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VERANO, 1977
El mundo de Victoria tembló por primera vez el día que Caitlin Somers se acercó con paso seguro a su escritorio, se sentó en el borde y dijo un “Vix” que sonó como el nombre de una flor hermosa, aterciopelada y suave, no como un descongestionante.
Caitlin había sido transferida a la escuela primaria Acequia Madre justo después de Navidad, luego de mudarse a Santa Fe desde Aspen durante las vacaciones.
Todos en la clase de sexto grado de Vix se enamoraron de ella al instante.
Y no fue solo por su aspecto —su cabello pálido y ondulado, su piel satinada y sus ojos hundidos, casi azul marino—, también era peleona, valiente y tenía una lengua afilada.
Fue la primera en decir mierda en clase y salir impune.
Ningún maestro ni adulto habría creído las palabras que salían tan fácilmente de la hermosa y rosada lengua de Caitlin. Y luego estaba esa sonrisa, esa risa.
Vix era demasiado tímida, demasiado callada para siquiera decir su nombre.
Se sentaba al fondo y la adoraba desde lejos mientras los demás peleaban por ser sus compañeros, por compartir un pupitre con ella.
Por eso pensó que había escuchado mal cuando Caitlin preguntó: “¿Quieres viajar conmigo este verano?” .
Vix llevaba unos pantalones acampanados desgastados, una camiseta morada salpicada de jugo, y su cabello oscuro estaba recogido en una coleta despeinada.
Tenía una mancha de lápiz en la mejilla izquierda.
Mientras Caitlin hablaba, Vix juraba escuchar a Abba de fondo.
“Dancing Queen”. Se perdió casi todo lo que dijo Caitlin, salvo que tenía que ver con alguna isla en medio del océano.
El océano, por Dios, que ella nunca había visto.
No pudo responder, seguramente se trataba de un truco o una broma.
Esperaba que el resto de la clase empezara a reírse, aunque la última campana había sonado y los demás niños corrían hacia la puerta.
—Vix… —Caitlin ladeó la cabeza y las comisuras de su boca se alzaron—, estaré con mi papá todo el verano, desde el primero de julio hasta el Día del Trabajo.
¡Todo el verano! ¡Todo el maldito verano! La música subía. You’re a teaser, you turn ’em on, leave them burning and then you’re gone…
—Nunca he visto el océano. —No podía creer lo tonta que se escuchaba, como si no controlara las palabras que salían de su boca.
—¿Pero cómo es posible en estos tiempos que nunca hayas visto el océano? —preguntó Caitlin, genuinamente interesada, sorprendida de que alguien pudiera haber vivido casi doce años sin verlo.
Vix solo pudo encogerse de hombros y sonreír.
Se preguntó si Caitlin también escuchaba la música, si la música la seguía a donde fuera.
Desde entonces, cada vez que Vix escuchaba “Dancing Queen” volvía a una tarde soleada de junio en sexto grado.
La tarde en que un hada madrina agitó su varita mágica sobre su cabeza y le cambió la vida para siempre.
En casa, Vix le preguntó a su madre:
—¿Cómo es posible, en estos tiempos, que nunca haya visto el océano?
Su madre, que bañaba a su hermano menor, Nathan, la miró como si estuviera loca.
Nathan tenía distrofia muscular. Su cuerpo era pequeño y deforme.
Tenían un aparato que le permitía sentarse en la bañera, pero no podía quedarse solo.
Tenía siete años, era atrevido e inteligente, mucho más despierto que su otro hermano Lewis, que tenía nueve, o que su hermana Lanie, que tenía diez.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —dijo su madre—. Vivimos en Nuevo México. Nos separan cientos de millas de un océano y miles del otro.
—Lo sé, pero mucha gente también vive lejos y ha ido al océano.
Ella sabía muy bien por qué nunca habían ido a ninguna de las dos costas. Aun así, se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro, con los brazos cruzados en actitud desafiante, mientras veía a Nathan navegar sus barquitos en la bañera, agitando olas con los brazos.
—Este es mi océano —dijo él. Su habla era dificultosa, lo que hacía que algunas personas tuvieran problemas para entenderlo, pero no Vix.
—Además, has ido a Tulsa —dijo su madre, como si eso tuviera algo que ver con lo que hablaban.
Sí, había ido a Tulsa, pero solo una vez, cuando su abuela, una abuela que nunca supo que tenía hasta entonces, estaba muriendo.
—Abre los ojos, Darlene —le había dicho su madre a la extraña en la cama del hospital—. Abre los ojos y mira a tus nietos.
Los tres estaban formados frente a su madre, mientras Nathan dormía en su coche. Esa mujer, que era su abuela, miró de arriba abajo a Vix, Lewis y Lanie sin mover la cabeza. Luego dijo:
—Bueno, Tawny, veo que has estado ocupada. —Y eso fue todo.
Tawny no lloró cuando Darlene murió al día siguiente. Vix ayudó a limpiar la casa rodante de Darlene, donde Tawny había crecido. Tawny se llevó algunas fotos viejas, una botella de whisky sin abrir y un par de canastas indígenas que tal vez podrían valer algo. Resultó que no valían nada.
No podía quedarse quieta. Nunca había querido algo tanto en su vida. Y estaba decidida. De una forma u otra, se iría con Caitlin Somers.
—Deja de moverte —dijo Tawny, lanzándole una toalla a Vix—. Seca a Nathan y prepáralo para la cena. Tengo que ayudar a Lewis con su tarea.
