5
Vix nunca había conocido a alguien como Lamb.
Todo lo que él le pedía era que aprendiera las letras de las canciones de los Beatles, lo cual no era precisamente un sacrificio.
Así que, durante la segunda semana de agosto, cuando les dijo que debía pasar el día en Boston, no le importó.
Prometió regresar a tiempo para la cena.
—¿Estás bien con eso, jovencita? —le preguntó.
—Claro —dijo Vix—, no hay problema.
Pero a las seis de la tarde llamó desde Boston. La niebla había cubierto el aeropuerto Logan. Un verdadero fastidio. No podría volver hasta la mañana siguiente. Vix no podía creer que los dejaría solos toda la noche en la casa de Psicosis.
—No le tengo miedo a la oscuridad —dijo Caitlin—. No creo en fantasmas.
Tampoco Vix, exactamente.
Después de una cena temprana, Sharkey se ofreció a pasearlas en la camioneta.
A sus catorce años no tenía licencia, ni siquiera permiso de aprendizaje, pero conducía con cuidado: tenía ambas manos al volante a toda hora y siempre se movía bajo el límite de velocidad.
Las llevó de arriba abajo por la isla, pero no se detuvo, ni siquiera para comprar helado, por algo relacionado con la batería.
Cuando regresaron eran más de las nueve y se veían relámpagos a lo lejos.
Veinte minutos después se apagaron todas las luces de la casa. Caitlin probó el teléfono.
—Está muerto —dijo, encendiendo una cerilla y, luego, una vela.
Lo que siguió fue una tormenta despiadada.
Dulce temblaba y se ocultó debajo de la cama de Caitlin.
Sharkey arrastró un saco de dormir a la habitación de ellas y acampó en el suelo.
Vix se acurrucó en la cama de Caitlin, junto a ella, y se cubría los ojos cada vez que un rayo iluminaba el cielo.
Los árboles caían en el bosque y la lluvia se convirtió en granizo, golpeando la casa como una ametralladora.
—Es solo una tormenta —dijo Caitlin—. No sé por qué ustedes dos actúan como Dulce.
En la mañana, Lamb llamó para decir que llegaría a mediodía y que traía a un amigo.
—¿Un amigo? —preguntó Caitlin.
—Probablemente a Abby —dijo Sharkey, tomando un puñado de Cheerios de la caja y dejando caer algunos en su boca.
—¿Abby? —preguntó Caitlin—. ¿Quién es Abby?
—Una mujer —dijo Sharkey.
—¿Mujer? —dijo Caitlin—. ¿Con mujer te refieres a novia?
Sharkey se encogió de hombros.
—¿Lamb tiene novia y no me dijo? —preguntó Caitlin.
Él se encogió de hombros otra vez.
—Soy su hija. Deberían decirme esas cosas.
—No es monje, ¿sabes? —dijo Sharkey—. Tampoco Phoebe es monja.
—¡Pero nunca ha traído a nadie aquí! La isla siempre ha sido solo para nosotros.
Lamb, la mujer llamada Abby y su hijo, Daniel Baum, que tenía la misma edad que Sharkey, llegaron a tiempo para el almuerzo.
Abby saludó a Sharkey como si ya se conocieran, pero estaba claro que los dos chicos no se habían visto antes y ninguno estaba muy contento.
Daniel era dos cabezas más alto que Sharkey, con un estilo de estudiante pulcro.
Llevaba zapatos Top-Siders y una camisa con estampado de cocodrilo. Actuaba como si estuviera aburrido.
Abby era casi tan alta como Lamb, muy delgada, pálida.
El cabello fino y castaño le llegaba hasta los hombros y un flequillo le caía sobre los ojos.
Vestía jeans, una camiseta espectacular y zapatos con suela ondulada que la hacían parecer aún más alta.
Abby le sonrió a Caitlin, le dijo lo feliz que estaba de conocerla, cuánto había oído hablar de ella.
Daniel bostezó muy fuerte, sin cubrirse la boca. Caitlin parecía que iba a vomitar.
Entraron a la casa por la puerta de la cocina y se toparon con el desorden de la noche anterior: la olla de macarrones con queso en el suelo, lamida hasta quedar limpia por Dulce; los platos pegajosos aún sobre la mesa, junto a las cajas de cereales para el desayuno,
cáscaras de plátano y una rebanada de pan a medio comer, untada con mermelada de uva.
En el rostro de Abby se reflejaron la sorpresa y, luego, el disgusto.
Vix vio el cartón de leche sobre la encimera y trató de meterlo sigilosamente en la nevera, pero Abby tampoco pasó por alto eso.
