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Fue el tipo de verano del que no se escribe a casa para contarlo. Vix no mentía exactamente, pero, como Caitlin, empezó a practicar la verdad selectiva. Lo que su familia no supiera, no podía hacerles daño.
La casa era oscura y desordenada, un lugar donde a nadie le importaba cuánta arena había en el suelo o en tu cama.
Caitlin la llamaba la casa de Psicosis. Vix entendía por qué.
Su habitación tenía paredes de madera sin pintar, dos camas individuales con resortes ruidosos, colchas rojas desteñidas y almohadas que olían peor que la esponja húmeda con la que limpiaban las mesas del comedor en la escuela.
Los estantes estaban abarrotados de Barbies decapitadas, Legos, juegos de mesa a los que les faltaban piezas, raquetas de tenis con cuerdas rotas, estrellas de mar, caracoles ermitaños, frascos con insectos muertos y pirámides de piedras.
El baño estaba al final del pasillo. Lo compartían con Sharkey. Cuando Vix se sentaba en la bañera con patas podía ver el estanque Tashmoo, que tenía una milla de largo. Se abría hacia el estrecho, facilitando la entrada y salida de los botes.
Había cosas flotando en el estanque, cosas marrones que parecían excrementos.
Caitlin juraba que no lo eran, pero Vix no estaba tan segura.
Caitlin nadaba todos los días con su traje de una pieza morado.
El de Vix era azul y blanco con estrellas rojas.
Lo odiaba. Su madre decía que no tenía sentido comprar uno nuevo si no pensaba mojarlo.
Y no pensaba hacerlo. Sería como Sharkey.
Él nunca se acercaba al agua. Ni siquiera usaba traje de baño.
Otra cosa sobre él y Caitlin: casi nunca se cambiaban de ropa.
Pero lo realmente asqueroso era que Caitlin no se cambiaba la ropa interior.
A veces ni siquiera usaba. No se había bañado ni duchado desde su llegada.
Necesitaba usar champú. Ella y Sharkey empezaban a oler a pies sucios y algo más, algo que Vix no lograba identificar, pero no era bueno.
Si Lamb lo notaba, no decía nada. Era tan relajado que prácticamente vivía acostado.
—Fue hippie durante un tiempo —le dijo Caitlin a Vix—. Vivió en la parte norte de la isla con todos los demás hippies. Algunos son famosos ahora. Algunos son ricos.
Vix se moría por hacer la pregunta obvia, pero no lo hizo.
Nadie iba a acusarla de ser una de esas personas que no entienden.
A veces, al final del día, Lamb las llevaba a pescar.
Si atrapaban un róbalo o un pez azul, él lo cocinaba a la parrilla, envuelto en papel de aluminio, con tomates, pimientos verdes y cebollas.
Un pez, dos peces, peces rojos, peces azules.
Al principio Vix ni siquiera probaba los platillos de Lamb.
Lo más parecido a un pescado que había comido era el atún enlatado.
A Lamb no le importaba.
—No hay problema, jovencita. Hazte un sándwich de mantequilla de maní.
Después de todo, Sharkey tampoco comía pescado. Solo comía Cheerios.
No obstante, al cabo de un tiempo el pescado empezó a oler bien y Vix descubrió que no sabía tan mal, salvo por las espinas. Se maravillaba al ver cómo Caitlin se las sacaba de la boca y las alineaba en el plato, mientras que ella a veces debía escupir un bocado masticado en la servilleta.
Caitlin le enseñó a jugar jacks. Echaba talco para bebés en el suelo, de modo que las manos les resbalaran fácilmente sobre las viejas tablas de pino del salón. Caitlin era una experta, pasaba por tres juegos difíciles antes de que Vix lograra terminar los de siete.
No había televisión en la casa. En la de Vix, en Santa Fe, la tele estaba encendida todo el tiempo. Lewis y Lanie veían repeticiones de comedias antes de la cena y Tawny nunca se perdía Laverne and Shirley o Los ángeles de Charlie.
Este lugar estaba lleno de libros viejos.
Olían a humedad. Un día lluvioso, mientras Caitlin y ella estaban revisando las estanterías, encontraron Matrimonio ideal y Amor sin temor.
Esa noche, en su cuarto, se turnaron para leer en voz alta, riéndose del lenguaje, aunque decepcionadas por la falta de ilustraciones en ambos libros.
Caitlin dijo que coitus interruptus sonaba como algo que pedirías en un restaurante francés.
Usaron el diccionario del estudio de Lamb para buscar cunnilingus, fellatio, pelotilla fecal.
Esta última se convirtió en su favorita.
Pelotilla fecal: un pequeño grumo de excremento, adherido a la parte trasera de un animal.
