4
Es difícil continuar admirando a alguien con quien tienes tanta confianza como Vix la tenía con Caitlin ese verano, alguien con los pies sucios, pies que olían al barro del fondo del estanque, alguien que abría las piernas y frotaba su Poder contra el tuyo.
—¡Dios, me encanta esa sensación! —dijo Caitlin—. Resultas ser muy diferente de lo que pensé.
—¿Qué pensaste?
Caitlin recogió dos pequeños cuadrados de franela roja y comenzó a pasárselos de una mano a la otra. Tal vez ignoraría la pregunta de Vix. Hacía eso cuando alguien le preguntaba algo que no quería responder. Simplemente fingía no haber escuchado ni una palabra.
Pero al cabo de un rato, Caitlin dijo:
—Sabía que eras lista, pero callada —atrapó los cuadrados y miró el siguiente ejercicio en Malabarismos para los más torpes—. Sabía que no harías un millón de preguntas y no te entrometerías.
Comenzó de nuevo, esta vez con tres cuadrados.
—Y me gustó cómo sonreías. Y esa camiseta morada que siempre usabas.
No apartó la mirada de esos cuadrados rojos ni por un segundo.
¿Esas eran sus razones? Pero ¿qué esperaba Vix? Después de todo, no conocía a Caitlin mejor de lo que Caitlin la conocía a ella.
Caitlin lanzó los tres cuadrados al aire de una vez y se lanzó sobre la cama de Vix, tumbándola.
—¡Solo no estaba segura de que supieras divertirte!
Vix lo tomó como un cumplido. Sabía que le caía bien a Caitlin.
Ese tipo de cariño era completamente ajeno a sus juegos secretos.
A veces, cuando estaban en el pueblo, Vix notaba que la gente las miraba y recordaba que Caitlin era hermosa, pero la mayoría de las veces no importaba. No era algo que estorbara.
Una noche, durante la cena, Lamb preguntó si ella estaba pasando un buen rato. ¿Un buen rato? Vix no podía creer cómo se la estaba pasando. ¡Era el mejor momento de su vida! A veces deseaba que el verano nunca terminara. Otras, deseaba no tener que volver a casa jamás.
Miró su plato, lleno de una generosa porción de pescado azul, papas tiernas y habichuelas verdes, y respondió con voz baja y tímida:
—Sí, gracias. Estoy pasando un buen rato.
Caitlin le dio una patada bajo la mesa y Vix tuvo miedo de que se riera.
Entonces Lamb dijo:
—¿Extrañas a tu familia?
De repente, a Vix le invadió la culpa porque no extrañaba a su familia.
Apenas pensaba en ellos. Bueno, quizá en Nathan, pero eso era todo.
Le escribía cada semana y le enviaba un pequeño recipiente lleno de arena, un frasco de plástico lleno de agua de Tashmoo, un pedazo de vidrio azul de playa que Caitlin había encontrado y le había dado para él.
—Parece cobalto, ¿verdad? —le había preguntado.
—Sí, sí… —había respondido Vix sin saber qué era el cobalto.
Lo habían puesto sobre una cama de algodón dentro de un joyero; luego, envolvieron la caja con plástico de burbujas, después de que Caitlin terminara de reventar las burbujas con los pies descalzos.
—Puedes llamar cuando quieras —continuó Lamb—. No te preocupes por los cargos.
—Lamb —dijo Caitlin—, ya basta.
—Es que Vix es tan callada —dijo Lamb, como si ella no estuviera sentada en la misma mesa, como si Sharkey tampoco estuviera allí. Sharkey, que nunca decía una palabra en la cena, pero hacía un sonido extraño y vibrante mientras comía su cereal como si tuviera un motor dentro del cuerpo.
Vix sentía curiosidad acerca de por qué Sharkey no había traído a un amigo para el verano también. Cuando usó su pregunta semanal, Caitlin respondió:
—No creo que tenga amigos.
—Eso es muy triste.
—Patético —coincidió Caitlin.
—Supongo que Vix es del tipo tímido y callado —dijo Lamb, sin olvidar el tema—, como Sharkey.