Dulce, que había estado descansando bajo la mesa, comenzó a ladrar y, cuando Daniel se arrodilló para acariciarla, ella le gruñó.
—Dios, ¿qué clase de perro es este? —preguntó Daniel, mientras daba un salto para alejarse.
—Una labradora —dijo Lamb—. Por lo general es muy amigable. Abrió la puerta y espantó a Dulce hacia afuera.
—Bueno… —dijo Abby, tratando de ser optimista—. Esta casa tiene muchas posibilidades.
Hicieron un recorrido por la isla, los seis apretujados en el Volvo, los dos chicos en el asiento trasero, uno mirando por la ventana izquierda, el otro, por la derecha, y Caitlin y Vix en el suelo de la parte trasera con Dulce.
Lamb abrió la ventana trasera para que no se sofocaran.
Adelante, Abby y Lamb estaban como si nada, como si esto fuera incluso mejor que La tribu Brady.
Mientras ellos estaban afuera, el servicio de limpieza estaría intentando poner la casa en orden.
Le habían dicho a Lamb que tomaría todo el día, quizá dos.
Lamb prometió una bonificación si terminaban en uno.
Esta vez no visitaron el barco de Trisha ni fueron a la playa nudista.
En lugar de perros calientes de almeja y papas fritas, el almuerzo fue un asunto triste en un restaurante junto al puerto, con Daniel haciendo pucheros y Sharkey con su motor interno funcionando a tope.
Caitlin movía la comida en su plato, pero no probó bocado.
Vix hizo lo posible por fingir que estaba fascinada con la historia de Abby y Lamb, cómo se conocieron, cómo se atrajeron instantáneamente y bla, bla, bla… ¿a quién le importaba?
—No podía creer que yo fuera estudiante en la escuela de negocios —dijo Abby, riendo.
—Todavía no lo creo —añadió Lamb, acariciándola.
Vix no tenía ni idea de cuál era esa escuela de negocios, pero no importaba. Nadie se dio cuenta.
—Vine a Boston después del divorcio, después de vivir toda mi vida en Chicago —dijo Abby—. Esperaba que Daniel viniera, pero ya sabes cómo es. No quiso dejar a sus amigos ni a su escuela. —Intentó despeinar a Daniel, pero él se apartó enojado—. Así que, por ahora, Daniel vive con su papá.
Vix seguía asintiendo, como los reporteros en la tele cuando hacen una entrevista, para demostrar que realmente escuchan.
—Y cuando obtenga mi maestría en administración de empresas el próximo verano —continuó Abby—, decidiré si vuelvo a Chicago o busco trabajo en el este.
Le sonrió a Lamb. Era una sonrisa íntima.
Vix se preguntó si ella sabía sobre Trisha.
Lamb
Es maravillosa, ¿no? No puede creer su suerte, cómo ella llegó a su vida de la nada, cuando menos lo esperaba.
Y llegó para quedarse. No es solo el sexo.
Todo en ella lo hace feliz. Es tan inteligente, tan dulce.
Los chicos se van a volver locos por ella.
No puede creer que esté pensando así, pensando en un futuro con esta mujer. Pero eso hace.
Todos los días Lamb cantaba en la ducha exterior. “All You Need Is Love”, “Come Together”, “We Can Work It Out”. Estaba feliz. Estaba enamorado. Cuanto más feliz estaba con Abby, más infeliz era Caitlin. Y él parecía no darse cuenta.
Un día, Vix escuchó a Daniel decirle a Abby:
—Este lugar es un basurero. Ni siquiera tienen televisión ni lavaplatos.
No hacía falta ser un genio para ver que a Lamb le costaba arreglárselas, como a los padres de Vix. Solo había que mirar los muebles desvencijados, los coches maltrechos, la ropa que usaban. Incluso comían mal. Sin carne, ni siquiera hamburguesas.
—Recuerda que eres un invitado en esta casa —le dijo Abby a Daniel—. Y espero que te comportes de una manera que no nos avergüence.
—No entiendo por qué me trajiste —respondió Daniel—. Se supone que estoy de vacaciones.
—Has estado en el campamento todo el verano —dijo Abby—. Has tenido muchas vacaciones, pero yo solo tengo estas dos semanas.
—Papá dice que toda tu vida son unas vacaciones.
—No empieces, Daniel…
—Si dejaras venir a Gus, te dejaría en paz.
Abby suspiró.
—Ya pasamos por esto. Dos semanas sin un amigo no te van a matar.
—Podrían, sí —dijo Daniel.
