliz de que pidiéramos un aventón?
—Tal vez —dijo Vix.
Se preguntaba si los chicos habrían notado que tenía la regla, si se le había notado el bulto en sus shorts cuando bajó del carro.
—¿Solo tal vez? —preguntó Caitlin.
—Probablemente. ¿Eso es mejor?
—Sí, definitivamente mejor.
Esa noche se sentaron una frente a la otra en la vieja bañera con patas de garra que, de alguna manera, se había salvado de la renovación.
Caitlin había convencido a Vix de que no sangraría en la bañera, pero que si eso pasaba, no le importaría.
—Estás creciendo de verdad —dijo Caitlin, enfocándose en el pecho de Vix.
Vix sintió cómo se le enrojecía la cara.
—Lo sé.
No se habían visto desnudas desde el verano pasado. Caitlin seguía plana.
—¿Cómo se siente? —preguntó Caitlin.
—¿Cómo se siente qué?
—Tener pechos.
—No sé. No se siente como nada.
—¿Puedo tocarlas?
—Supongo.
Caitlin se inclinó y le rodeó los senos con las manos. Vix ya se había tocado antes, pero era la primera vez que lo hacía alguien más. Le produjo una sensación extraña, como si no pudiera respirar.
—¿Todavía tienes el Poder? —preguntó Caitlin.
Vix asintió.
—¿Lo usas?
—A veces. ¿Tú?
—A veces.
Caitlin le dedicó una sonrisa pícara y se sumergió por completo en el agua. Su cabello se abrió en forma de abanico y, por un momento, pareció muerta.
A Vix le había preocupado que Caitlin encontrara otra amiga de verano, alguien que la reemplazara. No fue hasta que abordaron el avión al final del verano pasado que Caitlin le dio la noticia. Iba a estudiar en Mountain Day, un colegio privado en Santa Fe. Vix se sintió completamente destrozada.
—¡Anímate! —dijo Caitlin—. Hasta donde sabemos, podríamos morir hoy. El avión puede estrellarse, cualquier cosa podría pasar.
Pero la idea de perder a Caitlin era incluso peor que la de que el avión se estrellara.
Se preguntaba si Caitlin y sus nuevas amigas del colegio compartirían el Poder.
Ella nunca lo compartía. A veces, en casa, después de que Lanie se dormía, usaba el Poder sola.
La mayoría de las veces se desperdiciaba.
Había muy poco tiempo y muy poca privacidad.
No esperaba que Caitlin la invitara de nuevo a Vineyard y, cuando lo hizo, Vix temió que su madre no la dejara ir.
Había sido un año difícil para su familia.
Nathan se enfermó varias veces durante el invierno y fue hospitalizado a causa de una neumonía en marzo.
Unas semanas después, Lewis se rompió un brazo.
El techo empezó a gotear con las intensas nevadas húmedas de la primavera y Tawny les dejó saber que estaba preocupada por la pila de facturas que se acumulaban en el escritorio de la sala.
Se habló de vender la casa rodante, pero Ed decidió postergarlo.
En vez de eso, empezó un segundo trabajo, conduciendo para UPS, pero lo despidieron a las pocas semanas.
Tawny la sorprendió. Parecía aliviada de tener a una persona menos en casa durante el verano, una preocupación menos de la cual ocuparse.
A mediados de mayo, Tawny comentó que Phoebe había sido invitada a la fiesta de la Condesa la noche anterior.
—Estaba con alguien al menos diez años menor —resopló Tawny.
—¿Y qué? —dijo Vix, intentando demostrar lo sofisticada que se había vuelto—. Phoebe tiene muchos amigos. Eso no significa necesariamente que sean amantes.
Por un segundo pensó que Tawny le iba a dar una bofetada y se echó hacia atrás. En cambio, Tawny gritó:
—¡Estoy harta de tu insolencia, Victoria!
La semana anterior la había llamado impaciente…
, impaciente e irritante. Vix no tenía idea de por qué su madre estaba tan enojada con ella.
La había escuchado por teléfono diciéndole a alguien que la Condesa estaba bebiendo otra vez y fumaba dos paquetes al día y que cuando el doctor le hizo una advertencia severa, la Condesa le dijo que se fuera al carajo.
—¡No tengo fuerzas para preocuparme por ella también, pero si se va… me quedo sin trabajo! —dijo Tawny.
¿Iba a morir la Condesa? ¿A eso se refería? Vix no preguntó. Intentaba mantenerse al margen, pero a medida que se acercaba el final del año escolar, Tawny se volvía más hostil y la culpaba de todo. Una noche, cuando el pollo que Vix debía rociar con salsa se le pasó en la parrilla, Tawny gritó:
—¡Miren esto! —Hundió un tenedor en una pieza y la agitó frente a los otros niños—. ¡Si Victoria no fuera tan egoísta, no comeríamos pollo quemado esta noche!
Vix corrió a su cuarto y no salió. Más tarde, mientras terminaba la tarea de matemáticas, Lanie le dijo:
—¿Sabes por qué te odia?
Vix levantó la vista de su cuaderno.
—Es porque tú puedes escapar —dijo Lanie, tratando de trenzar el cabello de su Barbie Malibu—. Todos te odiamos por eso.
Lanie lo dijo sin emoción y, de pronto, Vix lo entendió todo. Ella podía escapar; ellos, no.
Le entristecía dejar a Nathan, especialmente cuando él le acercó su títere de mapache a la cara.
—Quiero que él también vaya a Vineyard. Así me puede contar todo.
—Pero si yo te conté todo el verano pasado —dijo Vix.
Las historias que le había contado eran relatos genéricos sobre la isla: el océano, los pájaros, las tormentas.
—¿Cómo sé que no lo inventaste todo? —preguntó Nathan.
¿Podía verla con tanta claridad o era solo una broma?
—Muy bien, Rupert—le dijo al títere.
—Ya no se llama Rupert —dijo Nathan—. Ahora se llama Orlando.
—¿Orlando?
—Como Disney World —dijo Nathan.
Vix se arrodilló frente a la silla de Nathan.
—Algún día te voy a llevar a Disney World —dijo.
—¿Cuándo?
—Cuando gane suficiente dinero.
—¿Cuántos años va a tomar?
—No lo sé. No muchos.
Lo abrazó. Su cuerpo le pareció tan pequeño, tan frágil.
—Te extrañé el verano pasado —susurró—. Lewis y Lanie no se preocupan por mí como tú.
Ella sabía que era cierto y se sintió culpable, aunque no lo suficiente como para quedarse en casa.
No es que Lanie y Lewis fueran crueles o malos con Nathan, sino que estaban metidos en sus asuntos y, a veces, se olvidaban de él.
Sobre todo Lewis. Siempre le había guardado rencor a Nathan, por haber nacido, para empezar, y luego por haber nacido así.
A veces Vix podía ver en su cara el pensamiento claro: ¿Por qué debían tenerlo?
¿Por qué no se detuvieron después de nosotros tres?
Sabía que todos se habían hecho esas mismas preguntas, incluso sus padres.
Tawny solía decirles que Nathan era un regalo de Dios para enseñarles a ser fuertes, para enseñarles a contar sus bendiciones.
Pero ¿y Nathan? ¿Qué clase de regalo le había dado Dios a él?