Vix le dijo a Caitlin que, si no empezaba a ponerse ropa interior limpia, le iba a dar el Premio Pelotilla Fecal.
Caitlin se lo tomó en serio por unos días, pero, luego, volvió a sus viejas costumbres.
La primera vez que Caitlin condujo a Vix a través del bosque con Dulce siguiéndolas, por el sendero secreto de agujas de pino que llegaba hasta la playa norte y al estrecho de Vineyard, se tomaron de las manos, cerraron los ojos y juraron nunca ser ordinarias.
Phoebe le había dicho a Caitlin que ser ordinaria era un destino peor que la muerte. Caitlin llamaba a esto el pacto NSO.
—¡NSO o muerte! —canturreó al viento—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
En ese momento, Vix se sintió la persona más afortunada del mundo.
Era la elegida, escogida por razones ajenas a ella para ser amiga de Caitlin; de modo que, si Caitlin le pedía jurar que nunca sería ordinaria, bueno, lo haría.
Marcó su señal en la arena, un corazón con una V dentro, mientras Caitlin dibujaba un elaborado rayo alrededor de sus iniciales.
Caitlin quedó impresionada por lo oscura que se volvió la piel de Vix en solo unas semanas.
—Es mi gen nativo americano —explicó Vix—. Soy una dieciseisava parte cheroqui por parte de mi madre.
No estaba segura de la fracción exacta. Solo sabía que era algo de lo cual estar orgullosa.
—Dios, ¡qué interesante! Ojalá yo tuviera genes inusuales.
—Estoy segura de que sí —dijo Vix, pensando en Phoebe y Lamb.
Cuando Caitlin nadaba, Vix la vigilaba hasta que se convertía en un punto flotando en el mar, como la boya de un pescador de langostas.
—No sé nadar —confesó a Dulce—, así que deberás salvarla si lo necesita, ¿de acuerdo?
Dulce no pareció preocupada. Inclinó la cabeza como si escuchara atentamente y, luego, salió corriendo a buscar algo en qué revolcarse, algo muerto o en descomposición. Fuera lo que fuera, su pelaje terminaría oliendo a pescado viejo.
Caitlin se sacudió como un perro cuando salió del agua; luego, se envolvió una toalla de playa alrededor de la cintura, de modo que la arrastraba en la arena como una falda larga.
—¿Te he contado alguna vez que en mi vida anterior fui una sirena?
—Pero en esta vida eres humana —le recordó Vix, por si se le había olvidado—. Y desearía que no te alejaras tanto.
Ella derramaba torrecitas de arena mojada sobre su castillo elaborado.
—Me gusta que te preocupes por mí —dijo Caitlin.
—Alguien tiene que hacerlo.
En su habitación, por la noche, jugaban a ser sirenas, usando el maquillaje que Caitlin había comprado con la cuenta de Lamb, en la farmacia Leslie’s, para pintarse los labios de rojo oscuro y delinearse los ojos con negro carbón.
El espejo de pared que estaba encima del lavabo del baño era tan viejo como la casa.
Una grieta lo atravesaba en diagonal, de modo que sus caras parecían tener cicatrices.
Se pavoneaban y cantaban Abba, los Eagles, Shaun Cassidy —Da Doo Ron Ron— con calcetines metidos en la parte superior de sus trajes de baño para ver cómo se verían con pechos grandes. Caitlin seguía siendo totalmente plana, pero Vix tenía unos pequeños montículos, el principio de algo.
Caitlin estaba fascinada con los vellos púbicos de Vix.
—Acuéstate —le dijo— y los contaré por ti.
—¿Para qué?
—¿No tienes curiosidad? ¿No quieres saber cuántos tienes?
—La curiosidad mató al gato —dijo Vix.
Caitlin la miró como si no tuviera remedio.
—Una persona sin curiosidad podría estar muerta.
Vix deseaba que alguien se lo explicara a su madre. Para demostrar que estaba muy lejos de estar muerta, se tumbó en la cama con las bragas abajo, riéndose histéricamente mientras Caitlin levantaba un vello a la vez y contaba en voz alta.
—Dieciséis —dijo Caitlin, anunciando el total—. ¡Qué suerte tienes!
—No veo por qué habría de ser suerte el tener dieciséis vellos púbicos.
—¡Lo verías si todo lo que tuvieras fuera esto! —Caitlin se bajó los shorts para mostrarle a Vix su pequeño parche de vellos claros. Tampoco es que Vix no lo hubiera visto antes.
Sharkey irrumpió en el baño y ellas gritaron tan fuerte que salió corriendo con una expresión de terror en el rostro. Desde entonces, pusieron una silla delante de la puerta de su habitación porque en la casa no había cerraduras.
