1 #2
Casi habían perdido la esperanza cuando nació Vix, fuerte y sana, una sobreviviente. Luego vinieron Lanie y Lewis. Se mudaron a Santa Fe, donde Ed consiguió trabajo como vendedor de seguros.
Y luego nació Nathan.
Su padre solía bromear con entrar al Club del Millonario, vendiendo un millón de dólares en seguros en un año.
Entonces podría ganar unas vacaciones en algún centro vacacional exótico, tal vez incluso en Hawái.
Si eso pasaba, prometió que los llevaría a todos.
Vix soñaba con esas vacaciones hasta que la compañía de seguros quebró y su padre quedó desempleado durante casi un año.
Tawny tuvo suerte de encontrar trabajo para la Condesa. Incluso después de que Ed consiguiera un nuevo empleo como gerente nocturno en La Fonda, el viejo hotel de la Plaza, Tawny mantuvo el suyo.
—Ya es difícil arreglárselas con ambos sueldos —decía.
La Condesa usaba pantalones de montar de gamuza, esmalte de uñas azul y joyas exóticas.
Tenía cinco perros. Nadie sabía su edad exacta.
Tawny tenía que llevarla a las reuniones de Alcohólicos Anónimos.
A veces, cuando la Condesa recaía, Tawny podía llegar a comportarse con verdadera mezquindad en casa.
Vix estaba acostada en la cama que compartía con Lanie, soñando con el verano que se acercaba.
Imaginaba las palmeras meciéndose con la brisa.
Casi podía sentir las noches largas y sofocantes, escuchar el ritmo de la música reggae.
Fantasy Island o, al menos, Gilligan’s. Tuvo que pellizcarse para asegurarse de que era real, que realmente se iría con Caitlin Somers, que no se lo había inventado todo.
A Lanie no le gustaba la idea.
—¡Es tan injusto! —gritó—. Tú haces todo.
Probablemente Lanie se preguntaba por qué Caitlin Somers, la persona más popular de toda la escuela, la había invitado a pasar el verano juntas. Ella misma se lo preguntaba. Intentó consolar a Lanie.
—Míralo así…, puedes tener nuestra habitación para ti sola todo el verano. Puedes invitar amigas a quedarse a dormir y todo.
—¿Puedo quedarme con tus Barbies?
—¿Quedártelas? Ni pensarlo.
—¿Usarlas?
—Usarlas, bueno, si prometes mantenerlas exactamente como están. Y la Casa de los Sueños de Barbie está prohibida.
—No es justo… Esa es la mejor.
—Entonces no hay trato.
Lanie hizo un puchero. Ella y Vix tenían los ojos oscuros y los pómulos altos de Tawny, un regalo de algún ancestro cheroqui. Pero Lanie era la más bonita de todas, con el cabello rojo caoba y la piel clara de Ed.
—Está bien, no tocaré la Casa de los Sueños de Barbie.
Vix estaba a punto de quedarse dormida cuando escuchó a Lanie susurrar:
—Si te vas, te perderás tu cumpleaños.
—No, no me lo perderé. Solo estaré en otro lugar.
Phoebe nunca conducía hasta Albuquerque, ni siquiera cuando ella misma viajaba en avión, así que Caitlin viajó con Vix y su familia en la casa rodante adaptada para la silla de Nathan. En el aeropuerto, cuando Vix se agachó para despedirse de Nathan con un abrazo, él dijo:
—No te preocupes, no te olvidaré.
Y le regaló su sonrisa ladeada.
—Yo tampoco te olvidaré —le prometió ella.
Al ponerse de pie, notó a una mujer que miraba fijamente a Nathan. Estaba acostumbrada a la forma en que la gente lo miraba, con una mezcla de curiosidad, lástima y repulsión. Se voltearían hacia otro lado si sus miradas llegaban a chocar.
Una vez en el avión, sentadas y con el cinturón puesto, Vix sacó de su mochila una bolsa con el almuerzo. Tawny había empacado dos sándwiches de mortadela, varios cartones de jugo y unas bolsas de pretzels y papas fritas, como si Vix se fuera de campamento. Desdobló una nota escrita en papel rayado.
En caso de que no te guste la comida del avión. —Mamá
No sabía si reír o llorar.
—¿Qué es eso? —preguntó Caitlin.
—Una nota de mi madre.
—¿Ya te escribió?
Vix asintió con la cabeza.