—Entonces, ¿puedo ir? —gritó Vix mientras Tawny salía del baño y atravesaba el pasillo.
—Tu padre y yo lo vamos a conversar, Victoria —respondió Tawny, dejando claro que no estaba decidido aún.
Tawny nunca la llamaba Vix*, como los demás. Si hubiera querido ponerle a mi hija el nombre de un remedio para el resfriado, lo habría hecho. Uno pensaría que una persona llamada Tawny sería más flexible.
Había ido a la casa de Caitlin, un antiguo lugar amurallado en El Camino, solo una vez, en marzo, cuando Caitlin invitó a toda la clase a su fiesta de su duodécimo cumpleaños.
Había música en vivo y un camión de pizzas con una docena de ingredientes diferentes.
La madre de Caitlin, Phoebe, vestía ropa indígena de imitación —falda larga, botas vaqueras, collares de turquesas alrededor del cuello—.
Su cabello trenzado y brillante le caía por la espalda.
Algunos amigos de Phoebe también estaban allí, incluido su novio del momento, un tipo con cabello largo y plateado, un cinturón con conchas y botas de cuero hechas a mano.
Vix nunca había asistido a una fiesta así, en una casa así, con adultos así.
Ella le había llevado a Caitlin por su cumpleaños un libro en blanco, cubierto de tela de jean azul, con una cadena de plata como separador de páginas. Solo esperaba que fuera digno de los pensamientos y sentimientos de Caitlin. Soñaba con tocar su cabello, su piel besada por el sol.
Les escribió a sus padres una carta donde exponía las razones para dejarla ir; la principal era la promesa de Caitlin de que no les costaría ni un centavo.
Pero Tawny no se la creyó. Ella decía que Caitlin venía de una familia inestable.
—Con solo ver a esa madre…
—Pero no estaremos con su madre —respondió Vix—. Estaremos con su padre, y él es muy estable.
—¿Y cómo lo sabes?
—Todo el mundo lo sabe. Él te llamará. Puedes preguntarle tú misma.
Al final, fue su padre quien convenció a Tawny de dejarla ir.
Su padre, un hombre que parecía sorprendido cuando abría la puerta y encontraba a cuatro niños ruidosos en la casa.
Un hombre de pocas palabras, capaz de pasar un fin de semana entero sin hablar, pero que cuando lo hacía, bajaba mucho la voz en la última parte de cada frase y siempre alguien preguntaba: ¿Qué? ¿Qué dijiste, papá?
Pero nunca fue cruel.
Ella se imaginó saltando a sus brazos, abrazándolo con fuerza para mostrarle lo agradecida que estaba, pero eso habría avergonzado a ambos, así que solo dijo:
—Gracias, papá.
Él murmuró algo que ella no entendió mientras le apoyaba la mano sobre su cabeza.
Hasta entonces, el mejor momento de su infancia había sido el fin de semana en que su padre instaló una ducha de laminado moldeado en el medio baño de la habitación de sus padres. Cuando estuvo lista y funcionando, Vix, Lewis y Lanie rogaron ser los primeros en probarla. Su padre la miró y dijo:
—Lo haremos por orden de edad. Vix va primero.
¡Qué orgullosa se sintió ese día! Qué agradecida con su padre por reconocer que tenía un lugar especial en la familia.
La primera hija. La hija mayor. Una ducha amarilla con su propia puerta de vidrio.
Quiso quedarse bajo el agua tibia para siempre.
Solo después se dio cuenta de lo pequeña que era su casa, con ventanas pequeñas, altas y al norte, que la hacían oscura y fría todo el año, incluso bajo el sol implacable de Santa Fe.
No sabía casi nada de la juventud de sus padres. Cada vez que Vix le hacía una pregunta personal a su madre, Tawny respondía:
—No sacamos los trapitos al sol.
—Yo no soy cualquiera —replicaba Vix—. Soy familia. Soy tu hija.
—Ya sabes suficiente —decía Tawny—. Sabes lo que importa. Además, la curiosidad mató al gato.
Pero la satisfacción lo trajo de vuelta, pensó Vix, aunque no se atreviera a decirlo en voz alta. Si lo hacía, Tawny gritaría: ¡Ya basta, Victoria! Así que dejó de hacer preguntas. ¿De qué servía?
A veces intentaba imaginar a Tawny el día que se graduó de la secundaria, subiendo al primer autobús que salía de Tulsa y viajando hasta donde el dinero le alcanzara, hasta Albuquerque, donde, gracias a sus habilidades de mecanografía y taquigrafía, que Tawny recordaba a todos con frecuencia,
consiguió empleo con un joven abogado.
Siete años después, todavía trabajaba para él.
Para ese entonces ya estaba comprometida con Ed Leonard, un chico de Sioux City, educado y lo suficientemente atractivo, a quien había conocido en un baile en la Base Aérea de Kirtland.
Se casaron ante un juez de paz cuando Ed terminó el servicio. El joven abogado, que ya no era tan joven, les organizó una fiesta en su jardín.
Tawny no invitó a Darlene. Ni siquiera le dijo a Ed que su madre seguía viva.
Luego vinieron los bebés muertos, tres en cinco años, nacidos antes de poder respirar por sí mismos.
Vix y Lanie solían jugar al juego del bebé muerto, como otros niños jugaban a A, mi nombre es Alicia, recitando los nombres que Tawny y Ed habían elegido para sus bebés: William Edward, Bonnie Karen, James Howard.