Cuando se aburrieron de ser sirenas, inventaron un juego mejor. Vixen y Cassandra, amigas de verano, las dos chicas más sensuales de Vineyard, quizá del mundo entero.
Tenían el Poder. El Poder estaba dentro de sus pantalones, entre sus piernas. Acababan de descubrir que si lo frotaban de cierta manera era como si una corriente eléctrica les recorriera el cuerpo.
Querida familia,
me lo estoy pasando genial.
Con cariño, Vix
Y luego estaba Von, el chico más guapo que Vix había visto en su vida.
Tendría unos dieciséis años, una larga coleta con mechones aclarados por el sol, brazos musculosos y un paquete de Marlboro metido en la manga de su camiseta.
Sus labios eran carnosos y tan suaves que Caitlin decía que podría chuparlos toda la noche.
Hasta ese momento, a Vix nunca se le había ocurrido chupar los labios de nadie.
Von trabajaba en los Flying Horses, que se suponía era el carrusel más antiguo del país, uno de esos tesoros nacionales que la gente en Vineyard siempre alababa.
Él recogía los boletos y volvía a introducir los aros en la máquina mientras el carrusel giraba una y otra vez.
Vix pensaba que Von debería ser declarado un tesoro nacional.
Cada vez que Lamb se dirigía a Oak Bluffs, le rogaban que las llevara.
Les daba un par de dólares y, mientras él hacía sus recados, ellas montaban hasta marearse y casi no poder mantenerse de pie.
Von las llamaba “Problema al cuadrado”. Gruñía cuando las veía acercarse y fingía que eran una verdadera molestia.
Caitlin le daba un puñetazo en el brazo cuando se comportaba así.
Le encantaba molestarlo, le halaba la coleta, saltaba de un caballo a otro, lo desafiaba a que la detuviera.
Rompía todas las reglas, pero él nunca la sacaba del carrusel.
Vix sabía que él nunca la habría notado si no fuera por Caitlin.
Pero no le importaba. Estaba orgullosa de ser amiga de Caitlin.
Una noche, el tesoro nacional les presentó a su primo, Bru. Bru era más alto que Von, con brazos musculosos pero delgados. Hablaba poco. Vix pudo notar que las consideraba niñas que no merecían su atención.
Otra noche, Lamb las llevó al cine a ver Annie Hall y, después, cuando Caitlin suplicó por solo un viaje más en el carrusel, Lamb dijo:
—Está bien, pero solo uno.
Él y Sharkey subieron por la avenida Circuit para comprar un trozo de pizza en Papa John’s.
Pero Von no estaba en el carrusel esa noche.
En cambio, Caitlin juró haberlo visto con una chica en el callejón oscuro junto al carrusel, con sus manos dentro de la camiseta de ella y la mano de ella sobre su…
Vix no podía decirlo. No podía decir pito o pipí, ni siquiera pene, no cuando se trataba de Von.
Así que Caitlin le dio un nuevo nombre: el paquete.
Dijo que la mano de esa chica estaba envolviendo el paquete de Von.
Esa noche inventaron un juego. Vixen y Cassandra conocen a Von.
Cuando jugaban, se turnaban para fingir ser Von, acostándose una encima de la otra, frotando el Poder contra el Poder de la otra hasta que la corriente eléctrica les recorría el cuerpo.
Juraron no contarle a nadie sobre Vixen y Cassandra.
Caitlin decía que no necesariamente eran lesbianas porque siempre fingían que lo hacían con un chico. Por otro lado, tal vez sí lo eran.
Lamb
Él jura que la noche en que ella nació, cuando la pusieron en sus brazos, ella miró directamente a sus ojos y sonrió.
Tocó su pequeña boca en forma de capullo de rosa y se enamoró perdidamente.
Su hija. Su niña. Nunca imaginó que la perdería.
Y no lo ha hecho, se sigue diciendo a sí mismo.
Nunca se ha perdido un verano. Nunca pide pasar las fiestas con nadie más que con él.
Él y Phoebe fueron unos tontos al pensar que sería fácil.
Claro, se divorciaron sin rencores. Ni siquiera puede recordar si fue idea de Phoebe o suya.
Con ese asunto del matrimonio abierto alguien iba a salir lastimado.
Pero ¿separar a los niños solo para ser justos?
Una niña para ti, un niño para mí… ¿Cómo iba a saber que Phoebe llevaría a Caitlin a vivir al otro extremo del país? ¿Arrepentimientos? Claro que los tiene.
La observa en el carrusel. No puede creer que ella no siempre será tan joven, tan inocente.