—A Phoebe le encanta tomarse los veranos como vacaciones de maternidad —dijo Caitlin, orgullosa—. Se va al sur de Francia. Me enviará una postal y me traerá algún traje fantástico.
Vix estaba pensando en que su madre daría cualquier cosa por viajar a Francia, pero la Condesa nunca se perdía la temporada de la ópera en Santa Fe. Organizaba fiestas enormes y Tawny era la responsable de todo eso.
El avión rodaba por la pista, ganando más y más velocidad, hasta que se elevó en el aire. Cuando lo hizo, Vix cerró los ojos, rezó una oración y se aferró a los apoyabrazos de su asiento.
—Espera… —dijo Caitlin—. Déjame adivinar: este es tu primer vuelo.
—Exacto. Y no me preguntes: “¿Cómo es posible en estos tiempos?”.
Caitlin se rio.
—Eres completamente distinta —dijo, apretándole el brazo a Vix—. Eso me gusta de ti.
Tawny
¿En qué estaba pensando al empacarle un almuerzo a Victoria?
No es típico de ella estar pendiente de sus hijos de esa manera.
Tienen que estar preparados para la vida y la vida es dura, está llena de decepciones.
No debería haberle hecho caso a Ed, no debería haber aceptado que Victoria se fuera a una isla, entre todos los lugares posibles, cuando ni siquiera sabe nadar.
Y encima le dice que no se preocupe. ¿Preocuparse?
Está demasiado cansada para preocuparse.
Ya ni recuerda cómo se siente no estar agotada.
Cierra los ojos y le reza a Dios para que proteja a su hija.
Para que la mantenga a salvo. Pero ya nada será igual.
En cuanto Victoria pruebe otro estilo de vida, en cuanto pase un verano con una chica como Caitlin Somers, la habrán perdido, es tan seguro como que un perro roe un hueso. Ella lo sabe, aunque Ed no lo vea.
Y ahora los demás niños la tironean, le piden dinero para la máquina de chicles.
Solo Nathan sigue pensando en Victoria. Se le nota en la cara.
A ella misma le sorprende que Victoria simplemente se haya ido y lo haya dejado.
Contaba con que le ayudara durante el verano.
Los otros dos no sirven para eso, son harina de otro costal.
Pero Victoria se parece más a ella. Hace lo que hay que hacer.
Ed
Tawny espera demasiado de la niña. Le da demasiada responsabilidad.
Todavía es chiquita, apenas cumplirá doce.
La misma edad que él tenía cuando su padre murió.
Durante tres años, la dependencia de su madre casi lo asfixió.
Mi hombrecito, le decía. Por Dios, él no era ningún hombre, por más que lo intentara.
Y un día, sin previo aviso, ella anuncia que se va a casar ese mismo fin de semana con un hombre que él nunca había visto, que ni siquiera había oído nombrar.
Un viudo con tres hijos, todos más pequeños que él. Así, sin más.
Su padrastro lo odiaba con toda el alma. Ese muchacho tuyo no sirve para nada, Maddy. Y los niños, siguiendo el ejemplo, disfrutaban atormentándolo.
¿Es tímido?
No, solo es bruto.
¿Te comieron la lengua los ratones, Eddie?
¡No, los ratones le comieron ahí abajo!
Dejó de hablar en casa por un tiempo.
Su madre le decía: Lo necesitamos, Eddie. Intenta comprender. Tiene un buen trabajo. Nos va a cuidar. Ya verás…
Pero fue ella quien terminó cuidándolo a él, a sus tres mocosos y a los mellizos que tuvo con él siete meses después de casarse. Se mató de tanto trabajar antes de cumplir los cincuenta.
No es que él se quedara a verla. Se enlistó a los dieciocho. Únase. Conozca el mundo. Sonaba perfecto para él. Cualquier cosa con tal de escapar.
Lo único que deseaba era un trabajo decente, una familia propia, hijos a quienes amar. Iba a ser un verdadero padre, aunque nunca hubiera visto uno de cerca, pero ya se las arreglaría. Luego conoció a Tawny, una mujer que sabía lo que quería. Eso le gustó de ella. No era una veleta como su madre.
Ahora…, diablos, todo es distinto. Y eso ha endurecido a Tawny. No es culpa de nadie. Así son las cosas.
* N. de la E.: El nombre Vix suena muy similar a Vicks, una conocida marca estadounidense de productos medicinales, como jarabes, ungüentos y pastillas para el resfriado.