—Ella no es nada como Sharkey —dijo Caitlin.
De repente, Sharkey habló:
—¿Y cómo lo sabrías? —le preguntó a Caitlin—. ¿Cómo podría saberlo cualquiera de ustedes?
Sharkey
Todo es tan fácil para ellas. Parlotean todo el día y hasta la mitad de la noche.
¿Creen que él no las escucha, que no sabe que lo consideran raro?
¡Dios! Su vida no es asunto de nadie. No necesita amigos.
Hay una diferencia entre estar a solas y sentirse solo.
No es que ellas lo sepan. Criaturas alienígenas, si quieren saber su opinión. Teletranspórtame, Scottie…
Cualquier cosa que quisiera ver o hacer en la isla era posible con solo pedirlo.
Tus deseos son órdenes, dijo Lamb, como en un cuento de hadas.
Así que ella dijo: Me gustaría ver el océano real.
Y abracadabra, al día siguiente partieron hacia el océano, haciendo una parada rápida en Menemsha, un antiguo pueblo pesquero con casi tantos barcos en el puerto como turistas tomando fotos.
Sharkey había optado por no salir con ellos y quedarse en casa, probablemente para manejar la vieja camioneta de Lamb por el camino de tierra o meterse debajo del capó del Volvo, o deslizarse de espaldas sobre la patineta que había construido para meterse bajo los autos.
Ella y Caitlin siguieron a Lamb por el muelle hasta llegar a un viejo velero de madera, Chica isleña, donde Lamb llamó:
—Trisha… Oye, Trish…
Una mujer muy bronceada, con un enredo de rizos castaños, vestida con shorts y una camisa de trabajo, salió de la parte interna del barco, cubriéndose los ojos del sol. Saltó al muelle y abrazó a Lamb; luego, a Caitlin.
—Te presento a mi amiga Vix —dijo Caitlin.
Trisha le chocó la mano.
—Vamos rumbo a Gay Head —dijo Lamb—. ¿Quieres venir?
Vix acababa de descubrir que gay y head tenían significados que antes desconocía y escuchar a Lamb decir esas palabras en voz alta la hizo sentir rara.
—Ya voy —dijo Trisha—. Solo déjenme agarrar mis cosas.
Saltó de nuevo al barco y se metió en la cabina. Lamb la siguió.
—Son solo amigos —dijo Caitlin mientras esperaban—. De los viejos tiempos… cuando Lamb vivía aquí.
—Pero quizá siguen teniendo sexo. Estoy casi segura de que sí.
—No me importaría que se casaran. Ella es medio loca, pero nos quiere.
Recogieron el almuerzo en el camino: perros calientes de almeja y rollos de langosta.
Vix nunca había oído hablar de ninguno y pidió papas fritas con salsa de tomate.
Para cuando retomaron el camino, Vix estaba más interesada en Trisha que en el océano, y se preguntaba si ella y Lamb habrían estado haciendo esas cosas juntos, esas cosas sobre las que ella y Caitlin habían leído, mientras estaban en la cabina del barco.
No lo creía, porque no habían estado ahí mucho tiempo, aunque tampoco tenía idea de cuánto tomaría.
El océano era exactamente como ella lo había imaginado, justo como lo había visto en un millón de películas.
La única sorpresa era el aroma, salado y fresco, y el rugido de las olas al chocar con la orilla.
Siguieron a Lamb y Trisha hasta un lugar protegido por un alto acantilado de arcilla, pero incluso así el viento les azotaba el cabello y, cuando intentaban hablar, la arena les volaba a la boca.
En cuanto dejaron caer sus bolsas en la playa, Trisha empezó a quitarse la ropa.
Primero se desabrochó y se quitó la camisa, revelando unos pechos enormes con pezones del tamaño de galletas de vainilla.
Vix nunca había visto algo así. Intentó apartar la mirada, pero no pudo.
A pesar de la brisa, sintió que su rostro se calentaba.
Trisha pudo notar por la expresión en su cara que algo no estaba bien.
—Oh, cariño —dijo—, ¿te va a dar vergüenza? Porque no tengo que desvestirme.
Tuvo que gritar para hacerse oír. Miró a Lamb en busca de orientación.