A Vix le dio vergüenza haber escuchado. Decidió no contarle a Caitlin lo que había oído. Era demasiado personal.
Esa noche jugaron minigolf. Daniel sostenía su palo como un profesional, una mano sobre la otra, los pulgares entrelazados. Revisaba sus pies para asegurarse de que estaban bien alineados. Hacía dos golpes de práctica antes de darle a la pelota.
Caitlin y Vix se reían a carcajadas. Daniel les dijo que se callaran. Estaba tratando de concentrarse. Se tomaba el juego en serio. Su padre jugaba. Su padre tenía un hándicap ocho, fuera lo que fuera eso.
Habían jugado minigolf para celebrar el duodécimo cumpleaños de Vix, el último día de julio. Sharkey había hecho un hoyo en uno esa noche, ganándoles una partida gratis. Esta vez nadie ganó una partida gratis.
Después, mientras comían helado en Mad Martha’s, Daniel empezó a insistirle a Abby para que le dejara invitar a un amigo. Abby dijo que no, y parecía en serio, pero Daniel no se rindió. Siguió insistiendo todo el camino a casa. Finalmente, Lamb dijo:
—No me importa si quiere invitar a alguien.
—Está bien. ¡Está bien! —dijo Abby, cediendo al fin—. Puedes llamar a Gus cuando volvamos.
Dos días después llegó Gus Kline, despeinado, con aire honesto, ruidoso y desordenado. Entró como si fuera el dueño, mirando la nevera, sirviéndose las sobras de la cena anterior.
—Hey, Baumer —dijo, pronunciando bomber y dándole un golpe amistoso—. ¿Qué tal?
—Desde que llegaste —respondió Daniel, dándole un golpe de vuelta y sonriendo por primera vez—, las cosas definitivamente van mejor.
Abby
Ni muerta permitirá que los niños arruinen esto.
No importa el odio en los ojos de Caitlin.
Fue un error irrumpir en su vida así, sin aviso, sin invitación.
Debería haberlo sabido. Quizá tome algo de tiempo, pero va a ganársela.
Siempre quiso tener una hija y esta parece necesitar un poco de cuidado materno.
Además, en menos de diez años, todos esos chicos serán adultos.
Pero ¿por qué está pensando así? Ella y Lamb se conocen desde hace apenas cuatro meses.
Antes de conocerse, había pensado en tener otro hijo.
Solo tiene treinta y siete. Todavía hay tiempo.
Y, sin embargo, ahora que la relación con Lamb parece seria —o al menos eso espera—, no está tan segura.
Tres adolescentes malhumorados parecen más de lo que había imaginado.
Claro que un bebé sería otra cosa. Un bebé podría unirlos.
Pero sabe, por experiencia, que también puede crear una brecha entre dos personas.
Nunca volvió a ser lo mismo entre ella y Marty después de que nació Daniel.
Nunca esperó que él sintiera celos del bebé, que compitiera por su afecto, exigiéndole cosas imposibles de cumplir. Pero así fue.
En el año que ha transcurrido desde que lo dejó, se ha hecho más fuerte, más segura de sí misma. Ya no le da miedo imponerse y está convencida de que ve el respeto en los ojos de Daniel.
La verdad es que no había planeado enamorarse tan pronto. Demasiado pronto, dicen sus amigas. Pero ¿se supone que debe alejarse del mejor hombre que ha conocido solo porque llegó demasiado pronto? Qué ironía, encontrarlo justo ahora que había decidido no volver a depender de ningún hombre.
Trata de no pensar en la exnovia hippie del barco, aunque Caitlin suelta indirectas cada tanto. Trisha hornea los mejores muffins y tiene unos pechos increíbles. ¡Imagínate a una niña de doce años hablándole de pechos! Tuvo que morderse la lengua.
—Tienen sexo juntos…, fellatio y cunnilingus. Pregúntale a Lamb si no es cierto.
Quería darle con el cinturón en esa ocasión. En cambio, dijo:
—Este no es un tema apropiado.
—¿Por qué no?
—Porque no lo es.
Se había retirado, pero podía sentir la satisfacción de Caitlin.
—Lo que pasa entre Trisha y tú…
—No ha pasado nada entre Trisha y yo en mucho tiempo.
—¿Por qué Caitlin opina lo contrario?
—Caitlin tiene doce, Ab. ¿Qué sabe ella?
—Pero me dijo…
—Solo intenta meterse en tu cabeza.
—Habló de fellatio y cunnilingus.
—¿Qué?
—Eso mismo pensé.
Él rio.
—Te dije que ella no es fácil.
—Debí creerte.