—Creo que sería mejor… —empezó Lamb.
—Ya entiendo —dijo Trisha, poniéndose la camisa.
—Es una playa nudista —le dijo Caitlin a Vix—, pero no tienes que quitarte la ropa. Yo nunca lo hago.
Solo entonces Vix se cubrió los ojos del sol para mirar alrededor.
¡Era cierto! La mayoría de la gente en la playa estaba totalmente desnuda.
Lamb se quitó los jeans y, por un segundo, Vix contuvo la respiración porque de ninguna manera quería ver su paquete, pero no hubo problema.
Él llevaba un Speedo diminuto, del tipo que usaba Mark Spitz en los Juegos Olímpicos cuando ganó todas esas medallas y ella apenas estaba en segundo grado.
No podía creer la actitud de todos, como si una playa llena de nudistas no fuera gran cosa.
—Entonces, Vix… —dijo Lamb—, ¿qué te parece?
—¿Qué me parece?
—El océano.
—Oh, el océano.
Intentó pensar en algo interesante que decir, pero el océano no era lo primero que le venía a la mente. Cuando no respondió, Lamb rio.
—Bastante impresionante, ¿verdad, pequeña?
Luego, él y Trisha se tomaron de la mano y se dirigieron hacia las olas.
Ella imaginó decirle a su madre que Lamb la había llevado a una playa nudista. ¡Indecente!, diría su madre. ¡Lascivo e indecente y quiero que tomes el siguiente barco de regreso! Sus padres no andaban por ahí sin ropa. Después de todo, su madre era una católica caída en desgracia.
Trisha
Hoy se había equivocado, y de qué manera, al quitarse la ropa de esa manera frente a la niña. Nada de sentido común. Por otro lado, era una playa nudista. ¿Por qué los habría llevado a una playa nudista si se suponía que ella no debía desnudarse? ¿Qué sentido tenía eso?
Por más que lo intentaba, nunca acertaba con él.
Hace quince años él había elegido a Phoebe en lugar de a ella.
Lo del dinero, pensó siempre. Lo de la familia.
Podría haberle dicho entonces que eso nunca funcionaría.
Phoebe estaba acostumbrada a conseguir lo que quería cuando quería.
Claro que ella había fingido aceptar su estilo de vida, pero en realidad no creía que eso creara un mundo mejor.
Tampoco es que ahora considerara eso. Pero en aquel entonces…
Ella había llegado a la isla con dieciocho años, recién salida de Bridgeport, y nunca se había ido.
No como Phoebe, que apareció un verano, enganchó a Lamb y se lo llevó.
Después de separarse de Phoebe, él había vuelto y ella cuidaba a su niño como si fuera suyo. Lambsey-Divey, lo llamaba ella. Ahora le decían Sharkey y tenía suerte si lo veía un par de veces cada verano.
Había esperado todos esos años a que Lamb entendiera que ellos debían estar juntos, que ella amaba a sus hijos tanto como a él.
Pero él tenía una mujer nueva en su vida, una relación seria.
Como si lo que ellos habían tenido durante todos esos años no fuera serio.
Lloró cuando él se lo dijo, lloró y amenazó con cortarse las muñecas, pero él la contuvo y prometió que siempre sería su amigo, que siempre estaría ahí para ella.
Además, la había ayudado a montar su negocio, ¿no? La animó a lanzarse con Los Muffins de Trisha, horneados cada día, suaves, esponjosos, no como esas bolas de plomo que venden en el Dog. Todos los mejores restaurantes y tiendas del pueblo ahora querían sus muffins.
—Estás en tu mejor momento —dijo él—. Encontrarás a alguien más, alguien que te haga feliz, alguien con quien compartir tu vida en la isla.
Así que no se ha cortado las muñecas. Está demasiado ocupada horneando. Pero, ay, cómo extrañaba hacer el amor con él. ¿Desde hace cuánto tiempo estaban separados? Cuatro meses, dos semanas, tres días. Desde que él conoció a la nueva mujer.
Hace quince años pensaba que estarían juntos para siempre. Hace quince años se trenzaba el cabello con listones.